Capítulo 8. El día en que Thor fue alcalde
La mesa del fondo sabía demasiadas cosas.
No por inteligencia superior, sino por ubicación estratégica: se sentaban junto al almacén, cerca del enchufe donde Míriam cargaba el móvil, y habían perfeccionado el arte de escuchar con cara de estar hablando del tiempo.
Los jueves la ocupaban Emilio, Lidia, Mercedes y Saúl. No habían acordado reunirse. Sencillamente llegaban a la misma hora, pedían lo mismo y terminaban compartiendo periódico, enchufe y opiniones no solicitadas.
Flori los llamaba el consejo de administración.
Aquella mañana, al llevarles los cafés, encontró cuatro cabezas inclinadas sobre una hoja cuadriculada.
«¿Qué tramáis?»
Emilio cubrió el papel con el periódico.
«Nada.»
«Emilio, cuando mientes parpadeas dos veces.»
Él parpadeó una.
Mercedes movió el bolso para ocultar algo debajo de la mesa.
«Es un asunto privado.»
«Estáis en mi cafetería.»
«No es tuya», corrigió Saúl.
«Puedo hacer que vuestro café sea descafeinado.»
Lidia apartó el periódico.
En la hoja había una tabla con nombres, fechas y cantidades. En la parte superior, escrito con mayúsculas, se leía:
PRIMER BESO: FLORI Y EL REPARTIDOR
Flori dejó la bandeja sobre la mesa con una serenidad peligrosa.
«Voy a daros diez segundos para explicar por qué no debería llamar a la policía.»
«Es una porra», dijo Saúl.
«Veo que has elegido la confesión.»
Mercedes señaló una columna.
«Yo he puesto el veintisiete.»
«Yo no he puesto nada», aclaró Emilio.
Flori miró su nombre en la lista.
«Has puesto cinco euros al treinta.»
«La exactitud es distinta de la participación emocional.»
Lidia dobló la hoja.
«Es una tontería.»
«Es una invasión de intimidad financiada.»
«También apostamos por cuánto tardaría Saúl en cambiar de proveedor de pan», dijo Mercedes.
Saúl bebió café.
«Perdieron todos.»
Flori recogió la hoja y se la metió en el delantal.
«Queda confiscada.»
«¿Y el dinero?», preguntó Mercedes.
«Se destina al fondo de reparación del aire acondicionado.»
«Eso no estaba en las normas.»
«Las normas las acaba de redactar la víctima.»
Regresó a la barra. Míriam estaba apoyada en la máquina con los labios apretados, a punto de reventar.
«Ni una palabra.»
Míriam levantó el pulgar.
«No he dicho nada.»
«Tu cara está emitiendo un podcast.»
«Solo creo que es bonito que la comunidad se implique.»
«La comunidad puede implicarse pagando el suplemento de terraza.»
Flori tiró la hoja en el cajón. No estaba molesta porque la gente creyera que Leo le gustaba. Estaba molesta porque la gente podía tener razón.
Aquella semana habían intercambiado siete notas. Algunas eran bromas. Otras empezaban a parecer conversaciones que ninguno de los dos sabía mantener de frente.
Leo le había preguntado qué libro releería si supiera que iba a olvidar todos los demás. Flori respondió que la pregunta era cruel y poco práctica. Él escribió que las preguntas crueles eran las únicas que merecían servilleta. Ella acabó anotando tres títulos, tachó dos y dejó uno.
Él le contó que dibujaba desde niño porque su abuelo no oía bien y prefería que le explicaran las historias con imágenes. Flori escribió que las palabras también eran dibujos hechos con piezas más pequeñas.
Leo dejó la servilleta siguiente en blanco, salvo por una frase:
Esa no deberías esconderla.
Flori la guardó con las demás.
A las diez, el consejo de administración seguía mirándola cada vez que sonaba una moto. Cuando llegó un repartidor de una empresa de paquetería, Mercedes suspiró. Cuando pasó una motocicleta azul sin detenerse, Lidia consultó la hora.
«Os voy a prohibir la entrada», dijo Flori.
«La hostelería no puede discriminar por capacidad predictiva», respondió Emilio.
«La hostelería puede quedarse sin leche sin lactosa.»
El silencio fue inmediato.
Leo apareció a las diez y veintitrés.
Llevaba camiseta blanca, pantalón oscuro y una carpeta bajo el brazo. Sin casco, polo azul ni caja de pizzas, parecía una persona capaz de quedarse más de siete minutos. Flori descubrió que aquello resultaba peligrosamente distinto.
Thor lo recibió desde la terraza con un gemido de entusiasmo. Leo se agachó a saludarlo y después entró.
El consejo de administración bajó la vista al mismo tiempo.
«Esto da miedo», dijo Leo.
«No los alimentes», respondió Flori.
«Ya hemos desayunado», indicó Mercedes.
Leo miró a Flori.
«¿Qué pasa?»
«Nada.»
Emilio parpadeó dos veces.
Flori le señaló con el paño.
«Tú, silencio.»
Leo dejó la carpeta sobre la barra.
«He traído los carteles buenos y una prueba de las tarjetas.»
Las tarjetas incluían el horario del evento, un código de reserva y el dibujo de Thor. En el reverso había una frase de Flori:
Hace demasiado calor para fingir que no necesitamos a nadie.
La había escrito en la pizarra el día anterior, sin pensar que Leo la usaría.
«No me preguntaste», dijo.
Leo dejó de sonreír.
«Pensé que, al estar en la pizarra...»
«No. Está bien.» Flori pasó el pulgar por el borde de la tarjeta. «Solo no esperaba verla impresa.»
«Puedo quitarla.»
«He dicho que está bien.»
Desde la mesa, se oyó el susurro de Mercedes:
«Eso son dos semanas menos.»
Flori se volvió.
«¿Perdón?»
«He pedido otra tostada.»
Leo abrió la carpeta para enseñarle variaciones. Trabajaron en la barra durante casi una hora. Míriam se ocupó de las mesas y, de manera sospechosa, no los interrumpió. Flori corrigió tamaños, palabras y espacios. Leo aceptó algunas observaciones y defendió otras.
«No puedes poner tres tipos de letra», dijo ella.
«Hay dos.»
«La cifra del horario es otra.»
«Es la misma en negrita.»
«La negrita cambia a la gente.»
«¿Tienes algún trauma tipográfico?»
«Comic Sans.»
«Eso es colectivo.»
Trabajar con él era sencillo. Flori no necesitaba fingir amabilidad. Podía decir que algo no funcionaba y Leo no lo tomaba como un ataque personal. Podía quedarse en silencio y él no intentaba llenarlo.
Al terminar, Leo pidió café. Flori colocó una servilleta bajo el platillo.
Él la encontró y leyó:
Mi libro sería El amor en los tiempos del cólera . No por el amor. Por el tiempo.
Leo alzó la mirada.
«Tardaste tres días.»
«Es una pregunta importante.»
«¿Y por qué el tiempo?»
Flori apoyó las manos en la barra.
«Porque todo el mundo cree que las historias tratan de lo que ocurre. A veces tratan de cuánto tardamos en permitir que ocurra.»
El consejo de administración dejó de fingir que hablaba de otra cosa.
Leo sostuvo la servilleta entre los dedos.
«¿Cuánto tardas tú?»
«Depende.»
«¿De qué?»
«De cuánta gente esté escuchando.»
Flori miró a la mesa del fondo.
Cuatro cabezas se inclinaron de golpe sobre sus tazas.
Leo rió.
«Podemos salir.»
La propuesta dejó a Flori un segundo entero sin respuesta ácida, un fallo de sistema que Míriam presenció con devoción.
«Estoy trabajando.»
«No ahora. Esta noche.»
«Míriam y yo tenemos que revisar el evento.»
Desde la cafetera, Míriam dijo:
«No tenemos nada.»
Flori la fulminó con la mirada.
«Tenemos mucho.»
«Yo puedo hacerlo sola.»
«No puedes.»
«Puedo llamar a Nerea.»
Flori vio la sonrisa que apareció al pronunciar el nombre.
«¿Quién es Nerea?», preguntó Leo.
«Una veterinaria que desayuna de manera responsable», explicó Míriam.
«Todo eso es irrelevante», dijo Flori.
Leo esperó. No insistió. Esa paciencia volvía a ser peor que cualquier presión.
«Paseo con Thor», cedió ella. «Después de cerrar. Nada más.»
«Nada más», repitió Leo.
Mercedes soltó un pequeño grito de triunfo y lo disfrazó con tos.
Flori abrió el cajón, sacó la hoja de apuestas y añadió una línea al final:
Multa por espionaje: cinco euros por persona.
La dejó sobre la mesa del fondo.
«Pagad antes de iros.»
Emilio examinó la nueva norma.
«No tiene base legal.»
«Tampoco vuestro juego.»
Saúl sacó un billete.
«Yo pago. Esto está mejor que la televisión.»
Esa tarde, cuando Leo se marchó, Flori encontró otra servilleta bajo la carpeta.
No había dibujo.
A las nueve. Y prometo no preguntar cuánto vas a tardar.
Flori la guardó en el bolsillo.
A las ocho y cincuenta y ocho ya estaba en la puerta de la cafetería con Thor, fingiendo que no llevaba dos minutos esperando.
Leo apareció a las nueve y tres, caminando y sin uniforme. Flori había decidido que aquellos cinco minutos no contaban como espera.
«Has llegado tarde», dijo.
«Son las nueve y tres.»
«El tiempo existe aunque sea poco.»
«Lo tendré en cuenta en la próxima evaluación.»
Thor lo recibió con una inspección completa de bolsillos. Leo llevaba los guantes en casa, pero había traído una botella de agua para el perro y otra para ellos.
Caminaron hacia el centro evitando las calles más concurridas. La ciudad empezaba a llenarse de gente que salía cuando el sol dejaba de ser una amenaza directa. En una heladería, Leo compró dos granizados. Flori quiso pagar el suyo.
«Te he invitado», dijo él.
«No quiero deberte nada.»
«Ya me debes un guante.»
«Entonces esto empeora la contabilidad.»
Leo le entregó el vaso.
«Puedes invitar la próxima vez.»
La expresión próxima vez quedó entre ambos con demasiada naturalidad.
Se sentaron un rato cerca del río. Thor olfateaba la hierba mientras Leo hablaba de su abuelo, que dibujaba mapas imposibles de las calles para recordar dónde había aparcado.
Flori contó que su madre guardaba recortes de cada texto universitario que había publicado, incluso una crónica sobre una conferencia de urbanismo que nadie terminó de leer.
«Entonces alguien conserva lo que escribes», dijo Leo.
«Mi madre conserva hasta los manuales de electrodomésticos.»
«No invalida el gesto.»
Flori bebió granizado. La pajita hizo un ruido desagradable al llegar al fondo.
«¿Por qué no me has enseñado nada?», preguntó Leo.
«Porque no te conozco.»
«Estamos corrigiendo carteles juntos. Es un vínculo profundo.»
«Sé que tomas demasiado café y aparcas mal.»
«He aparcado bien.»
«Has dejado la moto sobre una línea.»
«La línea estaba mal situada.»
Flori rió. Leo la miró con una atención que hizo que el sonido se apagara poco a poco.
«También sé que te ríes antes de decidir si querías hacerlo», dijo.
«Eso es inquietante.»
«Me gusta.»