Nadie se enamora antes del café Capítulo 8. El día en que Thor fue alcalde #2
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Capítulo 8. El día en que Thor fue alcalde #2

Thor regresó y metió el hocico entre ambos. Flori le acarició la cabeza para tener algo que hacer con las manos.

Al despedirse junto a la cafetería, Leo tocó su muñeca. Solo un segundo, justo encima de la cinta de las llaves.

«Buenas noches, Flori.»

«Buenas noches.»

No hubo beso. Ella subió al piso con Thor y pasó veinte minutos convencida de que era mejor así.

Después encontró, dentro del bolsillo de la correa, una servilleta doblada.

La próxima vez invitas tú.

Flori la guardó en la libreta y decidió no analizar por qué la expresión próxima vez le parecía la parte más peligrosa de toda la nota.

Para conseguir el permiso del evento, Míriam debía presentar tres formularios, un plano de la terraza, un seguro de responsabilidad civil y una declaración jurada de que no instalarían estructuras inflamables.

Ella llevaba dos formularios, una fotografía aérea descargada de internet y a Thor.

«No puedes entrar con el perro», dijo Flori al verla preparar la mochila.

«No entra. Me acompaña hasta la puerta.»

«¿Y después?»

«Me espera.»

«¿Atado dónde?»

Míriam levantó el mosquetón de escalada.

«Seguridad de nivel alpinista.»

Flori miró el reloj. Había dormido poco y sonreía de una manera extraña, como si intentara ocultar una lámpara encendida dentro de la boca.

Míriam dejó la mochila sobre la barra.

«¿Qué tal el paseo?»

«Bien.»

«¿Cuánto duró?»

«Lo normal.»

«Llegaste a casa a las doce y media.»

«Thor necesitaba andar.»

El perro, tumbado en el patio, levantó la cabeza al oír su nombre y bostezó con una amplitud ofensiva.

«Parece agotado por su coartada», dijo Míriam.

Flori cogió una bandeja.

«Ve al Ayuntamiento.»

«¿Hubo beso?»

«Ve.»

«Eso no es un no.»

«Tampoco es una invitación a seguir respirando cerca de mí.»

Míriam sonrió. No insistió porque había aprendido, después de años de convivencia, que Flori contaba las cosas cuando dejaban de parecerle explosivas. También porque el permiso debía presentarse antes de las dos y aún no sabía dónde se obtenía una declaración jurada sobre estructuras inflamables.

A las diez, dejó a Flori al frente del café y salió con Thor. El sol caía vertical sobre las calles. La correa le calentaba la palma y el perro caminaba buscando cada línea de sombra.

Nerea la esperaba frente a la clínica veterinaria con una botella de agua y un cuenco plegable.

«Has venido», dijo Míriam.

«Me prometiste café gratis.»

«Creía que venías por solidaridad.»

«La solidaridad mejora con cafeína.»

Nerea llevaba una camisa blanca amplia, vaqueros y el pelo rizado recogido en una coleta. Sin la bata de la clínica parecía distinta, menos seria y más peligrosa para la capacidad de Míriam de terminar frases.

«Necesito ayuda con el apartado de animales», explicó Míriam mientras caminaban.

«¿Hay un apartado de animales?»

«He decidido que sí.»

«Eso explica por qué me has llamado.»

«También porque sabes leer documentos oficiales.»

«Soy veterinaria, no arqueóloga.»

Llegaron al edificio municipal después de once y media, un granizado y dos paradas para que Thor bebiera. Un conserje les indicó que los trámites de ocupación de vía pública se realizaban en otra dependencia, a seis minutos andando.

«El plano está mal», añadió al ver los papeles.

«Es una fotografía.»

«Precisamente.»

Míriam sonrió con la esperanza de que la simpatía alterara los requisitos administrativos.

No funcionó.

En la segunda oficina, una funcionaria llamada Maribel revisó los formularios con un bolígrafo rojo.

«Falta la firma de la propietaria.»

«Está en Águilas cuidando a su hermana.»

«Puede firmar digitalmente.»

«Toñi considera que la firma digital es brujería.»

Maribel levantó la vista.

«Falta el seguro.»

«Lo tenemos.»

«No lo ha traído.»

«Pero existe.»

«La Administración trabaja mejor con documentos existentes en la mesa.»

Nerea carraspeó para disimular una risa.

Thor esperaba fuera, atado a una barandilla bajo la sombra. Míriam podía verlo por el cristal. Dos niños se acercaron a acariciarlo. El perro se dejó tocar con la solemnidad de una figura pública.

Maribel marcó otra casilla.

«Y necesita un plano a escala.»

«¿A escala humana?»

«A uno cincuenta.»

«Perfecto. Tenemos una cafetería pequeña.»

Maribel dejó el bolígrafo.

«Señorita, puedo darle una cita para mañana. Traiga todo y se lo gestionamos.»

El tiempo se cerró alrededor de Míriam. El evento estaba anunciado, las reservas hechas y los proveedores comprometidos.

«No puedo volver mañana.»

«Entonces puede presentar por registro electrónico.»

«Eso suena a brujería avanzada.»

Nerea le puso una mano en el brazo.

«Volvemos. Conseguimos los papeles y regresamos.»

«Cierran a las dos.»

«Son las doce menos diez.»

«Tenemos que ir al café, llamar a Toñi, sacar el seguro, hacer un plano, volver y...»

Un golpe contra el cristal interrumpió la lista.

Thor tenía algo rojo en la boca.

Míriam se acercó a la ventana. La barandilla seguía en su sitio. El mosquetón también. La correa colgaba abierta.

«No.»

Thor echó a correr.

El objeto rojo era una cinta que decoraba la entrada de una exposición municipal. El perro la había arrancado de un soporte y avanzaba por el pasillo exterior con ella ondeando detrás como una banda ceremonial.

«¡Thor!»

Míriam salió de la oficina. Nerea la siguió. Thor cruzó las puertas automáticas y entró en el vestíbulo principal del edificio.

Un guardia de seguridad intentó cortarle el paso. Thor giró. La cinta rodeó una maceta y arrastró un cartel con el texto Murcia, ciudad abierta. El cartel cayó de cara al suelo.

«¡No corran detrás!», gritó Nerea.

Míriam frenó.

Thor siguió hacia una escalera. Varias personas se apartaron. Un hombre con traje levantó una carpeta. Una mujer aplaudió sin saber por qué.

«Tiene que soltarlo», dijo el guardia.

«Esa es una observación excelente.»

Nerea se agachó y sacó del bolso una bolsa de premios para perros.

«Thor. Mira.»

El pointer se detuvo en el primer escalón. La cinta roja le cruzaba el pecho y colgaba por ambos lados. Tenía el porte de un alcalde recién investido y la comprensión presupuestaria de un cojín.

Nerea agitó la bolsa.

Thor ladeó la cabeza.

«Ven, guapo.»

El perro bajó un escalón.

Míriam no se movió. Había aprendido algo del panecillo.

Nerea dejó un premio en el suelo. Thor soltó la cinta para cogerlo. El guardia recuperó el tejido. Míriam agarró el collar y revisó el mosquetón.

Estaba cerrado.

La correa se había roto por la costura.

«No ha sido culpa tuya», dijo Nerea en voz baja.

Míriam sintió un alivio tan rápido que se convirtió en ganas de llorar. No lo hizo. En cambio, miró a Thor.

«Se acabó tu carrera política.»

Una voz sonó detrás de ellas.

«¿Thor?»

Emilio bajaba por el pasillo con una carpeta bajo el brazo. Miró al perro, la cinta roja y el cartel caído.

«¿Qué ha ocurrido?»

El guardia abrió la boca.

Míriam respondió primero:

«Una visita institucional.»

Emilio examinó la correa rota. Después miró los formularios que Míriam llevaba doblados en la mano.

«¿Venís por el permiso del evento?»

«Nos faltan documentos.»

«Maribel es eficiente.»

«Maribel es una muralla con bolígrafo.»

Emilio no sonrió, pero sus ojos cambiaron ligeramente.

«Venid.»

Durante la siguiente hora, hizo lo que mejor sabía hacer: ordenar el caos. Llamó a Toñi para explicarle la firma digital. Encontró en el sistema el seguro del local. Consiguió un plano de la terraza de una licencia anterior y acompañó a Míriam de regreso a la oficina.

Maribel revisó los papeles. Esta vez no utilizó el bolígrafo rojo.

«Todo correcto.»

Míriam dejó escapar el aire.

«¿Tenemos permiso?»

«Pendiente de resolución.»

«¿Cuándo?»

«Si no hay incidencias, mañana.»

Emilio señaló una casilla.

«El evento no incluye escenario ni amplificación superior a los límites.»

Maribel asintió.

«Entonces no debería haber problema.»

Míriam miró a Emilio.

«Te debo la vida.»

«Un café bastará.»

«Cortado corto, agua sin hielo y media tostada.»

«Exacto.»

A la salida, Nerea compró una correa nueva en una tienda cercana. Era gruesa, negra y llevaba dos cierres.

«Esta no se rompe», dijo.

«La pagaré.»

«Considérala una inversión en estabilidad municipal.»

Caminaron de vuelta despacio. Thor avanzaba entre ambas, ajeno a su breve mandato.

«Gracias», dijo Míriam.

«Por la correa o por evitar una crisis constitucional.»

«Por venir.»

Nerea la miró.

«Me caes bien.»

Míriam tropezó con una baldosa y fingió que estaba comprobando el suelo.

«Tú también me caes bien.»

«Qué declaración tan temeraria.»

«Soy impulsiva.»

«Lo había notado.»

Llegaron a la cafetería a la una y media. Flori salió a recibirlas.

«¿Tenéis el permiso?»

«Pendiente de resolución.»

«¿Y por qué Thor lleva una cinta roja atada al collar?»

Míriam bajó la vista. Un trozo de la decoración municipal seguía enganchado a la hebilla.

«Ha sido alcalde durante siete minutos.»

Flori cerró los ojos.

«No quiero saberlo.»

«Ha tenido un programa breve pero ambicioso.»

Nerea se rió. Flori la miró y después miró a Míriam. Algo parecido a comprensión le cruzó la cara.

«Te invito a un café», dijo Míriam a Nerea.

«Creía que ya estaba prometido.»

«Este es otro. Por méritos de servicio.»

Mientras preparaba dos cafés fríos, Míriam vio una servilleta doblada junto a la caja. Flori la cogió y se la guardó en el bolsillo demasiado tarde.

«¿Hubo beso?», preguntó Míriam.

Flori miró a Nerea, a Emilio y a los clientes.

«Míriam.»

«Vale, vale.»

Se volvió hacia la batidora con una sonrisa.

Thor se tumbó bajo la mesa de Nerea. Flori tocó sin darse cuenta el bolsillo donde guardaba la nota. Emilio regresó a su mesa de las siete y cuarenta, aunque ya era casi la hora de comer.

Cuando el café quedó libre, Nerea se agachó junto a Thor y le enseñó a tocar su palma con el hocico. El perro comprendió el ejercicio en tres intentos y después repitió el gesto sin que se lo pidieran, esperando premios.

«Es listo», dijo Nerea.

«Eso es lo que hace más ofensivas sus decisiones.»

«Necesita trabajo mental, no solo paseos. Los pointer se aburren y buscan ocupaciones.»

Míriam miró la cinta roja aún enganchada al collar.

«Ha encontrado política.»

Nerea le dio otro premio.

«¿Cuándo lo adoptaste?»