Capítulo 11. El turno más largo #2
«Porque en nuestra vida las funciones laborales se han vuelto orientativas.»
Flori había leído la disculpa de madrugada. También los comentarios de clientes defendiendo su privacidad y pidiendo que no se compartieran capturas. Leo había escrito una sola frase debajo:
Las historias pertenecen a quien las vive.
No había mencionado a Flori.
Agradeció esa ausencia más que cualquier defensa.
Su madre se sentó al borde de la cama.
«Mañana es el evento.»
«Lo sé.»
«¿Vas a ir?»
Flori tomó café. Estaba demasiado caliente.
«No lo sé.»
«¿Quieres que salga bien?»
«Sí.»
«¿Quieres que Míriam fracase?»
«No.»
«Entonces tienes dos preguntas distintas.»
Flori miró la taza.
«Puedo querer que salga bien y no estar allí.»
«Puedes.»
«No pongas esa cara.»
«Es mi cara.»
«La heredé. Sé lo que significa.»
Su madre sonrió.
«Cuando eras pequeña, si te enfadabas con alguien, dejabas de jugar con todo el grupo. Preferías perder la tarde antes que permitir que pensaran que habías cedido.»
«Era una niña con principios.»
«Eras una niña muy aburrida.»
Flori apoyó la cabeza contra la pared.
«No se trata de orgullo.»
«No he dicho que lo sea.»
«No puedo volver y actuar como si nada.»
«Tampoco tienes que hacerlo.»
Su madre se levantó.
«Puedes ayudar y seguir enfadada. Las emociones no son turnos de trabajo.»
Cuando se quedó sola, Flori abrió la libreta. Releyó las seis páginas de la noche anterior. Eran desordenadas, repetitivas y más honestas que todo lo que había escrito durante años.
Añadió una frase:
Perdonar no es decir que no dolió. Es decidir qué hacemos con el dolor cuando deja de arder.
La tachó.
Sonaba demasiado limpia.
Escribió debajo:
Todavía arde.
Aquello sí era verdad.
A media mañana llamó Lidia. No preguntó por la publicación. Le explicó que el evento seguía adelante, que Míriam había conseguido ayuda y que Saúl necesitaba saber dónde guardaban las bandejas grandes.
«En el armario alto del almacén, detrás de las cajas de servilletas», respondió Flori.
«Eso he dicho. Míriam insiste en que no están.»
«Míriam cree que buscar consiste en abrir una puerta y recibir una revelación.»
«¿Quieres hablar con ella?»
Flori dudó.
«No.»
«Vale.»
Lidia no intentó convencerla.
Después llamó Emilio para preguntar por la clave del programa de caja. Mercedes envió una foto de la pizarra. Saúl quiso confirmar cuántos litros de salmorejo cabían en el frigorífico pequeño.
A la una, Flori había resuelto siete problemas del evento desde la cama de su infancia.
Su madre apareció en la puerta.
«No vas a ir, pero estás dirigiendo por teléfono.»
«Solo evito intoxicaciones.»
«Muy generoso.»
Flori le lanzó una almohada. Su madre la esquivó.
A las cuatro, alguien llamó al timbre.
Flori oyó voces en la entrada. Un minuto después, su madre asomó la cabeza.
«Hay un repartidor.»
Flori se quedó rígida.
«No he pedido nada.»
«Trae una caja.»
Leo esperaba en el rellano, vestido con el uniforme de trabajo. Sostenía una caja de pizza pequeña y una carpeta.
«No vengo a convencerte», dijo antes de que Flori hablara.
«Eso suena a frase de alguien que viene a convencerme.»
«La pizza es para tu madre. Me ha dicho por el telefonillo que tiene hambre.»
Desde dentro, su madre gritó:
«¡Es verdad!»
Flori cerró los ojos.
«¿Ha pagado?»
«Con un billete y demasiada información sobre tu infancia.»
«Lo siento.»
«Yo no.»
Leo le ofreció la carpeta.
Dentro estaban los archivos finales del evento, las tarjetas, el plano de distribución y una copia impresa de la disculpa de Míriam. En la última hoja había un dibujo de la cafetería a oscuras. Las ventanas estaban iluminadas con pequeñas velas y Thor aparecía en la puerta.
«¿Qué es esto?»
«Un plan alternativo. La instalación eléctrica está dando problemas. He pensado que si falla...»
«No fallará.»
«Lo dices como si conocieras a la instalación.»
«La conozco. Es vengativa, pero tiene límites.»
Leo sonrió.
«Míriam no me ha pedido que venga.»
«¿Entonces?»
«Yo quería traerte esto.»
Flori miró el dibujo.
«¿Has aceptado el trabajo?»
«No.»
«¿Lo has rechazado?»
«Tampoco.»
«Sigues viviendo en una respuesta abierta.»
«Estoy aprendiendo.»
Leo apoyó la caja de pizza en el suelo.
«No tienes que volver por mí.»
«No pensaba hacerlo.»
«Ni por el café.»
«Eso es más discutible.»
«Vuelve solo si quieres estar allí.»
Flori levantó la mirada.
«¿Y si no vuelvo?»
«Te guardo una croqueta.»
«Qué romántico.»
«Las buenas son de jamón.»
No intentó besarla. Ni siquiera se acercó. Se despidió de su madre, recogió el casco y bajó las escaleras.
Flori se quedó con la carpeta en las manos.
Dentro, su madre abrió la caja de pizza.
«Es guapo.»
«Mamá.»
«Y educado.»
«Come.»
«Ha dibujado un perro muy bonito.»
Flori volvió a su habitación. Extendió el plano del evento sobre la cama.
Había anotaciones de Míriam por todas partes, flechas, horarios, nombres y signos de exclamación.
En una esquina, Nerea había escrito: Zona tranquila para perros.
Emilio había corregido una medida. Saúl había añadido el número de bandejas.
Leo había diseñado carteles de emergencia.
No era el proyecto de Míriam.
Era el proyecto de todos.
Flori pensó en la cafetería llena, en Toñi, en las mañanas, en la mesa de las siete y cuarenta. Pensó en Míriam sola detrás de la barra y en Thor esperando frente a una puerta vacía.
A última hora de la tarde, Flori tomó el autobús de regreso al piso. Le dijo a su madre que necesitaba ropa para el evento. Su madre no señaló que llevaba una camiseta negra en la mochila.
La casa estaba vacía. Míriam seguía en la cafetería y Thor estaba con ella. Flori abrió su habitación y encontró el sobre en el suelo.
Su nombre aparecía escrito con la letra rápida de Míriam, pero sin dibujos, corazones ni signos de exclamación.
Leyó la carta de pie. Después volvió a leerla sentada en la cama.
No había excusas. No había frases sobre salvar el café. Míriam había escrito exactamente qué había hecho y qué pensaba cambiar. Flori notó que una parte de la rabia buscaba algo contra lo que seguir golpeando y no lo encontraba.
Guardó la carta dentro de la libreta, junto a la nota de la gripe y los dibujos de Leo.
La reparación no consistía en borrar la página mala. Consistía en decidir qué páginas podían escribirse después.
Flori abrió el armario, sacó la camiseta del local y la dobló en la mochila.
Sacó el móvil.
Escribió a Míriam:
Las bandejas grandes están en el armario alto, detrás de las servilletas. Mañana llegaré a las seis. No significa que estemos bien. Significa que el salmorejo no tiene la culpa.
La respuesta llegó un minuto después.
Entendido. Gracias. No voy a poner ningún corazón.
Flori miró la pantalla.
Después apareció un único punto.
Míriam había empezado a escribir un corazón y lo había sustituido a tiempo.
Flori sonrió a pesar suyo.
Todavía ardía.
Pero el fuego, al menos, ya no lo ocupaba todo. El sábado empezó a las cinco y doce de la mañana, cuando Thor vomitó un trozo de posavasos con forma de sandía.
Míriam lo contempló en el suelo de la cocina.
«Llevaban meses guardados.»
Thor la miró con ojos culpables.
«Esto demuestra planificación.»
El perro movió la cola.
Míriam limpió, comprobó que estaba bien y envió una fotografía a Nerea, que respondió en menos de un minuto:
Vigílalo. Si come y está normal, probablemente ha expulsado la prueba del delito. Y tira el resto de posavasos.
Míriam miró la caja sobre el armario.
Son parte de la historia del local.
Son parte del aparato digestivo del perro. Tíralos.
A las seis menos cuarto, Míriam abrió Pointer y Aparte .
La calle estaba oscura y tibia. El evento comenzaría a las ocho de la tarde, pero antes tenían que servir el turno normal, recibir proveedores, mover mesas, enfriar bebidas, preparar luces, montar el rincón canino y encontrar un lugar para doscientas personas en una cafetería diseñada para cuarenta y ocho optimistas.
Emilio llegó a las seis y diez con una carpeta.
«Tu mesa es a las siete y cuarenta», dijo Míriam.
«Hoy hay un régimen especial.»
Dentro de la carpeta llevaba copias del permiso, un listado de teléfonos de emergencia y un plano con rutas de evacuación.
«He marcado las salidas.»
«Solo hay una.»
«Precisamente por eso conviene marcarla.»
Saúl apareció a las seis y veinte con tres bandejas y dos empleados de su restaurante.
Charo trajo limones del mercado. Lidia llegó con una caja de velas de batería.
Mercedes aportó una bolsa de manteles que, según ella, habían pertenecido a “un hotel importante” y, según el bordado, a una comunión de 1998.
A las seis en punto, Flori cruzó la puerta.
Míriam estaba subida a una silla intentando colgar una guirnalda. Se quedó quieta con una pinza en la boca.
Flori llevaba pantalones vaqueros, camiseta negra y la libreta dentro del bolso. No sonreía. Tampoco parecía dispuesta a marcharse.
«La guirnalda está torcida», dijo.
Míriam se quitó la pinza.
«Buenos días.»
«Son las seis.»
«Eso no invalida el saludo.»
Flori dejó el bolso debajo de la caja, esta vez cerrándolo con cremallera.
El gesto fue pequeño y exacto. Míriam lo sintió como una bofetada merecida.
«Las bandejas estaban donde dijiste», comentó.
«Milagro logístico.»
«Gracias por venir.»
Flori miró la guirnalda.
«He venido por el salmorejo.»
«Claro.»
Míriam bajó de la silla. Durante un segundo quedaron frente a frente. Había demasiadas cosas que decir y demasiadas personas entrando con cajas.
«No voy a pedirte que me perdones», dijo Míriam.
«Bien.»
«Solo quiero que sepas...»
«Ahora no.»
La frase era la misma que Flori había usado dos días antes, pero ya no sonó como una puerta cerrada. Sonó como un aplazamiento.
Míriam asintió.
«Ahora no.»