Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 14
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Madrid. Dependencias centrales de la Policía Nacional.

El ascensor se desliza con un silencio quirúrgico. Rezuma modernidad. Como todo lo demás en esas dependencias.

—Es en esa sala del fondo —les señala el joven agente.

Desde la salida del ascensor ya se puede vislumbrar el interior de la sala, repleta de cristaleras enormes. Dentro, un hombre y una mujer. Ella debe haberles visto avanzar por el pasillo, porque le hace un gesto a su compañero, y ambos se levantan para acercarse hasta la puerta, donde esperan.

Arregi se fija en él más que en ella.

Traje gris carbón. Camisa blanca. Sin corbata. El primer botón abierto. Zapatos medio caros, que no es lo mismo que caros.

—Buenos días, la DIC, entiendo —dice el hombre bien vestido.

Espinosa asiente.

—Inspector jefe Damián Vera. Del Grupo de Conducta Violenta. GCV. —Damián Vera ofrece la mano a los tres—. Y ella es la subinspectora del grupo.

—Subinspectora Marta Gálvez.

La subinspectora Gálvez sigue el protocolo de ofrecer la mano a los tres agentes de la DIC, quienes también se presentan al momento.

—Pasad, por favor. —Damián Vera les franquea el paso con un gesto elegante con la mano—. Este es nuestro centro de operaciones.

Espinosa, Arregi y Mendia entran primero.

El espacio es muy distinto al suyo. Las cristaleras ocupan casi la totalidad de las cuatro paredes.

En cada una de ellas hay varias pantallas planas.

También pizarras de cristal. En el centro una mesa de superficie lisa e impoluta.

Y alrededor de ella, una decena de sillas de diseño de cuero negro y estructura metálica.

—Lo llamamos La Pecera —dice Damián Vera mientras todos toman asiento—.

Por aquello de las cristaleras y las mil pantallas.

Y, sobre todo, porque siempre hay ojos mirando.

Aunque fingen lo contrario, a las personas les gusta mirar al horror.

Y eso es justo con lo que trabajamos en mi unidad. Justo por lo que os he hecho llamar.

Damián Vera pulsa el botón de un mando que tenía junto a su silla y en las pantallas empiezan a reproducirse imágenes de una escena del crimen.

Arregi observa primero el entorno. La Pecera. No está mal tirado. Aunque La Caja sigue siendo un nombre mejor. Prefiere sus rotuladores negros y el viejo mapa de Bilbao a tanta parafernalia y pose como se trae Vera el trajeado.

Aunque de pronto nada de eso existe.

En una de las fotos que reproduce la pantalla, está la pesadilla. El triángulo azul. En este caso, pintado en la frente de una mujer que no tiene ojos, y cuyo cuello está rebanado de lado a lado.

—Dios —susurra Maialen Mendia.

—Sé lo que estáis pensando —dice Vera—. ¿Y los ojos? Pues aquí.

La siguiente foto es casi peor que la anterior. Apoyados sobre una superficie de madera impregnada de sangre, tres elementos. Un documento de identidad, y dos ojos. Un ojo a cada lado del DNI.

Damián Vera amplía.

El nombre se lee de forma difusa entre las manchas de sangre.

Pero ya lo habían leído antes. Apuntalado en negro sobre la pizarra de La Caja.

Claudia Ferrer.

Ahora es la subinspectora Marta Gálvez quien coge el testigo y habla.

—Claudia Ferrer. Cuarenta y seis años. Asesora fiscal y especialista en estructuras societarias internacionales.

Llevaba años trabajando con patrimonios elevados y empresas instrumentales.

Curiosamente, su despacho era bastante discreto y trabajaba sola.

Aunque era bastante reputada en ciertos círculos de Madrid.

Extraño. Por ahora no tenemos mucho más. Solo estamos empezando.

Damián Vera se levanta. Se acerca a la pantalla donde se ve en imagen el DNI y los dos ojos.

—Es evidente que quien lo hizo quiso resaltar su nombre como parte importante del crimen.

La señala, de algún modo. Los ojos que ven.

Algo debe querer decirnos. —Damián Vera señala con el dedo alrededor de la zona donde está el DNI—.

Poca sangre. Eso fue lo primero que pensé al ver la escena.

Le habían cortado el cuello por completo justo encima de esto.

Y bueno… Por lo que dice la autopsia hasta el momento, sí, estaba muerta cuando le hicieron el corte de la garganta.

Pero no cuando le arrancaron los ojos de cuajo.

Se le administró una sedación progresiva con una mezcla de…

—Damián Vera se detiene y mira a la subinspectora Gálvez.

Gálvez rebusca entre unos folios que tiene desparramados en la mesa. Quiere asegurarse de decirlo bien.

—Midazolam y Propofol.

Arregi y Mendia se miran. Espinosa los mira a los dos.

Es la misma combinación que en la familia Rivas en la casa de Karrantza.

—No soy médico, pero tiene pinta de ser un pelotazo cojonudo. —Damián Vera vuelve a su silla—. Por lo que parece, lo que nos quiere contar la escena, es un crimen sádico y brutal. Con más importancia en el cómo que en el qué. Pero la cuestión es que algo no termina de cuadrarme.

Arregi enlaza pensamientos.

Su mente y la de ese tal Vera parecen operar en una frecuencia similar. Lo que le sorprende.

—En parte es fachada —suelta Arregi—. Distracción para enfangarnos. Lo que importa es lo que señala el triángulo. Los nombres. El DNI. Los está exponiendo.

Hay un silencio. Todos miran a Arregi. Pero a él solo le interesa la reacción de Damián Vera.

—Exacto —dice por fin el inspector jefe de la GCV—. Eso es justo lo que yo sospecho. Creo que es hora de que me habléis de vuestros casos relacionados con ese símbolo azul.

Espinosa carraspea. Se mueve en su silla de diseño, que parece diseñada para cualquier cosa menos para soportar sus ciento diez kilos. Echa mano de los informes y las fotos en papel que lleva en una carpeta.

Maialen Mendia ya está sacando el ordenador portátil.

Pero el que se adelanta a hablar es Arregi, que opera a su propio ritmo, como siempre.

—No solo señala a las víctimas —dice—. ¿Dónde encontraron a Claudia Ferrer? ¿En una casa? ¿Una que no era suya, tal vez?

—Bingo al caballero de negro —dice Damián Vera—. Es un punto que no comprendemos aún. Pero ¿por qué es tan relevante?

—Si el caballero de los zapatos caros lo pregunta, es porque no la habéis registrado por completo.

Damián Vera sonríe tras la contestación de Arregi. Solo un segundo, y clava un rictus serio al instante.

—¿Por qué creerías tal cosa, agente Arregi?

—Las paredes. Tenéis que abrir los tabiques. Sobre todo, en el sótano, en caso de que lo haya.

Arregi coloca ambas manos sobre la mesa. Entrelaza los dedos. Observa a Vera con calma antes de volver a hablar.

—Las paredes. Los muertos están metidos ahí.