Capítulo 14. La casa invita #3
Cada jueves aparecía una columna nueva en las mesas. La segunda habló de quienes decían “lo de siempre” y confiaban en ser recordados. La tercera, de los hosteleros que desayunaban antes de dar de comer a toda la ciudad. Un periódico local había pedido reproducirlas una vez al mes.
Flori había aceptado después de leer el contrato tres veces y hacer siete preguntas.
Míriam lo celebró comprando una tarta sin consultarlo.
La tarta, al menos, fue aprobada por unanimidad.
A las diez y cuarto, Thor se levantó en la terraza.
La moto azul apareció por la esquina.
Leo aparcó, guardó los guantes y entró con una carpeta bajo el brazo.
«Café solo doble», dijo Flori.
«Hoy descafeinado.»
Ella lo miró con alarma.
«¿Estás enfermo?»
«He tomado dos en casa.»
«Eso no mejora el diagnóstico.»
Leo dejó la carpeta sobre la barra. Su trabajo como diseñador empezaba a crecer.
Había conseguido varios clientes en Murcia y compartía un pequeño estudio con un fotógrafo y una ilustradora.
Seguía repartiendo pizzas tres noches a la semana, aunque decía que lo dejaría en octubre si los números se mantenían.
Thor lo consideraba una decisión profesional desastrosa.
«Traigo las pruebas del menú», dijo Leo.
Míriam apareció a su lado.
«¿Has puesto la tostada de Nerea?»
«Sí.»
«¿Y la síntesis europea?»
«No», respondieron Flori y Leo a la vez.
El profesor Belmonte, sentado cerca de la ventana, levantó la mano.
«Presentaré recurso.»
«Fuera de plazo», dijo Emilio.
Leo abrió la carpeta. Flori revisó las páginas. En la última había una ilustración para su siguiente columna: una puerta de cafetería abierta, una moto fuera y dos tazas sobre la barra.
«¿Puedo usarla?», preguntó.
Flori miró el dibujo.
«Sí.»
«¿Sin cambios?»
«La taza de la derecha tiene demasiada espuma.»
«Sabía que habría algo.»
«La precisión es cariño.»
Leo se inclinó sobre la barra.
«Eso ha sonado peligrosamente romántico.»
«No te acostumbres.»
Él la besó. Fue un beso breve, cotidiano y público. La mesa del fondo aplaudió una vez.
Flori se separó y los miró.
«El suplemento por espionaje sigue vigente.»
Mercedes dejó una moneda en el bote de la protectora.
«Vale cada céntimo.»
Míriam salió a la terraza con una tostada. Nerea acababa de llegar en bicicleta y se quitaba el casco. Se besaron junto a la puerta. Thor giró la cabeza entre ambas parejas con la atención de un vigilante que sospechara una bajada general del rendimiento.
Toñi apareció desde el almacén.
«Aquí se viene a trabajar.»
«Tú has dicho que reducirías horario», recordó Míriam.
«Reducir no significa presenciar esta decadencia.»
Pero estaba sonriendo.
A mediodía, cuando el primer turno se calmó, las cuatro se sentaron en una mesa: Flori, Míriam, Leo y Nerea. Toñi llevó una bandeja con cafés y una limonada.
«Invita la casa», dijo.
«Emilio no lo aprobaría», comentó Míriam.
«Emilio no manda aquí.»
Desde su mesa, él levantó el periódico.
«Correcto.»
Brindaron con tazas y vasos. Thor se instaló debajo, colocando el hocico sobre el zapato de Leo.
«Por el primer mes», dijo Toñi.
«Por el alquiler negociado», añadió Míriam.
«Por preguntar antes de publicar», dijo Nerea.
«Por las frases que salen cuando quieren», dijo Leo.
Todos miraron a Flori.
Ella levantó la taza.
«Por las personas que se quedan a recoger.»
Chocaron los vasos.
Flori observó el local: la luz sobre la madera, las tazas, las mesas llenas de vidas pequeñas. Durante mucho tiempo había creído que protegerse consistía en no necesitar demasiado. No esperar. No mostrar. No permitir que nadie tuviera acceso a las cosas capaces de hacerle daño.
Ahora sabía que la confianza no era entregar una llave y olvidarse. Era decidir, una y otra vez, quién podía entrar. Era cerrar algunas puertas, abrir otras y hablar cuando alguien cruzaba sin permiso.
Leo le rozó la rodilla bajo la mesa.
Míriam contaba a Nerea una idea para una fiesta de otoño y se detenía, de forma visible, antes de anunciarla como un hecho. Thor soñaba con algo que le movía las patas.
Flori miró la frase de la pizarra.
Nadie se enamora antes del café.
Quizá era verdad. Antes del café , la gente estaba demasiado cansada, demasiado sincera o demasiado ocupada intentando recordar dónde había dejado las llaves.
Después, en cambio, podía ocurrir cualquier cosa.
Una moto podía detenerse delante de una cafetería.
Un perro podía robar un guante.
Una amiga podía equivocarse, pedir perdón y aprender a esperar.
Una mujer podía sacar una libreta de debajo de la caja y decidir que algunas palabras merecían salir al mundo con su nombre.
Flori abrió la libreta y escribió una última frase para la columna de la semana siguiente:
El amor no siempre llega cuando estás preparada. A veces llega cuando estás trabajando y pide un café solo doble.
Míriam se inclinó por reflejo.
Se detuvo antes de leer.
«¿Puedo?», preguntó.
Flori miró la página, después a su amiga.
«Sí.»
Míriam leyó. Sonrió. No sacó el móvil.
«Es buena.»
«Ya lo sé.»
Flori cerró la libreta.
Afuera, el sol seguía cayendo sobre Murcia. Dentro, la cafetera volvió a sonar.
La casa invitaba a la primera ronda.
El resto de la historia, como casi todo lo importante, habría que pagarlo, vivirlo y escribirlo despacio.