Capítulo 12. Cuando se apagan las luces
La oscuridad duró dos segundos antes de llenarse de pantallas.
Decenas de móviles se encendieron en la calle, pequeñas luces blancas sobre mesas, vasos y caras sorprendidas. Alguien gritó. Un niño se rió. Thor ladró una vez y se escondió debajo de la barra, convencido de que la tecnología había sobrepasado por fin los límites razonables.
Flori dejó el vaso que sostenía y buscó a Míriam con la mano.
La encontró por el antebrazo.
«Estoy aquí», dijo Míriam.
«Ya.»
«No veo nada.»
«Nadie.»
El murmullo creció. La música había desaparecido. La cafetera, las neveras y la máquina de hielo estaban muertas. En la calle, los comercios de la manzana habían quedado a oscuras. Más allá, algunas fachadas conservaban luz, de modo que el apagón parecía limitado a la zona.
Emilio encendió una linterna pequeña.
«No corráis», anunció con una voz que atravesó el ruido. «Las salidas están despejadas.»
Mercedes levantó otra linterna desde la caja.
«Siempre llevo una.»
«Por supuesto», murmuró Flori.
Leo apareció entre las mesas con el móvil en alto.
«¿Todo bien?»
«La instalación ha decidido participar en el evento», dijo Flori.
«Voy al cuadro.»
«No toques nada sin Emilio.»
Emilio ya estaba a su lado.
«El cuadro interior no explica que se haya apagado la calle.»
«Me gusta que alguien conserve la ilusión de que esto puede explicarse», dijo Míriam.
Nerea se agachó junto a Thor y le puso una mano en el pecho. Otros perros ladraban en la terraza. Varias personas empezaron a levantarse.
Una niña empezó a llorar cerca de la puerta. Su padre intentaba encender la linterna del teléfono mientras sostenía un vaso y una mochila. Flori salió de detrás de la barra, apartó una silla y se agachó.
«La luz está jugando al escondite», le dijo.
La niña señaló el techo.
«No vuelve.»
«Siempre vuelve. Es muy pesada.»
Le entregó una vela de batería que Lidia acababa de sacar de una caja. La niña la sostuvo entre ambas manos y dejó de llorar.
En otra mesa, Mercedes reclamaba su bolso. Emilio iluminó el suelo hasta encontrarlo debajo de una silla. Saúl cerró la puerta de la nevera y gritó que nadie la abriera. Nerea pidió a los dueños de perros que acortaran las correas para evitar tropiezos.
El caos no era una sola cosa, sino veinte problemas pequeños levantando la mano a la vez.
Flori miró a Míriam. Su amiga respiraba deprisa, con la bandeja todavía en las manos. Por una vez, no se movía porque no sabía por dónde empezar.
Flori señaló la silla.
«Habla con todos.»
Míriam entendió.
Míriam dejó la bandeja y subió a una silla.
«¡Un momento!»
Su voz no bastó. El ruido seguía.
Flori agarró una cuchara y golpeó tres veces una jarra metálica.
El sonido fue agudo y autoritario. Las conversaciones se apagaron poco a poco.
«No pasa nada», dijo Flori. «Es un corte de luz en la zona. Las salidas están libres y tenemos más linternas que una excursión escolar. Quien quiera marcharse puede hacerlo con calma. Quien quiera quedarse tendrá que aceptar que el café frío acaba de convertirse en una decisión técnica.»
Alguien rió.
La tensión bajó un grado.
Míriam la miró desde la silla. Flori sostuvo su mirada y añadió:
«Y nadie toque a oscuras una croqueta que no pueda identificar.»
Esta vez las risas fueron más fuertes.
Míriam bajó.
«Gracias.»
«No lo conviertas en una publicación.»
«No tengo batería.»
Flori estuvo a punto de decir que esa no era la razón correcta. Se detuvo. No era el momento.
Leo y Emilio regresaron del cuadro eléctrico. No había avería interna. Un transformador de la calle había fallado y la compañía calculaba al menos una hora.
«Las neveras aguantarán cerradas», dijo Saúl. «Pero la comida caliente no.»
«La sacamos», respondió Míriam.
«La cafetera no funciona», dijo Lidia.
«Tenemos café frío preparado.»
«La música se ha acabado.»
Javi, el mensajero, levantó una guitarra desde una esquina.
«Mi hermano ha venido.»
Un joven junto a él alzó la mano.
«Toco fuerte.»
Flori miró a Míriam.
«Por primera vez, eso resulta útil.»
El plan alternativo de Leo salió de la carpeta y el local se convirtió en una máquina montada con piezas prestadas.
Las velas de batería de Lidia aparecieron sobre las mesas.
Los repartidores orientaron las luces de sus motos hacia la terraza.
Saúl y su equipo repartieron las bandejas antes de que se enfriaran.
Nerea organizó a los perros. Emilio controló el acceso.
Mercedes siguió vendiendo tickets a la luz de una linterna sujeta con cinta al respaldo de una silla.
«Parezco una minera», declaró.
«Una minera que cobra comisión», dijo Flori.
«La experiencia tiene precio.»
Míriam se movía de un lado a otro, pero algo había cambiado.
Ya no decidía sola. Preguntaba, repartía tareas y aceptaba respuestas.
Cuando un cliente sugirió encender velas reales, consultó a Emilio y a Saúl antes de decir que no.
Cuando la gente pidió que el evento continuara, preguntó en voz alta si los vecinos estaban de acuerdo.
Desde un balcón, una mujer respondió:
«¡Mientras no pongáis reguetón!»
El guitarrista levantó el pulgar.
«Solo sé rumba.»
«¡Peor, pero aceptamos!»
La música empezó sin micrófono. Las conversaciones recuperaron el ritmo.
El calor, sin aire acondicionado, era espeso, pero la calle estaba llena de abanicos y botellas de agua.
Alguien trajo hielo de un supermercado que aún tenía electricidad.
Los repartidores lo transportaron en bolsas térmicas.
Leo apareció con dos sacos sobre el hombro.
«La pizza salva otra vez la civilización», dijo Míriam.
«Esta vez es hielo.»
«No arruines la marca.»
Flori llenó jarras. Leo se acercó a ella.
«Has vuelto.»
«Observación brillante.»
«No sabía si lo harías.»
«Yo tampoco.»
«¿Estás bien?»
Flori miró la calle iluminada por móviles, velas falsas y faros de moto. Miró a Míriam sirviendo croquetas junto a Nerea. Miró a Thor saliendo poco a poco de debajo de la barra.
«No», dijo. «Pero estoy aquí.»
Leo asintió.
«Eso basta por ahora.»
No intentó tocarla. Flori agradeció la distancia y, al mismo tiempo, deseó cruzarla.
A las once, el propietario del local se acercó a la barra. Era un hombre de unos sesenta años, camisa clara y expresión cuidadosa. Su sobrina grababa la música con el móvil.
«Esto es impresionante», dijo.
Míriam apareció junto a Flori.
«Con luz suele verse mejor.»
«He recibido varias ofertas por el local.»
La frase cayó en medio de la música.
Flori dejó la jarra.
«No es el momento», dijo.
El hombre levantó las manos.
«Solo quería decir que entiendo el valor que tiene para la zona. Hablaré con Antonia el lunes.»
«¿Mantendrá la subida?», preguntó Míriam.
«No negocio en una terraza a oscuras.»
«Yo sí», respondió ella.
Flori le tocó el codo.
Míriam cerró la boca. El propietario sonrió con cansancio.
«Hablaremos.»
Se alejó.
«Podía haberle convencido», dijo Míriam.
«También podías haberlo secuestrado con croquetas.»
«Plan B.»
Flori no retiró la mano de su codo.
Míriam la miró.
«No voy a pedirte nada», dijo en voz baja.
«Bien.»
«Ni perdón, ni que entiendas, ni que lo olvides.»
Flori observó sus dedos sobre el brazo de Míriam y los apartó lentamente.
«No puedo olvidarlo.»
«Lo sé.»
«Y no sé cuándo voy a confiarte otra vez algo escrito.»
Míriam tragó saliva.
«Lo sé.»
«Pero no quiero perderte.»
La frase salió antes de que Flori pudiera envolverla en ironía.
Los ojos de Míriam se llenaron de lágrimas. Esta vez no se lanzó a abrazarla. Esperó.
Flori dio el paso.
El abrazo fue breve porque ambas estaban sudadas, agotadas y había veintisiete pedidos pendientes. La hostelería no respetaba ni las reconciliaciones. Pero fue real. Míriam apoyó la frente en su hombro.
«Lo siento», susurró.
«Ya.»
«Sin pero.»
«Ya.»
Thor se metió entre las dos y las separó con el hocico.
Flori lo miró.
«Este perro no tolera el desarrollo emocional.»
Míriam se secó los ojos.
«Es un editor exigente.»
A las once y veinte, las luces de la calle volvieron de golpe.
La gente aplaudió. La cafetera pitó. El aire acondicionado arrancó con un gemido heroico y las guirnaldas se encendieron sobre las cabezas.
El guitarrista terminó la canción sin amplificación. Nadie quiso que la música eléctrica regresara.
Míriam subió de nuevo a la silla.
«¡Gracias por quedaros!»
El aplauso fue largo. Señaló a Saúl, a Nerea, a Emilio, a Lidia, a Mercedes, a los repartidores y a todos los que habían ayudado.
Después miró a Flori.
No dijo su nombre.
Le preguntó con los ojos.
Flori recordó que había aceptado dar las gracias al final. Se acercó a la silla, pero no subió. Tomó la jarra y la cuchara. Golpeó una vez.
«No tenía preparado ningún discurso», dijo. «Lo cual es raro, porque suelo tener preparada una crítica.»
La gente rió.
«Este sitio lleva años sirviendo café a personas que vienen con prisa, sueño, malas noticias, buenos planes y conversaciones que no saben dónde poner.
Esta noche habéis hecho lo contrario. Habéis traído luz, hielo, comida, música y paciencia.
Gracias por recordar que una cafetería no son las paredes que alguien puede alquilar. Es la gente que decide volver.»
El aplauso empezó antes de que terminara.
Flori miró a Míriam. Su amiga lloraba abiertamente, sin intentar convertirlo en una broma.
Leo estaba detrás, con el casco bajo el brazo.
Thor se sentó entre ellos, muy recto, dispuesto a aceptar un mérito que nadie le había ofrecido.
Algo se recolocó dentro de Flori.
No estaba arreglado.
Pero la luz había vuelto. A las doce y cuarenta y siete, quedaban treinta y dos personas en la terraza, nueve bandejas vacías, ciento catorce vasos por recoger y un perro dormido encima de una caja de servilletas.
Míriam llevaba diecinueve horas despierta.
Se sentía extraordinariamente lúcida, señal inequívoca de que había cruzado la frontera de la fatiga y entrado en una región sin cobertura médica.
«No tires eso», dijo a Javi cuando levantó una guirnalda rota.
«Está partida.»
«Puede servir.»
Flori apareció con una bolsa de basura.
«Tírala.»
Javi la metió en la bolsa sin dudar.
Míriam lo señaló.