Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 1
1%
Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3)

Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3)

Por Joseba Calvo Macarrilla

© inepub.com

1

Desde el último peldaño de la escalera se ve mejor. Ahí, en lo alto, el símbolo insinuado con la cubertería se convierte en un dibujo perfecto sobre la mesa.

Un triángulo.

Salvador Arregi observa la firma.

Deja que el mensaje que guarda se cuele en su interior junto con el aire podrido que desprenden los cadáveres.

Cuatro comensales inmóviles, sentados alrededor de la mesa, aguardando pacientes.

Como si en el fondo esperasen que algo cambie en algún momento; que el tiempo pervierta su ley más sagrada y vuelva hacia atrás, y que el horror, tan irreal, se dé la vuelta como un calcetín para no morir anclados a las sillas, mirándose los unos a los otros.

Una familia sumida en la peor pesadilla inimaginable.

Arregi da un vistazo al resto de la estancia desde lo alto.

Movimiento constante de agentes, también de sus propios compañeros de división.

Aitor Lasa fotografía y toma apuntes en su tablet.

Maialen Mendia está, por algún motivo, muy centrada en la hija menor.

Helena Ibarra se agacha a la altura de la silla en la que el padre, identificado como Alejandro Rivas Montalbán, tiene atadas las piernas con bridas, como el resto de los comensales.

Espinosa habla con uno de los agentes. Arregi lee la expresión en el rostro del muchacho; no necesita más que unos pocos segundos para descifrarla: está deshecho de horror.

El viejo Iñaki Espinosa reacciona rápido y sigue al joven fuera de esa cápsula de muerte que es el salón comedor.

Arregi se descuelga de la escalera y, abajo, el hedor lo abraza con más fuerza. Se pregunta cuánto tiempo llevará la familia allí, a la mesa. Y, sobre todo, cuánto de ese tiempo llevaban ya muertos. Cuanto menor sea esa franja, mayor el sufrimiento.

Ese pensamiento le lleva inevitablemente hasta Altuna.

El forense está tardando más de lo normal. Algo extraño, dada la naturaleza brutal de la escena del crimen.

—¿Crees que estaban aún vivos cuando los ataron a las sillas? —La pregunta soltada de cuajo parece haberle leído el pensamiento.

Maialen Mendia habla para Arregi, aunque sigue mirando a la menor de la familia.

—Es decir… ¿que estuvieron aquí, mirándose a los ojos con sus seres queridos, sabiendo lo que iba a ocurrir? No me imagino nada peor que eso…

Arregi mira a Mendia. Sus mentes se han rozado en un mismo punto. Pero ninguno de los dos puede obtener esa respuesta aún.

—No lo sé —responde él—. Aunque sí lo temo. De todos modos, es una pregunta para un forense. Que alguien llame de una puta vez a Altuna y le meta prisa.

Arregi ya se está dando la vuelta casi antes de terminar de hablar.

Corre fuera del salón.

Ha bajado de la escalera para seguir a Espinosa y el joven agente pálido. Para perseguir la estela sospechosa de un mal aún mayor. Y si algo ha aprendido a fuego los dos últimos años, es que por mal que estén las cosas, lo peor siempre aguarda un poco más allá.

El frío le abofetea en cuanto pone un pie fuera del umbral de la puerta de entrada.

Un golpe placentero que rompe con el ambiente viciado y febril del interior de la casa.

El aire gélido limpia los pulmones de aroma a tortura y muerte y sale escupido al exterior en una pequeña nube que se condensa y desaparece casi al mismo tiempo en la negrura del monte.

Una, dos, tres, veinte respiraciones cortas y furiosas, mientras sus botas pisan con pesadez la hierba húmeda.

Salvador Arregi rodea la casa persiguiendo los pasos del fantasma pálido y Espinosa.

Los focos portátiles señalan el lugar con precisión. Alumbran la boca abierta en la parte posterior del caserío. La puerta de acceso a las escaleras que descienden al sótano. Un agente apostado en la misma puerta cruza una mirada ínfima con Arregi, cuando este se mete en las tripas del subsuelo.

Se escucha el eco de la voz grave y rasgada de Espinosa mientras Arregi aún sigue descendiendo escalones con pasos no tan rápidos como cabría esperar.

No lo entiende, en ese sótano no había nada, ya se inspeccionó hace dos horas.

¿Por qué un agente blanco como un muñeco de porcelana ha ido a buscar al jefe para llevarlo allí de nuevo?

Lo peor siempre aguarda un poco más allá…

O unas pocas escaleras más abajo…

O…

Espinosa está frente a una de las paredes. El agente pálido a su lado, alumbrando con una linterna. Y un tercero, golpeando el tabique con cuidado con un pequeño martillo. Como si quisiese romperlo, pero temiese hacerlo.

Arregi se acerca en silencio. Nadie habla en ese momento. Un zumbido de la bombilla del techo. Otro más regular de uno de los focos portátiles que alumbran al tabique. Y la percusión del martillo rompiendo con tiento una pared mucho más endeble de lo que parecía a simple vista.

El peor horror también se puede esconder tras una falsa pared.

—Dios santo, joder. —La voz de Espinosa sale incluso más desgastada de lo normal.

Arregi llega hasta su altura. No dice nada. Solo se queda a su lado. Y observa.

El martillo ha abierto un pequeño agujero en el tabique. Con cuidado supremo de no romper demasiado. Intentando no romper nada de esa calavera empotrada en la pared. Esa calavera que los mira a través de las cuencas vacías, mientras de una de ellas sale reptando un gusano.

El agente pálido se dobla sobre sí mismo. El vómito ya no va a aguantar más. Se aparta unos metros hacia las escaleras.

Arregi, en cambio, se acerca un poco más. Observa imperturbable al gusano que sigue su ascenso por el hueso frontal donde mechones de pelo grisáceo aún resisten al paso del tiempo y de la vida extinta hace demasiado.

—¿Por qué sabíais que aquí podía estar esto? —pregunta.

—Porque aquí atrás está esto otro.

La voz de Koldo Altuna suena a la espalda de Arregi, como si fuese la de un espectro salido de la nada.

Arregi se gira hacia la pared contraria.

La que queda tras las escaleras que acaba de bajar, y a la que en ningún momento había mirado al bajar al sótano.

Altuna está ahí, casi entre las sombras, trabajando sobre varios agujeros abiertos en ese otro tabique.

En el mismo lugar donde lleva más de media hora, desde que ha llegado al viejo caserío.

El peor mal puede estar a solo unos pasos. A tu espalda. En los agujeros abiertos de una sencilla pared.

Arregi ya camina hacia ese mal.

Otros cuatro agujeros abiertos. Uno seguido del otro.

—Joder… —dice cuando alcanza a ver lo que esconden.

—¿Qué hostias es esta casa?