Nadie saldrá de aquí 13. Mikaela
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13. Mikaela

Mikaela

Cuando llegué a casa tenía el pulso disparado.

Abrí la puerta con más violencia de la necesaria, me metí en la cocina y bebí de un trago una lata de cerveza, y luego otras dos más.

Marta esperó a que mi respiración recuperara la frecuencia normal, apoyada en el marco de la puerta, seria, pero con el rostro sereno.

Los años la habían tratado mejor que a mí.

El pelo, brillante y sin canas —se teñía en una de sus propias peluquerías— le caía lacio sobre los hombros.

Las arrugas que debían surcar su rostro habían sido eliminadas por el mejor cirujano plástico del país, que, además, le había trabajado asombrosamente bien otras zonas del cuerpo.

—¿Qué has descubierto? —preguntó con su habitual imponente tono.

—Ese hijo de puta de Fonseca.

—¿Quién?

Metí la mano en la chaqueta y saqué el teléfono móvil del bolsillo interior.

—Este —dije extendiendo mi brazo.

Marta se acercó con paso urgente y me quitó el móvil.

—«Alejo Fonseca en libertad condicional tras siete años en prisión» —leyó.

—Siete putos años, joder. La justicia de este país no vale para nada.

—¿Y cómo sabes que ha sido él el responsable de lo que le pasó a…? —Marta se asomó al pasillo y cerró la puerta—. Joder, Salva, ¿estás seguro?

—Por completo.

—Mierda.

Ambos nos sentamos a la mesa de la cocina, encendimos un cigarrillo cada uno y nos quedamos en silencio.

—¿Qué vas a hacer? —susurró Marta pasado un rato.

—Encontrarlo.

—No, no puedes hacer eso. Tu hija te necesita, yo te necesito. Ese mundo lo dejaste hace ya muchos años, Salvador, no puedes volver ahí, y menos por una venganza personal. Eso nunca sale bien.

—¿Qué pretendes que haga? ¿Que vaya a la policía?

—Es justo lo que te pido.

—Ni de coña. Punto número uno: no van a creerme ni una palabra, pensarán que solo lo hago por despecho.

Mi implicación personal es evidente y me van a mandar a tomar por culo antes de que ponga medio pie en comisaría.

Punto número dos: si ese cabrón cree que tendrá una segunda oportunidad para seguir respirando, yo me encargaré de joderle cualquier esperanza.

—Mira que eres cabezota, ¿eh?

—¿Marta Barrena Torres me está llamando a mí cabezota?

Marta sabía que no valía de nada discutir, era totalmente consciente de que cuando se me metía una idea en la cabeza no había dios que me la sacara; lo sabía porque ella era igual que yo.

—Joder, hermano… Me preocupa mucho Lucía.

—¿A qué te refieres?

—¿Y si tiene lo mismo que nosotros?

Miré a Marta con tristeza porque era una pregunta que ya me había hecho yo en el mismo momento en que entramos en su habitación y presencié la destrucción que había a su alrededor.

Un arranque de ira como los que sufrimos todos en la familia Barrena: mi abuelo se descerrajó un disparo después de matar a su propio hermano a golpes por un pleito sobre unas tierras, que, por cierto, perdimos.

Luego mi padre con Julio, Marta y el episodio con su marido maltratador y yo, bueno, ya habéis escuchado mis grandes éxitos.

—El gen Barrena —susurré.

—¿Y si ella tampoco puede deshacerse de ese cabronazo?

—Sí…ella, sí. —La miré fijamente a los ojos—. Ella podrá escapar.

—¿Qué te hace estar tan seguro?

Sonreí con melancolía y sujeté con suavidad sus finas y temblorosas manos.

—Lucía es la viva imagen de su madre y, joder, Carmen fue la única persona que consiguió sacarme de aquí —dije, señalándome la cabeza— para hacerme vivir aquí —añadí, bajando el dedo hasta el corazón.

—No sé, Salva, yo…

Marta intentó evitar que su ojo derecho acabara liberando una gran lágrima, sin éxito, y esta cayó sobre la pantalla de su teléfono móvil.

—¿Qué os pasa? —Lucía nos miraba desde la puerta, inquieta.

Me levanté tratando de mostrar la mejor de las sonrisas.

—Nada, cariño, tu tía, que se pone sensible en esta época del año.

—¿En la noche de Reyes? —dijo, incrédula.

—Sí… Es por Martín, me entra nostalgia que ya no sea mi pequeño. Esta noche era su favorita cuando era un enano y, míralo, ya ni pasa esta noche con nosotros.

Marta cogió un papel de cocina y se sonó unos mocos casi inexistentes.

—Papá, ¿podemos hablar un momento?

—Yo me voy a la cama. —Marta se levantó y me sonrió—. Ya es tarde y, tienes razón, dramas en una noche como esta, como que no pega.

—Tita, el primo y su mujer vienen mañana a primera hora para abrir los regalos. Una cosa es tener el síndrome del nido vacío y otra andar como una plañidera a estas alturas de la vida.

—Ya, bueno…

Lucía y yo nos miramos como no lo hacíamos desde hacía mucho tiempo, y comenzamos a reír.

—Mira que eres melodramática.

—Oye, listilla, a que te quedas sin regalo.

—No, no, no, no. —Lucía se acercó a Marta con los brazos abiertos—. Era broma, tita favorita. ¿Quién es la tita más guapa del mundo? —dijo Lucía regando a besos a Marta.

Marta nos dio un beso a cada uno.

—No os acostéis muy tarde que, si no, los Reyes no vienen.

—Prometido —contesté sonriendo.

Marta nos miró a ambos y cerró con suavidad la puerta.

—¿Quieres algo?

Lucía fue hacia la nevera y sacó un brik de leche, que bebió a morro.

—¿Cuánto tiempo llevas bebiendo directamente del brik? —le pregunté

—Desde que tengo doce años.

—¿Tu tía lo sabe?

—Ni de coña. ¿Tú sabes la que podría montarme, con lo escrupulosa que es?

—Ya me parecía a mí… —Extendí la mano y Lucía me dio el brik—. ¿Cómo te encuentras, cariño?

Lucía me miró tranquila y por un momento percibí que, aunque poco a poco, sus ojos iban recuperando aquel brillo que siempre habían tenido.

—Ahí voy…

—Si necesitas ayuda…

Lucía me sujetó las dos manos y me miró con ternura.

—Lo sé, papá. Por eso quería hablar contigo.

Me soltó las manos y se sentó en la silla que había ocupado antes Marta.

—¿Qué pasa?

—Tienes que prometerme que lo dejarás estar.

—¿A qué te refieres? —pregunté, aun sabiendo a la perfección lo que quería decir.

—Lo que me pasó… no tiene vuelta atrás. Me he cansado de darle vueltas a la pregunta de por qué me ha pasado esto a mí.

Tal vez, si no hubiera salido esa noche, o incluso si no hubiera fumado hierba, no me habría sucedido.

La cosa es que me pasó y ya está. De nada sirve autoflagelarse con distintos escenarios en los que a mí no me violan, porque eso no es más que jugar a ser una suerte de guionista que manipula a su antojo a sus personajes y circunstancias.

»Hace un año o así escribí un cuento titulado “Mikaela”.

Mikaela es una niña cuyo perro, Triskys —el nombre lo saqué de las chucherías que me gustaban de pequeña—, muere atropellado al intentar cazar una ardilla que ha visto.

Era el mejor amigo y compañero de la pequeña, y su muerte la entristece más de lo que nunca en su corta vida lo había hecho ninguna otra cosa.

»La cosa es que Mikaela tiene un poder: puede deshacer las cosas.

No es como viajar en el tiempo, no. Funciona como si tú escribieras algo, te arrepintieras y pasaras un poco de típex por encima.

El típex borra las palabras y luego se puede escribir sobre ellas, ¿no?

Pues Mikaela hacía eso: escribía en un cuaderno lo que había pasado, luego ponía típex sobre aquello que no le gustaba y sobreescribía otra cosa, y esa cosa se hacía realidad.

Pero había unas reglas: el poder solo funcionaba si se sobreescribía manteniendo a los mismos protagonistas en la escena. ¿Entiendes? —me preguntó emocionada.

—No estoy seguro… —respondí, confuso.

—Es más fácil leerlo que explicarlo. —Lucía se levantó, abrió el cajón que estaba al lado de la nevera y cogió la libreta que siempre utilizábamos para anotar la compra del mes—.

Cuando Mikaela tacha la frase, Lucía escribe sobre el papel: «A Triskys lo atropelló el coche de la vecina por perseguir una ardilla», y la sobreescribe así: «Triskys dormía plácidamente y no vio la ardilla que correteaba a su lado».

Mikaela escribe algo que no ha sucedido, pero manteniendo a sus dos actores principales: el perro y la ardilla.

No habría valido, por ejemplo, cambiarlo por «A Triskys no lo atropellaron porque aquel día dormía en la habitación». Eso sería… tramposo.

—Ajá. Y entonces Triskys vivió, pero luego murió de una embolia, porque no se puede engañar a tu destino —dije burlón.

—No, en el caso de mi cuento esas movidas no pasaban, las cosas se solucionaban y ya está.

—Entonces Mikaela estaba feliz. ¡Su perro vivía!

—Sí, pero no… —Lucía cogió el bolígrafo y subrayó la palabra «muerte»—.

Por mucho que Mikaela trata de reescribir lo que había pasado, sabe que debajo del típex sigue escrito lo que en realidad ha ocurrido…

, lo que ella ha vivido. Por muchas capas que pusiera sobre su vivencia, no podía borrar el dolor que había sentido al perder a su mejor amigo.

Aunque ahora pudiera ver a su perro correr como un loco a su alrededor y subirse a la cama moviendo el rabito, sabía que aquello no era real.

—Lucía me miró con lágrimas en los ojos—.

Papá, prométeme que no pondrás típex a lo que me sucedió.

—Hija… yo… no puedo, no puedo dejarlo pasar. Esos cabrones no pueden seguir respirando.

—Eso no solucionará nada.

—Sí, sí que lo solucionará. Por descontado que no pienso dejarlo pasar —dije enfadado.

—Papá, prométeme que no les harás nada.

La miré con una expresión que oscilaba entre la impotencia y la indignación: me sentía acorralado. Cerré los ojos, tomé una larga bocanada de aire y la mantuve en mis pulmones durante ocho segundos.

—Papá…

—Vale, vale, está bien.

—Promételo.

Abrí los ojos y miré los suyos fijamente.

—Te lo prometo.

Lucía se levantó, se acercó a mí y me plantó un tierno beso en la frente.

—Buenas noches, papi. Te quiero.

—Yo también te quiero —contesté.

Y mientras Lucía desaparecía detrás de la puerta, yo me quedé pensando en lo mucho que la amaba.

Y también en que, a veces, las promesas se rompen por amor.