Capítulo 9. Tres cafés y una mentira #2
Míriam trabajaba con una energía furiosa. Revisaba listas, llamaba a proveedores, cambiaba la distribución de las mesas y contestaba mensajes con tanta rapidez que parecía discutir con el teléfono.
«¿Dormiste?», preguntó Flori.
«Muchísimo.»
«¿Cuánto?»
«Lo necesario.»
«Eso no es una cifra.»
«Tú tampoco me has contado cómo besa Leo.»
Flori dejó una jarra en la nevera.
«No uses mi vida sexual como cortina de humo.»
Míriam se quedó inmóvil medio segundo.
Fue suficiente.
«¿Qué pasa?», preguntó Flori.
«Nada.»
«Otra vez.»
«Estamos a cuatro días del evento. Eso pasa.»
Flori se acercó.
«Llevas una semana actuando como si alguien hubiera puesto una cuenta atrás en la pared.»
Míriam miró el reloj.
«Porque hay una cuenta atrás.»
«¿Cuál?»
«El evento.»
Flori sostuvo su mirada. Míriam siempre había mentido mal. No porque no tuviera imaginación, sino porque le sobraban gestos. Su cuerpo intentaba ayudar a cada palabra y acababa señalando la salida de emergencia.
«Te preguntaré otra vez esta noche», dijo Flori.
«Y yo responderé lo mismo.»
«Entonces practicamos.»
La mañana se llenó. Flori no tuvo tiempo de insistir.
El aire acondicionado sufrió una nueva crisis y empezó a gotear sobre la mesa dos.
Saúl llevó una caja de pruebas de croquetas.
Nerea apareció con carteles para el rincón canino y saludó a Míriam con un beso en la mejilla que dejó a su compañera sin frases durante treinta segundos.
Flori archivó el dato para utilizarlo después.
A las diez y doce, el teléfono vibró.
He terminado.
Flori respondió desde el almacén.
¿Y?
Los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron.
Quieren que empiece en septiembre. Contrato indefinido.
La palabra indefinido tenía una solidez que el resto del verano no poseía. Flori apoyó la espalda contra una estantería.
Enhorabuena.
Leo tardó en contestar.
No he dicho que sí.
Pero querías saber que podías conseguirlo. Ya lo sabes.
Quiero hablar contigo.
Flori escribió cuando vuelvas y guardó el móvil.
No sintió tristeza. Sintió algo más útil: irritación. Consigo misma, por permitir que dos semanas alteraran su respiración. Con Leo, por hacer preguntas cuya respuesta exigía una vida. Con Valencia, por quedar lo bastante cerca para parecer razonable y lo bastante lejos para cambiarlo todo.
Al regresar a la barra, Míriam la miró.
«¿Se lo han dado?»
«Sí.»
«¿Va a aceptar?»
«No lo sé.»
«¿Y tú qué quieres?»
Flori cogió una comanda.
«No me corresponde decidir.»
«Eso no es lo que te he preguntado.»
Flori atendió una mesa sin responder.
Leo volvió esa misma tarde. Llegó a las siete, después del cierre, con la camisa arrugada y el cansancio del viaje alrededor de los ojos. Míriam y Nerea se habían marchado a comprar luces para el evento. Thor estaba en el patio.
Flori barría junto a la puerta.
«Podías haber ido a casa.»
«Podía.»
«Ha sido un día largo.»
«También.»
Leo dejó la mochila sobre una silla.
«No quiero hablar por mensajes.»
Flori apoyó la escoba.
«Te han ofrecido un buen trabajo.»
«Me han ofrecido el mismo tipo de trabajo en una agencia más pequeña.»
«Con contrato.»
«Sí.»
«Y mejor sueldo.»
«Sí.»
«Entonces no entiendo el problema.»
Leo se acercó.
«El problema es que no sé si quiero volver a esa vida.»
«Eso solo puedes saberlo tú.»
«Y hay cosas aquí que no quiero dejar.»
La pregunta le subió a Flori hasta la boca. La dejó allí, sin servir.
«No debes elegir una ciudad por una persona que conoces desde julio.»
«No estoy diciendo eso.»
«Lo estás rodeando.»
Leo cruzó los brazos.
«¿Qué te da más miedo, que me vaya o que me quede?»
La pregunta la enfadó porque no tenía una respuesta segura.
«No conviertas tu decisión laboral en una prueba sobre mí.»
«No lo hago.»
«Has venido directamente desde el tren.»
«Porque quería verte.»
«Eso no significa que yo tenga que darte permiso para renunciar a nada.»
Leo respiró hondo.
«No necesito permiso.»
«Bien.»
«Necesitaba saber si te importaría.»
Flori miró el suelo. La escoba estaba entre ambos como una frontera ridícula.
«Claro que me importaría.»
Leo esperó.
«Pero que algo me importe no lo convierte en un plan», añadió.
«No te he pedido un plan.»
«Todo termina necesitando uno.»
«A veces primero ocurre.»
Flori levantó la vista.
«Esa filosofía funciona muy bien para Míriam. Mira la cantidad de permisos que genera.»
Leo sonrió apenas.
«No voy a responder hoy. Les he pedido una semana.»
«El evento es el sábado.»
«Lo sé.»
«¿Te quedarás?»
«He cambiado turnos.»
Aquello le produjo un alivio que intentó ocultar demasiado tarde.
Leo se acercó un paso más.
«No tienes que decidir nada esta noche, Flori.»
«No estoy decidiendo.»
«Exacto. Estás intentando que decida yo para no tener que decir lo que quieres.»
«Qué insoportable te pones sin casco.»
«Puedo ponérmelo.»
Flori sonrió. Leo le tocó la cara con una mano y la besó. El beso no eliminó el problema, pero lo volvió menos teórico.
Thor arañó la puerta del patio.
Leo apoyó la frente contra la de Flori.
«Nuestro supervisor.»
«No tolera pausas largas.»
Flori abrió la puerta. Thor entró, olfateó a Leo y se sentó sobre su pie.
«Ha votado», dijo él.
«Su programa político era débil.»
Se quedaron en la cafetería hasta que anocheció. Leo ayudó a colocar luces. Flori revisó la lista de proveedores. Durante unos minutos, la vida se dejó ordenar en una lista de tareas.
Cuando Míriam regresó con Nerea, cargadas de bolsas, miró a Leo, luego a Flori y después el reloj.
«Qué ambiente laboral tan comprometido.»
Flori estaba a punto de responder cuando el móvil de Míriam se iluminó sobre la barra. En la pantalla apareció una notificación de correo.
Asunto: Condiciones de renovación y visita al local.
Míriam cogió el teléfono demasiado rápido.
Flori la miró.
«¿Qué es eso?»
«Publicidad.»
«Míriam.»
«Luego hablamos.»
«Llevas días diciendo luego.»
Nerea bajó la vista. Leo percibió la tensión y empezó a recoger las bolsas sin hacer preguntas.
Míriam guardó el móvil en el bolsillo.
«Después del evento.»
Algo se cerró dentro de Flori con la precisión de un pestillo.
«No. Ahora.»
Míriam miró alrededor: Leo, Nerea, Thor, las luces, las mesas apartadas.
«El propietario quiere enseñar el local si Toñi no acepta la subida.»
«¿Cuándo?»
Míriam tragó saliva.
«El lunes.»
«¿Desde cuándo lo sabes?»
El silencio respondió antes que ella.
Flori dejó la lista sobre la barra.
«¿Desde cuándo?»
«Hace unos días.»
«¿Cuántos?»
«No quería preocuparte.»
«No era tu decisión.»
«Estabas feliz.»
«Tampoco era tu decisión.»
Míriam abrió las manos.
«Estoy intentando salvar esto.»
«Mintiendo.»
«Organizando.»
«No son sinónimos.»
Leo dio un paso hacia la puerta.
«Os dejamos hablar.»
Nerea asintió y llamó a Thor, pero el perro no se movió. Míriam le indicó que se fuera con ella. Thor miró a ambas y acabó siguiendo a Nerea.
Cuando la puerta se cerró, Flori y Míriam quedaron solas entre las luces nuevas y las mesas desplazadas.
«Te lo habría contado el domingo», dijo Míriam.
«Después de montar un evento para doscientas personas sin decirme qué nos jugábamos.»
«Nos jugamos el café desde que Toñi se fue.»
«No. Ahora nos jugamos que entren desconocidos a medirlo el lunes.»
Míriam se secó las manos en el pantalón.
«Pensé que podía arreglarlo.»
«Siempre piensas eso.»
La frase salió más dura de lo que Flori pretendía.
Míriam retrocedió un poco.
«Y muchas veces lo hago.»
«Hasta que no.»
Flori recogió su bolso.
«Necesito irme.»
«¿A dónde?»
«A casa.»
«Vivimos en la misma.»
«Entonces tendrás tiempo para pensar una versión de la verdad.»
Salió antes de decir algo peor.
En la calle, el aire era caliente y oscuro. Leo esperaba junto a la moto. No preguntó. Le ofreció el casco.
Flori negó con la cabeza.
«Quiero caminar.»
«Te acompaño.»
«Quiero caminar sola.»
Leo asintió.
Mientras se alejaba, Flori pensó que la gente hablaba de las ofertas como de puertas que se abrían.
Nadie mencionaba el ruido de todas las demás al cerrarse.