Capítulo 13. Antes de que amanezca #2
Míriam no pudo más.
«No fue excepcional.»
Flori cerró los ojos.
Julián la miró.
Míriam abrió el portátil.
«Fue grande, sí. Pero no salió de la nada. Estas son las cifras de seis semanas.»
Flori le puso una mano encima del teclado.
«Pregunta.»
Míriam se detuvo.
Miró a Toñi.
«¿Quieres que le enseñe los datos?»
Toñi sonrió apenas.
«Enséñaselos.»
Míriam giró el portátil. No utilizó las treinta y dos diapositivas. Mostró tres gráficos: aumento de clientes, facturación por franjas y reservas para actividades futuras. Después enseñó una lista de comercios cercanos dispuestos a participar en más eventos.
No puso la animación de Thor.
En su escala personal, aquello equivalía a una medalla al autocontrol.
Julián revisó los números.
«Esto no garantiza que continúe.»
«Nada garantiza que continúe», dijo Flori. «Tampoco tus otros interesados.»
Él levantó la vista.
«Tú eres la de las frases.»
Flori sostuvo su mirada.
«Soy la de los cafés.»
«Mi sobrina te sigue.»
«Espero que también consuma.»
Julián sonrió por primera vez.
La negociación duró otra hora. Al final, acordaron una subida mucho menor, escalonada durante tres años, a cambio de una pequeña reforma de mantenimiento que Julián asumiría en parte. Toñi debía firmar antes de final de mes.
Cuando estrecharon las manos, el local volvió a tener suelo bajo los pies de Míriam.
Julián se marchó con una copia de los datos y una bolsa de cruasanes que Charo insistió en regalarle “para que negociara con azúcar en la sangre”.
Emilio regresó de inmediato a su mesa.
«¿Resultado?»
Toñi le dijo la cifra.
Emilio la calculó mentalmente.
«Aceptable.»
«Gracias por la emoción», dijo Míriam.
Toñi cerró la carpeta y miró a las dos.
«Ahora viene la segunda reunión.»
Flori frunció el ceño.
«¿Hay otra subida?»
«No.»
Toñi se quitó las gafas.
«Abrí este sitio con cuarenta y siete años», dijo. «Acababa de divorciarme, tenía una indemnización pequeña y ninguna experiencia llevando un negocio.»
Míriam abrió mucho los ojos.
«¿Ninguna?»
«Había trabajado de camarera media vida. Eso te enseña a servir, no a discutir con bancos.»
Flori se sentó mejor.
Toñi miró la barra.
«Los primeros meses perdía dinero. Mi hermana venía a fregar después de su trabajo. Emilio apareció la segunda semana y se quejó de que el cortado era largo.»
Desde la mesa dos, Emilio levantó el periódico.
«Era largo.»
«Lo sé. Por eso siguió viniendo.»
Toñi sonrió.
«Después llegaron el mercado, la universidad, los restaurantes. El nombre cambió dos veces. La cafetera también. El local sobrevivió porque la gente lo convirtió en una costumbre.»
Míriam miró el letrero. Nunca había imaginado a Toñi sin saber qué hacer. En su cabeza, había nacido adulta, detrás de una caja registradora y negándole una subida a un proveedor.
«¿Por qué no nos lo habías contado?»
«Porque no todo necesita una campaña de aniversario.»
Flori tosió para ocultar una risa.
Toñi continuó:
«Ahora quiero que siga, pero no quiero que me entierre. Y vosotras lleváis años actuando como si esto fuera vuestro cuando hay que arreglar algo.»
«También cuando hay que comerse las pruebas de tarta», dijo Míriam.
«Especialmente.»
«Yo no quiero seguir llevando esto sola.»
Míriam se sentó despacio.
«¿Vas a traspasar?»
«Quiero reducir horario, pasar más tiempo con mi hermana y dejar de discutir con proveedores de leche a las seis de la mañana.»
«Una ambición razonable», dijo Flori.
«Os propongo entrar como socias de gestión.»
El silencio fue distinto al del anuncio del alquiler. No era un agujero, sino una puerta abierta de golpe, con todo el vértigo del otro lado.
Toñi continuó:
«Durante un año, cobraríais vuestro sueldo y un porcentaje de beneficios. Si funciona y seguís queriendo, pactamos un traspaso gradual. Yo conservaría una parte hasta que podáis asumirlo.»
Míriam miró la barra, las mesas, la pizarra. Había imaginado salvar el café, pero no que pudiera pertenecerle de verdad.
«Sí», dijo.
Flori la miró.
Míriam cerró la boca.
«Perdón. Costumbre.»
Toñi rió.
«No tenéis que responder ahora.»
Flori apoyó las manos en la mesa.
«¿Qué implicaría?»
«Horarios, cuentas, proveedores, personal. Decisiones de verdad.»
El entusiasmo y el terror llegaron a Míriam a partes iguales, como dos socios que ya hubieran firmado.
«Podemos hacerlo.»
Flori la miró otra vez.
Míriam corrigió:
«Podemos estudiarlo.»
Toñi asintió.
«Tenéis una semana.»
«Una semana es muchísimo», dijo Míriam.
«Para ti, sí.»
Cuando Toñi se levantó para atender a un proveedor, Flori y Míriam quedaron sentadas frente a frente.
«¿Quieres hacerlo?», preguntó Míriam.
Flori miró alrededor.
«No lo sé.»
La respuesta le produjo miedo, pero Míriam no la empujó.
«Vale.»
«¿Solo vale?»
«Has dicho que no lo sabes.»
Flori sonrió.
«Estás aprendiendo.»
«Es agotador.»
«La evolución suele serlo.»
Míriam cerró el portátil. En la pantalla quedó congelada la diapositiva final: Thor empujando una flecha ascendente.
Flori la vio.
«¿Eso pensabas enseñarlo?»
«Habría cerrado el acuerdo diez minutos antes.»
«Sin duda.»
«El perro transmite solvencia.»
Thor, desde la terraza, intentaba sacar con la pata una corteza de pan de debajo de una silla.
Flori señaló hacia el cristal.
«Un ejemplo empresarial.»
Míriam miró el local y dejó que la idea creciera sin anunciarla.
Socias.
No era un final. Era una responsabilidad enorme, incierta y probablemente cara.
Por eso, por primera vez, no respondió de inmediato.