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El Arquitecto
Nada de café. Ese es un truco que solo los verdaderos profesionales de la vigilancia saben aplicar. Tiene efecto diurético y no compensa el plus de atención de la cafeína si tienes que ausentarte del puesto de observación para ir a mear.
El Arquitecto lo aprendió hace mucho.
Lleva dedicándose a esto demasiado.
La reflexión le viene sola. La mente vuela libre en ese compartimento estanco y silencioso que es el interior del coche.
Estanco, silencioso y pequeño. Con la incomodidad de un coche de pobre, piensa.
Esta vez tocaba el Toyota Yaris gris. Es lo que tiene camuflarse en la ciudad: pagas el precio de lo mundano, que resulta mucho más caro que el lujo.
Como, por ejemplo, hipotecar las lumbares en ese sillón de tortura que es el asiento del conductor.
El Arquitecto agradece no ser excesivamente alto; no quiere imaginarse dónde metería las piernas tras horas enclaustrado en esa caja enana.
Claro que, si fuese excesivamente alto, no sería El Arquitecto. Destacar en cualquier característica, incluso en las que se consideran positivas, es el mayor impedimento cuando quieres ser invisible.
En el asiento del copiloto hay una carpeta entreabierta.
Algunos papeles asoman. Son las fotos del caserío de Karrantza.
También hay varias de la familia del cirujano, Alejandro Rivas.
Ellos irán antes, eso ya lo tiene decidido.
Aunque trabaja en simultáneo ambas situaciones.
Ha estado ojeando esa carpeta durante más de una hora, cuando todavía estaba fuera de rango temporal. Pero ahora ya no puede estar distraído.
Ahora solo puede mirar a la puerta del portal del número 22.
Ya debe quedar poco, si sus cálculos no le fallan.
No fallan. Nunca lo hacen.
Han pasado doce minutos desde que lo ha pensado hasta que la puerta del portal 22 se abre. El Yaris está a una distancia considerable: lo justo para ver si alguien sale, pero sin entrar en detalles. A medio camino. Gris. Como todo en él.
Pero, la melena ondulada castaña; esa que rebota con cada pisada armónica de pies alzados en tacones, es inconfundible. Y más aún, cuando ya la has observado tantas veces.
El Arquitecto espera un minuto largo antes de salir del coche. No hay que precipitarse. Además, conoce bien los caminos que suele tomar ella. Puede recortarle distancia a en función de lo que necesite acercarse.
Hoy debe tener especial cuidado. Hoy no es un día más. Hoy va a cruzar una de las líneas maestras de su plan de seguimiento.
Con ese mantra grabado a fuego, continúa su paso anodino por la urbe, donde es una hormiga más, tan insignificante como cualquier réplica de normalidad producida a gran escala.
Como un producto global. Olvidable. El Arquitecto camina con el porte de un ciudadano cualquiera.
Vestido con elegancia sobria. Sus zapatos, ni demasiado caros, ni demasiado baratos, pisan el suelo marcando el ritmo perfecto para no perder la melena ondulada, pero tampoco acercarse a ella en exceso.
Han pasado veinte minutos cuando los mejores pronósticos se confirman.
La melena ondulada ha entrado por la puerta de La Octava.
Sí, hoy va a ser el día en el que El Arquitecto dé un paso más.
Aminora el ritmo. Quiere dejar más margen entre ambas entradas al local. En la sutileza de los detalles está la magia para quien sabe apreciarla.
Se supone que a casi cualquier persona le gustaría sumar puntos de atractivo físico si un genio les concediese ese deseo.
El Arquitecto no es una de esas personas.
El arquitecto incluso rebaja más las propias posibilidades.
Corte de pelo plano. Nada de barba, aunque sepa que le favorece más.
Todo en el rehúye de llamar la atención.
Tampoco es feo ni poco cuidado, más bien al contrario.
Él sabe que tener un aspecto atractivo es también positivo para que la gente confíe en ti.
Es un atractivo aburrido, así lo llama él.
Lo justo para no levantar sospechas, ni para bien ni para mal.
Siempre ahí, en ese limbo, preparado para enfundarse su traje de carisma, pero solo justo cuando lo necesite.
Y ahí sí, cuando lo considera oportuno, El Arquitecto puede ser irresistible si se lo propone.
Una serpiente que se camufla primero, se muestra y te embelesa después, y te muerde para envenenarte al final.
—Una cerveza, por favor —le pide la serpiente a la camarera.
El Arquitecto se sienta en la mesa más alejada de su objetivo.
Da un trago al botellín helado de cerveza.
Y desde su atalaya, la observa con calma.
Una versión un tanto desafinada de Soldadito Marinero pone el hilo musical a la escena.
El Arquitecto ni le presta apenas atención.
Finge distracción. Un trago de cerveza. Observa el móvil donde no está mirando en realidad nada. Está pensando en sus planes. En ella. En el caserío de Karrantza al que deberá viajar antes para preparar lo de la familia Rivas.
Otro trago de cerveza fría. El primero siempre es el mejor.
Es increíble cómo los siguientes van bajando en intensidad y gusto.
El Arquitecto lanza una mirada fugaz al rostro perteneciente a la melena ondulada.
La observa bien, aunque la mire solo a ráfagas.
Siempre ha tenido cierta fijación con la piel; sin llegar a entender el motivo tras esa filia tan impropia de alguien tan frío como él.
Se imagina que la piel de esa mujer es muy suave. Al menos, lo parece.
Se imagina pintando sobre esa piel el triángulo azul.
Cada cosa a su tiempo. Primero el cirujano en Karrantza. Después, ella.
Se le hace extraño trabajar de este modo.
Pero tampoco ha tenido elección.
Un triángulo azul sobre el cutis suave de la frente por donde caerá el pelo ondulado. O tal vez en otro lugar. Ya veremos.
El último trago de cerveza ya no vale nada.