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Dormir tres horas nunca es suficiente. Y lo es menos cuando se hace entre las imágenes del caserío de Karrantza, que se asoman a la mente y el subconsciente para golpear con el sonido constante del martillo de intervención contra la pared.
Abriendo con cada toque una puerta al horror, una ventana a calaveras que vuelven a ver la luz cuando ya solo debería haber oscuridad eterna para ellas.
El café recalentado intenta paliar parte del daño.
El viejo reloj de pared marca una hora inexacta, siempre un poco adelantado o atrasado al tiempo; y según su propia ley, son las nueve y trece de la mañana.
En La Caja todo son miradas cansadas cuando empieza la reunión de equipo de la DIC.
Iñaki Espinosa está en el estrado, junto a las pizarras, ejerciendo su posición de líder. Hoy más que nunca, querría estar jubilado ya. Y aunque se encuentre en el tiempo de descuento desde hace medio siglo, hoy más que nunca, también sabe que debe seguir en pie.
Empieza la reunión.
—Está claro que lo que hemos visto escapa a toda lógica.
Pero necesitamos ordenarlo en la medida de lo que se pueda.
Así que vamos a dividir lo encontrado en el caserío en dos secciones.
Por un lado, la familia de la mesa del comedor.
Y por otro, la cripta del sótano. Empezaremos por la familia.
La identidad está confirmada a estas horas.
Espinosa empieza a escribir en las pizarras que ejercerán de mapa negro del caso.
ALEJANDO RIVAS MONTALBÁN (46)
LAURA ORTEGA VIDAL (44)
MARTÍN RIVAS ORTEGA (14)
SOFÍA RIVAS ORTEGA (9)
FAMILIA RIVAS ORTEGA (MADRID)
Madrid.
La procedencia es la primera puñalada para todos los que vivieron el caso de la Bruma dos años atrás. Y un cañonazo a quemarropa para Salvador Arregi.
¿Por qué dejarlos en Bilbao?
La pregunta recreada a forma de bumerán sangriento que vuelve.
Y por si faltase poco para relacionar ambos casos, Espinosa remata debajo en la pizarra, con trazo más grueso y letras mayores.
TRIÁNGULO EN LA MESA
TRIÁNGULO AZUL
FUNDACIÓN SÍSIFO
—El triángulo es una firma. Un detalle que no podemos obviar. —Espinosa deja el rotulador en la bandeja y se gira hacia el resto.
Koldo Altuna ya se ha puesto en pie. El forense es el invitado habitual en el centro de operaciones de la DIC, cuando los casos han regado cadáveres a discreción.
—Altuna, al estrado —confirma Espinosa.
El forense lleva en la mano multitud de informes que no va a necesitar leer, como siempre.
Espinosa hace un gesto a Aitor Lasa. Y este pulsa varias teclas de su portátil. En la pantalla junto a las pizarras se reproducen fotografías de la escena. La familia Rivas.
Cuatro cuerpos.
Cuatro sillas a las que están atados.
El triángulo sobre la mesa.
Nadie habla.
La Caja respira con un pulso lento.
—Voy a dejar algo claro desde el principio —dice Altuna—. Esto es preliminar. Las autopsias completas van a tardar. Toxicología también, y después veréis que en este caso es importante. Pero hay varias cosas que ya puedo afirmar con bastante seguridad.
Koldo Altuna deja el estrado y se acerca hasta el sitio donde Lasa tiene el portátil.
—¿Me permites?
Lasa se hace a un lado.
Altuna pincha sobre una de las imágenes, y la pantalla la muestra ampliada. En ella se ve a Alejandro Rivas.
—Los cuatro fueron inmovilizados en vida. Las bridas dejaron lesiones compatibles con forcejeo prolongado. Especialmente en los tobillos. Y en las manos…
Altuna cambia de imagen. En primer plano aparecen unas manos con un clavo de grandes dimensiones atravesando el dorso y fijando las palmas a la mesa.
—En las manos hay desgarros que indican que intentaron zafarse de algún modo. Sobre todo, el padre y el hijo.
Silencio absoluto en La Caja.
Altuna continúa su exposición, y cambia de foto. Ahora en pantalla salen unos brazos femeninos.
—Los cuatro cadáveres presentan múltiples puntos de punción recientes. Antebrazos, muslos y cuello. Administraciones repetidas.
—¿Administración de qué? —pregunta Arregi, incapaz de soportar el ritmo pausado del forense.
—Esa es la cuestión… Por eso os he dicho que necesitamos aún confirmaciones de toxicología. Pero todo apunta a Midalozam y Propofol. En cristiano —Altuna mira a Espinosa—: anestesia.
Y Espinosa coge el guante. Vuelve a la pizarra. Añade una anotación junto al nombre del padre.
ALEJANDO RIVAS MONTALBÁN (46) (( CIRUJANO))
—Sabemos que Alejando Montalbán ejerce como cirujano en una clínica privada en Madrid —dice el jefe de la DIC mientras cierra la tapa del rotulador.
—¿Casualidad? —indaga voz en alto Helena Ibarra desde su sitio.
—Las casualidades no existen cuando el triángulo azul está detrás.
La contestación de Arregi se queda flotando en La Caja. Todos le miran a él. Pero el que vuelve a hablar es Koldo Altuna.
—En realidad, más que anestesia, parece que se trató de sedación progresiva.
En pantalla aparece Sofía Rivas.
Mendia se revuelve en su silla. Aún tiene presente su rostro de la madrugada anterior. Incluso el olor.
El forense sigue hablando.
—Todo hace indicar que las dosis se administraron en intervalos distintos. Eso explicaría la multitud de punciones.
Altuna coge aire. Es preparación casi ritual antes de dar un nuevo golpe.
—Los mantuvieron lo suficientemente sedados como para que no pudieran resistirse durante un tiempo indeterminado, hasta que sus cuerpos terminaron por ceder.
—¿Estás diciendo que… —es Helena Ibarra quien vuelve a hablar— los tuvieron ahí inmóviles en la mesa, viendo cómo se apagaban los unos a los otros?
No hace falta contestación.
Eso es justo lo que Koldo Altuna está diciendo.
—Hay una cosa más… El padre, Alejandro Rivas, presentaba una incisión en el torso. Como de una intervención quirúrgica. Aunque no parece ni mucho menos algo profesional. Lo más curioso, es que no parece que le hayan extraído nada visible.
Espinosa retoma el mando.
—Tenemos varias vías de investigación que abrir.
Lo primero, investigar la relación entre la profesión como cirujano de Alejando Rivas con todo esto.
También, dilucidar el motivo por el que estaban en ese caserío perdido en el valle de Karrantza, cuando ellos son de Madrid.
¿Por qué, además, estaban en un caserío donde había una cripta con cadáveres ocultos en el sótano?
Espinosa vuelve a la pizarra.
—Y esto enlaza con la segunda parte de esta historia —dice mientras vuelve a tatuar de rotulador negro el lienzo en blanco de la pizarra.
EL SÓTANO
Iñaki Espinosa le cede la palabra a Altuna.
Pero el forense le pide el rotulador extendiendo la mano.
—Las fechas son aún muy aproximadas, aunque podemos ordenarlo por décadas. Voy a empezar de adelante hacia atrás —dice Altuna mientas empieza a escribir en la pizarra.
CADÁVER 1 – DÉCADA 2020 – DANIEL CORTÉS
CADÁVER 2 – DÉCADA 2000 – SOFÍA NAVARRO
CADÁVER 3 – DÉCADA 1990 – HUGO MARTÍNEZ
CADÁVER 4 – DÉCADA 1980 – IÑIGO ARRIETA
CADÁVER 5 – DÉCADA 1970 – GAbrIEL ARISTEGUI
Lasa ya vuelve a controlar el portátil. Reproduce en la pantalla imágenes de la cripta del sótano.
Fotos espeluznantes. En la primera, se ve la del cadáver 1.
Lona de plástico recubriendo el cuerpo hasta la altura de la cabeza.
Unas correas metálicas afianzando el cadáver a la pared.
Una hoja de papel grapada a la altura del abdomen y recubierta de plástico para resguardarla.
En ella se lee el nombre «DANIEL CORTÉS».
—Como digo, tratándose de cadáveres con tanta antigüedad, hacen falta aún muchísimas pruebas —dice Altuna—.
Pero vamos sacando algunos patrones. Lo más obvio es la diferencia de años entre unos y otros.
También que parece haber tanto hombres como mujeres entre ellos.
En los casos más antiguos necesitamos más pruebas, pero la fisionomía ósea parece evidenciar el género.
Lasa selecciona la siguiente foto.
Década de los 2000. Un envoltorio similar. Plástico hasta la altura del cuello y correas metálicas firmes. En el abdomen un papel con el nombre «SOFÍA NAVARRO».
—Lo que sí puedo decir que sepamos hasta ahora, es que, en los más recientes, se aprecian algunas marcas óseas compatibles con posibles intervenciones quirúrgicas.
Siguiente foto.
Década de los 90. El plástico es más rudimentario que los anteriores. Las correas, son de cuero. El nombre se lee más sucio. «HUGO MARTINEZ».
—¿Y los nombres? —Es Arregi quien vuelve a preguntar.
Nadie lo ve, pero su pie izquierdo taconea con los nervios de las grandes veces contra el suelo.
—Esa ya no es una pregunta para mí —contesta Altuna.
Década de los 80. El cuerpo está envuelto por una tela de poliéster. Las correas parecen más rudimentarias que en el anterior. El nombre también está más degradado. Pero se lee bien. «IÑIGO ARRIETA».
Arregi se ha levantado de su silla. Se acerca a la pantalla ante la mirada del resto. Todavía queda ese respeto mezclado con el miedo a lo imprevisible de esa nueva versión del hombre que hace no tanto era el jefe de ese equipo.
—Lasa —dice Arregi ya a escasos centímetros de la pantalla—, ¿podríamos ampliar el nombre?
Lasa mira a Espinosa, y después empieza a teclear.
El nombre de Lucía ocupa casi toda la pantalla en primer plano.
—Lo veis, ¿verdad?
Arregi está señalando la letra final del nombre. La «a».
—¿Veis esto? —insiste —. La «a» está escrita sin la raya de abajo. Como si fuese un triángulo.
Arregi se gira bruscamente hacia Lasa.
—¡Amplía el resto de los nombres!
Daniel.
—La «a». Tampoco tiene la raya inferior —señala Arregi.
Sofía.
—Lo mismo. Fijaos bien.
Entonces llega el siguiente nombre. Ampliado en la pantalla. Y ese no tiene la letra «a».
Hugo.
Pero el apellido, sí.
—Martínez. La primera «a», parece un triángulo.
—Podría ser… —murmura Lasa.
Maialen Mendia se ha levantado para observar más de cerca. No dice nada.
—Es muy ambiguo —dice Ibarra desde su sitio—. Son letras muy distintas. Es pura elucubración… No sé…
—Claro que son letras distintas. Están escritas muy probablemente por diferentes personas. Hablamos de décadas de diferencia. Pero el patrón está ahí. Es el triángulo —Arregi defiende su tesis.
Para él el triángulo siempre está presente.
Y ese es el problema para el resto.
—Ibarra tiene razón —dice Espinosa—. Podría ser, o podría no ser. Solo son letras raras escritas a mano con una caligrafía de mierda décadas atrás. Por ahora no podemos afirmar nada. Vamos a seguir.
Arregi le lanza una mirada que dice mil cosas o ninguna. Y vuelve a la quinta silla. Vuelve a su nuevo lugar.
En pantalla aparece el último cadáver, que es en realidad el primero cronológicamente.
Está cubierto por una sábana amarillenta.
A diferencia de los anteriores, cubre todo el cuerpo y parte de la cabeza, dejando solo la mitad expuesta.
Está atado a la pared por cuerdas roídas.
Una escenificación más rudimentaria. El paso del tiempo marcando su ritmo decreciente con claridad.
El papel sobre el abdomen está muy deteriorado.
Se lee a duras penas el nombre, escrito a mano. «GAbrIEL ARISTEGUI».
La «a» tampoco parece tener la raya inferior.
Depende de los ojos que lo miren, podrían ver un triángulo o no.
Altuna vuelve a hablar para cerrar su intervención.
—Hay algo respecto a los cadáveres y los nombres que sí parece relevante en el caso de este primer cadáver, el más antiguo.
El de la década de los setenta. Los restos óseos dictaminan con bastante claridad, aunque aún a falta de pruebas, que se trataba de una mujer. De estatura bastante baja, además.
—Y, sin embargo —es Arregi quien vuelve a hablar—, tiene escrito el nombre «Gabriel». Un nombre de hombre.
—Exacto —contesta Altuna.
Arregi le quita el rotulador de la mano al forense. Y se lanza a la pizarra. Añade una anotación sobre el nombre del cadáver cinco.
CADÁVER 5 – DÉCADA 1970 – GAbrIEL ARISTEGUI ??
Entonces habla para el resto de La Caja.
—El cadáver de una mujer con el nombre de un hombre.