Nadie se enamora antes del café
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Capítulo 1. La mesa de las siete y cuarenta
A las siete y treinta y nueve de la mañana, Míriam todavía creía que el día podía salir bien.
A las siete y cuarenta, Thor robó un guante de moto y aquella esperanza quedó oficialmente cancelada.
El pointer esperaba junto a la entrada de Pointer y Aparte , sujeto a la argolla que Toñi había mandado colocar en la pared después del incidente del bocadillo de tortilla.
Míriam sostenía que aquello no había sido un robo, sino una crítica gastronómica.
Toñi sostenía que las críticas gastronómicas no solían tragarse la servilleta.
El perro llevaba cinco minutos vigilando la calle con la concentración de un controlador aéreo y el criterio de un ministro sin cartera.
Era grande, de pelo chocolate, pecho blanco y unas orejas capaces de oír el envoltorio de un bocadillo a tres manzanas e ignorar su nombre a medio metro.
Julio aún no había alcanzado su punto criminal, pero el pavimento ya devolvía un aliento tibio y las persianas subían a regañadientes.
Dentro de la cafetería, la máquina de espresso resoplaba. Las cucharillas tintineaban. Flori alineaba platos con la expresión de quien sospechaba que el universo había sido organizado por alguien que dejaba las tazas boca arriba.
«Te faltan dos minutos para preguntarme si he puesto la leche sin lactosa en la nevera pequeña», dijo Míriam mientras colocaba las pinzas de las tostadas.
«No voy a preguntártelo.»
«Porque confías en mí.»
«Porque la estoy viendo encima del microondas.»
Míriam siguió la dirección de su mirada. El cartón de leche, abandonado bajo una luz ya de mediodía, tenía la culpa visible de quien sabe que lo han pillado.
«Está aclimatándose.»
Flori levantó una ceja.
«A la salmonela.»
Míriam guardó la leche y cerró la puerta de la nevera con la cadera.
A sus veintisiete años, tenía el talento de convertir cualquier movimiento cotidiano en una entrada a escena.
Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño alto y desordenado, varias pulseras de colores y una camiseta negra del local que Toñi les había dado dos veranos atrás.
En la espalda ponía Café, cosas buenas y paciencia limitada .
La última parte había sido idea de Flori.
Flori, cuatro años mayor, no entraba en los sitios: los evaluaba.
Tenía el cabello castaño suelto sobre los hombros y una media sonrisa capaz de significar ternura, amenaza o que acababa de descubrir una falta de ortografía en la carta.
Míriam conocía las diferencias. La mayoría de la humanidad, no.
A las siete y cuarenta entró Emilio.
Emilio trabajaba en una oficina municipal situada a seis minutos andando, aunque él siempre decía cinco y cuarenta y ocho segundos. Vestía camisa clara incluso en agosto y llevaba el periódico doblado en cuatro partes exactas.
«Buenos días», dijo.
«Son discutibles», respondió Flori.
Emilio asintió, satisfecho. Aquella era su versión de una bienvenida cálida.
«Cortado corto, vaso de agua sin hielo y media tostada con tomate, sin aceite hasta que llegue a la mesa.»
«Algún día pedirás algo diferente y provocaremos una crisis administrativa», dijo Míriam.
«No está presupuestada.»
Se sentó en la mesa junto a la ventana, la de las siete y cuarenta. La llamaban así porque Emilio llegaba a esa hora desde antes de que Míriam empezara a trabajar en la cafetería. Cuando un festivo cerraban, él pasaba igualmente por delante y miraba la persiana con una decepción institucional.
Después aparecieron Rafa y Charo, del mercado de Saavedra Fajardo. Olían a cajas de fruta, a madrugada y a conversación empezada hacía veinte años. Rafa pidió un café solo y Charo un bombón con poca leche condensada, una instrucción que Flori consideraba metafísicamente imposible.
«Hoy viene el del atún», anunció Charo, ocupando la mesa del fondo.
«¿Eso es una amenaza?», preguntó Flori.
«Una entrega.»
«En esta ciudad las diferencias son pequeñas.»
A las ocho menos diez entró Saúl, cocinero de un restaurante cercano, con el pelo aún húmedo y una libreta de proveedores bajo el brazo.
Detrás de él llegó Estela, encargada de sala, que pidió un doble y declaró que si el técnico de la cámara frigorífica volvía a decirle “señora, es normal”, lo almacenaría dentro para comprobarlo.
A las ocho aparecieron dos administrativas del campus de La Merced, un profesor que olvidó pagar y regresó antes de que Flori tuviera tiempo de apuntarlo en su lista mental de pequeños delitos, tres oficinistas con café para llevar y un mensajero que preguntó si podía cargar el móvil.
La cafetería se llenó de voces. La puerta se abría y cerraba. El molinillo rugía. El olor a pan tostado se mezclaba con el del café recién hecho y con el calor que empezaba a colarse desde la calle.
Míriam se movía entre las mesas con una bandeja en alto, llamando a cada cliente por su nombre y terminando conversaciones que no eran suyas.
«Lidia, tu capuchino. ¿Qué tal la reunión?»
«No ha empezado.»
«Entonces todavía puede cancelarse por una avería eléctrica.»
«Son las ocho y cuarto.»
«La esperanza no tiene horario.»
Flori, desde la barra, sacaba cafés sin perder detalle.
Sabía que Rafa iba a pedir otra tostada antes de que él levantara la mano.
Que Emilio no estaba leyendo la sección de economía, aunque fingía hacerlo, sino observando a una mujer rubia sentada cerca del ventanal.
Que Saúl había recibido un mensaje que no quería responder.
Que Míriam llevaba veinte minutos evitando mirar el sobre blanco que Toñi había dejado junto a la caja.
A las nueve, cuando el primer golpe de clientela se convirtió en un murmullo estable, Toñi salió del almacén.
La propietaria de Pointer y Aparte tenía cincuenta y ocho años, el pelo corto, gafas rojas y la capacidad de pronunciar el nombre de una persona como si fuera una citación judicial. Llevaba el bolso colgado del hombro y una maleta pequeña.
Míriam dejó una taza en el lavavajillas.
«No me gusta esa maleta.»
«A la maleta le da igual», dijo Toñi.
«¿Te vas ya?»
«Mi hermana me espera en Águilas y la cadera no se le va a operar sola. Os lo expliqué el lunes.»
«El lunes fue hace muchísimo.»
«Fue anteayer.»
«Exacto.»
Toñi miró a Flori.
«¿Está todo claro?»
«Caja diaria, proveedores los martes, hielo antes de las once, no permitir que Míriam cambie la decoración, no fiar a estudiantes en época de exámenes y llamar si el congelador hace un ruido parecido a una cabra.»
«Muy bien.»
«¿Y si hace un ruido parecido a otro animal?», preguntó Míriam.
«Cierras y te vas.»
Toñi puso las llaves de repuesto sobre la barra. Por un momento, su gesto perdió la firmeza habitual.
«Hay otra cosa.»
Míriam miró el sobre.
«Sabía que el sobre tenía malas intenciones.»
Toñi se quitó las gafas, las limpió con el borde de la camiseta y volvió a ponérselas.
«El alquiler sube en octubre.»
Flori dejó de secar el portafiltro.
«¿Cuánto?»
Toñi dijo una cifra.
El molinillo terminó de girar. Hasta la cafetera pareció contener el vapor.
Míriam silbó.
«Eso no es una subida. Eso es un secuestro con recibo.»
«El dueño dice que la zona se ha revalorizado.»
«¿La zona sabe que se ha revalorizado? Porque ayer olía a contenedor desde Santo Domingo.»
Toñi apoyó las manos en la barra.
«No he decidido nada. Pero si julio y agosto siguen flojos, no me compensa renovar. Podría traspasar o cerrar.»
El local cambió de tamaño sin mover una sola pared. El letrero de madera, las baldas negras, las tazas desparejadas y la planta que se negaba a morir junto a la puerta adquirieron la fragilidad de las cosas que alguien podía desmontar un lunes.
Flori no dijo nada. Era su forma más ruidosa de reaccionar.
Toñi señaló el sobre.
«Ahí están los números y el contacto del propietario. No quiero dramatismos.»
«Entonces no deberías haber pronunciado la palabra cerrar delante de una cafetera», dijo Flori. «Son muy emocionales.»
Toñi sonrió apenas.
«Tenéis el verano. Haced lo que sabéis hacer. Sin incendiar nada.»
Míriam abrió la boca.
«Eso incluye incendios metafóricos», añadió Toñi.
«Ya no se puede innovar.»
Se abrazaron junto a la máquina. Toñi fingió protestar cuando Míriam la apretó demasiado y después se acercó a Thor, que esperaba fuera con la lengua fuera y una paciencia selectiva.
«Cuida de estas dos», le dijo.
Thor bostezó.
«Me tranquiliza su compromiso», observó Flori.
Toñi se marchó arrastrando la maleta por la acera. Míriam la vio alejarse entre bicicletas, repartidores y personas que ya caminaban buscando sombra.
«No va a cerrar», dijo.
Flori guardó el sobre en el cajón de la caja.
«Las frases dichas con los brazos en jarra no alteran los contratos.»
Míriam se puso los brazos en jarra.
«Eso es porque nunca has usado bien los brazos.»
«Míriam.»
«Vamos a salvarlo.»
«Nosotras servimos desayunos.»
«Precisamente. Los desayunos han evitado divorcios, despidos y homicidios. Tenemos poder.»
«Tenemos una máquina que pierde agua y dieciséis euros en monedas de diez céntimos.»
«También tenemos a Thor.»
Las dos miraron al perro.
Thor estaba intentando lamer una mancha de la pared.
«Tiene iniciativa», dijo Míriam.
«Contra el yeso.»
«Retiro la última parte», dijo Míriam.
La conversación quedó suspendida porque entraron seis personas a la vez. Durante la siguiente hora, el posible cierre tuvo que esperar detrás de cafés, tostadas y una discusión sobre si el tomate debía cubrir todo el pan o dejar un borde para sujetarlo sin mancharse.
Cuando el local volvió a aflojar, Míriam sacó del almacén una pizarra blanca que Toñi utilizaba para apuntar pedidos grandes. La colocó sobre una silla y escribió en la parte superior:
OPERACIÓN: NO CERRAMOS
Debajo dibujó tres columnas: dinero, gente e ideas brillantes.
Flori leyó los encabezados.
«¿Por qué la tercera es la más grande?»
«Porque debemos pensar en abundancia.»
«Debemos pensar en pagar la luz.»
Míriam escribió más desayunos en la primera columna y universidad, mercado, oficinas en la segunda.
«Ya vienen esas personas», dijo Flori.
«Tienen amigos.»
«Los funcionarios no siempre.»