Capítulo 8. El día en que Thor fue alcalde #4
Flori cogió el casco.
«Conduce despacio.»
«Eso ha sonado casi amable.»
«Es la segunda vez que usas esa frase. Estás perdiendo frescura.»
Se puso el casco y subió detrás de él. Al principio apoyó las manos en el borde del asiento. La moto arrancó y el equilibrio le exigió una decisión. Rodeó la cintura de Leo.
Él no dijo nada.
La ciudad de noche era otra ciudad. El calor seguía en el aire, pero las calles respiraban. Pasaron bajo balcones iluminados, junto a terrazas llenas y fachadas doradas. El casco amortiguaba el ruido y el cuerpo de Leo era una certeza delante de ella.
Llegaron a una zona tranquila cerca del río. Leo aparcó y sacó de la caja de reparto, vacía ya, dos latas de refresco y una bolsa de patatas.
«Veo que mantienes un estándar gastronómico alto.»
«La tarta agotó el presupuesto.»
Se sentaron en un banco. Hablaron de la Noche a la fresca , de los carteles que faltaban y de la oferta de Valencia.
Flori intentó no preguntar. Resistió cuatro minutos.
«¿Cuándo vas?»
«El martes.»
«¿Quieres el trabajo?»
Leo giró la lata entre las manos.
«Quiero saber que podría conseguirlo.»
«No es lo mismo.»
«No.»
«¿Y si te lo ofrecen?»
«No lo sé.»
Leo arrancó una esquina de la bolsa de patatas y la dobló entre los dedos.
«Mi madre quiere que acepte cualquier trabajo que tenga contrato», dijo. «No porque piense que el diseño sea una pérdida de tiempo. Porque lleva años viéndome enlazar cosas que duran tres meses.»
«La estabilidad es la religión de quienes han pagado demasiadas facturas.»
«Y tiene razón en parte.»
«La gente puede tener razón y estar equivocada sobre ti.»
Leo la miró.
«Eso parece otra frase de libreta.»
«Es sentido común con buena sintaxis.»
«¿Tú no quieres algo estable?»
Flori pensó en la cafetería, en el sobre del alquiler y en el piso compartido. Su vida era estable solo desde fuera. Cada mes dependía de horarios, contratos y decisiones de otros.
«Quiero no sentir que todo puede desaparecer porque alguien firma un papel», dijo.
«Eso no existe.»
«Ya.»
«Pero puedes elegir algunas de las personas que están cuando desaparece.»
Flori jugueteó con la anilla de la lata.
«Eres optimista para alguien que entrega cenas a personas enfadadas.»
«Precisamente. He visto familias reconciliarse cuando llega una pizza.»
«También se rompen por la última porción.»
«Ese es el lado oscuro.»
El humor no eliminó la inquietud, pero le dio un lugar donde sentarse.
Flori miró las luces reflejadas en el agua. Odiaba las respuestas abiertas. Permitían que el miedo escribiera el final.
«Deberías aceptarlo si es bueno.»
Leo la observó.
«¿Eso quieres?»
«No me corresponde querer nada.»
«Esa frase es cómoda.»
«Es cierta.»
«Las cosas pueden ser ciertas y cómodas a la vez.»
Flori bebió. El refresco estaba casi caliente.
«Nos conocemos desde hace dos semanas.»
«Catorce días.»
«Eso son dos semanas.»
«También son catorce desayunos potenciales.»
«No has venido todos.»
«Has contado.»
Flori se arrepintió demasiado tarde.
Leo dejó la lata en el suelo.
«Me gustas.»
No sonó grandioso. Sonó sencillo. Eso lo hizo más difícil de esquivar.
Flori notó el pulso en la garganta.
«Tienes mal criterio. Thor ya lo demostró.»
«También me gusta Thor.»
«Eso confirma el diagnóstico.»
Leo sonrió, pero no apartó la mirada.
«¿Puedo besarte?»
Flori había imaginado muchas versiones de aquel momento. En ninguna le pedían permiso con tanta claridad. Buscó una respuesta ácida y encontró silencio.
Asintió.
Leo se inclinó. El beso fue suave y breve al principio, una pregunta formulada sin palabras. Flori apoyó una mano en su cuello y cambió la respuesta. Durante unos segundos quedaron fuera el calor, la moto, Valencia, el alquiler y todas las frases que todavía no sabían decirse.
Cuando se separaron, Leo sonreía.
«No digas que ha sonado casi amable», advirtió ella.
«Iba a decir que ha sido muy amable.»
Flori lo besó otra vez para impedirle continuar.
El casco cayó del banco y rodó por el suelo.
Leo lo recogió después.
«Un beso con casco», dijo.
«El casco estaba en el suelo.»
«No arruines el título.»
Flori lo miró.
«¿Qué título?»
«El dibujo que voy a hacer.»
«No dibujes esto.»
«No prometo nada.»
A las doce y media, Leo la dejó en el portal. Míriam había apagado las luces del salón, pero una franja brillante aparecía debajo de la puerta del dormitorio.
Flori entró sin hacer ruido. Thor levantó la cabeza desde su cama y movió la cola.
«No le cuentes nada», susurró.
Desde el pasillo llegó la voz de Míriam:
«¿Hubo beso?»
Flori se quedó inmóvil.
«Duérmete.»
Míriam soltó un grito amortiguado de triunfo.
Flori cerró la puerta de su habitación, se apoyó contra ella y tocó sus labios.
En el bolsillo encontró una servilleta que Leo había metido sin que lo notara.
Había dibujado dos cascos apoyados uno contra otro.
Debajo, una frase:
Algunas rutas empiezan después de la última entrega.
Flori guardó la servilleta en la libreta negra.
Esta vez no escribió ninguna respuesta.
No porque no la tuviera.
Porque algunas cosas ocupaban mejor el espacio cuando Flori no intentaba encerrarlas en una frase.