5
GAbrIEL.
A esas horas del primer día de investigación, en La Caja solo están él y sus demonios.
Salvador Arregi observa ese nombre masculino imposible, pero lo que lo hipnotiza hasta lo enfermizo es una de las letras: la «a».
Esa «a» escrita a mano y emborronada por décadas de olvido.
Esa «a» de caligrafía sucia a la que le falta el travesaño inferior.
Esa «a» que para él es un triángulo incompleto.
Morirá solo con esa idea si es preciso; no sería la primera vez. Su batalla contra el triángulo es algo más que personal.
El sonido seco y repentino le arranca de su viaje en el tiempo a un lóbrego sótano de un caserío de Karrantza cinco décadas atrás. Uno en el que tal vez inició la historia negra de un triángulo azul. Es la puerta de La Caja abriéndose. Tiene compañía.
No le hace falta mirar. Se permite seguir clavando la mirada a ese triángulo camuflado en un nombre que aún es abstracto. Espinosa ha entrado en La Caja.
Pero Arregi también se equivoca.
—Me imaginaba que estarías aquí.
La voz suave de Maialen Mendia surca La Caja hasta acariciar la nuca de Arregi.
—Teníamos una cita. Ya veo que lo has olvidado —añade ella mientras camina hacia las pizarras que engullen lo poco que queda de Salvador.
Arregi se gira. Piensa un segundo de más, le cuesta salir a la superficie.
—Es jueves… —dice Mendia, que hace un gesto con la mano al segundo—. Da igual… Solo me estaba quedando contigo.
Es jueves. Era eso, piensa Arregi, que cae en la cuenta de hasta qué punto no sabía ni en qué día vivía desde que ha salido del caserío de Karrantza.
—Es un triángulo.
Arregi tira las fotos que sujetaba con la mano sobre la mesa de las mil marcas.
—Todas las «a» lo son. Son triángulos. En nombres escritos en distintas décadas.
No lo entiendo… Puedo incluso llegar a entender que el triángulo y la Fundación Sísifo lleven todo ese tiempo operando.
¿Pero por qué matar en ese caserío a una familia de Madrid y firmar con un triángulo sobre la mesa?
¿Por qué hacer algo así si en el sótano había todo este arsenal de cadáveres marcados?
Arregi se deja caer sobre una de las sillas.
—No lo entiendo. No tiene ningún sentido.
Mendia se sienta en la silla más cercana a la de Arregi. La arrastra para acercarse todavía más a él.
—En serio, no deberías haberte saltado nuestra cita —dice ella—. Todavía estamos a tiempo. Y creo que te vendrá bien salir del bucle. Me jugaría las consumiciones de setenta jueves consecutivos a que no has dormido ni media hora desde que nos dieron el aviso de lo de Karrantza.
—Puedo empezar pagando la de hoy —contesta Arregi, que sigue mirando las letras de los nombres.
Ella sonríe.
Se levanta y le tira del brazo.
El bar La Fragua no es el más moderno ni el que sirva algo especial. Solo es el que queda más cerca del piso de Arregi.
Es jueves y día de pintxopote. Hay algo más de gente que lo normal, lo que tampoco es mucha.
Un par de mesas ocupadas por clientes que aprovechan para casi cenar.
Cubiertos contra platos y vasos que se apoyan sobre la mesa una y otra vez, tras tragos continuos y optimistas.
La televisión colgada de la esquina escupe un partido sin sonido, tapado por el murmullo constante de voces.
Detrás de la barra, el camarero seca copas con una rutina que no exige atención extra a nada. Levanta la mirada lo justo para registrar a los nuevos y vuelve a lo suyo.
Arregi y Mendia están en medio de ese microcosmos. Sentados en una mesa junto a la pared, lo bastante apartada como para no ser estorbados, lo bastante visible como para formar parte del paisaje.
Es exactamente el mismo cuadro que un jueves hace más de un año, cuando Maialen Mendia sacó a Arregi a la fuerza de la obsesión de la habitación de las paredes pintadas.
Y sin saberlo ninguno de los dos, el inicio de una pequeña tradición.
Se han reunido regularmente la mayoría de los jueves de los últimos trece meses, justo ahí, en un bar que no es el más moderno ni el que sirva algo especial.
Mendia da un trago a su cerveza, que está cayendo más rápido de lo normal. Después se toca el pelo con los dedos, gesto inédito dentro de la idiosincrasia de ese ritual que comparten. Eso alguien como Arregi lo escanea.
—A veces me pregunto si algún día me contarás en qué estabas metido en aquella época…
—dice Mendia—, cuando vinimos aquí por primera vez.
Todos sabemos que tramabas algo, Arregi…
No somos gilipollas. Pero bueno, estás en tu derecho.
Además, fuera lo que fuese lo que encontraste, volviste distinto.
Te ayudó a empezar a sanar, de algún modo.
Arregi sonríe. Es ya un maestro de aparentar normalidad. En crear una película alrededor suyo para esconder su verdadera piel. Mendia no sabe cuantísimo se equivoca en su percepción.
Ella sigue hablando.
—Sé que pedirte que vuelvas del todo es imposible.
Puede que incluso injusto. Pero al menos, parece que encontraste un pequeño oasis de paz en el que refrescarte un poco.
Y, aunque sé que tu mejoría viene dada más por ese oasis que por nuestras quedadas aquí, me gustaría pensar que eso también ha ayudado. Que nuestros jueves han ayudado.
Arregi vuelve a sonreír. Después da un largo trago a su botellín de cerveza.
—Mendia, suelta de una vez lo que sea que tienes que soltar.
—Estoy saliendo con alguien.
La frase llega como un golpe seco después de oleadas de interludio gestual.
Arregi no sonríe esta vez. Sus ojos oscuros y cada vez más hondos, más hundidos en sí mismos, están fijos en Mendia. Tardan en reaccionar varios segundos más de la cuenta. Tras ellos, hay una disputa encarnizada de sentimientos, algunos de ellos, especialmente dolorosos.
Salvador Arregi no puede creer que lo esté invadiendo algo parecido a los celos.
No le duele que Mendia tenga pareja. Le duele que le afecte.
Es un deshonor hacia Anna. Y por rebote hacia Astrid. Así lo siente en ese momento, y se tortura por ello sin compasión alguna. En el lapso ínfimo que tarda en reaccionar, ya se ha desgarrado el interior con dos mil latigazos autoimpuestos.
—Ya sabía que algo tenías que soltar, Mendia. —Arregi ahora sí lanza una sonrisa tan mentirosa como el resto—. Bueno, supongo que es una buena noticia, ¿no?
Entonces ella también sonríe, de forma tímida, muy tímida.
—Sí, claro. O eso espero —contesta, y ahora la sonrisa se transforma en risa irónica.
—Seguro que sí. ¿Cómo se llama?
—Diego.
—Diego… —Arregi asiente y da otro trago largo de cerveza.
—Sí. Es valenciano. Lleva aquí varios años por trabajo. Aunque viaja bastante… sí…
La conversación se encasquilla por mucho que se intente hacer rodar con normalidad su engranaje.
—Me gustaría que siguiésemos haciendo esto. Las quedadas de los jueves —dice ella.
—Claro —contesta él—. ¿Y por qué no íbamos a hacerlo? Solo somos compañeros de trabajo charlando de sus cosas.
Arregi se afianza en esa idea, que es la única posible para él. Siempre ha sido así. Pero algo sigue removiéndose en algún recoveco remoto sin su permiso. Y el silencio que sigue, no ayuda a que esa presencia sea menos molesta.
—¿Quieres otra? —Arregi alza su botellín vacío—. Recuerda que pago yo. Me quedan al menos otros sesenta y nueve jueves por invitar. Tenías razón antes, no he dormido nada desde que hemos salido del caserío.
—Según lo que ha dicho Altuna… Dios… ¿Crees que estuvieron allí, vivos, alrededor de la mesa, viendo cómo sus familiares se apagaban? La niña solo tenía… —Mendia corta en seco—. Arregi… A veces todo esto me cansa demasiado...
Mendia se da cuenta casi al instante de que ha tocado una herida abierta al mencionar a la niña y la edad. Pero ese es el problema de estar con Arregi. Que casi todo en él supura. Es inevitable tocar un nervio en algún momento.
Pero Salvador Arregi contesta en modo operativo.
—Sí, es horrible. Siempre lo es cuando el triángulo aparece. La última vez, una familia fue masacrada. Y lo fue solo para aportar atrezzo. — La frase es un mazo—. Con esto es con lo que tratamos. Creo que esta vez puede ser algo similar.
—¿A qué te refieres? Creo que no te capto, Arregi.
Arregi no contesta al momento. El teléfono móvil lleva un minuto reclamando su atención con vibraciones furibundas en el bolsillo del pantalón. Lo atiende ante la mirada expectante de Mendia.
Es Lasa. Una llamada. Dos mensajes.
—A lo que me refiero —Arregi retoma el punto anterior—… es que la última vez que apareció el triángulo y una familia masacrada, el verdadero responsable quedó libre.
—Te refieres a…
—Sí. Me da igual cómo Espinosa cerrase el caso. Lo respeto, hizo lo que dicta el procedimiento con los elementos que tenía, pero… El Arquitecto es real. Y campa por las calles. A eso me refiero.
Arregi se levanta. Deja sobre la mesa un billete de veinte euros.
—Ha sido un placer, una vez más. Pero Lasa ha encontrado algo de Alejandro Rivas. Tengo que verme con él en La Caja. Puedes venir si quieres. Si es que Diego puede esperarte... Seguramente se nos hará tarde de cojones.
—Esperará. Más le vale acostumbrarse...