Nadie se enamora antes del café Capítulo 6. Todo lo que cabe en una servilleta
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Capítulo 6. Todo lo que cabe en una servilleta

La primera nota de Leo llegó debajo de un platillo.

La segunda apareció dentro del bote de los sobres de azúcar.

La tercera estaba doblada en cuatro y escondida bajo el asa de una taza limpia, un lugar que Flori consideró ingenioso y antihigiénico.

No eran declaraciones. Eran dibujos y frases breves, pequeñas provocaciones con la coartada perfecta: cualquiera podía confundirlas con basura.

En la primera, Thor presidía una reunión de empresa. Debajo, Leo había escrito:

Orden del día: adquirir más guantes y reducir la jornada laboral del director.

En la segunda había una cafetera con patas huyendo de un termómetro.

La máquina solicita traslado al norte.

La tercera no tenía dibujo.

La camarera de las frases todavía no ha respondido. Empiezo a sospechar que solo es valiente por escrito.

Flori la leyó dos veces a las siete y veintiséis, antes de abrir. Después la guardó en el bolsillo del delantal y dedicó siete minutos exactos a fabricar una respuesta que sonara espontánea.

Míriam la observaba desde la otra punta de la barra mientras rellenaba el molinillo.

«Vas a desgastar el papel.»

«No sé de qué hablas.»

«Llevas metiendo la mano en el bolsillo desde que hemos llegado.»

«Compruebo que tengo la llave del almacén.»

«La llave cuelga de tu muñeca.»

Flori bajó la vista. La cinta roja con las llaves estaba, efectivamente, alrededor de su muñeca.

«Hay otra llave.»

«Claro.»

Míriam sonrió hacia el café en grano.

Flori cogió una servilleta. Dibujar quedaba descartado. Su experiencia artística se limitaba a flechas acusatorias en facturas. Escribió:

La valentía antes de las ocho es imprudencia. Después de las ocho, depende del café.

La dobló y la guardó bajo el platillo reservado para Leo.

«Eso es una respuesta», dijo Míriam sin volverse.

«Es control de inventario.»

«Por supuesto.»

«Y si vuelves a mirar, te asigno el baño.»

Míriam levantó ambas manos.

«Yo apoyo el amor y la limpieza.»

«No hay amor.»

«Entonces friego por una causa muy triste.»

La mañana comenzó con el desfile habitual.

Emilio llegó a las siete y cuarenta. Lidia apareció a las ocho menos cinco con un montón de carpetas y una expresión de funeral administrativo.

Rafa y Charo discutieron sobre el precio de los melocotones.

Saúl pidió un café doble y anunció que había soñado con comandas.

«Eso no es un sueño», dijo Flori. «Es una lesión profesional.»

A las nueve, una mujer pidió leche de avena, sin gluten, sin azúcar y con espuma “pero no demasiada”. Flori tomó nota y Míriam se inclinó hacia ella.

«¿Qué has entendido?»

«Que la felicidad tiene demasiadas condiciones.»

La frase acabó en la pizarra antes de las nueve y media. Una estudiante la fotografió. Flori fingió no verlo.

Leo llegó a las diez y diecisiete.

Flori lo supo antes de que entrara porque Thor golpeó la cola contra el cristal con un ritmo que no utilizaba para nadie más. Leo aparcó, saludó al perro y guardó los guantes en la caja de la moto antes de acercarse a la puerta.

«Precauciones», dijo al entrar.

«Cobardía», respondió Flori.

Míriam dejó delante de él un vaso de agua.

«Hoy no hay atracos previstos.»

«Me tranquiliza la transparencia de la dirección.»

Leo se sentó. Flori preparó el café y colocó el platillo con la nota sin mirarlo. La clandestinidad, descubrió, exigía más pulso que servir una bandeja llena.

Leo levantó la taza, encontró la servilleta y la leyó. No miró a Flori inmediatamente. Sonrió primero. Después alzó los ojos.

«Entonces he venido a una hora segura.»

«Relativamente.»

«¿A qué hora empieza la valentía?»

«No está incluida en el menú.»

«Puedo pagar suplemento.»

Míriam apareció con una tostada que nadie había pedido.

«Invita la casa.»

Flori la miró.

«La casa no ha autorizado nada.»

«La casa confía en el crecimiento orgánico.»

«La casa va a descontarte el tomate.»

Leo miró a una y a otra.

«Me siento dentro de una negociación compleja.»

«Come», ordenó Míriam. «Necesitas fuerza para diseñar.»

Ese día iban a terminar el material del evento.

Leo tenía una hora libre antes del turno y había llevado el portátil.

Se instaló en la mesa más cercana a la barra.

Flori intentó mantenerse ocupada, pero el local atravesó uno de aquellos vacíos repentinos de media mañana y Míriam decidió ir al mercado a hablar con Saúl sobre las tapas.

«Tardo veinte minutos», anunció.

«Tardarás cuarenta.»

«Tu pesimismo me hace más puntual.»

«Nada te hace puntual.»

Míriam salió. Thor se quedó en el patio interior para evitar otra fuga. La cafetería quedó casi en silencio, salvo por el zumbido del aire acondicionado, el teclado de Leo y una cucharilla que Flori recolocó tres veces sin motivo empresarial.

Flori limpió la máquina, repasó la caja y ordenó una balda que ya estaba ordenada. Después cedió a la evidencia y se acercó a la mesa.

«La silueta del perro sigue teniendo demasiada dignidad.»

Leo giró el portátil. Había convertido el dibujo en una serie de pequeñas viñetas para redes: Thor llevando una taza, Thor frente a un ventilador, Thor persiguiendo una pizza.

«El cliente exige una representación aspiracional.»

«El cliente bebe de charcos.»

«La aspiración es importante.»

Flori se sentó frente a él.

«¿Cuánto tardas en hacer esto?»

«Depende. Lo difícil no es dibujar. Es conseguir que alguien decida lo que quiere.»

«Míriam quiere todo.»

«Eso facilita una parte.»

«Y complica el resto.»

Leo amplió una ilustración.

«Tú sabes lo que no quieres.»

«Es una forma de orientación.»

«¿Y lo que sí?»

Flori miró la pantalla. El cursor parpadeaba junto a la pata de Thor.

«Un café que siga abierto en octubre.»

«Eso es para el local. Preguntaba por ti.»

«Yo trabajo en el local.»

«No eres parte del mobiliario.»

«Con mis horarios, Hacienda podría opinar lo contrario.»

Leo cerró un poco el portátil. El gesto convirtió la conversación en algo separado del trabajo.

«Míriam dice que escribes.»

«Míriam dice muchas cosas. Algunas están prohibidas por tratados internacionales.»

«No dijo qué.»

«Porque no lo sabe.»

«¿Tampoco sabe lo de la libreta?»

Flori lo miró.

«¿Qué libreta?»

«La negra. La guardas debajo de la caja y la cierras cuando alguien se acerca.»

«Eso suena a vigilancia.»

«Tú empezaste a tomar notas.»

«Yo tengo una barra que me da jurisdicción.»

Flori pasó un dedo por la veta de la mesa.

«Son notas.»

«¿Sobre los clientes?»

«Sobre todo.»

«¿Estoy?»

«No.»

Mintió demasiado rápido.

Leo sonrió.

«Qué decepción.»

«Tendrías que hacer algo interesante.»

«Tu perro me robó un guante, te llevé una pizza equivocada y ahora trabajo gratis para tu evento.»

«Le ocurrió a ti. El interesante es Thor.»

«Tendré que esforzarme.»

Míriam regresó antes de que Flori pudiera responder, cargada con una bolsa de limones, dos cajas de muestras y un compromiso verbal de Saúl para preparar croquetas.

«Tenemos comida», anunció. «Y un problema pequeño.»

«Define pequeño», dijo Flori.

«Saúl quiere saber cuánta gente viene.»

«Eso no es un problema.»

«Le he dicho doscientas.»

Flori se quedó inmóvil.

Leo abrió de nuevo el portátil, quizá para esconder la risa.

«La publicación tiene ciento treinta confirmaciones», explicó Míriam.

«Las confirmaciones de internet no son personas.»

«Son personas potenciales.»

«Los fantasmas también son personas potenciales y no encargamos croquetas para ellos.»

«Podemos vender entradas.»

«El evento es dentro de diez días.»

Míriam dejó las cajas sobre la barra.

«Por eso debemos actuar con rapidez.»

Leo levantó la mano.

«Puedo hacer un formulario de reserva.»

Míriam lo señaló.

«Ves. Soluciones.»

Flori miró a Leo.

«No la ayudes a convertirse en una empresa tecnológica.»

«Demasiado tarde.»

La tarde transcurrió entre llamadas, presupuestos y mensajes. Cuando cerraron, la luz seguía pegada a las fachadas. Míriam tenía que ir a casa de su madre a recoger una máquina de hielo portátil que, según ella, “funcionaba casi siempre”. Le dio a Flori la correa de Thor.

«¿Puedes sacarlo?»

«Sí.»

«Paseo largo. Lleva todo el día dentro.»

«Sé cuidar un perro.»

Míriam le dio un beso en la mejilla.

«Lo sé.»

Flori salió con Thor cuando el sol empezó a bajar. El calor no había desaparecido, pero la ciudad recuperaba poco a poco su voz. Las persianas subían. Las terrazas se llenaban. En las calles cercanas a La Merced, los edificios proyectaban sombras estrechas que la gente compartía sin hablar.

Thor caminaba deprisa, olfateando portales y alcorques. Flori dejó que la llevara hacia Santo Domingo. No vio a Leo hasta que el perro se detuvo de golpe delante de una moto aparcada.

El repartidor estaba sentado en un banco, sin casco, comiendo un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Tenía el teléfono apoyado sobre la rodilla y dibujaba con un lápiz óptico.

«El director te ha localizado», dijo Flori.

Leo levantó la cabeza.

«Tiene un sistema de seguimiento inquietante.»

Thor se acercó al bocadillo.

«Ni lo sueñes», dijo Flori.

Leo envolvió la comida y la guardó.

«Estoy en descanso.»

«¿Otra vez?»

«La ley me concede varias oportunidades de decepcionarte.»

Flori se sentó en el extremo del banco. Thor ocupó el espacio entre ambos y apoyó la cabeza en la pierna de Leo.

«Traidor», murmuró ella.

Leo le enseñó la pantalla. Había dibujado el frente de la cafetería, con el letrero, las macetas y la pizarra. Dos figuras aparecían detrás de la barra. Una tenía el pelo recogido y los brazos en alto. La otra sostenía una taza y miraba de lado.

«Míriam parece estar dirigiendo un avión», dijo Flori.

«Fue la postura más tranquila que le vi.»

«¿Y yo?»

«Tú estás juzgando a alguien.»

«Una representación documental.»

Caminaron juntos cuando terminó el descanso.

Leo llevaba la moto a mano durante un tramo y Thor avanzaba entre ambos.

Hablaron del evento, del calor, de los clientes.

Al llegar a la plaza Belluga, la piedra conservaba una luz dorada y la catedral recortaba sombras largas.

Flori se dio cuenta de que llevaba media hora sin preparar una respuesta defensiva.

«¿Por qué dejaste la agencia?», preguntó.

Leo tardó unos pasos en contestar.

«Porque un día me quedé dormido delante del ordenador y nadie pensó que fuera extraño.»

Flori lo miró.

«¿Trabajabas tanto?»

«Trabajábamos todos así. Lo llamábamos compromiso porque explotación era una palabra menos elegante.»

«¿Y ahora?»

«Ahora reparto pizzas y dibujo cafeterías. Gano menos y duermo.»

«Un concepto revolucionario.»

«¿Y tú? Míriam dijo que estudiaste Periodismo.»

Flori tensó un poco la correa.

«Míriam necesita un contrato de confidencialidad.»

«No dijo por qué lo dejaste.»

«Porque descubrí que me gustaba escribir y no me gustaba pedir permiso para hacerlo.»

«Eso no explica dejarlo.»

«No todo necesita explicación.»

Leo no insistió. Agradeció el silencio. Aquello la desarmó más que una pregunta.

Siguieron hasta una calle más tranquila. Thor se paró a beber de una fuente. Leo se inclinó para llenar una botella plegable y Flori lo observó acariciar el lomo del perro.

«Mi ex leyó una cosa que yo había escrito», dijo de repente.

Leo levantó la vista, pero no habló.

«Un relato. Se lo mandó a dos amigos sin preguntarme. Ellos se rieron. No era bueno, probablemente, pero no era suyo.»

«Eso fue una crueldad.»

«Fue una tontería.»

«Las dos cosas pueden convivir.»

Flori miró el agua correr por el borde de la fuente.

«Después dejé de enseñar lo que escribía. Y luego dejé de escribir cosas que pudieran importar. Las frases de la cafetería no importan.»

«A la gente le gustan.»

«A la gente le gustan los vídeos de gatos que caen de muebles.»

«Eso no reduce su valor. Los gatos hacen un trabajo esencial.»

Flori rió.

Leo se incorporó. Estaban cerca. No de una manera accidental. Thor bebía entre ambos y la calle estaba casi vacía.

«Tus frases importan», dijo Leo. «Aunque sean pequeñas.»

«Todo cabe en una servilleta si escribes suficientemente pequeño.»

«No todo.»

Leo la miró. El aire ya era espeso por el calor, pero entre los dos adquirió otra clase de peso. Él levantó una mano para apartarle un mechón de la cara. Flori no retrocedió.

Thor sacó la cabeza de la fuente y, con un sentido impecable de la edición, los roció a ambos de una sacudida.

Flori cerró los ojos. El agua le cayó por el cuello.

Leo se quedó con la mano suspendida y después empezó a reír.

«No tiene sentido del momento», dijo.

Flori se limpió la cara.

«Al contrario. Tiene un criterio impecable.»

Thor movió la cola, satisfecho.

Cuando se despidieron junto a la moto, Leo sacó una servilleta limpia del bolsillo de la caja de reparto.

«Para que respondas.»

Flori la cogió.

«No has escrito nada.»

«Te toca empezar.»

Leo se puso el casco y arrancó.

Flori regresó al piso con la servilleta en una mano y la correa en la otra. Míriam aún no había vuelto. Se sentó a la mesa de la cocina, sacó un bolígrafo y escribió:

Hay cosas que no caben en una servilleta. Por eso algunas personas se quedan mirándola en blanco.

La dobló.

Por primera vez en años, escribió algo que le importaba y no sintió la necesidad inmediata de destruirlo.