14. Eclesiastés 7,15
Ni siquiera el asfalto había llegado a aquel barrio. Un constante polvo en suspensión hacía acto de presencia fuera cual fuese la calle que recorrías y pronto mi coche adquirió un tono grisáceo que me avisaba de que lo primero que debía hacer al salir de allí era llevarlo al autolavado.
Frente a mí se alzaba —ni siquiera sé si «alzarse» es la palabra adecuada para referirme a aquella pocilga— una casa de ladrillo visto de una sola altura.
Las ventanas estaban protegidas por gruesos barrotes descoloridos y oxidados, y nada más salir del coche, percibí una amalgama de olores que mezclaba mierda de cabra, ajo y descomposición.
—¿Qué cojones estoy haciendo aquí, joder? —mascullé para mis adentros mientras me agradecía a mí mismo el haberme vestido con ropa deportiva para ir a ese lugar.
Era una pregunta pertinente: habían pasado demasiados años desde la última vez que nos vimos, ni siquiera sabía si seguía con vida. Si mis cálculos eran correctos, debía rondar los ochenta años.
—Me cago en la puta, si probablemente estará muer…
—¿Quién eres? —La voz de una mujer a mi espalda interrumpió mi plañidero monólogo.
La mujer no podía tener más de veinte años. Su piel era de un atractivo moreno y sus ojos de color negro azabache me analizaban con sospecha. Vestía unos vaqueros descoloridos y un abrigo negro con capucha. Una suave brisa movía su larga melena negra.
—Yo…, perdona. Sí, estaba buscando a un viejo amigo.
—Te estoy viendo desde el principio de la calle. Llevas un buen rato ahí parado como un monigote.
—Busco a Jesús… Jesús Romero.
La chica palideció y dio un corto paso atrás a la vez que sus nudillos adquirían un tono blanco que se volvía aún más notable por contraste con el color de su piel.
—¿Eres jerre?
—¿Qué?
—Que si eres poli, payo. Lárgate de aquí ahora mismo o vas a tener problemas, te lo digo en serio.
—No soy policía, tranquila. Solo he venido a hablar con Jesús, si es que vive aquí.
—¿Tú para qué quieres hablar con el yayo?
—¿Yayo? O sea que sí que sigue aquí.
La chica había relajado su pose pero seguía guardando una distancia prudencial.
—¡Papa! —gritó—. ¡Papa!
—¡Qué! —respondió un hombre dentro de la casa.
—¡Sal!
—¡Qué quieres, Rocío! ¡Estoy ocupado!
La tal Rocío suspiró, cogió aire y gritó.
—Hay un payo en la puerta de casa que pregunta por el yayo.
Nadie contestó a esa última frase y me fijé en que Rocío me sonreía.
De pronto, la puerta de la casa se abrió con un sonoro golpe y en el umbral asomó un hombre con ligero sobrepeso, camiseta blanca de tirantes y unos calzoncillos del mismo color como único atuendo que tapaba sus vergüenzas.
Su cabeza mostraba una rendición absoluta a la alopecia, y unos ojos saltones y una nariz prominente completaban un lienzo de lo más curioso.
La imagen me hubiera producido cierta gracia si no fuera porque sobre sus brazos se apoyaba una escopeta de caza que me apuntaba directamente al pecho.
—Lárgate ahora mismo de aquí, payo, si no quieres que te llene de agujeros.
—No quiero problemas, de verdad —dije alzando los brazos—. Solo será un momento.
—No te lo voy a repetir otra vez, payo. ¡Lárgate de aquí!
—¿Qué pasa ahí? —dijo una voz rasgada que parecía provenir de la derecha del gitano.
—Nada, papa, un problema al que le voy a poner solución ahora mismo.
—¿Jesús? ¿Eres tú? —grité.
—¡Fuera de aquí!
Comencé a caminar haciendo caso omiso de las amenazas y cuando llegué a la altura del hombre golpeé el cañón con la mano derecha, y en una maniobra que aprendí de la demente hermana Montenegro, le arrebaté la escopeta en menos de lo que tardó en parpadear.
—Si vas a amenazar a alguien —dije lanzando la escopeta a los pies de Rocío—, asegúrate de no ir de farol. Te recomiendo seguir mi filosofía: el primer aviso es discreto, el segundo, doloroso, y el tercero, el plomo.
—Que Dios se apiade de mi alma y un rayo me parta ahora mismo si aquel que veo no es Resucitado Barrena.
—El mismo que viste y calza —le dije a un vejestorio que tenía los mismos ojos que aquel gitano cabrón de Jesús Romero, que había sido mi padre en la cárcel hacía ya tantos años.
La sala de estar estaba llena de muebles, figuras y chatarra, pero, al menos, parecía limpia.
A la izquierda había un sofá cubierto con una manta color caqui y junto a él estaba Jesús.
Entré en la estancia con tranquilidad sintiendo el aliento del humillado hombre sobre mi nuca.
Me senté en el sofá sin dejar de mirar a Jesús.
—Sí que te veo desmejorado —dije señalando la silla de ruedas en la que se encontraba.
Jesús rio con dificultad y tosió varias veces antes de responderme.
—Serás cabronazo. ¿Hace cuánto que no te miras al espejo?
—Al menos no soy un Transformer.
—Siéntate, hijoputa. —Jesús miró al hombre con severidad—. Disculpa las formas de mi hijo Curro, a veces se pone demasiado protector, como si yo no supiera defenderme por mí mismo.
Jesús sacó de debajo de la manta una Beretta M9. A mi izquierda, Curro se ponía unos pantalones y una camisa de rayas llena de lamparones.
—Me alegra verte con vida, gitano. En honor a la verdad debo admitir que tenía pocas esperanzas de que siguieras vivo.
—Bicho malo nunca muere. Es lo que dicen, ¿no?
—Sí, eso dicen, sí. ¿Cuándo saliste?
—Espera. —Jesús levantó la mano y dirigió su mirada hacia la entrada—. ¡Rocío! ¡Tráenos un par de cervezas! ¡Una para tu yayo y otra para nuestro invitado, haz el favor!
Rocío asomó la cabeza por el marco de la puerta y miró a su abuelo con enfado.
—Sabes que no puedes beber alcohol, yayo. No te la voy a traer.
—Sí que lo harás.
—No.
—Sí.
—Como te bebas una cerveza se lo digo a la mama.
Jesús miró a su nieta fijamente, con cara de perro degollado, y yo tuve que hacer un titánico esfuerzo para no echarme a reír.
—Eres tan mezquina como tu madre.
—Yo me conformo con un café solo —dije para relajar el ambiente.
—Pues un café para ti y un descafeinado para el gruñón. Papa, ¿tú quieres algo?
—No, estoy bien, no te preocupes.
Rocío asintió con la mejor de las sonrisas y se marchó directa a la cocina.
—Qué por culo dan las mujeres, Barrena.
—Me lo dices o me lo cuentas.
Ambos volvimos a reír y por unos instantes me olvidé de todos los males. Joder, quién me iba a decir a mí que acabaría echando de menos la cárcel.
—Siento mucho lo de tu hija, Salva.
—¿Cómo lo sabes?
Mis músculos se tensaron y noté como mis viejas cicatrices volvían a quemarme.
—Salva, tú sabes que yo sé muchas cosas. Por eso estás aquí.
Solté el aire despacio e intenté relajar mis músculos de nuevo. No convenía montar ningún pollo a un gitano con una pistola en el regazo, y menos aún si tenía razón.
—¿Y a ti qué te ha pasado?
—El puto cáncer, payo. El bicho me atacó los huesos en 2009 y ahora ha hecho metástasis en el pulmón, lo que me hace llevar esta mierda a cuestas todo el rato —se lamentó mientras señalaba una bombona de oxígeno en la que no había reparado.
—Joder, qué putada.
—Ya te digo. Salí de chirona en 2010, después de más de treinta años, y la vida me vuelve a encarcelar en esta mierda. —Jesús golpeó la silla de ruedas con furia.
Rocío entró en la habitación trayendo una bandeja con dos cafés, dos vasos con hielo y una jarra de agua.
—Gracias, cariño —dijo Jesús.
Rocío se acercó a su abuelo y le plantó un beso en la mejilla, que él recibió con una sonrisa desdentada. Yo me quedé en silencio, relajé del todo los músculos y tomé un sorbo del café.
—Está muy bueno, gracias, Rocío —dije.
—De nada. —Rocío nos miró a los tres—. Bueno, os dejo solos. Cualquier cosa me gritas de nuevo —dijo sarcástica.
Nos quedamos en silencio viendo cómo abandonaba la estancia y mis ojos se fueron directos a la televisión, en la que el rótulo de las noticias contaba que habían detenido a un fulano que se dedicaba a torturar y asesinar a sus víctimas haciéndose pasar por un repartidor a domicilio.
—La gente está chalada, joder —dijo Jesús haciendo alusión a lo mismo que estaba leyendo yo.
—Y que lo digas…
—¿Qué te trae por aquí, payo? —preguntó Jesús mientras apagaba la televisión.
—Busco a un hombre. —Lo dije así, sin más, sin florituras y como quien le da instrucciones a un taxista.
—¿Has encontrado a Dios?
—Joder, gitano, no has cambiado nada.
—«Y el juicio está en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras», Juan 3,19-20.
—«En mi vano vivir, de todo he visto: honrados perecer en su honradez, y malvados envejecer en su maldad», Eclesiastés 7,15.
—Sigues siendo el mismo testarudo cabronazo de siempre, ¿eh, Barrena? Curro —dijo mirando a su hijo—, déjanos solos, haz el favor.
—Pero…
—Déjanos solos —insistió.
Curro bajó la mirada, asintió y no solo salió de la estancia, sino también de la casa.
—No te preocupes por él, ahora irá a un bar y no volverá hasta la madrugada lamentándose de que yo nunca le quise y mierdas de esas. ¿Para qué necesitas encontrar a ese hombre, Salva?
—Eso es asunto mío.
—No si me involucras.
—Solo necesito una dirección.
—Y yo un porqué.
—El porqué ya lo sabes.
—Por tu hija…
—Mi hija.
—Venganza.
—A mí me gusta llamarlo «deuda pendiente», pero llámalo como quieras.
—«No tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos míos, dejad lugar a la ira…».
—Lo siento, gitano, sabes que te respeto, pero dios me abandonó hace muchos años.
—¿Qué te hace pensar que te voy a ayudar, payo?
—Nada, gitano. —Suspiré y dejé con suavidad la taza en la mesa—. Jesús, si me mandas a tomar por el culo me levanto y me voy tan rápido como he llegado, pero no hubiera venido aquí si no estuviera realmente desesperado.
—Salva, tienes menos arte que un ladrillo, viejo amigo.
—Si eres de verdad consciente de lo que le hicieron a mi hija, sabrás también que no estoy para muchas bromas.
—Lo sé, joder, lo sé, y lo siento mucho, Salva. De verdad que sí… —Jesús hizo una pausa para tomar aire—. Pero tampoco me viene bien andar ayudando a un payo que se quiere cargar a otro. Son guerras que siempre he evitado y, aunque me duela el alma, debo decirte que no.
—Me cago en la puta, Jesús. ¿Qué guerra y qué hostias? Solo te pido que preguntes aquí y allá y me digas dónde se encuentra ese hijo de puta. Del resto me encargo yo. Te pagaré. Dime un precio y no regatearé ni un céntimo.
—Joder, Resucitado, si Dios me ve cobrándote va a bajar él mismo a acabar conmigo.
Me incorporé con suavidad y le miré fijamente a los ojos, suplicante.
—Jesús, escúchame. Sé que esto es una putada que te cagas. Pero, joder, imagínate que lo que le hicieron esos hijos de puta a mi hija se lo hicieran a tu nieta, imagina que unos desalmados le quitan esa sonrisa para siempre. ¿Qué harías?
—Quizá lo mismo que tú, Barrena.
El silencio se hizo pesado y el ambiente, espeso. Jesús comenzó a juguetear con su pistola sin dejar de mirarme con aquellos viejos y fríos ojos.
—Por favor… —supliqué—. Ayúdame a encontrar a Alejo Fonseca.
Jesús no me escuchaba. Su mirada estaba dirigida a la televisión, pero su cabeza andaba por otros derroteros, rumiando. De pronto, su mano dejó de juguetear con el arma.
—¿Alejo Fonseca? —preguntó, extrañado.
—Sí, ¿qué pasa?
—No me suena ningún Alejo Fonseca. Tienes que estar equivocado. ¿De dónde has sacado ese nombre?
—No me jodas, gitano. Si no quieres ayudarme no hace falta que me tomes por gilipollas.
—Te juro que no conozco a ningún fulano con ese nombre. Aunque…
—Aunque ¿qué?
—¿Puede que te refieras a Alejandro? Alejo es una variante de Alejandro.
—No lo sé, gitano, joder. Toda la vida lo he conocido como Alejo.
—¿Conocías al atacante de tu hija?
Atacante…, qué tierno.
—Es una larga historia, pero contada en corto: sí, fue un subordinado…, más o menos.
—La venganza…
—«Feliz quien puede devolverte el mal que nos hiciste» —recité.
—Payo, no sé de nadie que responda al nombre de Alejo Fonseca, no así exactamente. El hombre por el que preguntas se llama…
Alejandro Valdés Fonseca. Tu hijo, Fermín.