Capítulo 8. El día en que Thor fue alcalde #3
«Hace dos años. Una amiga compartió una foto. Fui a conocerlo sin intención de llevármelo.»
Flori, desde la barra, soltó una risa seca.
«Volvió con un perro, una cama demasiado pequeña y comida para seis meses.»
«Había una oferta.»
«Thor no cabía en la cama.»
«Creció durante el trayecto.»
Nerea miró a Míriam.
«¿Siempre decides así?»
«Las cosas importantes sí.»
«¿Y te sale bien?»
Míriam observó al perro. Thor apoyó la barbilla en la mano de Nerea y cerró los ojos.
«A veces sale mejor de lo que merezco.»
Nerea dejó de sonreír un instante.
«No tienes que merecer todo lo bueno. Solo cuidarlo.»
La frase llegó a Míriam con una suavidad inesperada. Pensó en Thor, en Flori, en la cafetería y en el mensaje del propietario que todavía no había compartido.
«¿Y si lo cuidas mal?»
«Aprendes. Pides ayuda. No finges que no ha pasado.»
Flori golpeó el portafiltro contra el cajón. Míriam se sobresaltó, aunque su amiga no parecía haber escuchado.
Nerea se puso de pie.
«Puedo enseñarte algunos ejercicios para que vuelva cuando lo llamas.»
«¿A Thor o a mí?»
«Empezamos por el perro. Contigo necesito más estudios.»
Míriam rió.
Por primera vez desde que empezó el verano, Míriam vio el caos no como una amenaza, sino como algo que, bien repartido, podía parecerse a una comunidad.
A veces era la forma que tenía la vida de reunir a la gente adecuada en el mismo sitio. Flori había llegado a la conclusión de que una cita era cualquier encuentro al que Míriam podía poner música de fondo sin que resultara del todo absurdo.
El paseo de la noche anterior, por tanto, había sido una cita.
No se habían besado. Habían caminado con Thor hasta el río, compartido una botella de agua y hablado durante dos horas.
Leo le había contado que su abuelo guardaba en un cajón todos sus dibujos desde los siete años.
Flori le había confesado que conservaba periódicos viejos por artículos que nunca volvía a leer.
Al despedirse, él había tocado suavemente su muñeca, justo donde llevaba las llaves de la cafetería.
Después, nada.
El problema era que aquel nada ocupaba demasiado espacio.
A la mañana siguiente, Míriam preguntó por el beso cuatro veces antes de salir hacia el Ayuntamiento. Flori respondió amenazando con cambiar la contraseña de la plataforma de series. No era una amenaza vacía.
A mediodía, cuando Míriam regresó con Nerea, Thor y una historia imposible sobre un cargo público, Flori seguía pensando en la mano de Leo sobre su muñeca.
«Tienes que dejar de mirarla así», dijo Míriam mientras Nerea bebía café en la terraza.
«¿A quién?»
«A tu propia mano.»
Flori cogió un paño.
«Estoy comprobando si tengo una reacción alérgica.»
«Sí. A la intimidad.»
«Ve a atender la mesa tres.»
«La mesa tres ha pedido la cuenta.»
«Entonces cóbrala dos veces.»
Míriam se alejó riendo.
Leo no apareció a la hora habitual. Tampoco a las diez y media. A las once, Thor dejó de mirar la esquina y se tumbó. Flori decidió que no estaba decepcionada. Los repartidores tenían rutas, horarios y vidas. La cafetería no era el centro de gravedad, aunque algunos desayunos parecieran discutirlo.
A las doce menos cuarto, una moto azul se detuvo al otro lado de la calle.
Leo entró con el casco puesto y una bolsa de papel.
«No puedo quedarme.»
«Entonces has elegido una forma ineficiente de no venir», dijo Flori.
Él levantó la bolsa.
«Traigo soborno.»
Dentro había dos granizados de limón y una caja pequeña con una porción de tarta de queso.
Míriam apareció con la precisión de quien detecta azúcar a través de dos paredes.
«¿Para mí?»
«El granizado, sí.»
«¿Y la tarta?»
Leo miró a Flori.
«Compensación por una cita sin postre.»
Míriam abrió la boca con una felicidad casi dolorosa.
Flori cogió la caja.
«No fue una cita.»
«Entonces es compensación por un paseo largo.»
«Con un perro.»
«El perro no quiso postre.»
Desde la terraza, Thor dio un golpe con la cola.
«No le preguntaste», dijo Míriam.
Flori le entregó el granizado.
«Desaparece.»
Leo se acercó a la barra.
«Tengo reparto en cinco minutos. Solo quería darte esto y decirte que el permiso del evento está aprobado.»
Míriam casi derramó el vaso.
«¿Cómo lo sabes?»
«Emilio me ha cruzado en la calle y me ha informado con una precisión que incluía número de expediente.»
Míriam levantó los brazos.
«¡Tenemos evento!»
Dos clientes aplaudieron sin saber por qué. Flori miró la tarta.
«¿Y tú cómo sabías que me gusta?»
«No lo sabía.»
«Podría no gustarme.»
«Entonces Míriam parecía preparada para asumir el riesgo.»
Míriam asintió con la cuchara ya en la mano.
Leo retrocedió hacia la puerta.
«Esta noche termino a las once.»
«Muy tarde», dijo Flori.
«Mañana entro a las cuatro.»
«Muy temprano.»
«Estás poniendo dificultades.»
«Estoy describiendo horarios.»
«A las once y cuarto, en la puerta de tu casa.»
Míriam se volvió hacia una estantería y empezó a ordenar paquetes de azúcar por criterios que habría sido incapaz de defender bajo juramento.
Flori abrió la caja de tarta.
«¿Con casco?»
«Puedo quitármelo.»
«No prometas cosas que no puedes cumplir.»
Leo sonrió.
«A las once y cuarto.»
Salió antes de que Flori respondiera.
Míriam esperó tres segundos.
«Eso ha sido...»
«Ni una palabra.»
«No iba a decir romántico.»
«Ibas a cantarlo.»
«Solo quería señalar que tienes una cita.»
«No es una cita.»
«Te trae tarta y te recoge de noche.»
«Puede ser un secuestro con repostería.»
«Ponte el vestido verde.»
«Voy a llevar pantalones.»
«Entonces los negros.»
Flori cerró la caja.
«No necesito que me vistas.»
«Necesitas que alguien impida que vayas con la camiseta del café.»
A las once y doce de la noche, Flori estaba en el portal con pantalones negros, una blusa ligera y la certeza de haber cedido demasiado terreno.
Leo llegó en la moto a las once y dieciséis. Se quitó el casco y le ofreció otro.
«No subo.»
«Has preguntado si vendría con casco.»
«Era una observación.»
«Tengo un plan.»
«Eso nunca tranquiliza.»
«Es un trayecto de diez minutos.»
Flori miró la moto. No le daban miedo. Le daba miedo la proximidad. La obligación de agarrarse. La posibilidad de disfrutarlo.
Leo debió de leer algo en su cara.
«Podemos ir andando.»
No había desafío en la frase. Solo una salida.