Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 8
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Carmen mira por la ventanilla del coche. El cielo se ha cerrado hace demasiado. El viaje está durando mucho más de lo que imaginaba.

Le gustaría preguntar adónde van, pero no quiere parecer desconfiada o desagradecida con el señor.

Eduardo Aristegui es quien conduce.

Al prescindir del chófer, Carmen daba aún más por hecho lo lógico, que era un trayecto corto.

Pero ya llevan casi cuatro horas. Demasiado.

No puede evitar pensar en el señorito Gabriel.

Es ella quien lo cuida. Abandonarlo ahora que está tan enfermo la hace sentir mal.

Velar por él es su deber, punto primero.

Y segundo, ella le aprecia realmente. Estar a kilómetros de él, conociendo a un hombre, por mucho que sea un pretendiente para tomarla como esposa, la hace sentir miserable.

Y eso la hace sentir estúpida. Porque es incapaz de disfrutar de algo bueno que la vida le depara por fin, piensa mientras mira por la ventanilla.

La temperatura ha bajado considerablemente dentro del vehículo, por lo que fuera debe ser más pronunciado aún. Antes de que la oscuridad anegase el cielo, el gris de las nubes ya se había ido tornando en plomizo. Hasta terminar por descargar ese torrente de lluvia que golpea contra la carrocería.

Un cartel le confirma a Carmen lo que sospechaba hace rato.

Están adentrándose en el País Vasco.

Carmen nunca había estado tanto tiempo a solas con el señor Aristegui. Y aunque al principio la conversación ha discurrido a tirones, pronto ambos han cedido ante lo irregular del terreno, y el silencio ha ido ganando cuerpo hasta imponerse definitivamente.

Y ha sido mejor así. Los dos están más cómodos de ese modo.

Aunque la parte negativa de ello, de ese silencio cálido pero denso, es que te hace pensar más. Divagar. Perderte entre sospechas que se van enrareciendo.

—¿Hacia dónde nos dirigimos, señor? Tenía entendido que el señor Monteros residía en la Comunidad de Madrid, por lo que usted me dijo.

La pregunta de Carmen surca el interior del coche, de atrás hacia adelante.

Eduardo Aristegui no deja de mirar la carretera en ningún momento. La lluvia arrecia con fuerza y aunque los parabrisas se mueven a la velocidad máxima, hay que estar concentrado para no perder visibilidad.

—Carranza —contesta Eduardo Aristegui—. ¿Te suena? El señor Monteros tiene un caserío en el valle. Es un paisaje natural precioso. Te va a encantar.

Carranza. Carmen no lo había oído antes. Tampoco es muy ducha en geografía. No tuvo tiempo de estudiar demasiado. Padre murió pronto, y había que ayudar a madre en el trabajo. Madre murió no mucho después. Estudiar nunca fue una opción para ella.

Carranza

El cartel en lo alto anuncia que ya están llegando.

Los montes se erigen a ambos lados como sombras negras gigantes y amenazantes. De día debe ser un paisaje evocador norteño. De noche, es otra cosa.

La lluvia ha parado. Es un alivio en vista del camino secundario por el que ha metido el coche el señor Aristegui, piensa Carmen, que rebota en el asiento trasero con cada bache del sendero embarrado. Hasta que un fantasma de hormigón aparece ante ellos.

—Hemos llegado. Esta es la casa.

Eduardo Aristegui detiene el coche a una veintena de metros de la valla metálica que cierra el acceso al caserón. Y desde esa posición, toca el claxon del coche tres veces.

Después, solo aguarda ahí, quieto y con las manos en el volante.

Carmen observa desde el asiento trasero.

Empieza a estar más inquieta de lo que le gustaría reconocer.

Y esa sensación se incrementa cuando, desde el interior del coche, ve aparecer una figura salida de la puerta de entrada de la casa.

Una figura con un abrigo con capucha, que lleva puesta pese a que ya ha dejado de llover, y que tapa casi por completo cuerpo y rostro.

En la mano derecha lleva una linterna para alumbrar sus pasos en la oscuridad cerrada del valle.

El encapuchado avanza hasta la valla metálica y la abre. Después vuelve sobre sus pasos hasta la casa. Y desaparece por la puerta.

Solo en ese momento Eduardo Aristegui vuelve a poner el coche en marcha y avanza hasta meterlo en el perímetro de terreno del caserón. Están muy cerca de la puerta de entrada, que no está cerrada del todo. Un hilo de luz dibuja una línea en uno de sus laterales.

Eduardo Aristegui coge su abrigo del asiento del copiloto y se lo pone al mismo tiempo que baja del coche. Abre la puerta trasera para ofrecer paso de forma caballerosa a Carmen, que también baja del vehículo.

Fuera la temperatura es heladora. La humedad hace que se incremente la sensación. Carmen siente que el frío se le mete en los huesos en los pocos pasos que recorren ella y el señor hasta llegar a la puerta entornada.

Y sin más, ya están dentro. Siguiendo los pasos previos del encapuchado.

En el interior de la casa la temperatura es un abrazo cálido que evoca protección. El ambiente es agradable, con un lujo sobrio que se siente en cada detalle. Un fino hilo de música clásica llega desde algún punto.

Eduardo Aristegui deja su abrigo colgado. Y mete la mano en uno de los bolsillos laterales.

—Toma, póntela —dice mientras le extiende una máscara negra a Carmen.

Ella le mira desconcertada.

Es una máscara pequeña, fina. De esas elegantes que se ven en las películas cuando señores y señoras están en una fiesta de disfraces de postín. Está compuesta de brillantes negros. Lo cierto es que le parece preciosa.

Carmen la coge. Intenta disimular el temblor de la mano. Ella no está preparada para ese tipo de sutilezas. No va a saber comportarse.

El señor Aristegui saca del bolsillo del abrigo una segunda máscara, y se la pone él mismo. La suya es verde petróleo.

Carmen le observa un segundo, solo uno, antes de ponerse ella su máscara. Siente el impulso de mirarse en un espejo. De comprobar cómo le queda la nueva pieza.

—Señor y señora, pasen por favor.

La voz masculina llega desde un lateral de Carmen, que se gira y se encuentra con otra máscara. Azul oscuro esta. Tapando el rostro del hombre que porta una bandeja con dos copas de vino.

El hombre de la máscara azul se adentra en el salón de estar. Les invita con su mera actitud a seguirle hasta la mesa donde apoya la bandeja con cuidado. Coge una de las copas y se la ofrece a Carmen. Y la otra, a Eduardo Aristegui.

—El señor Monteros estará en seguida con ustedes. Espero que el vino sea de su agrado.

El hombre de la máscara azul se marcha por donde ha venido.

Carmen mira al señor Aristegui. Es raro solo ver sus ojos a través de esa máscara verde tan oscura. Espera que le diga algo. Que la conversación disipe algo unos nervios que ya están disparados. Pero eso no ocurre. El señor no habla. Solo bebe tragos cortos con gestos secos.

Carmen hace lo propio. Bebe y asiente. Como si fuese capaz de identificar los matices de un buen vino. Cae en la cuenta en ese instante. El señor Aristegui ha estado muy callado en todo momento.

Las copas están apoyadas sobre la mesa. En ellas solo queda ya un fino poso de vino restante.

—Espero que les haya gustado. Es una cosecha excelente y muy antigua.

Máscara blanca. Traje negro impecable. Bajando por las escaleras de madera.

El hombre se acerca hasta ellos.

—Carmen, te presento al señor Monteros —dice el señor Aristegui.

El hombre de la máscara blanca extiende la mano. Carmen ofrece la suya. Y el señor la toma y da un beso leve y elegante en el dorso de la de ella.

—Espero también que no le haya parecido molesto lo de las máscaras. Es un pequeño juego. Si lo desea la señorita, podemos quitárnosla cuando quiera.

Carmen sonríe y niega tímidamente con la cabeza.

—Pero es mucho más interesante mantener el misterio, ¿verdad? —dice casi de seguido el señor Monteros—. Es una forma de conocer más a la persona por lo que habla y transmite más que por la mera apariencia. Eso amplifica el impacto de la segunda después. Al menos así lo veo yo.

El señor Monteros se acerca a Carmen. Hasta que sus máscaras están casi pegadas.

—En fin —dice él en la distancia y tono confidente—. Tonterías de este viejo loco… —Y sonríe.

—Muy bueno, el vino —dice Eduardo Aristegui.

Carmen agradece el capote del señor. Está algo abrumada por la situación. Siente un calor reptando por la nuca. Intenta mantener la compostura y sonreír.

—Me alegro de que les haya gustado. Me gustaría mostrarles la bodega, si les parece bien. Es mi lugar favorito de la casa. —El señor Monteros ríe bajo la máscara blanca.

La propuesta es aceptada de buen grado, como no podía ser de otro modo.

La única pega, es que hay que acceder desde fuera.

Como son solo unos pocos metros, prescinden de los abrigos mientras rodean un lateral de la casa, hasta estar junto a una puerta de madera.

El hombre de la máscara azul los acompaña. Abre la puerta y cede el paso. El señor Monteros entra primero, y le siguen Carmen y el señor Aristegui. Los escalones descienden hacia la bodega enterrada en el sótano.

Carmen lo nota ya en las escaleras. Ese calor en la nuca amplificándose. Las piernas parecen fallarle. Podría ser por el terror ante lo que ve, pero es por el vino que ha bebido antes. Se está mareando. Todo le parece irreal, una escena que se difumina cada vez más.

En ese sótano no hay botellas de vino. Hay una mesa metálica en el centro. Y varias figuras alrededor. No llega a diferenciarlas con claridad. Ese halo difuso la engulle por fin.

Eso es lo último que ve antes de sentir que se desvanece y unos brazos agarrándola.