Capítulo 2. Todo el mundo miente antes del segundo café #2
Flori puso el portafiltro en la máquina. No iba a conceder importancia a que hubiera regresado. La cafetería estaba cerca de su ruta. El café era bueno. Míriam le había prometido un guante nuevo. Había al menos tres explicaciones razonables y ninguna necesitaba música de fondo.
Leo se sentó en el taburete de la esquina. Sacó el móvil, miró algo y sonrió.
«¿Qué?», preguntó Míriam.
«Vuestra publicación.»
Flori pulsó el botón de la máquina.
«No la animes.»
«Me gusta.»
«¿Ves?», dijo Míriam. «Cliente real. Opinión real.»
«Un hombre cuyo criterio ha sido validado por mi perro.»
Leo guardó el móvil.
«También me ha salido una de hace tres meses. Una magdalena.»
Flori dejó el café delante de él.
«No estaba muerta. Era artística.»
Míriam levantó un dedo.
«Exacto.»
Leo miró a una y a otra.
«Trabajáis bien en equipo.»
«Nos compensa Hacienda como unidad de desastre», dijo Flori.
Preparó la tostada. Al colocarla en el plato, vio que Leo había sacado un bolígrafo. Dibujaba algo en una servilleta con trazos rápidos. No miró de frente. No quería parecer curiosa. Se dedicó a ordenar los sobres de azúcar, una tarea absurda que permitió observarlo por el reflejo de la cafetera.
Al dibujar, inclinaba la cabeza y el cansancio se le borraba de la cara. Flori no supo nombrar lo que aparecía en su lugar sin ponerse incómoda.
Míriam atendió a los estudiantes. Leo terminó el dibujo, dobló la servilleta y la colocó bajo el platillo.
«¿Cuánto es?»
«Invita la casa», dijo Míriam.
«Ayer invitaba la casa.»
«Seguimos pagando daños emocionales.»
«Hoy pago.»
Dejó unas monedas sobre la barra. Flori las contó.
«Has dejado demasiado.»
«Propina para el fondo de guantes.»
Se puso el casco y se acercó a la puerta. Thor ya estaba de pie, moviendo todo el cuerpo alrededor de la cola.
Leo salió, le rascó el cuello sin ofrecerle ninguna pieza de su equipo y volvió a la moto.
Míriam esperó hasta que arrancó.
«Ha venido por ti.»
Flori cogió la taza.
«Ha venido por café.»
«Ha mirado tu boca cuando hablabas.»
«La mayoría de las personas usan la boca para hablar. Facilita localizar el sonido.»
«Y tú lo has mirado por el reflejo.»
Flori se volvió despacio.
«¿Cómo sabes eso?»
Míriam señaló el metal pulido de la cafetera.
«Porque yo también puedo verte.»
Flori llevó el servicio al fregadero. Al levantar el platillo, encontró la servilleta doblada.
Dentro había un dibujo de Thor con un guante entre los dientes. El perro aparecía sentado detrás de una mesa como un delincuente fotografiado por la policía. Debajo, Leo había escrito:
El café no arregla la vida, pero a veces recupera objetos robados.
Flori notó una presión pequeña y molesta detrás de las costillas.
«¿Qué es?», preguntó Míriam, acercándose.
Flori dobló la servilleta.
«Basura.»
«La basura no suele hacerte sonreír.»
«No estoy sonriendo.»
«Tus labios han presentado una solicitud.»
Flori guardó la servilleta en el bolsillo del delantal.
«Ve a limpiar la mesa cuatro.»
Míriam se fue tarareando una melodía inventada, insoportable y evidentemente romántica.
Esa tarde, después de cerrar, caminaron hasta el piso con Thor entre las dos. El calor había vaciado las calles. Las persianas estaban bajadas, las terrazas esperaban la caída del sol y una capa de luz blanca se pegaba a las fachadas.
El piso quedaba a quince minutos de la cafetería, en un edificio antiguo con un ascensor que funcionaba cuando se sentía apreciado. Vivían en un tercero. El salón tenía dos sofás que no combinaban, una mesa llena de correo y un ventilador de pie que hacía un clic cada siete segundos.
Thor bebió agua, examinó la cocina y se tumbó directamente sobre el único lugar de paso.
Míriam abrió la nevera.
«Tenemos medio limón, mostaza y algo que quizá fue queso.»
«Una dieta mediterránea conceptual.»
«Pedimos pizza.»
Flori dejó el bolso sobre una silla.
«No.»
«¿Por qué?»
«Porque sé cómo funciona tu mente.»
«¿Te refieres a pedir comida?»
«Te refieres a elegir Domino’s, poner la dirección y esperar que aparezca Leo acompañado por un cuarteto de cuerda.»
Míriam sacó el queso dudoso, lo olió y volvió a guardarlo.
«Yo no controlo qué repartidor viene.»
«Tampoco controlas el almacenamiento de lácteos.»
«Eso ha sido bajo.»
Flori encendió el ventilador. Clic. Clic. Clic.
Míriam se dejó caer en el sofá y revisó el móvil.
«La publicación tiene treinta y nueve “me gusta”.»
«La civilización cae más rápido de lo que esperaba.»
«Lidia la ha compartido. Y Saúl. Y una cuenta de estudiantes.»
Flori se sentó en el otro sofá. Thor levantó la cabeza, comprobó que nadie sostenía comida y volvió a cerrar los ojos.
Míriam deslizó el dedo por los comentarios.
«Mira. “Necesito una camiseta con esa frase”. “El café no arregla mi vida, pero evita que conteste correos con sinceridad”. “¿Dónde está esta cafetería?”.»
Flori intentó no parecer interesada.
«Treinta y nueve personas no pagan un alquiler.»
«No. Pero algunas pueden comprar tostadas.»
El ventilador hizo clic.
Míriam la miró por encima del teléfono.
«Déjame publicar una tuya.»
«No.»
«Una. La eliges tú.»
«No.»
«Sin nombres, sin fotos, sin decir que es tuya.»
«Míriam.»
«El café necesita personalidad y tú tienes personalidad para exportar.»
«Suena a enfermedad contagiosa.»
Míriam dejó el móvil sobre la mesa.
«No quiero que cierre.»
La frase perdió toda la espuma de la broma.
Flori miró el techo. Había una grieta fina sobre la lámpara, una línea que llevaba dos años prometiendo convertirse en problema. A veces la vida consistía en convivir con grietas mientras no cayera yeso.
«Yo tampoco», dijo.
«Entonces ayúdame.»
Flori sacó la libreta del bolso. Míriam se incorporó, pero no se acercó. Aquello fue, quizá, lo que decidió a Flori.
Pasó varias páginas. Había frases sobre clientes, sobre el calor, sobre las discusiones de pareja que empezaban por una cucharilla, sobre los lunes y la dignidad. Algunas eran demasiado crueles. Otras demasiado personales. Llegó a la que había escrito esa mañana.
«Esta.»
Le enseñó la página.
Míriam leyó en silencio.
Todo el mundo miente antes del segundo café. Después, los más sensatos pierden la energía necesaria.
Levantó la vista.
«Es perfecta.»
«No pongas mi nombre.»
«No lo pondré.»
«No añadas corazones.»
«Eso no puedo prometerlo.»
«Míriam.»
«Uno pequeño.»
Flori cerró la libreta.
«Y no vuelvas a cogerla sin permiso.»
La sonrisa de Míriam perdió brillo, lo justo para que Flori supiera que hablaba en serio.
«No la cogeré.»
Publicó la frase sobre una fotografía del mostrador vacío, con dos tazas y la luz de la tarde entrando por el ventanal. Añadió debajo: Confesiones de la barra, número 1.
En menos de una hora, la publicación superó a la magdalena forense.
Flori fingió no mirar las notificaciones. Se duchó, calentó una tortilla precocinada y vio medio capítulo de una serie sin enterarse de nada. A las once, cuando Míriam sacó a Thor, se quedó sola en el salón.
Sacó la servilleta del bolsillo.
El dibujo era bueno. No solo gracioso. Thor estaba hecho con cuatro líneas seguras y una expresión de inocencia insolente. Leo había captado la inclinación de las orejas y la forma en que el perro levantaba las cejas cuando sabía que había hecho algo malo.
Flori abrió la libreta en una página nueva.
Escribió:
El repartidor dibuja como si no tuviera prisa, aunque siempre lleva una hora de entrega pegada a la espalda.
Se quedó mirando la frase.
Luego añadió:
Eso también debe de ser una forma de mentir.
Oyó la llave en la cerradura y cerró la libreta.
Míriam entró tirando de la correa. Thor apareció detrás con algo blanco en la boca.
«Dime que no es ropa interior de un vecino», dijo Flori.
Míriam le quitó el objeto. Era un calcetín.
«Buenas noticias.»
«¿Para quién?»
«No sabemos de quién es.»
Flori miró al perro, a su amiga y al calcetín ajeno.
Después guardó la servilleta de Leo entre las páginas de la libreta.
No porque tuviera importancia.
Por responsabilidad medioambiental, se dijo. La mentira era endeble, pero cabía en el bolsillo.