Nadie se enamora antes del café Capítulo 3. Un perro con criterio
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Capítulo 3. Un perro con criterio

Míriam despertó el viernes con cuarenta y siete notificaciones, una pata sobre el estómago y la certeza de que estaba destinada a triunfar en internet.

La pata pertenecía a Thor. Las notificaciones, a la cuenta de Pointer y Aparte . La certeza no tenía propietario responsable.

«Nos hemos hecho virales», anunció desde el sofá.

Flori apareció en el pasillo con una toalla alrededor del pelo y una taza en la mano.

«¿Cuántos millones?»

«Doscientas doce personas han compartido la frase.»

«Entonces llama a una asesora fiscal.»

«Una cuenta de estudiantes ha escrito que somos “la cafetería que entiende el trauma de madrugar”.»

Flori bebió café.

«Qué bien. Siempre quise ejercer de centro sanitario sin licencia.»

Míriam apartó la pata de Thor. El perro volvió a colocarla en el mismo sitio, esta vez con más convicción.

«También preguntan si aceptamos perros.»

«En la terraza.»

«Y si Thor está siempre.»

«Thor trabaja menos que el ficus.»

El pointer levantó la cabeza al oír su nombre. Tenía una oreja doblada y la expresión limpia de quien jamás había pagado una factura.

«Es relaciones públicas», dijo Míriam.

«Es un mamífero con horarios de siesta.»

«No infravalores el sector.»

A las siete y veinte, llegaron a la cafetería. El aire ya estaba caliente. Las baldosas de la calle parecían haber guardado todo el sol del día anterior y la persiana metálica ardía al tacto.

Míriam sujetó a Thor mientras Flori levantaba el cierre.

El perro entró unos minutos, olfateó cada esquina como si realizara una inspección sanitaria y se instaló junto a la puerta.

Cuando empezaron a preparar comida, Míriam lo llevó a su lugar de la terraza, bajo el toldo y junto al cuenco de agua.

Había pegado en la pared un cartel nuevo:

THOR, DIRECTOR DE BIENVENIDAS.

No le entregue guantes, tostadas ni información confidencial.

Horario de atención: cuando le apetezca.

Flori lo leyó.

«Información confidencial lleva dos efes.»

«Lo he escrito rápido.»

«La ortografía también lo ha notado.»

Míriam corrigió el cartel con un rotulador. A las siete y cuarenta entró Emilio, miró el aviso y se acercó a Thor.

«Buenos días, director.»

Thor olfateó su periódico.

«No contiene comida», le explicó Emilio.

El perro perdió el interés.

«Tiene criterio», dijo Flori desde la barra.

El efecto de las publicaciones se notó antes de las nueve.

Llegaron tres estudiantes que nunca habían estado allí, dos mujeres de una asesoría cercana y una pareja que pidió fotografiar a Thor.

El perro posó mirando en dirección contraria durante todos los intentos, una decisión artística que Míriam atribuyó al misterio de marca.

Míriam servía cafés y contestaba mensajes entre pedido y pedido.

Cada vez que sonaba una notificación, sentía una descarga de entusiasmo.

No era solo que hubiera más gente. Por primera vez, el local parecía visible: las conversaciones que llevaban años pegándose a las paredes empezaban a salir por la puerta.

Flori fingía que no le importaba, pero había limpiado dos veces la pizarra para escribir la frase con buena letra.

«Sonríe», le dijo Míriam cuando una estudiante levantó el móvil.

«Estoy trabajando.»

«Puedes hacer las dos cosas.»

«También puedo sufrir un calambre facial.»

La estudiante se rió y grabó el comentario. Quince minutos más tarde, el vídeo estaba en una historia con el texto: La camarera que te juzga gratis.

Flori vio la pantalla.

«Voy a cobrar suplemento.»

A las diez y cuarto, Leo aparcó la moto frente a la terraza.

Thor se puso de pie tan rápido que volcó el cuenco de agua.

«Guantes guardados», anunció Leo, mostrándole los bolsillos cerrados del pantalón.

Míriam salió con otro cuenco.

«Ha estado esperando.»

«¿El perro?»

«Flori.»

Leo miró a través del cristal. Flori estaba espumando leche y no levantó la cabeza.

«Parece emocionada.»

«Su alegría es muy interior.»

Entraron. Leo pidió el café de siempre y una tostada. Al sentarse, vio la frase en la pizarra.

«Así que esta era la original.»

«¿Te gusta?», preguntó Míriam.

«Mucho.»

Flori dejó el café frente a él.

«No la alimentes. Hoy ha intentado decir “estrategia de contenidos” sin reírse.»

«Es una estrategia de contenidos», protestó Míriam.

«Has publicado una frase y una foto de un perro.»

«La comunicación moderna tiene pilares.»

Leo sacó un rotulador fino del bolsillo. Míriam miró a Flori. Flori le devolvió una mirada que decía, con absoluta claridad, que cualquier comentario provocaría una muerte laboriosa.

«¿Dibujas siempre?», preguntó Míriam.

«Cuando tengo algo delante que merece la pena.»

Flori dejó caer una cucharilla. El sonido fue pequeño, pero a Míriam le pareció el equivalente emocional a una explosión.

Leo bajó la vista hacia la servilleta.

«Hoy es la pizarra», añadió.

«Claro», dijo Flori.

Míriam mordió el interior de la mejilla para no sonreír.

El teléfono de Leo vibró. Él respondió un mensaje, terminó el café y salió con prisa. Esta vez dejó la servilleta doblada junto a la propina. Flori la recogió antes de que Míriam pudiera respirar cerca.

«¿Qué ha dibujado?»

«Una pizarra.»

«¿Solo una pizarra?»

«Y un gusano con gafas.»

«Déjame verlo.»

Flori se metió la servilleta en el bolsillo.

«Trabaja.»

Míriam consideró aquello una confirmación.

A las once y media, cuando el calor expulsó a casi todos los clientes de la terraza, llegó un grupo de cuatro jóvenes con un bulldog francés llamado Kevin.

Thor se levantó. Kevin se quedó inmóvil.

Los dos se observaron con la gravedad de dos diplomáticos de países que compartían una frontera complicada.

«¿Se llevan bien?», preguntó el dueño de Kevin.

«Thor se lleva bien con todos», dijo Míriam.

Flori, desde dentro, golpeó el cristal con un nudillo.

Míriam corrigió:

«Con casi todos.»

Acercó a los perros despacio. Thor olfateó a Kevin. Kevin bufó. Thor dio un paso atrás, sorprendido por la falta de protocolo, y luego estornudó. El bulldog interpretó aquello como una provocación. Ladró una vez.

Thor retrocedió de nuevo. La correa pasó por debajo de la pata de una silla. Míriam se agachó para liberarla. En ese momento, una furgoneta de reparto descargó varias cajas en el local de enfrente. La puerta trasera se abrió y un hombre dejó caer al suelo una bolsa de panecillos.

Uno rodó hasta la calzada.

Thor lo vio.

Míriam también.

Los dos pensaron cosas distintas.

«Thor, quieto.»

El perro avanzó.

La correa, mal enganchada después de desenredarla, se soltó del mosquetón.

Thor cruzó la terraza, esquivó una silla, saltó el bordillo y siguió al panecillo calle abajo.

«¡Thor!»

Míriam echó a correr.

Oyó a Flori gritar su nombre desde la puerta. Oyó a Kevin ladrar con entusiasmo retrospectivo. Vio el lomo marrón del pointer desaparecer tras una furgoneta y el corazón se le desplazó a un lugar poco compatible con la supervivencia.

La calle estaba llena de bicicletas, motos y peatones. A aquella hora todavía circulaban vehículos de reparto. Míriam corrió entre dos mesas de una terraza vecina, golpeó una papelera con la cadera y llegó a la esquina justo cuando Thor cruzaba hacia una plaza pequeña.

Una moto frenó.

El chirrido le cortó la respiración.

Thor se detuvo en mitad de la calle, confundido.

El motorista dejó la moto atravesada, se bajó y abrió los brazos. Llevaba un casco azul y un polo de Domino’s.

«¡Quieto!»

Thor, que no obedecía aquella palabra cuando la pronunciaba Míriam, se quedó inmóvil.

Leo se agachó.

«Ven aquí, ladrón.»

El perro dio dos pasos hacia él. Leo lo agarró por el collar justo cuando Míriam llegó sin aire.

«Dios. Dios. Thor.»

Se arrodilló y rodeó al perro con los brazos. Thor movió la cola, encantado con el recibimiento. El panecillo había desaparecido de su lista de prioridades.

«¿Está bien?», preguntó Leo.

Míriam le recorrió el cuerpo con las manos, revisando patas, pecho y hocico.

«Sí. Creo que sí.»

«No lo ha tocado la moto.»

«He oído frenar.»

«Era yo.»

Míriam levantó la cabeza. Leo respiraba deprisa. Había dejado la moto en medio de la calle, con las luces encendidas y la caja de reparto a la espalda.

«Podrías haberte caído.»

«No me he caído.»

«Pero podrías.»

«Y él podría haber seguido corriendo.»

Por primera vez desde que lo conocía, Míriam no tuvo ninguna frase preparada. Se limitó a asentir y a abrazar otra vez a Thor, que le lamió la barbilla.

Flori apareció corriendo desde la esquina. Llevaba el delantal, una pinza de pan en la mano y una expresión que habría detenido el tráfico sin necesidad de semáforo.

«¿Está bien?»

«Sí», dijo Míriam. «Leo lo ha parado.»

Flori miró al perro, después a Leo y luego a la moto atravesada.

«Gracias.»

Solo eso. Pero Míriam conocía el esfuerzo que había dentro de aquella palabra.

Un coche tocó el claxon. Leo se volvió.

«Tengo que mover esto.»

«Tu reparto», dijo Míriam.

«Va a llegar con una historia.»

«La pizza estará fría.»

«En Murcia, hoy nada está frío.»

Sujetó la correa de Thor mientras Míriam aseguraba el mosquetón. Flori se quedó a su lado.

«Te debemos otra», dijo ella.

Leo levantó la visera del casco.

«Empiezo a pensar que este café funciona con deudas.»

«Así funciona casi todo», respondió Flori.

Leo sonrió. Luego arrancó la moto y desapareció entre el tráfico.

De regreso al local, Míriam caminó con la correa enrollada dos veces alrededor de la muñeca. Thor iba pegado a su pierna, quizá porque había percibido el miedo o quizá porque Flori llevaba la pinza de pan.

Al llegar, los clientes la recibieron con preguntas. Míriam explicó que todo estaba bien. El dueño de Kevin pidió perdón sin tener ninguna culpa. Emilio examinó el mosquetón y sugirió un cierre de seguridad. Mercedes afirmó que había visto desde el principio que el bulldog ocultaba algo.

Míriam llevó a Thor al pequeño patio interior, lejos de la calle, y cerró la puerta.

Después entró en el baño y apoyó las manos en el lavabo.

Le temblaban.

Flori apareció detrás de ella en el espejo.

«No ha pasado nada.»

«Podía haber pasado.»

«Pero no ha pasado.»

Míriam abrió el grifo. El agua salió tibia.

«He cerrado mal el mosquetón.»

«Sí.»

Míriam la miró, herida.

«Podrías mentirme un poco.»

«No te serviría.»

Flori se acercó y le puso una mano en la nuca.

«Te has equivocado. No eres una mala dueña. Son cosas diferentes.»

Míriam tragó saliva.

«Casi lo atropellan.»

«Y un repartidor que parece tener reflejos de superhéroe lo ha parado.»

«No te burles.»

«No me burlo.»

Aquello era cierto. La voz de Flori había perdido todos los bordes.

Míriam apoyó la frente en su hombro durante unos segundos. Flori la abrazó primero con los brazos rígidos y, cuando comprobó que nadie miraba, apretó de verdad.

«Voy a comprar un mosquetón de escalada», dijo Míriam.

«Compra dos.»

«Y un localizador.»

«Bien.»

«Y quizá un chaleco reflectante.»

«No conviertas la culpa en compras por internet.»

«No sabes cómo proceso las emociones.»

«Te conozco desde hace cinco años. Tienes tres felpudos con frases.»

Míriam se rió contra su hombro.

Esa tarde, cuando el susto ya podía contarse sin que se le cerrara la garganta, Thor dormía en el patio con el agotamiento satisfecho de quien había causado todos los problemas y resuelto ninguno. Míriam publicó una fotografía de sus patas.

Confesiones de la barra, número 2: Hay días en que la vida se escapa detrás de un trozo de pan. Por suerte, a veces alguien frena a tiempo.

No dijo quién había escrito la frase. No era de Flori. Era suya.

La publicación recibió comentarios cariñosos, consejos caninos no solicitados, preguntas por Thor y una respuesta de Leo:

El director de bienvenidas necesita formación continua.

Míriam sonrió. Luego abrió una aplicación de diseño y creó un cartel antes de que el sentido común pudiera localizarla.

NOCHE A LA FRESCA EN POINTER Y APARTE

Café frío, música, tapas, perros bienvenidos y sorpresas.

Último sábado de julio.

Se lo enseñó a Flori.

Flori lo leyó en silencio. Después volvió al principio, quizá para confirmar que las palabras no se habían arrepentido.

«No tenemos música.»

«La encontraremos.»

«No tenemos tapas.»

«Tenemos contactos.»

«No tenemos permiso para un evento.»

«Lo pediremos.»

«Toñi dijo que no incendiáramos nada.»

«No pone fuego.»

Flori señaló la palabra sorpresas.

«Eso es fuego escrito de otra manera.»

Míriam pulsó publicar.

«Ya está.»

Flori cerró los ojos.

«Algún día vas a pensar antes de hacer algo.»

«¿Y perderme esta energía?»

El móvil empezó a vibrar con las primeras reacciones.

En el patio, Thor abrió un ojo. Míriam miró a Flori. Flori miró el techo, quizá buscando paciencia, quizá calculando cuánto costaría emigrar.

«Vamos a salvar la cafetería», dijo Míriam.

Flori abrió los ojos.

«Primero vamos a sobrevivir al sábado.»

A Míriam le pareció un sí.