Capítulo 9. Tres cafés y una mentira
Míriam descubrió el beso a las doce y treinta y dos de la noche, pero tuvo que esperar hasta las siete y veinticinco de la mañana para celebrar.
La convivencia tenía límites. Incluso ella reconocía algunos.
A las siete y veinticinco, Flori entró en la cafetería con gafas de sol, aunque todavía no daba el sol dentro, y dejó el bolso bajo la barra.
Míriam colocó tres tazas delante de ella.
«¿Qué es esto?»
«Un sistema de interrogatorio.»
Señaló la primera.
«Café solo si fue un beso breve.»
Señaló la segunda.
«Café con leche si fue un beso normal.»
Señaló la tercera, un vaso alto con hielo, nata y sirope.
«Esto si necesitas hidratarte después de una experiencia cinematográfica.»
Flori dejó las gafas sobre la barra.
«Voy a despedirte.»
«No puedes.»
«Encontraré una cláusula.»
«¿Cuál eliges?»
Flori cogió la primera taza.
Míriam puso cara de decepción.
Después Flori cogió la segunda y vertió el café de la primera dentro.
«Doble», dijo.
Míriam se tapó la boca para no gritar.
Flori tomó un sorbo.
«Si mencionas esto delante de un cliente, te cambio la leche por caldo.»
«Soy una tumba.»
«Eres una retransmisión en directo.»
«Una retransmisión comprometida con la privacidad.»
A las siete y cuarenta, Emilio entró, miró a Flori y sacó cinco euros del bolsillo.
«No», dijo ella.
«Mi fecha era anoche.»
«No sabes nada.»
Emilio dejó el billete sobre la barra.
«He visto a Leo esta mañana. Ha pedido cambio para un billete de veinte y sonreía.»
Míriam se volvió para ocultar la risa.
Flori guardó el billete en la caja.
«Fondo del aire acondicionado.»
La noticia se propagó sin necesidad de confirmación. Mercedes llegó a las ocho y pidió revisar la hoja de apuestas. Lidia reclamó transparencia. Saúl aseguró que el beso había ocurrido fuera del periodo reglamentario porque nadie había anotado una hora.
Flori atendió a todos con una calma tan cortante que a las nueve nadie se atrevía a pronunciar el nombre de Leo.
A las nueve y cinco, Thor empezó a mover la cola.
Leo entró con un café para llevar de otra cafetería.
El local entero quedó en silencio.
Flori miró el vaso.
«Eso sí es una traición.»
Leo se detuvo.
«Me lo han dado en la tienda.»
«No hay excusas.»
«No lo he bebido.»
«El daño visual está hecho.»
Míriam observó cómo se miraban. Dos personas podían revelar una biografía completa con tal de fingir que no ocurría nada.
Leo dejó el vaso en la papelera.
«Café solo doble.»
«Ahora cuesta más», dijo Flori.
«¿Suplemento por infidelidad?»
«Por rehabilitación.»
Mercedes emitió un sonido ahogado detrás de su abanico.
Leo se sentó. Flori preparó el café. Míriam atendió una mesa y se obligó a no mirar. Se alegraba de verdad por su amiga. La punzada de los últimos días también era verdadera, y menos presentable.
Las cosas se movían.
Hasta entonces, su vida con Flori había sido estable dentro del caos: turnos, alquiler compartido, cenas improvisadas, paseos con Thor, domingos de sofá. De repente había un hombre con casco entrando en la rutina y una veterinaria que le enviaba mensajes que Míriam releía tres veces.
Todo era bueno.
Todo podía cambiar.
Míriam había pasado buena parte de su vida celebrando los cambios antes de que pudieran asustarla.
Cuando una compañera de piso se marchó a Madrid, organizó una fiesta de despedida.
Cuando cerró la heladería donde trabajaba, declaró que por fin dejaría de oler a vainilla.
Cuando un novio anunció que necesitaba «otra etapa», ella le ayudó a meter los libros en una caja y salió aquella misma noche con amigas, como si el volumen de la música pudiera rellenar un armario vacío.
Era buena convirtiendo las pérdidas en planes.
Lo que no sabía hacer era quedarse quieta después, cuando el ruido terminaba y el hueco seguía allí.
Con Flori había sido distinto. Se conocieron sirviendo mesas en un bar donde el jefe confundía liderazgo con gritar desde la cocina.
Empezaron compartiendo taxis después del turno, luego una habitación libre y, sin darse cuenta, una vida.
Flori no prometía eternidad. Ponía café, pagaba su mitad y seguía apareciendo cada mañana.
Míriam había confiado tanto en esa continuidad que cualquier cambio le sonaba a grieta en el edificio entero.
Leo. Nerea. El café. El alquiler.
Quería agarrarlo todo al mismo tiempo y sabía, en algún lugar razonable de su cabeza, que apretar demasiado también era una forma de perder.
El teléfono vibró en el bolsillo. Era un mensaje del propietario del local.
Necesito confirmación antes del viernes. Si la señora Antonia no acepta las nuevas condiciones, comenzaré a enseñar el espacio en agosto.
Míriam sintió un vacío en el estómago.
Viernes.
No uno de septiembre. Viernes.
Miró hacia Flori. Estaba inclinada sobre la barra, hablando con Leo. Él le había dibujado algo en la palma con el dedo. Flori intentaba no sonreír.
Míriam guardó el móvil.
«¿Todo bien?», preguntó Flori, que aun así había visto el movimiento.
«Sí.»
Primera mentira.
A media mañana llamó a Toñi desde el patio. La propietaria contestó con ruido de gaviotas al fondo.
«¿Cómo va?»
«Genial. El evento está lleno, el concurso fue un éxito y Thor ha ocupado un cargo municipal.»
«No quiero saber lo último.»
«Decisión sabia.»
Míriam habló de los ingresos. Habían mejorado, pero no lo suficiente para asumir la subida de forma estable. Toñi guardó silencio.
«Me ha escrito el dueño», dijo Míriam. «Quiere respuesta el viernes.»
«Me dijo septiembre.»
«Ha cambiado.»
«No puede cambiar cada semana.»
«Puede. Es propietario.»
Toñi suspiró.
«No firmes nada.»
«Podemos negociar después del evento. Si ve el local lleno...»
«Míriam.»
«Puedo hacerlo.»
«No es tu responsabilidad.»
La frase le molestó más de lo que debía.
«Trabajo aquí.»
«Y te quiero, pero el negocio es mío. No cargues con una decisión que me corresponde.»
Míriam miró a través del cristal. El letrero de Pointer y Aparte , la cafetera, las mesas, Flori. Todo lo que Toñi llamaba suyo también formaba parte de la vida de Míriam.
«¿Vas a cerrar?»
Toñi tardó en responder.
«No lo sé.»
Míriam apoyó la frente en la pared.
«El evento va a funcionar.»
«Lo sé.»
«Entonces espera.»
«Esperaré hasta el lunes. Después decidiré.»
Cuando colgó, Míriam permaneció un momento en el patio. Thor se acercó y apoyó el hocico en su muslo.
«Tú tampoco sabes pagar un alquiler», le dijo.
El perro movió la cola.
«Pero das apoyo emocional. Algo es algo.»
Nerea llegó a las once con una bolsa de premios para perros y una carpeta de la clínica. Había venido a revisar el espacio del evento y a ayudar a preparar un rincón con agua para los animales.
«Tienes mala cara», dijo al ver a Míriam.
«Tengo cara de emprendedora.»
«Parece una enfermedad.»
«Lo es.»
Nerea dejó la carpeta sobre una mesa.
«¿Qué pasa?»
Míriam pudo contarle la verdad. Nerea no era Flori, no tenía por qué protegerla. Pero pronunciar el posible cierre lo convertiría en una cosa real que ocuparía el aire.
«Nada. No he dormido.»
Segunda mentira.
Prepararon el rincón para perros en la terraza. Nerea sugirió varios cuencos, una zona de sombra y carteles sobre alimentos peligrosos. Míriam anotó todo con una energía excesiva.
«No tienes que hacer veinte cosas a la vez», dijo Nerea.
«Es mi forma natural.»
«Tu forma natural está rompiendo tres bolígrafos.»
Míriam miró el que tenía en la mano. Había partido la tapa.
Nerea se la quitó suavemente.
«Para.»
La palabra no sonó como una orden. Sonó como una invitación.
Míriam respiró.
«El local puede cerrar», dijo.
La verdad salió entera, sin lazo, filtro ni una sola guirnalda que la hiciera parecer más amable.
Nerea no reaccionó con dramatismo. Se sentó en una silla y esperó. Míriam le contó lo del alquiler, el plazo, Toñi y el evento. También le contó que no se lo había dicho a Flori.
«¿Por qué?»
«Porque está feliz.»
«Puede estar feliz y preocupada.»
«No quiero estropearlo.»
«No eres responsable de mantener a todo el mundo en un estado de ánimo bonito.»
Míriam se sentó frente a ella.
«Eso suena muy fácil cuando lo dices tú.»
«No he dicho que sea fácil.»
Nerea le rozó los nudillos con los dedos. Míriam miró sus manos.
«Cuéntaselo.»
«Después del evento.»
«Míriam.»
«El lunes. Toñi va a esperar hasta el lunes.»
Nerea retiró la mano.
«No me pidas que te diga que es buena idea.»
«No te lo pido.»
Tercera mentira.
Al final de la mañana, Leo se marchó y Flori encontró una pequeña pizza dibujada en el reverso de la cuenta. Sonrió antes de guardarla. Míriam la vio.
«¿Qué?», preguntó Flori.
«Nada.»
«Llevas todo el día diciendo nada.»
Míriam cogió una bandeja.
«Porque no pasa nada.»
Flori la observó con atención. A Míriam se le olvidaba a veces que su amiga llevaba años estudiando mentiras antes del segundo café.
«Hablaremos esta noche», dijo Flori.
«Tenemos que preparar el evento.»
«Precisamente.»
Míriam se alejó hacia la terraza.
En la pared, la pizarra mostraba la frase del día:
La verdad siempre llega. El problema es quién le abre la puerta.
Flori la había escrito a primera hora, sin saber nada.
Míriam evitó mirarla durante el resto del turno. Leo fue a Valencia un martes y Flori pasó el día fingiendo que no sabía a qué hora era la entrevista.
Lo sabía.
A las nueve y media.
También sabía que el tren había salido poco después de las seis, que llevaba una camisa azul que Míriam había calificado como “de adulto con nómina” y que la agencia ocupaba una oficina cerca de la estación. Leo le había enviado una fotografía del café del tren con el texto: Traición por necesidad.
Flori respondió:
Eso no es café. Es una amenaza en vaso de cartón.
Después guardó el móvil y no volvió a mirarlo durante cuatro minutos.
A las siete y cuarenta, Emilio pidió lo de siempre. A las ocho, Lidia quiso saber si Leo volvería para el evento. A las ocho y cuarto, Mercedes preguntó si Valencia estaba “demasiado lejos para una relación moderna”. Flori añadió cincuenta céntimos a su cuenta por cada pregunta.
«Esto es abuso de posición», protestó Mercedes.
«Es terapia financiada.»