Capítulo 12. Cuando se apagan las luces #2
«¿Por qué a ella sí la obedeces?»
«Porque parece saber dónde enterrar cuerpos.»
«Respuesta correcta», dijo Flori.
Los últimos clientes se marchaban despacio. Algunos se despedían con abrazos, otros dejaban billetes en la caja de donaciones. El guitarrista guardó el instrumento. Saúl contó las bandejas. Emilio anotó la hora exacta en que había vuelto la luz y entregó el dato a nadie en particular.
El propietario del local se había ido después de prometer una conversación el lunes. Toñi seguía en carretera. El evento había superado cualquier previsión: entradas, comida, bebidas, donaciones y, sobre todo, una calle llena durante horas.
Míriam debería haberse sentido victoriosa.
En cambio, cada vez que miraba a Flori recordaba la cremallera cerrada del bolso.
La reconciliación de la oscuridad había sido real, pero frágil. No borraba la publicación. Solo había abierto una puerta que todavía crujía.
Nerea recogía cuencos del rincón canino. Se había soltado el pelo y llevaba una mancha de salsa en la camiseta. Míriam la observó doblar una esterilla.
«¿Te ayudo?», preguntó.
«Llevas una bandeja vacía desde hace cinco minutos.»
Míriam miró sus manos.
«Estoy supervisando.»
«Supervisa sentada.»
«No puedo.»
«Eso ya lo sé.»
Nerea le quitó la bandeja y la dejó sobre la barra. Después la condujo hasta una silla.
«Cinco minutos.»
Míriam se dejó caer.
Thor abrió un ojo desde la caja de servilletas y volvió a dormir.
Flori apareció con dos vasos de agua. Entregó uno a Míriam y se sentó enfrente.
Durante unos segundos, ninguna habló.
«El discurso ha sido bueno», dijo Míriam.
«No era un discurso.»
«La gente aplaudió.»
«La gente había bebido.»
«No tanto. Mercedes controlaba la caja.»
Flori bebió agua.
«Eso no me tranquiliza.»
Míriam giró el vaso entre las manos.
«No quiero que el abrazo de antes parezca una solución automática.»
«No lo parece.»
«Bien.»
«Pero fue un comienzo.»
Míriam levantó la vista.
Flori estaba cansada. Tenía mechones pegados a la frente y una pequeña mancha de café en la camiseta. Aun así, sus ojos seguían atentos.
«No volveré a tocar tu libreta», dijo Míriam.
«Eso es lo mínimo.»
«Lo sé.»
«Ni a publicar una frase mía sin preguntarme.»
«Nunca.»
«Ni a decidir qué puedo soportar porque estoy feliz.»
Míriam asintió.
«Tampoco.»
Flori dejó el vaso.
«Y si algo amenaza el café, me lo dices. Aunque tenga una cita. Aunque esté sonriendo. Aunque creas que vas a solucionarlo en veinte minutos con una campaña.»
«Sí.»
«No prometas tan rápido.»
Míriam respiró antes de responder.
«Lo intentaré de verdad. Y si noto que voy a esconder algo, se lo diré a Nerea para que me obligue.»
Desde el otro lado de la terraza, Nerea levantó una ceja.
«No me conviertas en un sistema de control parental.»
«Cobrarás café.»
«Entonces hablamos.»
Flori sonrió.
Míriam sintió un nudo en la garganta.
«Te he echado de menos», dijo.
«Han sido dos días.»
«Han sido días muy largos.»
«Eso es cierto.»
Míriam extendió una mano sobre la mesa. No intentó coger la de Flori. La dejó allí, disponible.
Flori miró sus dedos y apoyó los suyos encima.
«Sigo enfadada», dijo.
«Puedes estarlo.»
«Y quizá tarde.»
«Puedes tardar.»
Míriam notó que la frase le costaba. Su instinto era acelerar, empujar, convertir el tiempo en una tarea que pudiera tachar. No lo hizo.
«Gracias», dijo Flori.
La mano permaneció unos segundos más. Después Saúl gritó desde el almacén que alguien había guardado servilletas dentro del frigorífico y la conversación terminó de la manera habitual: interrumpida por un problema absurdo.
A la una y media, una furgoneta se detuvo frente al local. Toñi bajó con una maleta, unas gafas torcidas y la expresión de quien había atravesado media región para encontrar una fiesta desmantelada.
Miró las mesas, las guirnaldas, las cajas de pizza, las bandejas y la cola de bolsas de basura.
«¿Habéis incendiado algo?»
«Solo emocionalmente», dijo Flori.
Toñi dejó la maleta y abrazó primero a Míriam, después a Flori y por último a Thor, que se despertó lo suficiente para lamerle la barbilla.
«Me lo he perdido.»
«Se fue la luz», dijo Míriam.
«Claro.»
«El dueño vino.»
Toñi se puso seria.
«¿Qué dijo?»
«Que hablaría contigo el lunes.»
«¿Le prometiste algo?»
Míriam miró a Flori antes de responder.
«No.»
Toñi vio la mirada. También vio la distancia pequeña entre ellas, la clase de distancia que solo detectan quienes han observado una amistad durante años.
«¿Qué ha pasado?»
«Mañana», dijo Flori.
«Ahora mismo son la una y media. Técnicamente ya es mañana.»
«Después de dormir.»
Toñi aceptó. Cogió una escoba y empezó a barrer sin cambiarse de ropa.
«No tienes que ayudar», dijo Míriam.
«Este es mi bar.»
La frase hizo que Míriam pensara en el lunes, en el alquiler y en todas las decisiones pendientes.
«Toñi.»
«Después de dormir», repitió ella.
Mientras barrían, Toñi se acercó a Míriam.
«He leído la disculpa.»
Míriam apretó la bolsa que sostenía.
«No sabía si te habías enterado.»
«Tengo un teléfono, aunque lo use como una señora.»
«Hice mal.»
«Sí.»
Toñi siguió barriendo. No suavizó la respuesta.
«¿Vas a echarme?»
«No.»
«Podrías.»
«Podría. Pero una jefa que despide a todo el que se equivoca termina trabajando sola.»
Míriam miró a Flori, que apilaba vasos al otro lado.
«Ella podría irse.»
«Eso tendrás que hablarlo con ella.»
«No quiero perderla.»
Toñi apoyó las manos en el mango de la escoba.
«Entonces deja de intentar controlar el resultado. Haz lo que te corresponde y permite que ella decida.»
«Todo el mundo me dice que espere.»
«Porque corres mucho.»
«Correr me ha traído hasta aquí.»
«Y a veces te hace pasar de largo.»
Míriam respiró. Toñi le dio la escoba.
«Barre debajo de la mesa cuatro. La paciencia entra mejor con una tarea.»
Míriam obedeció.
A las dos, solo quedaban cinco personas sin la habilidad práctica de irse: Toñi, Flori, Míriam, Leo y Nerea.
Emilio había sido expulsado con su carpeta.
Mercedes se marchó con la caja cuadrada al céntimo.
Saúl se llevó las bandejas. Los repartidores arrancaron sus motos y desaparecieron calle abajo.
Leo se acercó a Flori mientras ella apilaba sillas. Hablaron en voz baja. Míriam se obligó a no observar.
Nerea apareció a su lado.
«Lo estás haciendo.»
«¿Qué?»
«Observar sin preguntar.»
«Es una afición gratuita.»
«También puedes ocuparte de tu vida.»
Míriam se volvió hacia ella.
«Mi vida está llena de vasos sucios.»
«Y una veterinaria cansada.»
La frase la dejó quieta.
Nerea la miró con una mezcla de paciencia y nervios que Míriam no le había visto antes.
«Me gustas», dijo. «Pero no pienso perseguirte entre crisis, eventos y perros fugitivos.»
Míriam abrió la boca.
«No tienes que responder ahora», añadió Nerea.
«Me gustas también.»
«Has respondido muy rápido.»
«Estoy trabajando en eso, pero no quiero mejorar en todo.»
Nerea rió. Míriam dio un paso hacia ella.
«¿Puedo besarte?»
«Mira quién pregunta.»
«Es una técnica nueva.»
Nerea asintió.
El beso fue corto, suave y tuvo sabor a limón y a una noche demasiado larga. Cuando se separaron, Míriam sonreía tanto que le dolían las mejillas.
Thor, que se había acercado sin permiso, estornudó entre ambas.
«Otro editor», dijo Nerea.
«En este local nadie respeta los momentos.»
Flori pasó junto a ellas con una silla.
«Yo sí.»
Míriam la miró.
Flori siguió caminando, pero la sonrisa que intentaba ocultar era evidente.
A las dos y veinte, cerraron la persiana.
Toñi se llevó a Thor en la furgoneta. Leo acompañó a Flori. Nerea y Míriam caminaron juntas hacia el piso.
Las calles estaban casi vacías y el calor había cedido por fin. Míriam llevaba en el cuerpo el inventario completo de músculos, ampollas y horas sin dormir.
«¿Crees que salvará el café?», preguntó.
Nerea entrelazó los dedos con los suyos.
«Creo que esta noche lo habéis salvado de muchas cosas.»
«No es una respuesta.»
«No todas las preguntas tienen respuesta inmediata.»
Míriam suspiró.
«Os ponéis de acuerdo para torturarme.»
«Es un grupo de apoyo.»
Al llegar al portal, Míriam miró la ventana del piso. La habitación de Flori seguía a oscuras. No sabía si volvería aquella noche o al día siguiente.
Pero su taza estaba en la cocina. Su llave seguía en el llavero común. Y había dicho que aquello era un comienzo.
Por una vez, Míriam decidió que un comienzo podía ser suficiente sin necesidad de anunciar el final.