7
A esas horas La Caja parece más pequeña. Más silenciosa. Las paredes absorben las horas de más que sus ocupantes llevan despiertos. La madrugada del horror en el caserío de Karrantza se ha estirado hasta empalmar con una nueva noche.
Salvador Arregi y Maialen Mendia acaban de entrar por la puerta. Aitor Lasa tiene la cara de alguien que lleva horas consultando números en una pantalla, y que sigue haciéndolo incluso en el momento en que escucha entrar a los recién llegados.
Es Mendia quien se lanza directa a la cafetera, que expulsa su veneno directo a tres tazas, una detrás de otra. No pregunta, casi exige a los otros dos beber. Todos lo necesitan.
Lasa engulle tres tragos cortos y ardientes de su taza. Y después mantiene unos segundos más la paz del silencio.
—Alejandro Rivas huele como si estuviese hasta arriba de mierda —dice al fin.
Arregi y Mendia ya flanquean a Lasa y su portátil, uno a cada lado.
Nexum Consulting S.L.
El nombre está resaltado en mitad de la pantalla.
—Esto es una supuesta consultoría sanitaria —dice Lasa—. Un empleado declarado. Oficina virtual en Madrid. Pérdidas constantes desde hace al menos cuatro años.
Lasa cambia de pestaña.
Northex Biotech Advisors
— Esta es una supuesta intermediaria de equipamiento médico.
—¿Y qué venden? —pregunta Mendia.
—Nada.
Lasa suelta el ratón. Entrelaza los dedos de ambas manos y mira primero a Mendia y después a Arregi.
—No compran nada, no almacenan nada, porque no creo ni que tengan lugar físico.
No tienen actividad real. —Lasa vuelve al ratón, abre una nueva apantalla, con movimientos bancarios—.
Pero el doctor Alejandro Rivas, o, mejor dicho, su clínica privada, les hacen pagos, con conceptos como material quirúrgico.
Arregi se acerca un poco más al portátil.
—Empresas pantalla —dice.
—Y no muy sofisticadas, eso es lo que me mosquea —contesta Lasa—.
Recuerdo, cuando el caso de La Bruma, lo que aprendí con la de delitos financieros...
Dios, qué rara era, parecía un robot, análisis frío...
En fin, que cuando estuvimos con ella vi el entramado que montaban las pantallas de la Fundación Sísifo, y era mucho más complejo que esto. Esto es… Parece una chapuza.
Lasa vuelve a abrir otra pestaña.
—Al principio no entendía por qué motivo Alejandro Rivas enviaba dinero a esas empresas pantalla, hasta que encontré el siguiente peldaño de la escalera.
Nueva capa.
Más mierda.
La pantalla vomita el nombre.
Lindholm Trustees AG
—Suiza —dice Lasa.
Arregi suelta una risa seca, sin atisbo alguno de humor.
—Así que es eso…
—Ambas empresas terminan enviando dinero aquí —continúa Lasa—.
Mi lectura del asunto es que tal vez Alejandro Rivas recibiese pagos que debía limpiar.
Pero eso, por ahora, no es más que especulación.
Aquí el rastro prácticamente se pierde, o al menos yo no sé seguirlo más.
Habría que hablar con el equipo de financieros; ellos tal vez puedan escarbar un poco más. Igual vuelve a aparecer la robot.
—¿Qué pasa, Lasa? Lo dices como si estuvieses deseando que volviera —suelta Mendia.
Lasa niega tres veces.
—Prácticamente —dice Mendia—. Has dicho que el rastro prácticamente muere ahí. ¿Por qué solo «prácticamente»?
Lasa la señala con el índice.
—Hay una cosa más.
Lasa abre una carpeta y otra dentro de ella.
—He recopilado algo en común que tienen muchos de los movimientos que realizaba Alejandro Rivas a una de sus pantallas. La de Nexum Consulting.
Lasa amplía un documento fiscal que se repite en una lista interminable que se extiende hacia abajo en la subcarpeta.
Es una firma.
Otra.
Otra más.
Siempre la misma.
De una mujer.
Claudia Ferrer.
Asesora fiscal.
Madrid.
—Su nombre aparece en constituciones societarias, poderes notariales, cierres fiscales y movimientos offshore . Joder, la robot estaría orgullosa de mí. —Lasa mira a Mendia de reojo.
Arregi observa el nombre de la mujer. Y la firma.
—¿Sabemos algo más de ella? ¿De Claudia Ferrer? —pregunta.
Lasa niega.
—Hasta ahora no.
—Lasa, jódele la cena a Espinosa. —Arregi se gira hacia la pizarra y coge el rotulador—. Llámale, y que active a los de financieros. Tenemos que hurgar mucho más aquí. Para mañana a primera hora tenemos que saber algo más.
Salvador Arregi ha hablado como si otra vez fuese el jefe de la DIC. Sin ni siquiera darse cuenta de ello. Algo que brota desde las entrañas para imponerse, aunque no se quiera.
También escribe en sus pizarras.
El nuevo nombre se une al de la familia Rivas y los de los cadáveres del Sótano de Karrantza.
CLAUDIA FERRER
La nueva pieza queda justo debajo de un interrogante aún sin respuesta. El de por qué el cadáver de una mujer de la década de los 70 tenía escrito un nombre de hombre.
CADÁVER 5 – DÉCADA DE LOS 70 – (GAbrIEL ARISTEGUI)
Arregi observa ambos nombres. Presente y pasado empiezan a tejer hilos bañados en sangre.
Siente esa punzada extraña, pero que ha aprendido a identificar bien.
Como si ya hubiesen llegado tarde a otra tragedia que no saben ni si está en marcha.