Nadie se enamora antes del café Capítulo 14. La casa invita #2
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Capítulo 14. La casa invita #2

«La parte de los cinco minutos es precisa.»

«Por eso no voy a preguntarte nada más.»

A las ocho, Rafa pidió dos copias, una para Charo y otra para llevar al mercado. Lidia fotografió solo el encabezado después de preguntar. Saúl leyó un párrafo en voz alta y fingió que le había entrado humo en los ojos. Mercedes quiso saber si ella aparecería en la siguiente entrega.

«Solo si cometes un delito interesante», respondió Flori.

«Puedo organizarlo.»

La publicación en redes empezó a circular. Esta vez llevaba la firma. Los comentarios no preguntaban quién había escrito la frase. Le hablaban directamente a Flori.

Gracias por poner palabras a estas mañanas.

Mi padre trabajó treinta años en el mercado. Le habría gustado.

¿Habrá otra columna?

Flori leía las notificaciones en el almacén, escondida detrás de una caja de leche.

Míriam se asomó.

«Puedes leerlas en público. No es ilegal.»

«Estoy comprobando stock.»

«El stock te ha dicho que alguien quiere suscribirse.»

Flori guardó el móvil.

«Una columna no es una carrera.»

«No. Es una columna.»

«Gracias por la profundidad.»

«La siguiente puede ser sobre amigas que aprenden a no convertir todo en una meta.»

Flori la miró.

«Eso ha sido casi inteligente.»

«Nerea me está influyendo.»

Nerea apareció a las once para desayunar. Se sentó en la barra y pidió la tostada que había ganado el concurso. Míriam la preparó intentando que su felicidad no pareciera una campaña publicitaria.

«Esta noche», dijo Nerea, «no hay crisis, evento ni trámite municipal.»

«Todavía son las once.»

«No invoques nada.»

«¿Qué plan tienes?»

«Cena. Tú, yo y ningún perro.»

Thor golpeó el cristal desde la terraza.

«Ha oído eso.»

«Que aprenda a gestionar el rechazo.»

Míriam se inclinó sobre la barra.

«¿Es una cita?»

«Si no publicas una encuesta para decidir el restaurante.»

«Puedo elegir sin consulta.»

Nerea levantó una ceja.

«Estoy creciendo», añadió Míriam.

«Despacio.»

Flori pasó detrás con una bandeja.

«No la provoques. Puede organizar una gala.»

Míriam le sacó la lengua.

A mediodía, Toñi reunió a las dos junto a la caja. El primer balance de gestión era positivo. Habían aumentado ingresos, reducido desperdicios y cerrado tres reservas para pequeñas actividades de septiembre.

«Parece que esto funciona», dijo.

Míriam miró a Flori.

«Parece.»

Flori sostuvo la columna impresa.

«Todavía no hemos pagado a Leo.»

«Cuatro meses de desayunos», recordó Míriam.

Leo entró justo entonces, con la puntualidad sospechosa de quien llevaba un minuto escuchando detrás de la puerta.

«He oído mi nombre.»

«Hablábamos de deudas», dijo Flori.

«Entonces seguro.»

Se acercó a la barra. Flori le enseñó una copia firmada.

«¿Quieres una?»

Leo la tomó con cuidado.

«Quiero la primera.»

«Emilio ya se la ha llevado.»

«La primera que me das tú.»

Flori escribió una dedicatoria en el margen. Míriam intentó mirar.

«Privado», dijeron ambos a la vez.

Míriam levantó las manos.

«He entendido.»

Y lo había entendido de verdad.

No todas las cosas bonitas necesitaban público para existir. A finales de agosto, el calor seguía allí, pero había perdido autoridad.

Las mañanas empezaban con una luz un poco menos blanca.

Las sombras duraban más. La ciudad todavía superaba los cuarenta grados algunos días, aunque ya nadie hablaba de ello con el dramatismo de julio.

El cuerpo humano tenía una capacidad inquietante para normalizar cualquier amenaza si se repetía suficiente tiempo.

Pointer y Aparte también había cambiado.

El nuevo letrero colgaba sobre la puerta: letras cálidas, una taza pequeña y la silueta de Thor con las orejas levantadas. Toñi había calificado el diseño de “correcto” y después lo fotografió desde seis ángulos, incluido uno que exigió subirse a una silla.

La pizarra de la entrada mostraba una frase nueva:

Nadie se enamora antes del café.

Después, no nos hacemos responsables.

Flori la había escrito a las siete y veinte.

Míriam añadió un corazón a las siete y veintiuno.

Flori lo dejó.

A las siete y cuarenta entró Emilio.

«Cortado corto, agua sin hielo y media tostada con tomate», dijo antes de sentarse.

«Hoy te invito», anunció Míriam.

Emilio se detuvo.

«¿Por qué?»

«Cumplimos un mes de gestión.»

«Eso no altera el precio del producto.»

«Es una celebración.»

«Prefiero pagar.»

Flori colocó el café sobre su mesa.

«Déjalo. Su forma de recibir cariño es rechazar descuentos.»

Emilio dejó las monedas exactas junto al platillo.

«La contabilidad agradece la coherencia.»

A las ocho llegaron Rafa y Charo con una caja de melocotones.

A las ocho y diez, Lidia dejó sobre la barra una carpeta con propuestas para un club de lectura.

Saúl apareció con una bandeja de mini tostadas para probar el menú de septiembre.

Mercedes trajo una planta que, según ella, atraía prosperidad y, según Toñi, cochinilla.

La mesa del fondo seguía sabiendo demasiadas cosas, pero la hoja de apuestas había sido sustituida por un bote de donaciones para una protectora de animales.

Nerea lo había propuesto. Míriam había organizado una campaña después de pedir permiso a todos los implicados, incluido Thor, que respondió intentando lamer el folleto.

Flori preparaba cafés mientras escuchaba las conversaciones. Seguía observando. Seguía escribiendo. La libreta negra permanecía debajo de la caja durante el turno, pero ahora tenía una pequeña etiqueta pegada en la tapa:

Privado no significa vergonzoso.

Míriam no la tocaba.