Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 11
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Policía Nacional

Sergio Montalvo lleva diez minutos peleándose con el café de la máquina. Una batalla perdida. Además, cuanto más se prolonga, más frío está el líquido. Y necesita la cafeína, eso no es negociable.

Está dando un largo trago y resignado cuando entra la llamada.

Se limpia los labios con el dorso de la mano, carraspea y descuelga el teléfono.

—091, emergencias, dígame.

El café restante se ha quedado ahí, congelado en la taza de cartón. El operador que lo estaba bebiendo tiene trabajo. La llamada no era un aviso cualquiera. Y debe ser rebotada lo más rápido posible.

***

—Zeta dos-tres, reciban. Cuidalcampo, zona noroeste, calle Fresno Alto. Finca antigua. Al final de la vía, apartada del resto de la urbanización. Posible homicidio. Mujer hallada inconsciente en el domicilio. Requeriente en el exterior. Acudan —grita la radio del interior del coche patrulla.

El agente Prieto mira a su compañero. Activa al momento las luces del coche. Después acelera con todo.

Están a diez minutos del lugar.

Ocho después, el agente Prieto y el agente Navarro ya están en la calle Fresno Alto.

—¿Por qué no habrán dicho número de la casa? —pregunta al aire Navarro.

—Final de la vía, vieja finca —dice Prieto, que sigue conduciendo—. El requeriente está esperando fuera han dicho. Estate atento a ver si ves algo.

Pero el coche patrulla avanza y no encuentran nada de eso.

—Nos estamos alejando mucho de la urbanización —comenta Navarro, que mira por la ventanilla lateral observando en el retrovisor derecho las últimas casas visibles, que van quedando atrás—. Joder, Prieto, vamos mal. Da la vuelta, hostia.

Pero Prieto no da la vuelta. Acelera más.

—Mira ahí adelante, a lo lejos.

Navarro obedece. Mira y ve. Un tejado se perfila tras unos árboles que casi empiezan a perderse en el bosque.

Tienen que atravesar esa pantalla de árboles hasta llegar al viejo caserón, que parece pertenecer a mundos distintos que el resto de la urbanización.

Prieto apaga las luces y las sirenas durante los últimos metros. Y termina deteniendo el coche frente a la casa, que parece un fantasma de otro tiempo.

—¿Un homicidio aquí? Ya me parece raro… —dice Navarro cuando ambos agentes bajan del coche patrulla—. Se habrán equivocado… Esto parece abandonado.

—O algún adolescente ricachón con mucho dinero de papá y aburrimiento encima. —Prieto da un vistazo alrededor.

No parece haber nadie.

Tampoco hay rastro del supuesto requeriente que esperaría fuera.

—Bueno, vamos a ver.

Ambos agentes avanzan hacia la casa. Pese a su pose descreída, Navarro palpa su arma reglamentaria en un gesto instintivo conforme se acercan a la puerta de entrada.

Prieto le hace un gesto a su compañero. Señala el marco de la puerta de entrada. Navarro empuja levemente la madera maciza, y el portón se desliza con más suavidad de lo que sería previsible.

Está abierto.

Ahora sí, Navarro ya no solo acaricia el arma, si no que la saca de la funda y la empuña, en un arrebato de tensión provocado por el ambiente turbio de ese lugar.

—Esto es raro, Prieto. Igual deberíamos dar aviso —susurra.

Prieto le hace un gesto con la mano que grita: «no veas fantasmas, vamos a comprobar primero el interior, esto solo parece una casa abandonada».

Pero pese a que su gestualidad ha dicho todo eso, Prieto también echa mano a su arma corta de dotación.

El interior es poco luminoso, una característica propia de las construcciones antiguas como lo parece esa.

El día otoñal es nublado en el norte de Madrid; la luz se cuela tenue entre los ventanales.

Y, aun así, solo con avanzar unos pocos metros, el pulso de ambos agentes se dispara.

Las pistolas son sujetadas con una tensión distinta.

La mujer está sentada en el centro de la mesa del salón. Como una pieza de museo macabra.

Los mira directamente, aunque es obvio que ya no puede ver nada.

—Dios… qué salvajada es esta…

—Vamos, da aviso... ¡Ya!

***

El inspector Damián Vera conduce tranquilo entre el caos.

Nunca acelera por cadáveres. Los muertos siempre siguen en el mismo sitio cuando llegas.

De hecho, si algo ha aprendido con los años, es que cuando se trata de asesinatos especialmente violentos, la clave está en observar con calma.

Buscar los motivos y al culpable sin que la prisa te contamine el análisis.

Es más fácil decirlo que ponerlo en práctica.

Y, por supuesto, no quiere decir que no haya cosas que se descubran rápido.

Una vez aparca su coche ante la vieja finca de Cuidalcampo, Damián Vera ha tardado tres segundos en detectar el primer problema: demasiados agentes mirando la casa desde fuera.

Cuando la policía evita entrar a la escena de un crimen, nunca es por pereza.

—Decidme que no ha vomitado nadie dentro —les suelta el inspector a los agentes que custodian el perímetro acordonado.

Ninguno contesta.

Mala señal.

Damián Vera penetra en la zona protegida por el cordón policial.

Sus zapatos Derby negros de piel avanzan sobre la hierba húmeda del jardín como elementos extraños.

La noche cae a plomo sobre sus cabezas. Los focos portátiles, colocados en distintos puntos del terreno exterior, zumban a su paso, como queriendo advertir sobre lo que alumbran.

El furgón de la científica está casi empotrado en la fachada; al parecer era mejor tenerlo bien cerca.

Dentro, los dueños de la ciencia se pasean con sus propios trajes de etiqueta para la ocasión: monos blancos que les tapan de arriba abajo como si paseasen junto al reactor de Chernobyl.

Y destacando sobre ellos, la figura estilizada de una mujer, que radiografía la escena con mayor precisión que cualquiera de los presentes.

—Parece que ha habido martes mejores, ¿no? —Damián Vera saluda así a la subinspectora Marta Gálvez—. ¿Quién ha sido el que ha potado?

Ella niega con la cabeza.

El inspector Vera pasa de largo. No espera ni a que su compañera le notifique las primeras pesquisas. Avanza hacia la mesa del salón. Núcleo inequívoco de la tragedia.

Sobre la superficie de madera hay marcadores numerados sobre varios objetos.

El más llamativo numera como prueba número cuatro una botella de vino y dos copas semivacías a su lado.

Pese a que el horror en su grado máximo está justo ahí, solo centímetros más adelante, Damián Vera se detiene en las copas.

Estaba con alguien que no se ha preocupado demasiado de ocultar su presencia , piensa. No le sorprende demasiado. No cuando es algo como eso.

El inspector centra ahora su atención en el trono de sangre que se alza justo en medio de la estancia. La mujer está sentada en un sillón que ha sido colocado junto a la mesa. Justo en el centro, como si la presidiese. Sus manos reposan sobre el borde del mueble, firmes, dueñas del lugar.

Vera se fija primero en ellas.

Están ancladas con clavos que se clavan en los dorsos.

El cuerpo debe estar atado al sillón en diferentes puntos, pero eso no le importa al inspector en ese momento.

Sus ojos están clavados en el lugar donde deberían estar los de la mujer: en esos dos huecos que son cuevas rojizas repletas de microdesgarros por los que resbalan finos ríos de sangre sobre la piel blanca.

Más abajo, la garganta está abierta de lado a lado con un tajo firme y ancho, muy limpio, incluso demasiado.

—Guantes, por favor. Necesito apoyarme en la mesa.

La subinspectora Gálvez traslada la petición del inspector Vera a uno de los agentes de la científica.

Damián Vera coloca con cuidado la palma de la mano enguantada en nitrilo. Necesita mirar más de cerca las pruebas uno y dos. Necesita observar los ojos arrancados, pero, sobre todo, lo otro.

Cada uno de los ojos está colocado a ambos lados de la tarjeta.

Supone que el derecho junto a la mano derecha, y el izquierdo junto a la izquierda.

Son dos canicas sanguinolentas que flotan sobre el pequeño mar rojo que se coagula en la madera.

Entre ellos, lo que Damián Vera necesita mirar de cerca.

Las manchas de sangre hacen más difícil leer el nombre del documento de identidad sin moverlo de su sitio.

—Aquí falta sangre.

El inspector Verá busca la mirada de la subinspectora tras la afirmación.

—Sí —contesta ella—. Los primeros análisis parecen indicar que la víctima estaba ya fallecida cuando se efectuó el corte en ambas carótidas, y que, por ello, el sangrado fue de menor intensidad.

—Y entonces, ¿de qué murió?

—Es pronto, pero todo indica que se le administró un sedante de forma progresiva hasta que fue mortal —contesta la subinspectora Gálvez—. Al menos eso dicen los de la científica. Han encontrado marcas de punciones con orificios de entrada en distintos puntos de los brazos.

Damián Vera vuelve a centrarse en el documento de identidad.

Le cuesta, pero logra leerlo entre la sangre.

Claudia Ferrer

Observa como puede la foto del documento. Y después vuelve al rostro del cadáver.

Es difícil valorarlo bien, dada la hinchazón de los tejidos y los dos agujeros que tiene por ojos, pero podría ser ella. Sería lo más lógico.

Claudia Ferrer, repite en su mente el inspector mientras mira el elemento más importante de toda la escena. El triángulo azul que tiene pintado en la frente. Un triángulo incompleto en uno de sus vértices inferiores.