Nadie se enamora antes del café Capítulo 5. La ciudad que se derrite
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Capítulo 5. La ciudad que se derrite

El lunes siguiente, Murcia amaneció con treinta y tres grados antes del desayuno y una advertencia meteorológica que Míriam interpretó como una recomendación oficial de no abandonar la cama.

A las siete y diez estaba levantando la persiana de la cafetería.

«Las decisiones adultas son una estafa», dijo.

Flori introdujo la llave en la puerta.

«Puedes presentar una reclamación cuando termines de fregar la terraza.»

Thor esperaba junto a ellas con un chaleco refrigerante que Míriam había comprado por internet. Era azul claro, tenía dos bolsillos inútiles y convertía al pointer en un técnico de mantenimiento al que nadie había pedido presupuesto.

«Le queda precioso.»

«Parece que viene a revisar contadores.»

Míriam miró al perro.

«No la escuches. Tienes porte técnico.»

Thor se rascó una oreja con la pata trasera y casi perdió el equilibrio.

El aire acondicionado de Pointer y Aparte arrancó con un zumbido incierto. Flori lo escuchó con la resignación de quien reconoce una tos y ya sabe cuánto cuesta la consulta.

«Si hoy muere también, cerramos.»

«No podemos cerrar.»

«Entonces nos tumbamos en el suelo y cobramos entrada.»

A las siete y cuarenta, Emilio llegó con una pequeña estación meteorológica en el móvil.

«La máxima prevista es de cuarenta y tres.»

«No digas la cifra en voz alta», pidió Míriam. «La cafetera puede oírte.»

«A las catorce horas, la sensación térmica será superior.»

«Emilio, por favor.»

Él se sentó en su mesa.

«Cortado corto, agua sin hielo y media tostada.»

«¿Cómo puedes pedir una bebida caliente después de anunciar el apocalipsis?»

«La rutina estabiliza.»

Durante la primera hora, todos hablaron del calor.

Los trabajadores del mercado llegaron con camisetas pegadas a la espalda.

Saúl aseguró que en la cocina de su restaurante habían encontrado una sartén más fresca que el cocinero.

Lidia, de la universidad, llevó un abanico con la cara de un filósofo y lo abrió cada vez que alguien pronunciaba la palabra reunión.

La publicación del fin de semana había atraído clientes nuevos. Algunos entraban buscando a Thor. Otros pedían “el café de la frase”, aunque nadie sabía qué bebida era aquella. Míriam decidió que sería un café con hielo, piel de limón y una cantidad de azúcar negociable.

«No puedes inventar una receta cada vez que alguien usa una expresión confusa», dijo Flori.

«Así nacen los clásicos.»

«Así nace una inspección.»

A las nueve, la mesa grande estaba ocupada por cuatro hosteleros que comparaban proveedores, dos funcionarios discutían sobre un expediente y un grupo de estudiantes compartía un ventilador portátil del tamaño de una tostadora.

Míriam avanzaba por el ruido con una energía casi eléctrica. Cada comanda, cada taza y cada silla ocupada eran una pequeña prueba de que Toñi no tendría que cerrar, de que quizá un alquiler podía derrotarse café a café.

Cuando abrió la caja para cambiar un billete, vio la hoja doblada. La cifra seguía allí.

La euforia perdió un poco de aire.

«Tenemos que llamar al propietario», dijo a Flori cuando la barra quedó libre.

«Toñi dijo que esperáramos.»

«Dijo que teníamos el contacto.»

«Tener el contacto no es una invitación a usarlo como rehén.»

«Podemos negociar.»

«Tú negocias diciendo sí antes de saber a qué.»

Míriam cerró el cajón.

«Confía en mí.»

Flori se quedó mirándola.

«El mes pasado compraste cuarenta posavasos con forma de sandía.»

«Estaban rebajados.»

«Treinta y ocho siguen en una caja.»

«Porque espero el momento adecuado.»

«Ese momento es una fiesta infantil en 2007.»

Míriam no respondió. Sabía que Flori tenía razón sobre los posavasos y quizá también sobre el propietario. Pero esperar le parecía perder con buenos modales.

A las diez y media apareció Leo. Entró quitándose el casco y saludó a Thor a través del cristal antes de acercarse a la barra.

«¿Sigue vivo el aire acondicionado?»

«No hagas preguntas que puedan ofenderlo», dijo Flori.

Míriam miró a su amiga. Flori no sonreía, pero ya estaba preparando el café solo doble antes de que Leo lo pidiera.

«He traído una propuesta», dijo él.

Sacó una carpeta fina de la mochila. Dentro había tres diseños para la Noche a la fresca . Uno mostraba una taza con gafas de sol; otro, la silueta de Thor sosteniendo una bandeja; el tercero, una moto de reparto persiguiendo un cubito de hielo.

Míriam soltó un grito.

«Quiero los tres.»

«Eso anula el concepto de elegir.»

«Puedo usarlos en sitios diferentes.»

Flori se acercó. Leo colocó los diseños sobre la barra y ella se inclinó para mirarlos. Sus hombros casi se tocaron.

Míriam empezó a limpiar una zona que ya brillaba. Era su versión del espionaje discreto y no engañaba a nadie.

«Este», dijo Flori, señalando el de Thor. «Se entiende desde lejos.»

Leo asintió.

«También es mi favorito.»

«El dibujo del perro tiene demasiada dignidad.»

«Trabajo con la imagen pública del director.»

«Su imagen pública incluye saliva.»

Leo cogió un lápiz y añadió una gota bajo el hocico de la silueta. Flori rió. No una de sus medias risas cortas, sino una risa completa que le hizo bajar la cabeza.

Míriam dejó caer una cucharilla a propósito.

Los dos se separaron.

«Qué torpe», dijo ella.

Flori la miró con sospecha.

«Estás secando cucharillas.»

«Las cucharillas también tienen vida interior.»

Leo pasó la siguiente media hora ajustando el cartel en una mesa junto al enchufe. Míriam le llevó una tostada sin que la pidiera. Flori fingió ocuparse de la cámara frigorífica, aunque salía cada cuatro minutos con una observación tipográfica.

«La palabra fresca está demasiado inclinada.»

«Es una palabra libre», respondió Leo.

«Parece que se cae.»

«Hace cuarenta grados. Todos nos caemos un poco.»

«Esa frase te la voy a cobrar.»

A mediodía, el cartel estaba listo y la publicación del evento tenía más de cien confirmaciones. Míriam lo celebró levantando los brazos.

«Vamos a necesitar más mesas.»

«Y permiso», recordó Flori.

«Y hielo», añadió Leo.

«Y música.»

«Y una definición de sorpresas que no incluya delitos», dijo Flori.

Míriam abrió una nota en el móvil.

«Puedo llamar a Javi. Su hermano toca la guitarra.»

«¿Bien?»

«Toca fuerte.»

«No es lo mismo.»

«Saúl puede hacer tapas.»

«Saúl tiene restaurante.»

«Precisamente. Tiene tapas.»

Leo levantó el café.

«Puedo preguntar en la tienda si me dejan poner unas cajas de pizza a precio especial.»

Míriam lo miró con gratitud.

«¿Ves? Espíritu de equipo.»

Flori cruzó los brazos.

«Él ha dicho preguntar. Tú ya has anunciado el resultado.»

«Los visionarios vivimos adelantados.»

«Los juzgados también.»

Después de que Leo se marchara, Míriam recibió una llamada de un número desconocido. Contestó mientras Flori atendía una mesa.

Era el propietario del local.

Había visto la publicación del evento porque su sobrina seguía la cuenta. Sonaba cordial, incluso amable, lo que a Míriam le pareció sospechoso. Confirmó la subida de octubre. Dijo que la zona tenía demanda. Dijo que Toñi debía decidir antes del uno de septiembre.

«¿No se puede ajustar?», preguntó Míriam.

«Es el precio de mercado.»

«El mercado que tenemos al lado vende sandías más baratas a partir de las dos.»

El hombre dejó pasar el chiste con la eficacia de una trituradora.

Míriam intentó negociar, prometió mejoras, habló del evento y de la clientela. Él escuchó y terminó con una frase limpia:

«Los números deciden.»

Cuando colgó, Flori la estaba mirando desde el otro lado de la barra.

«¿Quién era?»

Míriam guardó el móvil.

Podía contarle la conversación. Podía admitir que el plazo era más corto de lo que creían. Podía compartir el peso.

Pero Flori ya tenía la preocupación instalada detrás de los ojos, y Míriam odiaba ser quien pulsaba el interruptor.

«Javi», mintió. «Su hermano toca gratis si le damos cena.»

Flori mantuvo la mirada un segundo más.

«¿Toca bien?»

«Toca fuerte.»

La respuesta bastó.

Después de comer, Míriam recorrió los negocios de la zona con una carpeta y una botella de agua. Flori insistió en acompañarla porque, según dijo, «alguien debe impedir que ofrezcas porcentajes de una empresa que no poseemos».

Empezaron por el restaurante de Saúl y Estela. Saúl aceptó preparar croquetas si podían cubrir el coste. Estela ofreció dos camareros al final de su turno y pidió que nadie colocara música delante de su terraza.

En una papelería, la dueña prometió imprimir los primeros cincuenta carteles a precio de coste.

Un librero cercano propuso una mesa de intercambio de novelas.

El encargado de una tienda de bicicletas prestaría dos luces recargables.

Incluso el hombre de la copistería, que nunca sonreía, dijo que conocía a un músico.

«¿Toca bien?», preguntó Flori.

«Toca fuerte», respondió el hombre.

Míriam miró a su amiga.

«Hay una epidemia.»

Caminaron hasta el mercado de Saavedra Fajardo. A aquella hora algunos puestos recogían y el aire olía a fruta madura, hielo derretido y cajas de madera. Charo las condujo entre proveedores, presentándolas como «las chicas del café del perro».

Consiguieron limones, sandía y varias cajas de melocotones que debían recoger el mismo día del evento.

Al salir, Flori llevaba dos bolsas y una expresión menos pesimista.

«Admite que funciona», dijo Míriam.

«Admito que la gente tiene excedentes.»

«La comunidad cree en nosotras.»

«La comunidad quiere deshacerse de doce kilos de melocotones.»

Míriam se detuvo bajo una sombra estrecha.

«Es lo mismo con mejor narrativa.»

Flori le dio una de las bolsas.

«Bebe agua, directora creativa.»

Míriam obedeció. Mientras caminaban de vuelta, imaginó la calle llena, las luces, la música, a Toñi regresando y encontrando el local vivo.

No imaginó al propietario midiendo las paredes.

A Míriam se le daba muy bien aplazar las imágenes que no aceptaban guirnaldas.

Por la tarde, cuando cerraron, Míriam colgó el cartel del evento en la puerta. Thor se sentó a su lado con el chaleco refrigerante y miró la calle como si estuviera evaluando el futuro financiero del negocio.

«Vamos a hacerlo», le dijo ella.

El perro jadeó.

Míriam puso una mano sobre el cartel para alisar una esquina.

El uno de septiembre estaba a seis semanas.

No se lo diría a Flori todavía. No hasta tener un plan. No hasta que hubiera algo útil detrás de la noticia.

Míriam siempre había creído que una mala noticia se volvía menos mala con una presentación decente. Era una teoría peligrosa, aunque todavía le quedaban seis semanas para descubrirlo.