Nadie se enamora antes del café Capítulo 2. Todo el mundo miente antes del segundo café
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Capítulo 2. Todo el mundo miente antes del segundo café

Flori había aprendido que las personas decían la verdad de tres maneras: cuando estaban cansadas, cuando creían que nadie las miraba y cuando la cafetera tardaba más de lo previsto.

El resto del tiempo vestían la verdad para que pudiera salir a la calle.

Aquella mañana de jueves, a las ocho y seis, un hombre con corbata aseguró por teléfono que ya estaba en la oficina mientras pedía una tostada en la barra.

A las ocho y doce, una profesora afirmó que no le preocupaba una evaluación docente y después echó tres sobres de azúcar en un café que siempre tomaba solo.

A las ocho y veinte, Emilio dijo que no esperaba a nadie y miró la puerta once veces.

Flori lo apuntó todo en la libreta negra.

No escribía nombres. Los nombres convertían las observaciones en cotilleos, y Flori prefería llamarlo antropología de barra: migas, vasos mal colocados y clientes que pedían “un café normal” como si el resto de bebidas fueran síntomas.

La libreta vivía debajo de la caja, entre un rollo de bolsas y el manual de la máquina, un documento que nadie había leído desde 2018. Flori la abría durante los minutos raros en que el local respiraba. Escribía una frase. A veces dos. Cerraba y seguía trabajando.

Todo el mundo miente antes del segundo café. Después, algunos pierden la energía necesaria.

Releyó la frase y tachó algunos. Escribió los más sensatos.

«¿Qué apuntas?»

Flori cerró la libreta de golpe.

Míriam apareció a su lado con una bandeja llena de platos. Tenía una mancha de tomate en el antebrazo y el cabello recogido de forma aún más inestable que el día anterior.

«La lista de personas a las que no pienso prestar dinero.»

«¿Estoy?»

«Encabezas el documento.»

«Eso es liderazgo.»

Míriam dejó los platos en el fregadero y estiró el cuello para mirar la libreta.

«Tú escribes cosas.»

«Todo el mundo escribe cosas. Las facturas son cosas.»

«No pones cara de factura.»

«¿Qué cara pongo?»

«Cara de haber pensado algo sobre alguien y no querer compartirlo porque disfrutas demasiado sintiéndote superior.»

Flori guardó la libreta bajo la caja.

«Esa es mi cara normal.»

Míriam iba a responder cuando una voz pidió dos cafés para llevar y la mañana recuperó su ruido.

Durante las dos horas siguientes, Flori no tuvo tiempo de pensar en el alquiler, la libreta ni el repartidor que quizá volvería por su guante.

Preparó veintisiete cafés, nueve tostadas enteras, catorce medias, tres zumos, cuatro infusiones y un descafeinado de sobre para Mercedes, una jubilada del barrio que se negaba a confiar en cualquier proceso que no pudiera ver con sus propios ojos.

Mercedes ocupaba una mesa pequeña cerca de la barra. Llevaba un vestido azul, un abanico y un bolso capaz de contener medicinas, caramelos, una linterna, dos recibos de 1998 y, probablemente, documentos secretos del Estado.

«Ese hombre está casado», le dijo a Flori en voz baja.

Flori siguió la dirección del abanico. Emilio estaba junto a la ventana.

«¿Qué hombre?»

«El que finge leer.»

«Emilio lee.»

«Emilio vigila. Leer es otra cosa.»

Al otro lado del cristal, una mujer rubia se acercaba por la acera. Vestía un traje de lino y llevaba una carpeta verde. Emilio enderezó la espalda, dobló el periódico y fingió buscar algo en el bolsillo.

La mujer pasó de largo.

Emilio volvió a abrir el periódico.

Mercedes hizo un sonido de triunfo.

«¿Ves?»

«He visto pasar a una mujer.»

«Por eso yo detecto delitos y tú sirves cafés.»

Flori dejó el descafeinado sobre la mesa.

«Tú detectaste una secta en el club de lectura.»

«Leían a Paulo Coelho todos los meses. No me digas que era normal.»

A las once, la cafetería se vació de golpe.

Los trabajadores del mercado regresaron a sus puestos, los hosteleros empezaron a organizar sus servicios y el personal de la universidad desapareció tras las puertas del campus.

Quedaron dos estudiantes con ordenadores, Mercedes y un hombre que llevaba cuarenta minutos con una botella de agua.

Míriam abrió el cajón de la caja.

«Tenemos que hacer algo.»

«Cerrar el cajón es un comienzo.»

«Con el negocio.»

«Servir comida y bebida parece una línea razonable.»

Míriam sacó el sobre del alquiler y lo puso sobre la barra.

«Toñi no nos lo habría contado si no quisiera que ayudáramos.»

«Toñi nos lo ha contado porque nos quedamos solas y necesitaba evitar que compráramos seis lámparas de neón.»

«Solo había pensado en dos.»

«Gracias por confirmar su prudencia.»

Míriam abrió la hoja con los números. Flori no quería mirarla de nuevo, pero lo hizo. Ingresos del último trimestre, gastos, proveedores, nóminas, alquiler actual, alquiler futuro. Las cifras tenían el aspecto desagradable de las cosas que no admiten ironía ni pago fraccionado.

«Necesitamos que venga más gente por la tarde», dijo Míriam. «Y los sábados.»

«Los sábados la zona está vacía.»

«Pues la llenamos.»

«¿Con qué?»

«Con algo.»

«Plan empresarial impecable.»

Míriam cogió el móvil y abrió la cuenta de la cafetería. Tenía ciento ochenta y tres seguidores, la mayoría amigos, clientes habituales y tres perfiles dedicados a vender criptomonedas.

«Podemos mover esto.»

«La última publicación es una foto borrosa de una magdalena.»

«Era artística.»

«Parecía una prueba forense.»

Míriam deslizó el dedo por la pantalla.

«Necesitamos personalidad.»

«Tenemos una pizarra que insulta a los clientes.»

«Eso es personalidad analógica.»

Flori miró el reloj. Faltaban veinte minutos para que empezara el pequeño repunte del mediodía.

Míriam tenía esa expresión concreta que precedía a una idea.

No era una expresión tranquilizadora. Era la misma que había puesto antes de teñir las cortinas del piso en la bañera y antes de adoptar a Thor porque “solo iba a conocerlo”.

«No», dijo Flori.

«Todavía no he hablado.»

«Me adelanto para ahorrar recursos.»

Míriam apoyó los codos en la barra.

«Podríamos publicar frases.»

«Las frases ya se publican. Es uno de los problemas de internet.»

«Frases nuestras. De la cafetería. Cosas que pasan aquí.»

Flori sintió que la libreta negra adquiría peso debajo de la caja.

«No.»

«No he dicho nada de tu libreta.»

«La has mirado.»

«He visto una tapa negra.»

«Tus pupilas han intentado forzar la cerradura.»

Míriam sonrió.

«Solo una frase. Anónima. Algo divertido.»

«Es privada.»

«¿Privada de quién? No hay nombres.»

Flori retiró el sobre del alquiler y lo dobló.

«Privada mía.»

Míriam la observó unos segundos. A veces, bajo todas sus prisas, sabía detenerse justo antes de cruzar una línea. No siempre. Pero a veces.

«Vale», dijo. «Inventaré las mías.»

«Eso me preocupa más.»

Míriam se alejó escribiendo en el móvil.

Cinco minutos después, enseñó la pantalla.

En Pointer y Aparte creemos que el café no arregla la vida, pero permite juzgarla con más energía.

Flori lo leyó dos veces.

«No está mal.»

«Gracias.»

«Está mal de una manera soportable.»

Míriam publicó antes de que pudiera añadir nada. Eligió una foto de dos tazas sobre la barra, añadió la ubicación y varios corazones.

«Ya está.»

«El capitalismo ha sido derrotado.»

«Dale tiempo.»

La publicación consiguió cuatro “me gusta” en diez minutos. Uno era de Míriam, otro de la cuenta del propio local, el tercero de una prima suya y el cuarto de un hombre que vendía cursos de inversión desde una fotografía tomada en un coche alquilado.

Míriam miró la pantalla con decepción.

«La gente no aprecia la cultura.»

«La gente está trabajando.»

«Eso también es una excusa cultural.»

Lidia regresó a la barra antes de marcharse al campus. Llevaba la taza vacía y el teléfono en la mano.

«He compartido la publicación», dijo.

Míriam levantó ambos pulgares.

«Eres embajadora oficial.»

Lidia miró a Flori.

«La frase no es de Míriam.»

«¿Por qué todo el mundo piensa eso?», protestó ella.

«Porque te conozco.»

Flori recogió la taza.

«Es anónima.»

«No he preguntado quién la ha escrito.» Lidia apoyó el teléfono en la barra. «He dicho que no es de Míriam.»

«Gracias por respetar la ficción jurídica.»

Lidia sonrió. Trabajaba en administración de la universidad, pero había estudiado Filología y conservaba la costumbre de recomendar libros como si repartiera medicación.

«Deberíais hacer una cada semana.»

«Cada semana la gente ya tiene suficientes motivos para decepcionarse», dijo Flori.

«No son solo graciosas. La de hoy dice algo.»

La frase produjo en Flori una incomodidad precisa. Era más sencillo aceptar que alguien se riera que aceptar que hubiera encontrado algo verdadero.

Míriam se alejó hacia una mesa, quizá por casualidad, quizá porque había aprendido a reconocer ciertos silencios.

Lidia bajó la voz.

«Toñi me contó una vez que estudiaste Periodismo.»

«Toñi considera confidencial cualquier información solo hasta que alguien pide un segundo café.»

«¿Escribías?»

«A veces.»

«¿Y ya no?»

Flori colocó la taza en el lavavajillas.

«Ahora redacto la lista de la compra.»

«He leído listas peores.»

Lidia no insistió. Dejó una moneda de propina y se marchó con su bolso lleno de carpetas.

Flori observó su espalda hasta que cruzó la puerta. Después abrió el cajón, sacó la libreta y tocó la tapa con los dedos.

No había dejado de escribir. Había dejado de llamar escritura a lo que hacía.

Cambiarle el nombre al miedo resultaba mucho más cómodo que vencerlo.

El timbre de la puerta sonó.

Leo entró con el casco bajo el brazo y los dos guantes puestos.

Thor, atado fuera bajo la sombra, se levantó de inmediato. Dio un golpe con la cola contra el cristal.

«Ha vuelto la víctima», dijo Flori.

Leo se quitó un guante y se lo guardó en el bolsillo delantero.

«He aprendido.»

Míriam miró la mano protegida.

«¿Ese es nuevo?»

«No. Este todavía conserva la autoestima.»

Se acercó a la barra. El polo azul estaba limpio, pero llevaba una mancha de harina en el hombro y una línea roja en la frente donde había apoyado el casco.

«Café solo doble», dijo Flori.

Leo ladeó la cabeza.

«¿Te acuerdas?»

«Recuerdo las decisiones cuestionables.»

«También una tostada con tomate.»

Míriam sonrió con una rapidez ofensiva.

«Ayer no pediste tostada.»

«Ayer no tenía hambre.»

«Hoy sí.»

«Esa es la teoría.»