Nadie se enamora antes del café Capítulo 7. El desayuno imposible
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Capítulo 7. El desayuno imposible

La idea del concurso nació porque Míriam encontró cuarenta posavasos con forma de sandía en el armario del almacén.

Flori sostenía que la relación entre ambos hechos era inexistente. Míriam sostenía que esa era la clase de pensamiento que había impedido grandes descubrimientos.

«La penicilina apareció por casualidad», dijo mientras extendía los posavasos sobre la barra.

«La penicilina no era de melamina verde.»

«Lo importante es el espíritu.»

«El espíritu de estos posavasos murió en una despedida de soltera.»

Era miércoles. Faltaban seis días para la Noche a la fresca , el formulario de reserva había recibido ciento setenta y ocho respuestas y Saúl quería una cifra definitiva de croquetas.

Míriam tenía una lista de tareas de tres páginas, un propietario que esperaba respuesta antes de septiembre y una máquina de hielo prestada que expulsaba cubitos con forma de pequeñas lápidas.

Su solución, según una lógica que no sobrevivía a preguntas, había sido organizar un concurso de desayunos.

El cartel apareció en redes la noche anterior:

EL DESAYUNO IMPOSIBLE

Inventa la combinación más divertida, murciana o

descaradamente deliciosa.

El ganador entrará en la carta durante agosto. Thor será jurado honorífico y no podrá probar cebolla, chocolate

ni decisiones humanas cuestionables.

A las ocho menos cuarto, ya había tres participantes esperando.

Emilio propuso una media tostada con tomate, aceite medido y café cortado.

«Eso es lo que pides todos los días», dijo Míriam.

«La perfección no necesita adornos.»

«La perfección necesita un nombre.»

Emilio lo pensó.

«Desayuno administrativo.»

Flori escribió la propuesta en la pizarra.

«Incluye un plazo de resolución de tres meses.»

Rafa llegó con una bolsa del mercado y colocó sobre la barra un melocotón, una loncha de jamón y un panecillo.

«Tostada con jamón y melocotón a la plancha.»

Charo lo miró como si acabara de confesar un crimen.

«En treinta años no te he visto comer fruta voluntariamente.»

«Es para ganar.»

«¿Qué se gana?»

Míriam levantó uno de los posavasos de sandía.

«Un lote exclusivo.»

Rafa observó el premio.

«Retiro el melocotón.»

A las ocho y media, la cafetería parecía un laboratorio sin supervisión.

Saúl llevaba un cuenco de alioli de limón.

Lidia defendía una tostada con queso fresco, miel y café molido por encima.

El profesor Belmonte propuso un cruasán relleno de tortilla de patatas y aseguró que era “una síntesis europea”.

«Es una solicitud de baja médica», dijo Flori.

Míriam anotaba cada idea, grababa vídeos y preparaba versiones pequeñas. Thor esperaba en el patio interior porque su cargo de jurado era puramente simbólico. Aun así, aparecía detrás del cristal cada vez que alguien pronunciaba jamón.

Una mujer joven entró con una carpeta bajo el brazo y un transportín de gatos vacío. Tenía el cabello rizado, unas gafas transparentes y una camiseta de una clínica veterinaria cercana.

«¿Este es el sitio del pointer famoso?»

Míriam sonrió.

«Depende. ¿Vienes a felicitarlo o a reclamarle una deuda?»

«A comprobar que no le dais a probar desayunos imposibles.»

«Todo bajo control profesional.»

Flori levantó la vista desde la cafetera.

«No tenemos ningún profesional.»

La mujer se presentó como Nerea. Trabajaba en una clínica a dos calles y había visto las publicaciones de Thor. Míriam la llevó al patio. El perro la recibió olfateando el transportín con intensidad.

«No hay gato», dijo Nerea.

Thor la miró como si aquello fuera una falta de previsión.

Nerea revisó el cierre de la correa, el chaleco refrigerante y el cuenco de agua.

«Está bien cuidado.»

Los hombros de Míriam bajaron un centímetro. Desde la fuga, cualquier comentario sobre Thor encontraba una puerta demasiado cercana al miedo.

«Le he comprado un mosquetón de escalada.»

«Veo.»

«Y un localizador.»

«También veo.»

«Flori dice que estoy convirtiendo la culpa en compras.»

Nerea miró hacia el interior, donde Flori intentaba convencer al profesor Belmonte de que sacara el cruasán de la tortilla.

«Parece una mujer sabia.»

«No se lo digas. Se pone insoportable.»

Nerea pidió un café con leche y propuso una tostada con ricota, limón y albahaca. Míriam la añadió al concurso. Cuando le preguntó el nombre, Nerea respondió:

«La veterinaria que sí ha desayunado.»

Míriam se rió con una dedicación que la frase no merecía y Nerea sí.

Flori la observó desde la barra. Míriam le hizo una mueca y siguió trabajando.

A las diez apareció Leo con un rollo de carteles impresos. Thor golpeó el cristal. Flori dejó de discutir con un proveedor a mitad de frase y se volvió hacia la puerta.

Míriam vio a Thor golpear el cristal y a Flori interrumpirse a mitad de frase. Por un instante se sintió directora de una obra cuyos actores ignoraban que había público.

«Traigo material», dijo Leo.

«Y llegas a tiempo para el concurso», respondió Míriam.

Leo examinó la pizarra llena de propuestas.

«¿Qué es una síntesis europea?»

«Una forma cara de llamar a una indigestión», dijo Flori.

Míriam colocó delante de él una bandeja con cuatro bocados numerados.

«Cata ciega.»

«Tengo que trabajar.»

«Todo el mundo dice eso antes de participar.»

Leo probó la tostada de jamón y melocotón. Asintió. Probó la de queso, miel y café molido. Bebió agua. Probó una mini marinera con una patata frita insertada en vertical, propuesta por Javi.

«Esto podría perforar a alguien.»

«Es un desayuno con carácter.»

La cuarta muestra era el cruasán con tortilla. Leo la miró.

«No.»

«La ciencia exige sacrificios.»

«La ciencia puede pedirlo por escrito.»

Flori se acercó con el café solo doble.

«No lo obligues. Todavía nos debe un cartel.»

«Ya está hecho.» Leo levantó el rollo.

«Entonces puede asumir riesgos», dijo Míriam.

Leo mordió un extremo del cruasán. Masticó con concentración. Todo el local esperó.

«No está tan mal.»

El profesor Belmonte levantó los brazos.

«¡Europa!»

Flori se llevó una mano a la frente.

La mañana terminó con una votación. Ganó, contra todo pronóstico, la tostada de Nerea. La combinación era fresca, barata y, detalle decisivo, no parecía diseñada durante una crisis diplomática. Míriam le entregó los posavasos de sandía.

Nerea los miró.

«¿Puedo dejarlos aquí?»

«Eso sería una donación.»

«Lo acepto.»

Antes de marcharse, se agachó junto a Thor.

«Volveré a verte, director.»

«Y a desayunar», añadió Míriam.

Nerea sonrió.

«Dependerá del premio.»

Cuando salió, Flori pasó junto a Míriam con una bandeja.

«Te has puesto roja.»

«Hace cuarenta grados.»

«Dentro hay aire.»

«¿No tienes un repartidor al que analizar?»

Flori siguió caminando.

«No sé de qué hablas.»

«Claro.»

Míriam sonrió. Flori escondía las emociones con la misma eficacia que Thor se ocultaba detrás de una cortina dejando la cola fuera.

A primera hora de la tarde, Leo extendió los carteles sobre una mesa. Flori los revisó, inclinándose junto a él. Hablaban en voz baja. Míriam no podía oír las palabras, pero veía el ritmo: Leo decía algo, Flori negaba, él señalaba una línea, ella sonreía a pesar suyo.

Una punzada le cruzó el pecho.

No eran celos. Leo le gustaba como gustaban las personas que aligeraban una habitación. No deseaba besarlo. Deseaba que siguiera entrando por la puerta, que Thor moviera la cola y que Flori conservara aquella expresión nueva, un poco menos protegida.

El dolor venía de otra parte: Flori estaba empezando algo que no la incluía.

Era una idea infantil y Míriam la apartó de inmediato. Compartían piso, trabajo, facturas, perro, champú y una cafetera italiana sin asa. No necesitaban compartir cada conversación.

Aun así, abrió la aplicación de reservas para no mirarlos.

Ciento noventa y seis personas.

El corazón le dio un salto distinto.

El evento podía funcionar. Podían salvar el verano. Quizá incluso convencer al propietario.

El teléfono sonó. Era su madre.

Míriam salió al patio para contestar.

«¿Has comido?», fue la primera pregunta.

«He probado doce desayunos.»

«Eso no es comer.»

«Díselo a Europa.»

Su madre quería saber si necesitaba dinero para arreglar el aire acondicionado del piso. Míriam dijo que no. Luego preguntó por la cafetería. Míriam contó el concurso, las reservas, los carteles y la posibilidad de que agosto fuera el mejor mes del año.

No mencionó el plazo del uno de septiembre.

«Tú siempre encuentras una salida», dijo su madre.

Míriam miró a Thor, tumbado bajo la mesa del patio.

«Claro.»

«Desde pequeña. Te metías en cualquier lío y luego salías sonriendo.»

Aquello pretendía ser un elogio, pero llevaba dentro una expectativa antigua. Míriam sabía encontrar salidas. Lo difícil era admitir que no siempre sabía adónde iba.

«Tengo que volver», dijo.

Antes de colgar, su madre añadió:

«No cargues con todo tú sola.»

Míriam miró por el cristal. Flori estaba de espaldas, junto a Leo. Él le enseñaba algo en el móvil. Ella se inclinaba para verlo.

«No estoy sola», respondió.

Cuando regresó, Leo enrollaba los carteles.

«Me voy», dijo. «Tengo turno en veinte minutos.»

Flori le entregó una servilleta doblada. Míriam fingió revisar la máquina de hielo.

Leo la guardó en el bolsillo sin leerla.

«Por cierto», dijo, «la semana que viene tengo que ir un día a Valencia.»

Flori se quedó quieta.

«¿Por trabajo?»

«Una agencia quiere hablar conmigo.»

«¿La misma?»

«Otra.»

«Pensaba que habías vuelto para quedarte.»

Leo se encogió de hombros.

«Yo también. Pero no sé.»

Míriam miró a Flori. La expresión no le cambió, aunque su mano se cerró alrededor del paño que sostenía.

«Pues ve», dijo. «Las entrevistas son gratis.»

«No siempre», respondió Leo.

Sonrió, se despidió y salió.

Thor lo siguió con la mirada hasta que arrancó la moto.

Flori recogió una taza limpia y la llevó al fregadero.

«¿Estás bien?», preguntó Míriam.

«¿Por qué no iba a estarlo?»

«Porque Valencia está lejos.»

«Está a dos horas y media.»

«Eso es lejos cuando alguien te gusta.»

Flori abrió el grifo.

«No me gusta.»

«Has escrito una nota.»

«Era sobre tipografía.»

«¿La tipografía te pone triste?»

Flori la miró por encima del hombro.

«Míriam.»

«Vale.»

Míriam levantó las manos y se retiró.

No le habló del uno de septiembre. Tampoco le dijo que el miedo a perder el café empezaba a mezclarse con el miedo a que todo cambiara a la vez.

De camino a casa, el calor seguía pegado a las paredes. Thor caminaba con la lengua fuera y se detenía en cada portal que ofrecía una corriente de aire. Flori llevaba una bolsa con pan sobrante. Míriam miraba el teléfono sin leer realmente la pantalla.

«Nerea te ha escrito», dijo Flori.

Míriam guardó el móvil.

«¿Cómo lo sabes?»

«Has sonreído y después has intentado parecer seria. Es un gesto poco natural en ti.»

«Me ha mandado una foto de los posavasos. Los usa debajo de los cuencos de la clínica.»

«Al fin han encontrado una función.»

Míriam dudó.

«Creo que me gusta.»

Flori no mostró sorpresa.

«Lo sé.»

«¿Desde cuándo?»

«Desde que has dicho “veterinaria” siete veces en una hora.»

«Podía ser interés profesional.»

«No tienes profesión veterinaria.»

Llegaron al portal. Thor se sentó frente a la puerta mientras Míriam buscaba las llaves en un bolso lleno de recibos, premios para perro y rotuladores.

«¿Te parece raro?», preguntó.

«¿Que te guste una mujer?»

«Que me guste alguien ahora. Con todo esto.»

Flori cogió las llaves que Míriam llevaba en la mano sin darse cuenta.

«La vida no consulta el calendario.»

«Mira quién habla.»

Flori abrió la puerta.

Míriam la siguió al portal.

«Si Leo se va, ¿qué harás?»

«Nada.»

«Eso no es verdad.»

«No hemos acordado nada.»

«A veces las cosas cambian antes de que una las acuerde.»

Flori se volvió en el primer rellano.

«¿Te preocupa Leo o te preocupa que cambie nuestra vida?»

La pregunta tocó justo donde Míriam no quería mirar.

«Las dos.»

Flori apoyó la espalda en la pared. Thor olfateaba el ascensor.

«Aunque salga con alguien, seguiré viviendo contigo.»

«No puedes saberlo.»

«Puedo saber lo que quiero ahora.»

«Ahora todo está cambiando.»

«Míriam, el cambio no es una mudanza automática.»

«Tú lo odias.»

«Odio los cambios que otros deciden por mí.»

La frase encontró un lugar incómodo en la memoria de Míriam.

Ella solo asintió y llamó al ascensor.

«Yo odio que todo se quede quieto.»

«Por eso hacemos un buen equipo. Tú empujas y yo compruebo si hay un precipicio.»

El ascensor abrió con un golpe.

Míriam entró junto a Thor.

«Prométeme que, si hay un cambio grande, me lo dirás.»

Flori pulsó el botón del tercero.

«Te lo diré.»

Míriam pensó en el mensaje del propietario, guardado en el teléfono.

No prometió lo mismo.

Esa noche publicó la foto de la tostada ganadora, el dibujo de Thor y una frase nueva:

Hay desayunos imposibles. Lo peligroso son las despedidas que todavía no saben que lo son.

Flori leyó la publicación desde el sofá.

«¿Esa frase es tuya?»

Míriam se encogió de hombros.

«Puede.»

«Es demasiado dramática.»

«Ha sido un día europeo.»

Thor apoyó la cabeza en sus piernas. Míriam le acarició las orejas y decidió que al día siguiente llamaría otra vez al propietario.

Encontraría una salida.

Siempre lo hacía. El problema era que últimamente las buscaba a espaldas de Flori.