Nadie se enamora antes del café Capítulo 11. El turno más largo #3
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Capítulo 11. El turno más largo #3

El turno de mañana empezó a las siete y media.

Contra toda lógica, fue uno de los más concurridos del verano.

Los clientes querían ver los preparativos, confirmar reservas y ofrecer ayuda.

Míriam apenas tocó el móvil. Había entregado la contraseña de las redes a Lidia y borrado las fotografías de la libreta.

Cada vez que sentía el impulso de publicar algo, escribía la idea en un papel y lo dejaba dentro de una caja rotulada PREGUNTAR PRIMERO.

Flori vio la caja a las nueve.

«¿Qué es eso?»

«Un avance evolutivo.»

Flori levantó la tapa. Dentro había tres notas:

Foto de Thor con pañuelo.

Vídeo de Saúl diciendo que faltan croquetas.

Frase de Emilio sobre las rutas de evacuación.

«¿Me preguntas a mí?»

«A la persona que aparezca o haya dicho la frase.»

Flori cerró la caja.

«Revolucionario.»

«Nerea dice que el consentimiento es más barato que una crisis.»

«Nerea parece sensata.»

«Muchísimo. Es agotador.»

Una sombra de sonrisa cruzó la boca de Flori y se retiró antes de que Míriam pudiera organizarle una fiesta.

Leo llegó a las once con cinco compañeros de reparto y una furgoneta prestada.

Habían conseguido cajas térmicas, mesas plegables y un acuerdo para servir porciones de pizza durante el evento.

No utilizarían el nombre de la empresa como patrocinio, pero los uniformes y las cajas hacían innecesaria cualquier explicación.

Thor salió al patio y se volvió loco de felicidad ante la cantidad de guantes.

«Todos los bolsillos cerrados», ordenó Leo.

Los repartidores obedecieron.

Míriam miró a Flori cuando él entró. Flori siguió cortando limones. Leo se acercó, pero no intentó besarla.

«Hola.»

«Hola.»

«He traído el plan alternativo.»

«Lo he visto.»

«¿Funciona?»

«Si se apaga todo, tendremos problemas más interesantes que la tipografía.»

«Entonces es perfecto.»

La conversación fue breve y cautelosa. La culpa regresó. Míriam había convertido algo ligero en un terreno que todos pisaban buscando minas.

Al mediodía, el aire acondicionado empezó a gotear.

A la una, la máquina de hielo prestada dejó de hacer cubitos con forma de lápida y empezó a expulsar agua sin ambición.

A las dos, Saúl anunció que faltaban sesenta croquetas.

A las tres, un músico canceló porque tenía fiebre.

A las cuatro, Toñi llamó desde la carretera. Su hermana había recibido el alta, pero un accidente retenía el tráfico y no sabía si llegaría a tiempo.

«No pasa nada», aseguró Míriam.

Flori, que escuchaba desde la barra, levantó la vista.

Míriam corrigió:

«Pasan muchas cosas, pero estamos gestionándolas.»

Toñi guardó silencio.

«Eso ha sonado más creíble.»

A las cuatro y cuarto, Flori encontró a Míriam en el almacén, sentada sobre una caja de bebidas y comiendo una croqueta fría.

«Eso lleva fuera desde mediodía.»

Míriam dejó de masticar.

«Saúl ha dicho que aguantan.»

«Saúl no sabe que la tienes escondida junto a las bayetas.»

Flori le quitó la croqueta y la tiró. Después le entregó medio bocadillo envuelto en papel.

«Come algo que no pueda declarar en tu contra.»

Míriam lo aceptó.

«Gracias.»

Flori se apoyó en la estantería. Durante un momento, el ruido del local quedó amortiguado por la puerta.

«He encontrado tu carta», dijo.

Míriam bajó la vista al bocadillo.

«No esperaba que la leyeras antes de mañana.»

«Volví al piso.»

«¿Te quedas?»

Flori tardó.

«Esta noche, sí.»

Míriam asintió. No preguntó por después.

«Lo que escribiste», continuó Flori, «es lo que necesitaba que entendieras.»

«Lo entiendo.»

«Ahora. No cuando publicaste.»

«Ahora.»

Flori miró las cajas, las botellas y la lista pegada en la pared.

«Sigo sin saber cuándo volveré a enseñarte algo.»

«No tienes que hacerlo.»

«Quizá quiera algún día.»

Míriam levantó los ojos.

«Preguntaré.»

«Y aceptarás un no.»

«Sí.»

Flori abrió la puerta del almacén.

«Termina el bocadillo. No pienso gestionar una reconciliación y una bajada de azúcar en la misma noche.»

Míriam sonrió, pequeña y cuidadosamente.

«Eso ha sido casi cariño.»

«No abuses del momento.»

Cuando salieron, Toñi envió un mensaje: seguía atrapada en la carretera. Míriam leyó la pantalla y, por primera vez, no dijo no pasa nada.

«Me da miedo que no llegue», admitió.

Flori cogió una caja de vasos.

«A mí también. Lo hacemos igual.»

A las cinco, cerraron dos horas para transformar el local.

Las mesas salieron a la calle. Las guirnaldas se encendieron.

Nerea montó cuencos, carteles y una zona tranquila con esterillas.

Lidia organizó la lista de reservas. Emilio colocó flechas discretas hacia la salida.

Mercedes se adjudicó la caja de tickets y rechazó cualquier supervisión.

Míriam iba de un lado a otro, pero cada vez que estaba a punto de tomar una decisión que afectaba a alguien, se detenía y preguntaba.

«¿Puedo mover tu mesa, Emilio?»

«Sí.»

«¿Puedo publicar la foto de las croquetas, Saúl?»

«Cuando haya suficientes.»

«¿Puedo poner un cartel de Nerea en la puerta?»

«Si no tapas la licencia.»

Preguntar ralentizaba las cosas.

También evitaba incendios.

A las seis y media, Flori estaba colocando vasos cuando Míriam se acercó con una lista.

«Necesito saber si quieres aparecer en la presentación.»

«¿Qué presentación?»

«Una bienvenida de dos minutos. Sin leer frases. Sin mencionar nada personal.»

Flori secó un vaso.

«No.»

Míriam tachó su nombre.

«Vale.»

Flori la observó.

«¿Solo vale?»

«Has dicho que no.»

«Sí.»

«Entonces no.»

Míriam se alejó. Le costó no añadir que sería bonito, que el público la esperaba, que la cafetería también era suya. Se tragó todas las razones.

Cinco minutos después, Flori apareció a su lado.

«Puedo dar las gracias al final.»

Míriam intentó que su cara no explotara de alegría.

«Solo si quieres.»

«Acabo de decirlo.»

«Lo apunto.»

A las siete y media, ya había una cola en la calle. El calor seguía por encima de los treinta y cinco grados, aunque el sol empezaba a esconderse. Thor llevaba un pañuelo rojo al cuello y una placa nueva que decía DIRECTOR, NO ALCALDE.

Leo encendió las guirnaldas. Nerea llenó los cuencos. Saúl sacó las primeras bandejas. Emilio abrió la carpeta. Mercedes se sentó frente a la caja con la autoridad de una banquera central.

Míriam se colocó junto a Flori detrás de la barra.

«¿Preparada?»

«No.»

«Yo tampoco.»

«Eso no me tranquiliza.»

«No pretendía.»

La puerta se abrió.

Entraron los primeros clientes.

Durante las tres horas siguientes, el tiempo dejó de medirse en minutos y empezó a medirse en cafés fríos, tickets, platos, preguntas y vasos de agua.

Míriam no paró. Flori tampoco. Trabajaban juntas con la precisión antigua, pero ahora cada gesto tenía un borde consciente.

Cuando sus manos se rozaban, ninguna fingía que no lo había notado.

A las diez y cuarto, la calle estaba llena. La música sonaba. Thor recibía caricias. Las cajas de donaciones para el aire acondicionado acumulaban billetes. El propietario del local, invitado por Míriam, había llegado con su sobrina y observaba la terraza llena.

Míriam lo vio y el miedo le abrió sitio de golpe en el pecho.

«Está aquí», dijo a Flori.

«¿Quién?»

«El dueño.»

Flori miró hacia la puerta.

«No sabía que venía.»

«Le invité.»

Flori tensó la mandíbula.

Míriam levantó ambas manos.

«No he prometido nada. Solo le envié la invitación. Pregunté a Toñi antes.»

Flori exhaló.

«Bien.»

Una palabra pequeña. Una confianza todavía más pequeña.

Míriam no la tocó por miedo a romperla.

A las diez y treinta y siete, la luz del local parpadeó.

Una vez.

Dos.

La música se cortó.

La cafetera emitió un suspiro y quedó en silencio.

Durante un segundo, nadie habló.

Después se apagaron las guirnaldas, el aire acondicionado y todas las luces de la calle.

La ciudad desapareció detrás de un golpe de oscuridad.

Míriam se quedó con una bandeja en las manos.

«No es un incendio», dijo Flori a su lado.

«Ya.»

«Pero se le parece mucho.»