Nadie se enamora antes del café Capítulo 4. Pizza para tres
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Capítulo 4. Pizza para tres

El sábado, el aire acondicionado del piso murió a las seis y trece de la tarde.

No fue una muerte tranquila.

Primero emitió un gemido metálico. Después expulsó una ráfaga de aire caliente con olor a polvo antiguo. Por último, una pieza de plástico cayó al suelo y Thor la recogió con la eficacia de un servicio técnico que cobrara en premios.

«Suelta eso», dijo Flori.

Thor la miró.

«No pienso perseguirte.»

El perro masticó una esquina.

Míriam apareció desde el pasillo con un destornillador y una cinta métrica.

«¿Qué ha pasado?»

«El aparato ha comprendido que estamos en Murcia en julio y ha decidido evitar responsabilidades.»

Míriam examinó la unidad de la pared.

«A lo mejor tiene arreglo.»

«No.»

«Ni siquiera lo has mirado.»

«Te he mirado a ti con un destornillador.»

«He arreglado cosas.»

«Cambiaste un enchufe y dejamos sin luz el rellano.»

«Durante muy poco.»

Flori recuperó la pieza de la boca de Thor. El plástico tenía dos marcas de dientes y un aspecto definitivo.

Fuera, el termómetro del balcón marcaba cuarenta y un grados. Dentro, el calor se instalaba en las paredes, en el sofá y en la respiración. Míriam abrió todas las ventanas. Entró una corriente de aire a la temperatura y con la delicadeza de un secador de pelo.

«Podemos bajar al portal», dijo.

«Y vivir junto a los buzones.»

«Hay corriente.»

«También hay publicidad de cerrajeros.»

Habían trabajado hasta las tres. La cafetería, abierta por primera vez un sábado con horario ampliado, había recibido más curiosos de lo previsto.

Míriam había organizado una mini sesión de fotos con Thor, que terminó comiéndose el borde de un cartel.

Flori había servido cafés a personas que fotografiaban las tazas antes de beber y había descubierto una nueva forma de cansancio.

Solo quería ducharse, cenar algo frío y no escuchar palabras como “alcance”, “interacción” o “tendencia local”.

Míriam se sentó en el suelo, justo delante del ventilador.

«Pedimos pizza.»

«No.»

«La cocina está a la misma temperatura que el interior de un coche cerrado.»

«Ensalada.»

«No tenemos lechuga.»

«Tomate.»

«Thor se ha comido uno.»

Flori miró al perro. Thor estaba tumbado sobre las baldosas con el morro apoyado en las patas, inocente de perfil y con aliento a ensalada.

«¿Cuándo?»

«Mientras te duchabas.»

«¿Y tú qué hacías?»

«Grabándolo.»

Flori cerró los ojos.

«Pide la pizza.»

Míriam ya tenía la aplicación abierta.

«¿Familiar?»

«Mediana.»

«Hace calor. Necesitamos nutrientes.»

«El queso no se convierte en vitamina por sufrimiento ambiental.»

«Familiar.»

«Mediana.»

Míriam seleccionó familiar.

Flori fue al baño a mojarse la nuca. Cuando volvió, encontró a su compañera colocando vasos en la mesa del salón y apartando revistas del sofá.

«¿Por qué estás recogiendo?»

«Porque vivimos como delincuentes.»

«Vivimos igual desde noviembre.»

«Hoy lo he visto con ojos nuevos.»

Flori la observó.

«Has pedido a Domino’s.»

Míriam abrió la boca.

«No sabía qué repartidor vendría.»

«No he dicho nada de repartidores.»

«Pero lo has pensado.»

«He pensado que eres transparente y agotadora.»

Míriam sonrió y dobló una manta que nunca se usaba en verano.

El timbre sonó treinta y cinco minutos después.

Thor levantó la cabeza. Luego las orejas. Luego todo el cuerpo.

La cola golpeó la pared.

«Puede ser cualquiera», dijo Míriam.

Flori se quedó sentada.

«Abre tú.»

Míriam abrió.

Leo estaba al otro lado con dos cajas de pizza, el casco bajo el brazo y una gota de sudor bajándole por la sien.

«Buenas noches.»

Míriam miró las cajas.

«Solo hemos pedido una.»

«La otra es un error.»

«¿De quién?»

«De alguien que pidió una barbacoa sin cebolla y ha recibido una vegetal con extra de cebolla. Mi compañero ha decidido que la logística era una disciplina artística.»

Thor se colocó entre Míriam y la puerta, mirando las cajas con devoción.

Flori apareció detrás.

«¿La pizza equivocada también se paga?»

Leo la miró. Había algo divertido en la rapidez con la que se le aclaraba la cara al verla, y Flori decidió no examinarlo.

«No. Pero tengo que devolverla.»

Desde la escalera subió un golpe de calor. Leo se secó la frente con el antebrazo.

Míriam señaló el salón.

«Entra un minuto. Te vas a derretir.»

«No puedo.»

«Sí puedes.»

«Estoy trabajando.»

«Un vaso de agua no vulnera el convenio.»

Flori abrió más la puerta.

«Pasa antes de que ella cite derechos humanos.»

Leo dudó y después entró. Thor olfateó sus pantalones, sus zapatillas y la caja inferior. Leo levantó ambas pizzas por encima de su cabeza.

«Hoy no negocio.»

Míriam cerró la puerta y fue a por agua. Flori señaló la mesa.

«Puedes dejarlas ahí.»

«La equivocada tiene que volver.»

«¿A dónde?»

«A la tienda, teóricamente.»

«¿Y después?»

«La tiran.»

Míriam regresó con un vaso enorme.

«Eso es inmoral.»

Leo bebió casi la mitad de una vez.

«Es seguridad alimentaria.»

«Es una pizza huérfana», dijo Míriam.

Flori se apoyó en el respaldo de una silla.

«No la antropomorfices. Ya tenemos un perro con cargo directivo.»

Leo miró el aire acondicionado apagado.

«¿Se ha roto?»

«Ha dimitido», respondió Flori.

«Por eso hace más calor dentro que en el rellano.»

«Gracias por la auditoría.»

Míriam abrió la caja de su pedido. El olor a queso llenó el salón. Thor se sentó de inmediato.

«Podemos quedarnos la otra», dijo. «Tú comes algo y luego dices que se perdió en acto de servicio.»

«No puedo hacer eso.»

«¿Porque eres honrado?»

«Porque hay un código en la caja.»

Míriam examinó el lateral.

«Qué poco romántico es el control de inventario.»

Leo terminó el agua. Su teléfono vibró dos veces. Miró la pantalla y escribió rápido.

«Me han dado quince minutos de descanso.»

Míriam retiró una silla.

«Perfecto.»

«No he dicho que me quede.»

Flori abrió la segunda caja. Una pizza vegetal, cubierta de cebolla, pimiento y champiñones, esperaba con un aspecto bastante digno para alguien administrativamente condenado.

«Si vuelve, la tiran.»

Leo asintió.

«Entonces hacemos un acto de responsabilidad ambiental.»

«Eso es exactamente lo que dije», declaró Míriam.

«Tú dijiste huérfana.»

Cinco minutos después, Leo estaba sentado a la mesa, Míriam servía cerveza y Flori cortaba la pizza con un cuchillo porque el cortador había desaparecido meses atrás. Thor ocupaba el espacio bajo la mesa y apoyaba el hocico, por turnos, en la rodilla de cada humano.

«No le des nada», dijo Míriam.

Leo retiró la mano con una corteza.

«No iba a hacerlo.»

«Has movido el brazo.»

«Me estaba acomodando.»

«Con pan.»

Flori mordió un trozo de pizza.

«Os parecíais más de lo que pensaba.»

La conversación empezó con el calor y pasó al trabajo, a la cafetería y al evento que Míriam había anunciado sin contar con recursos, permisos o una definición precisa de “sorpresas”. Leo se ofreció a hacer el cartel.

«¿Tú?», preguntó Míriam.

«Estudié diseño gráfico.»

Flori levantó la vista.

«¿Y repartes pizzas?»

«Las carreras universitarias no incluyen garantía extendida.»

No sonaba amargado. Sonaba cansado de explicar por qué su vida no obedecía a una flecha ascendente.

«Trabajé en una agencia en Valencia», continuó. «Campañas, marcas, jornadas que terminaban cuando alguien recordaba que teníamos casa. Lo dejé en primavera.»

«¿Y volviste a Murcia?», preguntó Míriam.

«Mi madre vive aquí. Mi abuelo también. Necesitaba tiempo para decidir qué hacer y esto me permite pagar facturas mientras monto una cartera de clientes.»

«¿Y tú?», preguntó Leo a Míriam. «¿Siempre has trabajado en cafeterías?»

Míriam contó con los dedos.

«Heladería, tienda de ropa, un gimnasio donde no sabía usar la mitad de las máquinas, recepción de una academia y dos bares.»

«En el gimnasio duró ocho días», añadió Flori.

«Me pedían que vendiera planes de entrenamiento.»

«Le dijiste a un cliente que correr era una actividad hostil.»

«Lo mantengo.»

Leo rió.

«¿Y qué quieres hacer?»

Míriam abrió la boca con una respuesta rápida y descubrió que no tenía ninguna preparada.

Quería que el café no cerrara. Quería pagar el alquiler sin mirar el saldo antes de cada compra.

Quería que Thor tuviera un patio más grande, viajar, montar fiestas, no sentirse atrapada.

Eran deseos. Ninguno aparecía en los portales de empleo.

«Quiero un sitio donde pasen cosas», dijo al final. «Y no tener que pedir permiso a alguien que nunca está allí.»

Flori la observó. Míriam se encogió de hombros.

«Quizá montar algo. Un café, un espacio, no sé. Con perros. Y música. Y desayunos raros.»

«Sin música», dijo Flori.

«Con música moderada.»

«Y sin desayunos que requieran una explicación médica.»

«Tendría una socia muy negativa.»

Leo miró a Flori.

«¿Tú entrarías?»

«Yo entraría a corregir la carta.»

«Eso es un sí», declaró Míriam.

Flori cortó otro trozo de pizza.

«Eso es evitar una intoxicación tipográfica.»

Leo apoyó los codos en la mesa.

«Parece que ya tenéis medio plan.»

«Tenemos un local que puede cerrar y una cuenta corriente que se asusta con facilidad», dijo Flori.

«Los planes suelen empezar con menos.»

«Los desastres también.»

Míriam levantó su botella.

«Brindo por la ambigüedad.»

Leo chocó la suya. Flori tardó un segundo, pero acabó uniéndose.

Thor intentó aprovechar el brindis para acercarse a la pizza. Tres manos lo detuvieron a la vez.

«Trabajo en equipo», dijo Míriam.

Flori miró sus manos. Tenía una pequeña mancha de tinta en el índice izquierdo.

«Así que los dibujos de servilleta son marketing.»

«Pensaba que eran mensajes privados.»

Míriam dejó de masticar.

Flori sintió que el calor del piso aumentaba otro grado.

«Las servilletas pertenecen al local.»

«Entonces debo dinero por material de oficina.»

«Y por un guante.»

«El guante era mío.»

«Ahora es patrimonio emocional de Thor.»

Leo sonrió.

«Tú también escribes.»

La frase no sonó acusadora. Por eso dio más de lleno.

Míriam miró el techo con una inocencia teatral.

«¿Por qué lo dices?», preguntó Flori.

«Las publicaciones. No suenan a ella.» Leo señaló a Míriam.

«Perdona», dijo Míriam.

«Tú hablas como si las frases te persiguieran y tuvieras que decirlas antes de que te alcancen. Quien escribe eso se queda mirándolas un rato.»

Míriam sonrió, encantada con la descripción.

Flori dejó el trozo de pizza.

«Qué método tan científico.»

«Tengo otros indicios.»

«¿Cuáles?»

«Cuando le pregunté por la frase, ella te miró.»

Míriam carraspeó.

«Fue una mirada casual.»

«Míriam no tiene miradas casuales», dijo Flori.

«Eso es verdad», reconoció Leo.

Thor aprovechó la distracción para sacar la cabeza por un lateral de la mesa. Su lengua alcanzó una tira de pimiento caída en un plato.

«¡Thor!»

El perro retrocedió, masticando.

La tensión se rompió. Míriam se agachó a revisar que no hubiera cebolla en el trozo. Leo rió. Flori también, aunque solo un poco y con la esperanza de que el ventilador tapara el sonido.

Cuando los quince minutos terminaron, Leo se levantó.

«Gracias por la pizza que os he traído yo.»

«Y por el diseño del cartel», dijo Míriam.

«No he aceptado.»

«Pero has mostrado interés visual.»

Flori acompañó a Leo hasta la puerta. Él sostuvo el casco contra la cadera.

«No quería incomodarte con lo de las frases.»

«No me incomoda.»

«Estás cruzada de brazos.»

Flori los descruzó.

«Hace calor.»

«Eso explica muchas posturas, pero no esa.»

«¿Analizas a todo el mundo?»

«Solo a la gente que me analiza primero.»

Desde el salón, Míriam hizo caer algo con un ruido excesivo. Flori no se volvió. Sabía que estaba escuchando.

Leo bajó la voz.

«Me gustan.»

«¿Las pizzas vegetales?»

«Tus frases.»

Flori sostuvo su mirada. Tenía los ojos oscuros, cansados y atentos. No se adelantaban a la broma ni intentaban defenderse de ella. Esperaban.

Aquello era bastante peor.

«No sabes cuáles son mías.»

«Todavía.»

El teléfono de Leo vibró. Se puso el casco.

«Buenas noches, Flori.»

«Conduce con cuidado.»

Lo dijo antes de decidir si quería hacerlo.

Leo sonrió detrás de la visera.

«Eso ha sonado casi amable.»

«Es una orden laboral. No quiero que Thor pierda a su proveedor de guantes.»

Leo bajó las escaleras.

Flori cerró la puerta y se quedó un segundo con la mano en el pomo.

Míriam apareció a su espalda.

«Ha venido por ti.»

«Ha venido porque hemos pedido pizza.»

«Se ha quedado por ti.»

«Se ha quedado porque has secuestrado un producto devuelto.»

«Te ha dicho que le gustan tus frases.»

Flori volvió al salón. Thor había apoyado las patas delanteras en una silla y olfateaba la caja vacía.

«Baja.»

El perro bajó. Míriam abrió mucho los ojos.

«A ti sí te obedece.»

«Porque no convierto cada instrucción en una negociación.»

Míriam recogió los platos.

«¿Te gusta?»

Flori cogió las cajas.

«Me cae bien.»

«Eso, en tu escala, es una propuesta de matrimonio.»

«En mi escala, tú acabas de perder el derecho a elegir película.»

Míriam gimió.

«Ibas a poner un documental sobre estafas.»

«Ahora pondré dos.»

El ventilador siguió haciendo clic, puntual y amenazante, como el reloj de una bomba comprada de segunda mano.

Más tarde, cuando Míriam se quedó dormida en el sofá y Thor roncaba a sus pies, Flori abrió la libreta.

La servilleta del dibujo estaba entre dos páginas. Debajo, escribió una frase nueva:

Hay personas que llaman a tu puerta porque trabajan de eso. El problema empieza cuando deseas que tarden en marcharse.

La leyó.

Después arrancó la página.

La dobló cuatro veces y la guardó en el bolsillo de su bolso, lejos de Míriam, de internet y de cualquier repartidor con demasiada facilidad para observarla.