Capítulo 10. La publicación #3
La traición no borraba todo lo demás. Esa era una de sus cualidades más incómodas. Podía amar a alguien y estar furiosa. Podía saber que Míriam no había querido hacerle daño y sentir el daño de todos modos.
El móvil vibró otra vez. Su madre.
Flori dudó antes de contestar.
«¿Has comido?»
Era la contraseña con la que su madre abría cualquier emergencia.
«No.»
«Pues ven.»
«¿Cómo sabes que pasa algo?»
«Míriam me ha llamado.»
Flori se puso de pie.
«¿Qué te ha contado?»
«Que habéis discutido y que te ha hecho daño.»
«¿Nada más?»
«Ha llorado tanto que la mitad eran consonantes.»
Flori miró la maleta pequeña encima del armario.
«No quiero verla.»
«No te he dicho que la veas. Te he dicho que vengas a comer.»
Su madre vivía en Alcantarilla, en el piso donde Flori había crecido. A media tarde, ella tomó un autobús con una mochila, la libreta y dos mudas. No sabía cuánto tiempo se quedaría. Un día. Hasta el evento. Hasta que dejara de sentir que cada notificación era una ventana abierta.
Su madre la recibió con gazpacho, tortilla y la decisión de no hacer preguntas durante los primeros diez minutos.
Después del segundo plato, dijo:
«¿Lo ha publicado sin permiso?»
«Sí.»
«Pues ha hecho mal.»
Flori esperaba un pero. No llegó.
«También está intentando evitar que cierre el sitio», añadió su madre después.
Ahí estaba.
«Eso no le da derecho.»
«No.»
«Entonces no la excuses.»
«No la excuso. Intento que no conviertas una cosa mala en la definición completa de una persona.»
Flori dejó el tenedor.
«No sabes cómo fue.»
«Sé cómo fue la otra vez.»
Su madre no pronunciaba el nombre de su ex desde hacía años. No hacía falta.
«No es lo mismo», dijo Flori.
«Precisamente.»
La frase quedó entre ambas.
Su madre recogió los platos y volvió con dos cafés pequeños.
«Dejaste la carrera después de aquello», dijo.
«La dejé porque tenía que trabajar.»
«Las dos cosas ocurrieron a la vez.»
Flori sostuvo la taza sin beber.
Había cursado tres años de Periodismo. Le gustaban las clases de crónica y odiaba las ruedas de prensa.
Trabajaba por las tardes para pagar gastos y entregaba textos de madrugada.
Cuando su relación terminó, también perdió el grupo de amigos que compartían.
Al poco, su padre enfermó durante varios meses y Flori empezó a aceptar más turnos.
No hubo una decisión solemne. Solo dejó de matricularse en septiembre.
Durante mucho tiempo explicó que había elegido la vida real. Era una frase eficaz porque nadie preguntaba qué significaba.
«Podía haber vuelto», dijo.
«Podías. También puedes ahora.»
«No quiero estudiar otra vez.»
«No he dicho estudiar. He dicho volver a lo que te gustaba.»
Flori miró a su madre.
«Tengo treinta y un años y sirvo cafés.»
«Tienes treinta y un años, sirves cafés y escribes. Las frases con y suelen ser más verdaderas que las que llevan pero.»
«¿Desde cuándo hablas como una taza motivacional?»
«Desde que mi hija necesita que se lo diga despacio.»
Flori sonrió a pesar de sí misma.
Su madre tocó la libreta.
«No dejes que lo que hizo Míriam te convenza de que esconder esto era la decisión correcta.»
«No es tan sencillo.»
«Nada importante lo es. Pero una puerta forzada no significa que debas tapiar la casa.»
Flori bajó la mirada hacia la tapa negra.
«No sé quién soy si lo intento y no soy buena.»
La confesión le salió casi sin voz.
Su madre bebió café.
«La misma pesada de siempre, supongo.»
Flori rió, y el sonido se mezcló con algo cercano al llanto.
«Gracias.»
«Para eso están las madres. Para ofrecer amor y una humillación proporcionada.»
Míriam no era él. Había cruzado la misma frontera, sí, pero venía del miedo, de la urgencia y de su fe infantil en que un final bueno podía absolver cualquier atajo.
No arreglaba nada.
Pero impedía que Flori confundiera una herida con toda la persona.
Después de comer, Flori se tumbó en la cama de su antigua habitación. En la pared quedaban dos agujeros de póster y una mancha clara donde había estado una estantería. Abrió la libreta.
Escribió durante una hora.
No escribió frases cortas ni observaciones sobre clientes.
Escribió lo ocurrido, lo que sentía y todo lo que no quería admitir: que estaba enfadada con Míriam precisamente porque confiaba en ella; que la publicación dolía porque la frase era cierta; que la oferta de Leo le daba miedo; que el posible cierre de la cafetería la dejaba sin barra detrás de la que esconderse.
Cuando terminó, había llenado seis páginas.
Las leyó una vez.
No eran brillantes. Tampoco tenían que serlo.
El teléfono mostró un nuevo mensaje de Míriam:
He cerrado antes. Thor está conmigo. No voy a llamarte más hoy. Lo siento. No “lo siento pero”. Solo lo siento.
Flori dejó el móvil boca abajo.
Afuera, la tarde empezó a oscurecer. El aire acondicionado del dormitorio funcionaba con un zumbido estable, un lujo casi obsceno.
Flori apoyó la libreta sobre el pecho.
El incendio no estaba en internet. No estaba en la cafetería ni en la frase.
Estaba en todas las cosas que había guardado durante años por miedo a que alguien las tocara.
Y por primera vez se preguntó si protegerlas significaba realmente mantenerlas vivas.