Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 9
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Maialen Mendia recoge su abrigo de la silla. Nadie ha podido entender aún por qué jamás lo cuelga en la percha de La Caja como los demás.

Da un vistazo al reloj de pared, como si sirviese de referencia, se despide y sale.

Ella y Espinosa van a rastrear el entorno del caserío de Karrantza. Van a interrogar a la mujer que dio el aviso a la policía en la noche de autos. Y después, trazar un cordón a varios kilómetros del propio caserío, incluyendo posibles accesos.

Al menos, de ese modo lo ha expuesto Espinosa en la reunión de primera hora.

Ibarra y Lasa se ocuparán de seguir buceando en las aguas turbias de Alejandro Rivas y, sobre todo, empezarán a intentar entender quiénes son los cadáveres emparedados en el sótano del caserío. Esa ha sido la otra parte de la ruta a seguir en la investigación impuesta por el inspector jefe.

Arregi, por su parte, bueno, todos saben que él va la gran mayoría del tiempo por libre.

Puede que sea eso último lo que perturba a Helena Ibarra, que se remueve incómoda en su silla de La Caja.

Se suponía que ella iba a ser ese verso suelto.

Esa mano derecha de la jefatura. Así se lo prometió Espinosa.

Pero entonces, un buen día, un espectro llamado Salvador Arregi entró por la puerta de La Caja de nuevo. Y tras doce meses, así están.

Un año después, Helena Ibarra, la prometedora y metódica profesional que aspiraba a dirigir la DIC, está sentada comiendo junto a Aitor Lasa.

Y Lasa es un espejo opuesto.

Se nota que disfruta.

Expone sobre la mesa de las mil marcas una lista. Nombres y apellidos.

CADÁVER 1 – DÉCADA 2020 – DANIEL PINTO

CADÁVER 2 – DÉCADA 2000 – SOFÍA ESTEVEZ

CADÁVER 3 – DÉCADA 1990 – HUGO SALINILLA

CADÁVER 4 – DECDA 1980 – LUCIA PRIETO

CADÁVER 5 – DÉCADA 1970 – GAbrIEL ARISTEGUI

Los cadáveres del sótano.

—¿Por qué los hemos apuntado así? —se queja Ibarra—. ¿No es más lioso? Lo normal sería que el más antiguo sea el cadáver uno, ¿no?

—Puede ser. Es porque era el orden en el que estaban enterrados en la pared…

—Lasa ya está encendiendo el portátil, y no presta demasiada atención—.

Qué más da… Aquí lo importante es que nos organicemos bien sobre cómo empezar a buscar.

Porque solo con la referencia de nombre y primer apellido, esto va a ser un caos.

Helena Ibarra resopla dos veces y se levanta de la silla.

Tres minutos después vuelve con dos cafés venenosos de la máquina.

—Es mejor empezar por uno y centrar la búsqueda. Empezaría solo acotando al País Vasco, ya que es lo más probable. Sobre todo, en el caso del primero, que el apellido es vasco —Ibarra habla con decisión, la profesional siempre se impone en ella.

—Cuando dices al primero, ¿te refieres al uno o al cinco? —pregunta Lasa.

—Joder, te he dicho que esto es un puto lío. Al primero cronológicamente, me refiero a…

Lasa suelta una medio carcajada mientras ya teclea.

—¿Me estabas vacilando? —pregunta Ibarra.

Lasa niega con un gesto, todavía tiene la sonrisa dibujada.

—Esto se va a hacer muy largo —murmulla Ibarra.

—Sí. —Lasa se pone serio—. Creo que tienes razón. Uno por uno. Empezamos cronológicamente. Década de los setenta. Acotamos al País Vasco. Además, como has dicho, el apellido de ese es vasco.

Lasa teclea en el buscador: Gabriel Aristegui.

Tras varias capas de filtros y acotando la búsqueda a territorio vasco, la lista no es tan extensa como podría parecer.

Lasa e Ibarra se miran.

Hay tres Gabriel Aristegui distintos a los que empezar a diseccionar.

La pregunta por responder en ellos es demasiado oscura.

¿Por qué ese nombre y apellidos estaba sobre el cadáver de una mujer que databa de los años setenta?