13
Frío.
El tacto metálico sobre la espalda y la parte trasera de las piernas.
Esa es la primera sensación que consigue atravesar la niebla mental.
La segunda es una luz amarillenta que tiembla en algún punto de las vigas de piedra del techo.
Carmen abre los ojos con esfuerzo. Empieza a distinguir perfiles borrosos que se van aclarando con cada pestañeo pesado. Siluetas que ganan definición. Máscaras de distintos colores. Monstruos ocultos tras ellas. Horror.
No comprende qué hacen allí de pie, formando un círculo perfecto alrededor de la mesa metálica. Quietos como estatuas. Gárgolas de piedra que la observan sin pestañear.
Durante unos segundos que tal vez sean minutos, cree seguir soñando.
Entonces intenta incorporarse y escucha el sonido del cuero tensándose alrededor de sus muñecas.
No puede moverse.
Todavía está entumecida como para entrar en pánico total. No se revuelve aún. Su mente intenta racionalizar lo que percibe. Una escena que no puede ser real.
El pie derecho quiere moverse también. Pero tampoco puede. Las correas también apresan las piernas a dos alturas diferentes.
Lo siguiente en llegar es el olor a incienso quemado. Tan intenso que parece poder verse en una fina neblina que se extiende por todo el sótano.
Un sótano que no parece una bodega, sino más bien una iglesia para adorar algo enfermo.
Nadie dice nada. Eso da más miedo que los gritos.
Las máscaras siguen observándola desde lo alto.
Ahora sí, Carmen quiere gritar. Pero su lamento desgarrador se ahoga en alguna parte de su interior. La voz no le sale.
Busca al señor Aristegui. La máscara azul oscura.
O la blanca del señor Monteros.
¿Existe realmente el señor Monteros? , se pregunta.
Oye palabras. Detrás de ella. No puede girar la cabeza. Su nuca está aprisionada contra el metal de la mesa. No puede ver qué hay ni quién habla.
Pero si logra escuchar retazos de la conversación, que se desliza impúdicamente por el silencio fantasmagórico de ese agujero.
—Parece que está despertando.
—¿Cuánto tiempo tiene que pasar hasta que se pueda realizar la intervención?
—Sí. El chico ya ha llegado. Ha sido trasladado con éxito en el vehículo medicalizado. Me lo acaban de confirmar. Está todo dispuesto.
Carmen se revuelve. Cada vez con más fuerza. Pero las ataduras no ceden, ni van a ceder.
Entonces se escucha un sonido metálico. Y empieza a moverse.
Se está inclinando. La mesa se inclina hasta dejarla en posición vertical.
Su mirada queda casi alineada con la de las máscaras que rodean la mesa.
Pese a estar desnuda por completo, lo que más le hace sentirse expuesta a Carmen, es ser la única que no lleva máscara allí.
La voz suena a su espalda. Esta vez habla con fuerza. Un tono enérgico pero rítmico y medido. Oratoria ceremonial.
—El rito va a iniciar, caballeros. Ya saben las normas. En esta primera fase, no puede realizarse ninguna práctica que ponga en peligro los órganos. Esa es la única norma. Después de la intervención, será el juego sin reglas. Respeten ese protocolo, es de vital importancia.
El incienso. Ahora huele con mayor intensidad. Está siendo quemado. Se escuchan golpes atrás. Continuos y de similar cadencia. Es una percusión.
Ahora sí, Carmen grita.
Los alaridos salen con todo. Chorros de voz cada vez más desgarrados.
Hasta que una mano se posa en su boca.
—Carmen, tranquila.
Es la voz del señor Aristegui.
Aprieta su mano con fuerza contra sus labios. Aplaca el ataque de pánico.
—Es por Gabriel, Carmen. Sé que lo aprecias. Piensa que lo haces por él. Es la única forma de que pueda vivir. Necesita esos órganos de forma urgente. Se muere, Carmen. Mi niño se muere… —La voz de Eduardo Aristegui se quiebra hablando directa al oído de Carmen—. Y tu sangre es compatible.
A Carmen el pensamiento le atraviesa el cerebro como una flecha. Un escalofrío de terror. Los análisis de sangre de hace dos semanas.
—Gabriel vivirá por ti. Por tu sacrificio, Carmen. No te pido que lo comprendas. Solo que pienses en ello, para que te dé fuerzas. Tú vivirás en Gabriel, Carmen.
La voz se aleja.
—Vivirás en Gabriel, Carmen.
El sonido percutor de la madera contra otra superficie se intensifica.
Tambores de guerra.
Instintos oscuros ocultos tras máscaras.
Ojos sanguinarios que miran distinto al saberse envueltos en anonimato. Impunes.
El sonido cesa.
Hay una tregua tensa. Solo silencio y olor a incienso.
Entonces la primera mano le roza la piel a Carmen.