Capítulo 13. Antes de que amanezca
Leo no llevó la moto.
Después de cerrar la cafetería, caminó junto a Flori por calles que todavía conservaban restos del evento: una servilleta pegada al bordillo, una flecha de papel en una farola, el eco de música en una ventana abierta.
Eran más de las dos de la madrugada. Murcia, por fin, había dejado de arder. El aire seguía tibio, pero una brisa recorría los edificios y la ciudad parecía soltar el aliento retenido durante todo el día.
«¿Dónde está la moto?», preguntó.
«Se la ha llevado un compañero.»
«¿Por qué?»
«Porque quería caminar.»
«Eso suena sospechosamente preparado.»
«He tenido muchas horas durante el apagón.»
Avanzaron sin tocarse. La libreta golpeaba la cadera de Flori desde dentro del bolso. Leo llevaba el casco bajo el brazo, aunque no hubiera moto, como si todavía necesitara una parte de aquel uniforme para saber quién era ese verano.
«Has estado bien esta noche», dijo él.
«He servido bebidas sin electricidad.»
«Has conseguido que doscientas personas dejaran de asustarse.»
«Golpeé una jarra.»
«El liderazgo adopta formas extrañas.»
Flori sonrió.
«Míriam habría subido a una mesa.»
«Lo hizo.»
«Precisamente.»
Llegaron a la plaza Belluga. Estaba casi vacía. La fachada de la catedral se alzaba sobre la piedra clara y un vehículo de limpieza avanzaba despacio por un lateral. Se sentaron en un banco.
Durante unos segundos escucharon el agua de una manguera y el zumbido lejano de una moto.
«He rechazado el trabajo», dijo Leo.
Flori giró la cabeza.
«¿Cuándo?»
«Esta tarde.»
«Antes del evento.»
«Sí.»
«¿Por qué no me lo dijiste?»
«Porque no quería que pareciera una moneda que dejaba sobre la barra esperando algo a cambio.»
Flori miró el casco entre sus manos.
«¿Lo has rechazado por mí?»
«No.»
La respuesta rápida pinchó una parte pequeña de su orgullo y tranquilizó todo lo demás.
Leo continuó:
«Tú importas. Mucho. Pero lo he rechazado porque, cuando estuve allí, volví a sentir lo mismo que me hizo irme. La gente hablaba de quedarse hasta tarde como si fuera una medalla. Me enseñaron una mesa de ping-pong y evitaron decirme el horario real.»
«La mesa de ping-pong es una amenaza laboral.»
«Exacto.»
«¿Y qué harás?»
«Tengo tres clientes pequeños. Puedo trabajar desde Murcia. Un amigo me alquila una mesa en su estudio. Y seguiré repartiendo unas semanas hasta que salgan los números.»
«Eso suena a plan.»
«No es perfecto.»
«Los planes perfectos suelen esconder una estafa.»
Leo apoyó el casco en el suelo.
«Quería quedarme antes de besarte. El beso solo mejoró el barrio.»
Flori rió, pero la risa se apagó pronto.
«Lo de la publicación...»
«No tienes que hablar si no quieres.»
«Quiero. No sé cómo.»
Leo esperó.
Flori abrió el bolso y sacó la libreta. La sostuvo entre ambos, sin entregársela.
«He escrito sobre estos días.»
«¿En frases?»
«En páginas. Demasiadas.»
«Eso parece peligroso.»
«Lo es.»
Pasó hasta la entrada que había escrito en casa de su madre. No leyó todo. Buscó un párrafo y lo pronunció en voz baja:
«“No me asusta que se vaya porque piense que no puedo sobrevivir sin él. Me asusta porque podría sobrevivir perfectamente y aun así echarlo de menos. No sé qué hacer con una pérdida que no destruye nada y, sin embargo, cambia la forma de todas las cosas”.»
Al terminar, cerró la libreta.
Leo no sonrió. Tampoco intentó convertirlo en una declaración más sencilla.
«¿Has escrito más así?», preguntó.
Flori sostuvo la libreta contra las rodillas.
«Estos días, sí.»
«¿Quieres hacer algo con ello?»
«Ya estoy haciendo algo. Lo escribo.»
«Sabes lo que quiero decir.»
Flori miró la plaza. Un barrendero pasó junto a una papelera, ajeno a que ella estaba discutiendo el futuro de palabras que hasta hacía poco ni siquiera admitía que existían.
«No sé si quiero publicar», dijo. «La gente cree que publicar es abrir una ventana. A veces es quitar una pared.»
«Puedes elegir el tamaño.»
«Internet no respeta tamaños.»
«No tiene que ser internet.»
Leo sacó del bolsillo un lápiz pequeño y una hoja doblada. Era el reverso de un albarán limpio. Dibujó una taza, después otra. Entre ambas trazó una línea fina.
«Podrías escribir algo breve para el café. En papel. Diez copias. Una mesa. Y si no te gusta, no hay siguiente.»
Flori observó el dibujo.
«Eso suena a proyecto disfrazado de sugerencia.»
«Soy diseñador. Disfrazar proyectos es parte del trabajo.»
«¿Y tú ilustrarías?»
«Solo si me das permiso para cada texto.»
La precisión no era casual. Flori lo sabía.
«No quiero que la historia de la publicación se convierta en una lección bonita que arregle todo.»
«No tiene que hacerlo. Puede seguir siendo una cosa mala que ocurrió y, además, tú puedes decidir escribir.»
Flori pasó el pulgar por el borde de la libreta.
Durante años había esperado sentirse preparada. Preparada para enseñar, para terminar, para soportar una opinión. Ahora sospechaba que la preparación era otro lugar donde esconderse.
«Podría probar», dijo.
«Eso no es un contrato.»
«Bien.»
«Tampoco una promesa.»
«Mejor.»
Leo añadió una pequeña puerta detrás de las tazas.
«¿Título?»
Flori pensó en las mañanas, en Emilio, en el mercado despertando, en la ciudad antes de que el calor y la prisa lo ocuparan todo.
« Antes del café .»
Leo escribió las palabras encima del dibujo.
«Me gusta.»
«Todavía no existe.»
«Las cosas empiezan por tener un nombre.»
«Eso lo diría Míriam.»
«Entonces no se lo cuentes. Se pondrá insoportable.»
Flori sonrió.
«Eso no cabe en una servilleta», dijo.
Flori miró el suelo.
«No.»
«Gracias por leerlo.»
«No te acostumbres.»
«Demasiado tarde.»
Leo extendió la mano, no hacia la libreta, sino hacia ella. Flori entrelazó los dedos con los suyos.
«Sigo sin tener un plan para nosotros», dijo.
«Podemos empezar con desayunar mañana.»
«Técnicamente ya es mañana.»
«Entonces dentro de unas horas.»
«Estaremos muertos.»
«Café solo doble.»
«Eso no arregla la muerte.»
«Pero permite juzgarla con más energía.»
Flori lo miró.
«Esa frase es de Míriam.»
«Lo sé.»
«Estás aprendiendo mal.»
Leo se inclinó y la besó.
Esta vez no había una oferta pendiente, ni una moto encendida, ni un público apostando en la mesa del fondo. Solo la plaza vacía, el casco en el suelo y la madrugada acercándose.
Cuando se separaron, Flori apoyó la cabeza en su hombro.
«Tengo que volver al piso.»
«¿Está Míriam?»
«Supongo.»
«¿Estáis bien?»
«Estamos empezando.»
Leo asintió.
«Los comienzos se os dan bien.»
«A Míriam. Yo prefiero los análisis posteriores.»
Caminaron hasta el portal. Antes de entrar, Flori le entregó una hoja doblada.
«¿Qué es?»
«Una frase.»
«¿Puedo leerla?»
La pregunta importaba.
Flori asintió.
Leo abrió el papel.
Hay personas que llaman a tu puerta porque trabajan de eso. Algunas se quedan porque, por fin, han encontrado dónde querían llegar.
Leo levantó la vista.
«¿Puedo dibujarla?»
Flori pensó en la libreta abierta, en internet, en todas las cosas que podían salir de una sin dejar de pertenecerle.
«Pregúntame mañana.»
«Lo haré.»
Entró en el portal. En el ascensor, mientras el motor protestaba, Flori miró su reflejo en el espejo.
Estaba cansada, despeinada y feliz, tres estados que en Míriam solían presentarse juntos.
No una felicidad completa ni segura. Una felicidad pequeña, con condiciones y bordes.
Una felicidad que todavía tenía que aprender a no esconder. El lunes a las nueve, el propietario del local se sentó en la mesa de las siete y cuarenta.
Emilio llegó a las siete y cuarenta como siempre, encontró su sitio ocupado y se quedó de pie con el periódico bajo el brazo.
«Hay una reunión», explicó Míriam.
«Mi horario también.»
«Te guardamos la mesa dos.»
Emilio miró la mesa dos. Estaba junto al aire acondicionado y recibía una corriente directa.
«No es equivalente.»
Flori le entregó un cortado.
«Hoy la democracia ha suspendido tus derechos.»
Emilio aceptó la mesa dos con la gravedad de un exiliado.
Toñi ocupó un lado de la mesa del fondo. Frente a ella se sentó Julián, el propietario, con una carpeta de documentos. Míriam y Flori permanecieron juntas a un lateral. Ninguna tenía obligación de asistir, pero Toñi había dicho que el futuro del café también les afectaba.
Míriam había llevado una presentación.
Flori le había prohibido abrirla salvo emergencia.
La presentación tenía treinta y dos diapositivas, siete gráficos, fotografías del evento y una animación en la que Thor empujaba una flecha ascendente. Míriam confiaba especialmente en esa última prueba de solvencia.
«Empezamos», dijo Julián.
Toñi cruzó las manos sobre la mesa.
«La subida que propones no es asumible.»
«Es el precio de la zona.»
«Es el precio que quieres cobrar.»
Míriam miró a Flori. Flori movió apenas la cabeza: todavía no.
Julián abrió la carpeta. Habló de mantenimiento, impuestos, demanda y ofertas. Toñi escuchó sin interrumpir. Después colocó sobre la mesa las cifras del evento y los ingresos de las últimas semanas.
«El negocio funciona», dijo. «Pero necesita estabilidad. No puedo invertir si dentro de un año vuelves a subir según lo que alguien te ofrezca.»
«Puedo ofrecer un contrato de tres años.»
«Con la subida completa, no.»
Míriam tenía los dedos encima del portátil. La presentación esperaba como un animal enjaulado.
Julián propuso una reducción pequeña. Toñi respondió con otra cifra. Discutieron durante veinte minutos.
A Míriam la paciencia le salía ya por los poros. Podía mostrar la cola del evento, los comentarios, el impacto en la zona y las reservas. Podía hablar de comunidad, de identidad, de los dos medios locales que habían contado el apagón. Podía hacer algo, su verbo favorito.
Flori le rozó la mano bajo la mesa.
Espera.
Míriam respiró.
Julián cerró la carpeta.
«Tengo interesados.»
Toñi se inclinó hacia él.
«Tienes interesados en cuatro paredes. Yo tengo un negocio que lleva once años pagándote el alquiler, cuidando el local y trayendo gente a esta calle.»
Julián miró alrededor. La cafetería estaba llena. Rafa y Charo hablaban junto a la ventana. Lidia escribía en un portátil. Saúl tomaba café antes de abrir su cocina. Thor dormía en la terraza bajo el letrero.
«El sábado fue excepcional», dijo.