Capítulo 10. La publicación #2
«No me contesta.»
«Entonces espera.»
Míriam estuvo a punto de decir que no tenían tiempo. El evento, el lunes, el alquiler. Vio la cara de Leo y comprendió que cualquier urgencia sonaría como otra excusa.
«Vale.»
Él se detuvo antes de salir.
«Voy a ayudar con el evento porque lo prometí y porque el café importa. No porque esto esté arreglado.»
La frase se parecía tanto a algo que diría Flori que Míriam tuvo ganas de llorar.
«Entendido.»
A las tres, cerró antes de hora. Explicó a los clientes que había un problema personal y colgó un cartel. No escribió una frase divertida. No convirtió el cierre en una historia.
Nerea llegó cuando Míriam estaba bajando las sillas de la terraza. No preguntó qué había ocurrido. Le quitó una silla de las manos y empezó a ayudar.
Míriam aguantó hasta que la persiana quedó a medio bajar.
Después se sentó en el suelo y lloró.
Thor apoyó el cuerpo entero contra ella. Nerea se sentó al otro lado.
«No quería hacerle daño», dijo Míriam.
«Lo sé.»
«Eso no cambia que se lo haya hecho.»
«No.»
«Dime qué hago.»
Nerea le sostuvo la mano.
«Primero, no haces de tu arrepentimiento otro trabajo que Flori tenga que gestionar. Pides perdón. Reparas lo que puedas. Y esperas.»
Míriam miró la persiana, la mitad de calle visible y la otra mitad cerrada.
Esperar seguía pareciéndole una forma de no hacer nada.
Aquella tarde empezó a comprender que, a veces, era la única forma de dejar espacio a otra persona. Flori caminó sin saber adónde iba.
Salió de la cafetería, cruzó la calle y siguió hacia el campus.
A aquella hora el sol aplastaba las fachadas y las pocas personas que caminaban lo hacían pegadas a las sombras.
Ella avanzó por el centro de la acera, como si el calor pudiera quemar una capa de piel y dejar debajo otra que no sintiera vergüenza.
El teléfono vibraba dentro del bolso.
No lo miró hasta llegar a una plaza casi vacía. Se sentó en un banco caliente, sacó el móvil y encontró diecisiete mensajes.
Tres eran de Míriam.
Cuatro de Leo.
El resto, de clientes y conocidos que habían visto la publicación antes de que desapareciera.
Lidia había escrito: La frase es preciosa. Espero que estés bien.
Mercedes: Yo no he compartido nada. Solo para que conste.
Saúl: Si necesitas que retire a alguien de internet, conozco gente de cocina.
Había también capturas. Comentarios. Personas celebrando una historia que no les pertenecía.
Alguien había escrito que Flori y Leo eran “la pareja del verano murciano”.
Otra persona quería saber cuándo sería el próximo capítulo.
Una cuenta había añadido música romántica al vídeo de Leo entrando en la cafetería.
Flori bloqueó la pantalla.
Le dolía el pecho de una forma antigua.
No era exactamente por la frase. La primera parte había estado en su cabeza desde aquella noche de la pizza. Podría haberla publicado ella misma algún día. El problema era el gesto: una mano entrando en su bolso, abriendo la libreta, decidiendo que lo privado era material útil.
Su ex también había dicho que el relato era bueno.
Por eso se lo mandé a los chicos. Para que vieran que escribes bien.
Después se habían reído de una escena torpe, de una frase demasiado intensa, de un personaje que se parecía a ella. Flori había fingido que no importaba. Había hecho un chiste. Siempre encontraba uno.
Durante años había confundido no llorar con salir ilesa.
El teléfono volvió a vibrar.
Leo.
No quería hablar, pero tampoco quería que él conociera la historia por comentarios ajenos. Contestó.
«¿Dónde estás?» fue lo primero que preguntó.
«Fuera.»
«Eso reduce poco el mapa.»
«No quiero que vengas.»
Hubo un silencio.
«Vale.»
La facilidad con la que aceptó le dolió y la alivió.
«No sabía que lo publicaría», dijo Leo.
«Ya.»
«Le he preguntado. No me ha contestado.»
«No tiene nada que ver contigo.»
«La frase sí.»
Flori cerró los ojos.
«No quiero hablar de la frase.»
«Entonces no hablamos de ella.»
«La gente ya habla suficiente.»
Leo respiró al otro lado.
«Puedo pedir a mis compañeros que no respondan, que no compartan...»
«No puedes borrar internet.»
«No.»
«Y yo no quiero que me defiendan como si esto fuera una campaña.»
«Entendido.»
Flori esperaba una pregunta, una exigencia, una explicación. Leo no añadió nada.
«¿Vas a volver al café?», preguntó al final.
«No hoy.»
«El evento es pasado mañana.»
«Lo sé.»
«¿Quieres que cubra algo?»
«No trabajas allí.»
«Puedo ayudar a Míriam.»
La idea de ambos juntos, intentando arreglar el desastre, le produjo una punzada injusta.
«Haz lo que quieras.»
«Flori.»
«No puedo ahora.»
Colgó.
Permaneció en el banco hasta que el calor se volvió insoportable. Después caminó al piso. Thor no estaba, lo que significaba que seguía en la cafetería. La casa estaba silenciosa y desordenada. Sobre la mesa había una taza que Míriam había preparado por la mañana, intacta.
Flori entró en su habitación y cerró la puerta.
Sacó la libreta del bolso. La página fotografiada seguía abierta por la presión del lomo. Contempló la frase y quiso arrancarla, quemarla, montar una escena con el tamaño suficiente para que Míriam entendiera el daño.
En vez de eso, pasó las páginas.
Cinco años de cafetería. Clientes que ya no iban. Frases de mañanas antiguas. Dibujos de Leo pegados durante las últimas semanas. Una nota de Míriam escrita dos años atrás, cuando Flori tuvo gripe:
He dado los cafés sin ti y nadie ha muerto. Dos se han quejado, pero creo que era su estado natural. Vuelve pronto.
Flori tocó el borde del papel.