15. Llora, cariño
Llora, cariño
Joder, ¿está hablando de tu chaval, Fermín?
…
¿No vas a contestar?
¿Qué le has hecho?
Muchas preguntas y tan pocas respuestas… Además, no sé si oís ese ruido. Atentos…
¿Las sirenas?
Exacto, Rafa. En honor a la verdad, pensaba que iban a tardar un poco más en encontrar la nota.
Salva, me cago en mi puta vida, ¿qué le has hecho a mi hijo?
Una noche, mientras me afeitaba, Carmen —embarazada de unos meses de Lucía— se maquillaba en el pequeño y modesto tocador que se encontraba en una esquina de nuestra habitación.
No pegaba un carajo en ese emplazamiento, ya que era un auténtico estorbo para abrir la ventana, pero ella lo había puesto ahí para estar junto al radiador y tener los pies calentitos cada vez que se maquillaba.
Carmen solía acicalarse escuchando música que emitía un reproductor de CD que le había regalado yo por un cumpleaños, no me acuerdo con exactitud.
Lo que me llamó la atención fue que esa noche sonaba como si alguien estuviera hablando, más que cantando.
Había una base de piano y, tal vez, una guitarra.
Joder, no lo sé, no tengo ni puta idea de música, pero la cuestión es que, mientras me miraba en el espejo, con los poros abiertos tras la caliente ducha que me había dado, una voz salió del altavoz y se metió tan dentro de mí que me paralizó.
Apoyé la cuchilla en el lavabo y salí de la habitación envuelto en una toalla que cubría mis partes pudendas.
—¿Quién es?
Carmen me miró a través del espejo y sonrió mientras se perfilaba las cejas.
—Janis Joplin, la mejor cantante de blues y rock de la historia. Esta canción me recuerda de alguna forma a ti…, a nosotros.
Yo no dije nada y seguí escuchando aquella canción que sonaba como un lamento.
—¿Y eso por qué? —pregunté, mirándola con ternura.
—Janis no tuvo una infancia ni una adolescencia felices. Creció entre insultos y vejaciones por su aspecto. En honor a la verdad, la pobre no era muy agraciada y tenía ciertos rasgos masculinos. De hecho, en su instituto, la apodaron «El Hombre más Feo».
Me acerqué a Carmen y me senté en la esquina de la cama mientras ella seguía contándome la vida de una mujer a la que no conocía, pero cuya canción me había llamado la atención de una extraña manera.
—En fin, cosas de críos, supongo —suspiró—. Janis creció y comenzó a cantar sobre el amor y el desamor, sobre sentirse correspondida y engañada, siempre con un cierto tufo de autodestrucción y condescendencia.
Carmen estiró el brazo y bajó el volumen del reproductor cuando sonaban los aplausos que daban fin a la balada.
—¿Y cómo se llama la canción que estaba sonando?
—«Cry Baby». Va de un hombre que abandona a su chica.
Bueno, no a «su»…, a ella, porque la letra de sus canciones siempre está en primera persona.
Su hombre se va con otra buscando lo que ya tiene en casa: compañía, consuelo, amor…
, pero él lo ignora y desprecia, hasta que lo pierde, claro.
Pero a pesar de que él se va, Janis siempre le esperará porque, joder, está perdidamente enamorada.
Y empieza a decirle que sabe que la otra, su amante, le dijo que estaba enamorada, que le amaba más incluso de lo que le amaba ella.
Y entonces Janis contesta que no, que nadie va a amarle más que ella, que ella siempre se hará cargo de su dolor y de todas sus penas, que «llora, cariño»…
Y entonces llega la parte que has escuchado, esa en la que la rasgada melodía da lugar a una suerte de monólogo lleno de dolor…
En ese momento Carmen comenzó a hablar como la canción, pero en nuestro idioma, para que yo fuera testigo del dolor de Janis.
¿O era el de ella?
—Y sé que puede ser cierto, amor, que la hierba siempre parece más verde cuando miras el jardín de otro, pero, cariño, sabes que lo real te está esperando en casa.
Lo vi, querido: tuve un hombre que me dijo: «Cariño, sabes que te amo, pero tengo que encontrarme a mí mismo, tengo que encontrar mi vida, tengo que hacerlo en África, o en Nueva York, o en Lima».
Esos tipos siempre se iban a algún sitio; nunca supe con exactitud dónde, siempre yéndose a algún lugar.
Y le dije: «Cariño, ¿no te das cuenta? Estás buscando tu vida allá afuera, ¿quieres saber dónde está tu vida?
Tu vida está esperando como una maldita tonta aquí mismo, por ti».
Y una mañana te despertarás en Casablanca, en uno de esos lugares elegantes, estarás congelándote allí y dirás: «Dios santo, me fui y dejé a esa mujer, y esa cama doble enorme, con una gran alfombra de piel encima, sin sábanas de satén.
¿Qué demonios hago en Casablanca?». De verdad, un día ese tipo se va a despertar y va decirse eso.
Y cuando vuelva a casa, como la Capricornio que soy, estaré ahí esperándolo.
Le diré: «Cariño, lo sabía, sabía que algún día volverías a casa conmigo».
Cuando cruces mi puerta, seré capaz de verlo en tus ojos y diré: «Dios santo, ese hombre por fin lo entendió, al fin se dio cuenta».
Así que puedes apoyar tu cabeza en mi hombro, cariño, porque sé que todavía tienes más lágrimas que derramar. Y luego llora, llora cariño.
Carmen lloraba y yo sentía que caía al vacío.
—¿Piensas que tengo a otra?
Carmen se levantó y caminó los dos pasos que nos separaban. Se llevó las manos a la cinta que sujetaba su bata de seda y se desnudó. Una bonita barriga de cuatro meses de embarazo comenzaba a marcar su figura.
—Cariño… —Carmen me quitó la toalla y se sentó en mi regazo entrelazando sus dedos en mi nuca—. Yo siempre te espero, aunque estés constantemente yéndote con la muerte.
No sabéis las veces que le he dado vueltas a esa frase.
«Yéndote con la muerte». ¿No es irónico?
¿No creéis que la vida tiene un jodido sentido del humor?
Es decir, ella temía que cada día iba a ser el último para mí, pero resulta que fue ella la que un día salió de casa para no volver.
Y ella no es la que llora, ella no ha sido la que ha llorado cada noche desde entonces esperando mi regreso…
He sido yo el que ha esperado y espera y vuelve a esperar.
Pero, y si…, y si, en realidad, era cierto y es ella la que espera a que yo regrese, que en realidad sí hay algo después de la muerte y Carmen está en algún lugar, esperándome.
¿Tiene sentido lo que digo? ¿Y si esta pistola es mi llave para llegar a mi Carmen?
¿O si esos policías que ahora nos rodean y piensan que os tengo de rehenes fueran mi billete para reunirme con ella?
No sé, joder… Lo que sí sé es que yo no tengo cura.
El gen Barrena existe: hay violencia dentro de mí y, cuando se activa, soy implacable y animal.
Y dentro de toda mi miserable vida he tenido tres cosas que me han hecho feliz: mi matrimonio, mi hija y ahora esa mirada de terror que tienes en la cara, Fermín.
Porque sabes que no solo tu hijo mayor ha tenido la mala idea de joderme, sino también tu otro vástago.
¿Recordáis lo que me dijo Joako? ¿Aquello de que había uno que le parecía nervioso, que repetía mucho las palabras?
No eran nervios lo que oía, era un tartamudeo, como el del retrasado de tu hijo menor, ¿verdad, Fermín?
¿Verdad que tu hijo es tartaja? Y luego tenemos al tercero en discordia, el que completa la comedia y que nos trae de vuelta la puta teoría de los seis grados.
¿La recordáis? De todo el condenado barrio resulta que los tres hijos de puta que violaron…
, perdonad…, que violaron a mi niña, tenían que tener relación directa con dos de los tres cabronazos con los que llevo compartiendo noches de cervezas los últimos años. ¿Verdad, Alfonso?
Salva…
No, no hace falta que digas nada. Tu hijo no tardó en confesarlo todo. Los chavales de hoy en día no son tan fuertes como los de antes.
Como le hayas tocado un solo pelo, te reviento, puto chalado.
¿Cómo fue la conversación, Alfonso? «Hola, papá. No te vas a creer lo que hice esta noche con una piba». ¿Fue algo así?
No sé de qué está hablando.
¿No te das cuenta de que a estas alturas, en realidad, ya está todo hablado?
Me cago en la puta, Salva. Esto es chungo de cojones. A mí no me metas, tío. Yo no tengo nada que ver y, además, no tengo hijos.
Lo sé, Lázaro y lo siento por lo de esta noche, pero necesitaba un par de testigos que contaran mi historia, y sé que Rafa y tú lo haréis como es debido.
¿Testigos de qué?
Barrena, me cago en Dios, ¿qué le has hecho a mis hijos?
¡Lo que merecían!
¡Te voy a matar!
¡Da un paso más y te lleno de agujeros, Alfonso!
Salva, no hagas ninguna tontería, hombre. No vas a salir de esta y en breve va a entrar la pasma y me va a joder el local.
Sí, parece que ya no hay tiempo para la última, ¿no?
Eso parece…
Sé un hombre y suelta esa pistola, puto desgraciado y contéstame: ¿Qué le has hecho a mis hijos, puto tarado?
¡Lo que se merecían!
Salva, ¡cuidado!