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El polvo flota en el aire, removido por los golpes de los martillos contra los falsos tabiques. Ensucia aún más el poco oxígeno que escapa a la muerte que los rodea por todos lados.
Cinco rostros les observan incrustados en distintos puntos de las paredes. Algunos ya no tienen ojos. Otros, en cambio, conservan demasiadas partes intactas como para ser soportables a la vista.
Salvador Arregi lo sabía incluso antes de que abriesen las porciones de pared de los últimos cadáveres. Eso no es un sótano, es un cementerio en vertical.
—Cuidado. Con mucho cuidado. Pueden destruirse pruebas con décadas de antigüedad —le dice Koldo Altuna al agente que pica en la pared.
El forense dirige prácticamente cada golpe del martillo de inspección.
Ya casi han descubierto la quinta cripta improvisada entre las paredes.
La última.
O la primera.
Depende de cómo se mire.
La más vieja.
—¿Décadas? —pregunta Arregi, que siempre sabe qué palabra exacta es la clave por donde empezar a diseccionar la escena.
—Sí.
Altuna contesta a Arregi sin mirarle, concentrado en que ningún martillazo exceda territorio sagrado.
—Es algo que ya imaginaba con los anteriores, pero este, sin duda, es antiguo. Por el estado de los restos esqueléticos, hay una degradación de décadas. Por no hablar de cómo están envueltos y anclados a la pared. Se puede notar la diferencia, el paso del tiempo entre cada uno de ellos.
Arregi sí se había fijado en eso. El quinto y último cadáver está envuelto en una tela amarillenta. Lo agarran a la pared cuerdas envejecidas que parecen a punto de ceder. Está más tapado que los otros. Incluso la cabeza está solo visible parcialmente. Es una momia.
El contraste en la preparación es notorio respecto a los dos primeros cadáveres expuestos: ambos están envueltos en plástico y las cadenas que los sujetan son metálicas.
—Distintas épocas —dice Arregi.
Altuna ahora sí lo mira. Asiente en silencio.
Distintas épocas.
Las escaleras crujen tras ellos.
Quien desciende a la cripta del mal, con el rostro desencajado, es Maialen Mendia.
Cuando alguien se encuentra a una familia muerta, sentada alrededor de una mesa y mirándose entre sí, lo último que espera ese día es ver algo aún más horrible.
Y eso es justo lo que gritan los ojos grises de Mendia, que ya se ha tapado el resto de la cara con una mascarilla. El hedor de la mezcla de distintas fases de cadáveres es insoportable. Incluso para un agente de la DIC, hay un límite de muerte que se puede oler en un mismo lugar.
Mendia busca en los ojos de Arregi alguna explicación imposible.
Y después escanea el infierno abierto en las paredes de ese sótano.
Cinco agujeros que desnudan sendas cavidades ocultas entre las paredes.
Nichos verticales en los que cinco calaveras en distintos grados de putrefacción se asoman como flotando, con los cuerpos envueltos y fijados contra la pared original.
Algunos con cuerdas metálicas. Otros con correas.
Uno, el último, sobre el que trabajan en ese mismo instante, con cuerdas roídas.
Mendia duda. No quiere que se le note, pero, pese a la brutalidad con la que están acostumbrados a convivir en la DIC, esa escena le impresiona de un modo distinto. Tiene algo de película de terror. De irracional. De demoníaco.
Termina decidiéndose, y comienza a caminar hacia el primero de los cadáveres.
Intenta no respirar con fuerza. No quiere que ni una sola partícula de ese aire polvoriento y viciado se cuele a través de la mascarilla.
Se agacha lo justo como para apreciar el detalle que le llamaba la atención.
El detalle que la ha empujado a moverse.
—Esto… —murmura bajo la mascarilla.
—Sí, es un nombre —contesta Arregi—. Cada cadáver tiene uno distinto cosido a su envoltorio. Parecen escritos a mano.
Pero no es eso lo que más perturba a Mendia. En ese nombre, le parece ver algo más. Un símbolo solo insinuado. Suficiente para que su estómago quiera darse la vuelta.
Un triángulo pintado de tal manera que queda sin unir en uno de los vértices inferiores. Eso es lo que cree ver ahí.
Entonces sí, cuando aparta la mirada de ese triángulo y se gira, Maialen Mendia sí se encuentra de bruces con los ojos de Salvador Arregi. Y en ellos hay fuego. Ese fuego tan salvaje que solo ese símbolo le provoca. Ese que confirma que él está viendo lo mismo que ella.
Un triángulo azul con el vértice incompleto.
Pintado décadas atrás.
Una pesadilla que parece no tener final.
Pero tampoco principio.