Capítulo 1. La mesa de las siete y cuarenta #2
Desde su mesa, Emilio levantó la vista del periódico.
«La Administración promueve relaciones interdepartamentales.»
«Lo ves», dijo Míriam.
Flori se acercó a la pizarra y escribió en la tercera columna: No gastar dinero en cosas con forma de fruta.
Míriam la miró.
«Los posavasos fueron una compra estratégica.»
«Los posavasos tienen semillas dibujadas.»
«Eso no los hace menos útiles.»
«Llevan siete meses en una caja.»
Míriam añadió una cuarta columna, más estrecha: cosas que Flori no comprende todavía.
Flori le quitó el rotulador.
«Escucha. Podemos mejorar las tardes. La universidad tiene cursos de verano, hay gente trabajando en la zona y los locales de alrededor cierran después de comer. Pero no inventes un festival sin saber cuánto cuesta.»
«No estaba pensando en un festival.»
«Has mirado hacia el techo.»
«Miro al techo cuando pienso.»
«Miras al techo cuando imaginas guirnaldas.»
Míriam cerró el rotulador. El miedo al cierre seguía allí, debajo del entusiasmo, como una mancha que la pizarra no podía cubrir. Miró a Flori.
«Si cierra, ¿qué harás?»
Flori tardó un momento.
«Buscar otro trabajo.»
«¿Y ya?»
«¿Qué quieres que haga? ¿Que me encadene a la cafetera?»
«Podría funcionar en redes.»
«Míriam.»
«No quiero empezar de cero otra vez.»
La sinceridad apareció sin su permiso. Flori dejó el rotulador sobre la barra.
Habían empezado a compartir piso porque ninguna podía pagar sola un alquiler. Después compartieron turnos, compras y la adopción de Thor, aunque Flori insistía en que no había votado. Pointer y Aparte era el primer lugar en años donde Míriam no sentía que estaba de paso.
Flori le apretó el hombro.
«Entonces no empezaremos de cero. Empezaremos desde aquí.»
«Eso ha sido casi inspirador.»
«No lo repitas.»
Míriam escribió la frase en la pizarra antes de que pudiera impedírselo.
A las diez y media, la temperatura había trepado por encima de los treinta grados y la terraza era una colección de sillas vacías demasiado calientes para la anatomía humana. Dentro, el aire acondicionado trabajaba con la dignidad de un funcionario a tres minutos de jubilarse.
Míriam llevó un cuenco de agua fresca a Thor. Él bebió, sacudió la cabeza y empapó los zapatos de un hombre que acababa de detener una moto junto a la acera.
«Perdona», dijo Míriam.
El hombre miró sus zapatillas mojadas, después a Thor y por último a ella.
«He tenido recibimientos peores.»
Llevaba un polo azul, pantalones oscuros y un casco bajo el brazo. La caja de Domino’s ocupaba la parte trasera de la moto y el asfalto temblaba alrededor de las ruedas. Tenía el pelo aplastado por el casco, barba corta y una sonrisa cansada que todavía no había dimitido.
Thor levantó la cabeza.
El hombre llevaba un guante en la mano derecha. El otro asomaba del bolsillo trasero.
Míriam vio cómo las pupilas del perro adquirían la intensidad de una revelación religiosa.
«Thor, no.»
Thor se puso de pie.
«¿Qué no?», preguntó el repartidor.
«En este momento, muchas cosas.»
El hombre se agachó para saludarlo.
«Hola, campeón.»
«Esa es una palabra peligrosa.»
Thor olfateó el guante, esperó el medio segundo exacto en que el hombre miró a Míriam y cerró la boca sobre él.
«Thor.»
El perro retrocedió con el botín.
El repartidor se quedó con la mano abierta.
«Creo que me ha atracado.»
«No corras», dijo Míriam.
«No pensaba hacerlo.»
«Se lo decía a él.»
Thor salió disparado hacia la esquina, limitado por una correa de tres metros que Míriam había olvidado enrollar. La correa se tensó, arrastró el cuenco de agua, rodeó una pata de la mesa y derribó la pizarra de ofertas. La pizarra cayó con un golpe seco. Una nube de tiza se levantó sobre la acera.
El café de Emilio, que había salido a hablar por teléfono, sobrevivió por centímetros.
Míriam saltó la pizarra.
«¡Suelta!»
Thor interpretó la orden como una invitación a mejorar la posición del objeto dentro de su boca.
El repartidor se acuclilló, sacó del bolsillo un recibo arrugado y lo agitó.
«Intercambio.»
Thor lo miró con desconfianza profesional.
«No negocies con él», dijo Míriam. «Se crece.»
«Tengo experiencia con clientes difíciles.»
El hombre dejó el casco en el suelo y se acercó despacio. Thor movió la cola. Míriam intentó agarrar el guante. El perro giró la cabeza. El hombre alargó la mano. Thor dio un paso atrás, chocó con la pizarra caída y el guante salió volando.
Cayó dentro de una maceta.
Hubo un segundo de silencio.
Flori apareció en la puerta con un paño al hombro.
Miró la pizarra, el cuenco volcado, la maceta, el casco y a los tres implicados.
«Veo que el plan para salvar el negocio ya está en marcha.»
Míriam recogió el guante y se lo entregó al repartidor. Una hoja de geranio se había pegado al velcro.
«Lo siento muchísimo.»
«No pasa nada.»
«Puedo lavarlo.»
El hombre observó el guante húmedo, terroso y ligeramente masticado.
«Creo que ha superado el punto en que el agua puede ayudar.»
Flori se apoyó en el marco.
«El perro ofrece un servicio de personalización. Antes eran todos iguales.»
El repartidor la miró y sonrió de verdad por primera vez.
«¿También cobra?»
«Solo en carbohidratos.»
Thor se sentó, satisfecho con la publicidad.
Míriam cogió el casco del suelo.
«Te invito a un café. Y a una tostada. Y a lo que haga falta para que no presentes denuncia.»
«Un café está bien.»
«¿Solo?»
«Solo.»
«¿Corto, largo, con hielo?»
«Solo y doble.»
Flori se apartó para dejarlo entrar.
«Una persona que pide un café solo doble a estas horas no está bien.»
«Trabajo hasta las cinco.»
«Entonces está peor de lo que parece.»
El repartidor dejó el casco sobre una silla y se sentó en la barra. Míriam preparó el café mientras Flori volvía a la máquina. Thor se acomodó fuera, junto al ventanal, sin apartar la vista del bolsillo donde el hombre había guardado el segundo guante.
«Me llamo Míriam», dijo ella. «La que te ha invitado.»
«Leo.»
Míriam señaló a Flori.
«Ella es Flori. La que te ha insultado.»
«He realizado una valoración clínica», dijo Flori.
Leo bebió un sorbo y cerró los ojos un instante.
«Buena valoración.»
Míriam sonrió. Le gustaba la gente que no se asustaba con Flori. Era un censo breve.
«¿Trabajas por aquí?»
Leo señaló la moto.
«Eso es decoración temática.»
Flori dejó un vaso de agua junto a su café.
«Murcia en julio y una caja caliente en la espalda. Debes de haberle hecho algo grave a alguien.»
«A mí mismo, seguramente.»
Su teléfono vibró. Miró la pantalla y terminó el café en dos tragos.
«Tengo que irme.»
Míriam se inclinó sobre la barra.
«Espera. El guante.»
«Me lo llevo como recuerdo.»
«Te debemos uno nuevo.»
«Volveré a cobrarlo.»
Flori cruzó los brazos.
«Eso ha sonado a amenaza comercial.»
«Era la intención.»
Leo se puso el casco. Antes de salir, se agachó junto a Thor y le mostró la mano vacía.
«La próxima vez, sin violencia.»
Thor le lamió la muñeca.
Míriam lo vio subir a la moto y arrancar calle abajo. Cuando desapareció, entró en la cafetería con una sonrisa que Flori detectó al instante.
«No.»
«¿No qué?»
«Lo que sea que estés pensando.»
«Estaba pensando que ha sido amable.»
«Estabas pensando con música de fondo.»
«¿Tú no lo has visto atractivo?»
Flori recogió el vaso de Leo.
«He visto un señor al que tu perro ha desarmado.»
«Eso no responde.»
«Responde todo lo necesario.»
Míriam se apoyó en la barra y miró la puerta.
En la calle, el calor ondulaba sobre el asfalto. Emilio pedía la cuenta. Rafa discutía por teléfono sobre melones. La máquina de café volvía a reclamar atención. El sobre con la subida del alquiler esperaba en el cajón como una tormenta doblada en tres.
Míriam dio una palmada.
«Bien. Tenemos un verano para salvar Pointer y Aparte .»
Flori colocó el vaso en el lavavajillas.
«Y un repartidor que volverá por un guante.»
«Dos objetivos.»
«Uno de ellos no es un objetivo.»
«Todavía.»
Flori la miró con esa calma que precedía a sus comentarios más afilados.
«Prométeme que no vas a convertir una avería económica en una comedia romántica.»
Míriam cogió una tiza y volvió a levantar la pizarra.
«No prometo cosas que el universo puede desmentir.»
Fuera, Thor apoyó el hocico sobre las patas y esperó mirando la esquina por la que había desaparecido la moto.
A diferencia de Flori, él ya había tomado una decisión.