12
El zumbido constante sale de la estufa que es el cuerpo de Lola, que aumenta exponencialmente su calor al contacto con el costado del humano. Por algún motivo, lleva días pidiendo meterse debajo de las sábanas, para acurrucarse entre la axila y el brazo izquierdo de Iñaki Espinosa.
Ya es demasiado tarde para ponerse firme.
Esa gata está demasiado mimada hace demasiado tiempo.
Y tiene fijación por él. Podría ir donde Marije, que fue a fin de cuentas quien quiso adoptarlo, pero no, lo que al minino le gusta es la compañía casi pegajosa del hombre de la casa.
Del duro y veterano inspector jefe Espinosa, que aparta el brazo con delicadeza, y que le tapa después con el mismo tacto para que se quede bien arropado cuando él sale de la cama.
Otro día más en el que debe enfrentarse al mal cara a cara.
Espinosa todavía va a tener que sortear a Pipo, que le acosa moviendo el rabo, hasta llegar a su primer café del día. El perro solicita a su manera el primer paseo de la mañana.
Primero el café.
Eso es lo que se promete Espinosa. Pero esos ojos vidriosos que gritan compasión, y los gemidos mínimos de quien sabe que no debe molestar a la dueña de la casa a esas horas, le ablandan más de lo que le gustaría reconocer.
—Se suponía que se iba a encargar ella. Yo le sacaré, Iñaki. Me hará compañía todas las veces que tengas un caso complicado y no pases por casa ni para dormir —Espinosa farfulla para sí mismo mientras el ascensor baja—. Y al final aquí está Iñaki, bajando al perrito día sí y día también.
Pipo le mira a los ojos.
Parece contento.
Para ser pleno noviembre, la temperatura no es mala. El problema es el viento, que cuando azota en la cara, incrementa la sensación de frío por cien. Pipo busca el sitio perfecto para firmar con su orina por segunda vez, esta ya más por arte que por necesidad.
Es el momento en el que el teléfono móvil de Iñaki Espinosa empieza a sonar.
Es el comisario Garmendia.
Todavía no son ni las siete y media de la mañana.
Raro. Si llama a estas horas, no puede ser nada bueno.
Espinosa descuelga el teléfono y soporta lo que es más un monólogo árido que una conversación. Las frases llegan secas, y casi sin enlaces. Como un telegrama. Al menos así las recibe el cerebro a medio despertar de Espinosa.
—Me ha llegado un caso. Es de la Nacional.
Con coincidencias con uno de los nuestros.
O varios. Ya no sé. El puto triángulo azul.
Es una pesadilla. Un cadáver. En Madrid.
Joder, muerta. Ya no va a ningún sitio. ¿Es necesario taladrar un teléfono a las seis de la mañana?
Muévelo con el equipo. A Madrid, sí. ¡Joder!
A tomar por culo el café , eso es lo primero que piensa Iñaki Espinosa.
Lo segundo es lanzar el aviso a su equipo.
Les había dejado descansar un poco tras dos días intensivos de investigación. Pero toca adelantar la reunión en La Caja.
7:27
Maialen Mendia mira a la oscuridad de su habitación. Lleva demasiado tiempo despierta.
—¿En qué estás pensando?
La voz de Diego a su espalda la sobresalta. Mendia se gira hacia el otro lado de la cama, y le busca con las manos.
—Es raro. A veces me olvido de que estás aquí —dice ella.
No es raro. Es justo lo que necesita. Al despertarse no tiene del todo claro si él está o no en su cama.
El día anterior no lo estaba. Como tampoco el anterior a ese.
Hoy, en cambio, sí. Los viajes recurrentes de Diego por trabajo hacen que tenga esa presencia intermitente que debería ser molesta para una pareja.
Pero a Mendia le gusta esa dinámica. Y sabe el porqué: todavía no está preparada para una relación seria.
Ni siquiera necesita hacer una introspección demasiado profunda para llegar a esa conclusión.
Como tampoco la necesita para saber que, más allá de todo eso, lo que más le llamó la atención de Diego fue que llegó en el momento exacto.
Justo cuando ella empezaba a pensar demasiado en Arregi.
Justo cuando el dolor por no permitirse ni tontear lo más mínimo con esa posibilidad, era demasiado grande.
Hay cuestiones que son sagradas. Que te hacen sentir una absoluta miserable.
Para Maialen Mendia, sospechar que podía estar sintiendo algo por Salvador Arregi, tras lo que le pasó a su familia, era esa línea roja que no se puede ni rozar.
—¿Qué es a lo que le das vueltas, Maialen? Ya sabes que a mí puedes contármelo. —Diego la apresa en sus brazos poderosos —. Sé que llevas despierta dando vueltas en la cama un buen rato…
—No puedo sacarme de la cabeza la imagen de esa familia del caso que llevamos ahora.
Mendia no le da la verdad absoluta, no le dice que en ese preciso instante era el nombre de Salvador Arregi el que asaltaba su mente; pero tampoco le miente.
No puede quitarse de la cabeza esa fotografía de la familia Rivas sentados a la mesa. No puede.
—Les mantuvieron sentados a la mesa mirándose unos a otros. He visto cosas terribles en mi trabajo, salvajadas más físicas, más sangrientas… Pero esto… esto es mucho peor a su manera. ¿Quién puede hacer algo así? De ese sadismo psicológico…
Diego besa los labios de Maialen. Es un beso tierno, de apoyo.
—¿Has pensado bien si te merece la pena? —Diego lo dice entre el beso concluido y el que vuelve a dar al terminar la pregunta.
Ella no puede contestar a esa pregunta. ¿Lo ha pensado? Miles de veces. ¿Bien? ¿Qué es pensar algo bien? El sentido de todo ello permanece difuso, porque somos incapaces de mirarnos con verdadera objetividad.
El sonido agudo llega repetido entre vibraciones, mucho antes que una posible respuesta a las cuestiones que han quedado flotando en esa cama compartida.
—Si antes lo dices… —Mendia se gira para alcanzar su teléfono móvil.
Lee el mensaje y suspira dos veces.
—Tengo que irme. Nos han adelantado la reunión de equipo.
—¿Y eso?
—No lo sé. Pero nunca son buenas noticias…
Mendia ya se ha levantado de la cama de un salto.
Se viste como un relámpago.
—Ni te muevas. Quédate en la cama si te apetece. Estás en tu casa —dice ella poco antes de salir corriendo.
7:34
Aitor Lasa se despierta con el sonido de los mensajes.
El ordenador de torre, encendido a perpetuidad, emite un zumbido constante desde debajo del escritorio. Para Lasa, una nana de ruido blanco.
Lee el móvil con los ojos entreabiertos aún. Espinosa avisa de que se adelanta la reunión. Un golpe duro para él, que necesitaba esas horas de sueño más que nadie tras los últimos días.
Lasa se viste rápido, aunque desde fuera se ve a cámara lenta. Levanta una a una cada una de las latas de bebida energética abiertas que hay en la mesa. Una pesa. Premio. Está a medio acabar. La fulmina de cuatro tragos consecutivos y la vuelve a dejar donde estaba.
Entonces se fija en la foto. La única que tiene con ella. Sacada en uno de los pocos días que duró el error. Siempre ha sido muy malo mintiendo. Y consigo mismo no va a ser la excepción en eso. Más bien al contrario.
Lasa observa la sonrisa de Maialen Mendia mientras él hace una mueca ridícula a cámara, solo un segundo más, y después sale de su habitación.
7:36
Helena Ibarra está corriendo en la cinta cuando le llega el aviso.
Al menos ha cumplido con la primera parte de su entrenamiento matutino, la de las pesas. Lo otro solo es un complemento de su rutina inquebrantable. Mal menor.
Pero tiene que darse prisa si no quiere llegar más tarde que el resto a La Caja.
7:39
Para Salvador Arregi existen las noches malas y las muy malas. Y las segundas ganan por goleada a las primeras.
Cuando el aviso de Espinosa revienta el silencio romo de su piso, le pilla sentado de pie en medio de la habitación de las paredes pintadas de inscripciones de los casos anteriores del triángulo azul.
Intuye que va a tener que hacer nuevos trazos pronto. Trazos maestros esta vez. Trazos oscuros. Algo de lo que asoma a la superficie no le gusta. No le cuadra. Le susurra con ese tono venenoso que tan bien sabe captar, le lanza gritos en una frecuencia codificada que solo él puede escuchar.
Las cosas se van a complicar mucho.
Se coloca la cazadora negra, sobre el jersey también negro, igual que los pantalones y su barba, esta vez de dos semanas, y sale del piso del dolor.
8:30
El reloj de La Caja marca las nueve exactas. La hora a la que estaba convocada la reunión de urgencia de la DIC. Todos fingen que debe ser cualquier hora menos justo la que marca el reloj de pared, cuando Espinosa abre fuego.
—Lasa, al estrado —dice el inspector jefe.
Espinosa quiere empezar por los puntos de la investigación que su equipo ha trabajado los días anteriores, sin intoxicarlos la mente con la nueva información.
Hablará del nuevo cadáver cuando crea conveniente.
Maneja lo que él sabe y los demás no a su antojo.
Juega con el ritmo. Eso lo aprendió de Arregi.
Él solo trata de imitarle lo mejor que puede.
—Por lo que veo en la pizarra —Espinosa señala el nombre de Claudia Ferrer escrito por Arregi horas atrás—, habéis adelantado. ¿Qué encontraste, Lasa?
—Estuve hurgando en los movimientos económicos del padre, el cirujano Alejandro Rivas.
Había movimientos extraños en su cuenta.
Pagos a empresas que no parecían reales.
Todo bastante burdo, la verdad. Eso era un poco extraño.
Y en todos los movimientos referentes a esas empresas pantalla, había un nombre que salía mucho, firmando documentos.
—Lasa señala el nombre de Claudia Ferrer—.
Contacté con los de delitos financieros para que profundizasen más.
A estas horas estoy esperando más información.
Espinosa asiente.
—Y en la otra cara de la moneda, Ibarra y yo seguimos el rastro de los nombres de los cadáveres del sótano.
Ya que iba a ser muy difuso rastrear nombres tan antiguos y todos al mismo tiempo, decidimos que era mejor profundizar en orden.
Así que, empezamos por el primero cronológicamente.
Década de los setenta. Gabriel Aristegui.
Acotamos la búsqueda al País Vasco, ya que es lo más probable.
Y a nivel nacional la red será enorme. Ya tendríamos tiempo de meternos en ese infierno después…
—¿Y bien? —Espinosa mete ritmo, y le lanza el rotulador de la pizarra a Lasa.
—Resumiéndolo mucho, podríamos decir que tenemos tres candidatos. Dos vivos y uno muerto, dicho lo cual, eso último tampoco creo que sea excluyente.
—Pero el cadáver al que estaba escrito el nombre era de una mujer. —Espinosa no disimula su irritamiento.
—Sí. Eso está claro. Lo único que sabemos es que ese cadáver no era el de Gabriel Aristegui, sea cual sea al que se refiere.
Espinosa resopla. Susurra para sus adentros que todo eso es un lío de pelotas.
—Los nombres de los candidatos, Lasa. No tenemos todo el día. En este caso hay más frentes abiertos que en la Primera Guerra Mundial…
1 – GAbrIEL ARISTEGUI GÓMEZ
19 años. Estudiante. Donosti
2 – GAbrIEL ARISTEGI URRUTIA
Muerto en 1998, a la edad de 59 años. Bilbao.
3 – GAbrIEL ARISTEGUI ALDEKOA
70 años. Jubilado. Getxo
Lasa traza un redondel con rotulador alrededor del último.
La Caja respira expectante.
—El de diecinueve años está excluido por cronología. Y después nos quedan el muerto y el vivo. Pero el vivo… digamos que tiene un perfil sospechoso. Médico privado. Posee una fundación médica. Y unas cuantas sociedades antiguas lo suficientemente opacas como para llamar la atención en un caso así.
—Pues a bailar con el vivo. —Espinosa mira a Helena Ibarra—. Ibarra y Lasa, ya que estáis con ello, os ocupáis. Quiero que vayáis a visitar a ese Gabriel Aristegui. Para ayer.
Ibarra asiente.
Lasa se retira del estrado.
—Mendia, te toca —ordena Espinosa acto seguido.
Lasa baja. Mendia sube.
—He estado rastreando los accesos al caserío de Karrantza.
Y estoy en comunicación con los de la científica.
El trabajo es limpio. Profesional. Del inédito de la casa todavía nada concluyente.
En cuanto a los accesos. El vehículo que se encontró en las inmediaciones estaba en efecto, a nombre de Alejandro Rivas.
Todo hace indicar que la familia fue en su propio vehículo allí.
Estamos intentando analizar si podemos detectar la presencia de un segundo vehículo las horas previas.
Pero no tenemos nada por ahora. Hay marcas reconocibles del todoterreno de los Rivas en el camino sin asfaltar que conduce hasta el caserío.
Encajan con las horas previas al asesinato.
Lo extraño es que no parece haber marcas de otros neumáticos.
Hay un silencio.
No hay más. Es pronto y las pistas son pocas. Mendia vuelve a su sitio.
—Por lo que parece las escrituras del caserío son digamos, complejas —dice Espinosa—.
No sé por qué no me sorprende. Un fondo de inversión de esos que tienen mil capas la compró hace quince años a otra entidad opaca de cojones.
La pregunta que me hago es: ¿Por qué dejar a la familia allí? No parece tener mucho sentido.
—Porque el que lo haya hecho quería exponerlos tanto a ellos como a la propia casa. —La respuesta de Arregi llega como si la pregunta se la hubiesen hecho directamente a él.
Cosa que en parte es así.
Espinosa le tantea con la mirada.
—El padre estaba untado. Cirujano. Recibía pagos raros.
Y aparece en una casa en la que hay montado un cementerio en el sótano.
En la mesa, la cubertería simulaba un triángulo.
Las letras «a» de los nombres escritos en las momias de los cadáveres del sótano simulaban un triángulo.
Ya, ya… no se puede probar nada de eso, solo son suposiciones mías, que soy el pirado de triángulo.
Pero es el único punto de unión y que da un mínimo de sentido a esa puta escena.
Arregi se reclina en la quinta silla.
—Sabes que tengo razón, Espinosa. Pero no me importa fingir que esperamos a que haya pruebas más concluyentes de mi teoría. Ahora dinos quién es y dónde está el nuevo cadáver…
Espinosa mira a Arregi como si quisiera exterminarle con sus propios ojos.
Pero para sus adentros tiene que reconocer que el cabrón va siempre un paso por delante por muy en horas bajas que esté. Así que solo se gira hacia la pizarra y dibuja un círculo alrededor del nombre de Claudia Ferrer.
—Claudia Ferrer. La han encontrado asesinada de forma brutal. En Madrid. La Nacional ha buscado coincidencias porque la escena tenía rasgos rituales. —Espinosa mira directamente a Arregi—. Tenía un triángulo azul pintado en la frente.
Espinosa coloca el tapón del rotulador. Y lo deja con un gesto vencido en la bandeja de la pizarra.
—Tenemos que ir a Madrid.