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Puerta de Hierro
Leve, rítmica, constante. El sonido más imponente y pavoroso de toda la enorme mansión es una gota cayendo.
El suero desciende por el tubo hasta el brazo del pequeño Gabriel. Carmen está sentada a su lado, como siempre que el señorito se queda dormido; así lo ordenó la señora Aristegui.
Desde hace varias semanas, velar por el niño es su prioridad, muy por encima de otros quehaceres de la casa.
A Carmen no le molesta: lo adora como si fuese su propio hijo o un hermano pequeño, lo que resultaría más natural por la edad.
Lo que está claro es que los Aristegui son para ella la familia que nunca tuvo, la que perdió demasiado rápido.
El señor Aristegui la acogió en su casa. Le dio un trabajo, un techo y un plato en la mesa cuando la vida le había negado todo ello y mucho más.
No, velar por el señorito Gabriel, incluso aunque le robe la mayoría de las horas de sueño, no es un problema para Carmen.
Pero el gotero sí.
Ese sonido leve, rítmico y constante.
Le recuerda al día de las pruebas médicas una semana atrás. Desde luego que no se quejó de ello, entiende lo que le dijo el señor, que son necesarias cada cierto tiempo para trabajar en una casa. Y más teniendo en cuenta que el señorito Gabriel está aquejado de su enfermedad. No, no se quejó, no.
Pero Carmen odia las agujas.
Es una mujer dura, abnegada y sufrida. Ha pasado por mucho y siempre lo ha hecho con denuedo. Pero las agujas… Con las agujas no puede por algún motivo que se le escapa.
Y la gota suena y suena. Le recuerda la aguja del gotero clavada en la piel del señorito; en la suya propia cuando le sacaron sangre la semana anterior. Y, por último, subraya el hecho de que el niño no mejora con el paso del tiempo, sino que más bien recorre el camino contrario.
El miedo empuja sus pensamientos hacia otro lugar muy distinto.
Y se pone otra vez nerviosa.
Se siente estúpida.
Pareces una cría, Carmen, se dice. Solo es un hombre que quiere conocerte.
Pero es justo esa, y no otra, la cuestión.
Un hombre quiere conocerla. Tal vez casarse con ella. En su mundo eso no existe; no tiene derecho a tan buena nueva. Ella es, por naturaleza, ajena a una posibilidad así, y por eso le cuesta reconocerse. No tiene claro si se siente mal o demasiado bien, ese es el problema, se dice.
Una, dos, tres, la gota sigue percutiendo.
Su concierto se cuela entre sus nervios y los remueve.
Nunca hubiese imaginado algo así. Un marido.
Además, de buena posición. Debe serlo si es conocido del señor Aristegui.
Un hombre. De buena posición. Un marido.
Una, dos, tres, la gota sigue percutiendo.
Carmen se levanta de su silla junto a la cama del señorito Gabriel.
En una concesión a sus instintos más primarios abandona su guardia y se planta frente al espejo de la habitación.
Se coloca el pelo por enésima vez esa misma tarde.
Un mechón rebelde. El mismo que se descuelga por el lateral derecho de la cabeza.
Le gusta. Cree que le queda mejor así. Que le da un aire natural y desenfadado.
Pero lo que crea ella no le importa a nadie.
Debe llevar el pelo perfecto. Como una señora.
La maldita gota sigue sonando. Da igual lo que se aleje del gotero. Le persigue. Está en su cabeza.
Un vértigo malsano se apodera de su estómago cuando escucha la puerta abrirse.
Carmen se gira en un resorte, avergonzada de su posición tan vana, allí plantada frente al espejo, alimentando su ego cuando debería estar solo por y para el señorito.
Ya había adoptado la postura adecuada para hablar con la señora Isabel cuando, para su sorpresa, descubre que es el señor Aristegui quien ha entrado en la habitación.
Eso solo puede significar una cosa.
Ha llegado el momento.
—¿Qué tal, Carmen? ¿Preparada? Nos vamos enseguida.
Eduardo Aristegui habla mientras se acerca hasta la cama de su hijo. Allí, acaricia su mano sin llegar a tocarla. No quiere despertarle ahora que descansa.
—Claro, señor. Preparada. Pero ¿cómo es que nos vamos? Pensaba que el señor Montero vendría aquí.
—No. Finalmente iremos nosotros a su casa. Es un lugar maravilloso. Estoy seguro de que te va a encantar, Carmen.
Carmen sonríe. Intenta mantener la compostura. Nada de parecer atacada, por mucho que todo su cuerpo casi parezca ingrávido de la emoción.
—Pero, señor… yo… ¿Y el señorito Gabriel? No me siento del todo cómoda marchándome. Lleva varios días más… —no, eso no; Carmen busca palabras menos duras— con menos energía. Igual no es el mejor momento para todo esto.
Eduardo Aristegui se incorpora. Camina hacia la ventana desde la que se observa la mayoría del inmenso jardín que rodea su casa. Respira un puñado de veces y se gira hacia Carmen.
—No me malinterprete, señor. Agradezco mucho la oportunidad de conocer al señor Monteros. No crea que no. Pero siento que mi prioridad debe ser el señorito Gabriel. Él y está casa son lo primero para mí.
A Carmen le tiembla la voz. Es una mezcla de tensión y una realidad aún mayor que no es del todo correcto verbalizar. Ella quiere al señorito Gabriel. Lo quiere como si fuese un hijo propio.
—Carmen, es de agradecer tu dedicación para con nosotros y esta casa. De verdad que sí. Pero tranquila, Gabriel tiene a su madre y a los mejores médicos llegado el caso. Estará bien. Te espero abajo, pero intenta no tardar. No queremos hacer esperar al señor Monteros, ¿verdad?
Carmen vuelve a sonreír.
—Desde luego que no, señor. Me despido del señorito Gabriel y bajo ya mismo.
Eduardo Aristegui sale de la habitación. El coche espera abajo.
Carmen se sienta junto a la cama.
Gabriel duerme profundamente.
—Prométeme que estarás bien unas cuantas horas, peque —Carmen le habla como solo entre ellos dos saben—. No voy a tardar mucho en venir.
Y después, regresa frente al espejo. El mechón vuelve a descolgarse rebelde hasta invadir la ceja derecha. Carmen se lo coloca. Y se insufla fuerzas a sí misma.
Es su primera cita con un hombre. Y qué hombre…
El señor Aristegui le ha hablado mucho de Fernando Monteros.
—Estas perfecta, Carmen —dice la voz nueva llegada desde la puerta—. Eres una mujer muy hermosa, aunque no te lo digan a menudo.
La señora Aristegui acaba de entrar en la habitación para acompañar a su hijo.
Ambas mujeres se despiden con un abrazo antes de que Carmen abandone la habitación.
La relación con la señora siempre ha sido más cercana que con el señor. A fin de cuentas, es con ella con quien pasa la mayoría del tiempo en la casa.
—Señora Monteros —dice Carmen en alto mientras baja las escaleras hacia el coche—. Señora Monteros, suena bien.