12. Los tres Reyes Magos
Los tres Reyes Magos
Joder, Salva… Esto…, joder…
Di eso cuatro veces más, Lázaro, y solo te quedarán unas mil para igualarme.
Siento mucho que hayas tenido que pasar por esto. Maldita sea, Barrena, ¿qué dijo la policía?
¿La policía? Esos nunca están para lo que tienen que estar. Siguen investigando, dicen. Tampoco creáis que me interesa lo que esos desgraciados hacen o dejan de hacer. ¿Te importan tus hijos, Fermín? No respondas, sé que sí, no hay más que ver cómo te pusiste antes en cuanto mencioné al tuyo.
Salva…
No te tenses, tranquilo. Toma, sécate el sudor, que estás chorreando.
El episodio de aquella noche le sirvió a Lucía para comenzar, poco a poco, su particular proceso de sanación.
Empezó con una ducha y siguió comiendo en familia y dando algún que otro paseo.
Eso sí, en cuanto llegaba la noche se encerraba en su cuarto con todas las luces encendidas hasta que caía rendida.
Al día siguiente de haber leído su historia, me puse a remover cielo y tierra para intentar descubrir a los culpables de la violación de mi hija.
El único punto de partida que tenía era una fiesta de chicos y chicas en la que todos iban puestos hasta arriba.
Le pregunté a Laura si había visto algo o me podía dar alguna pista sobre quiénes podían ser los atacantes, y la pobre chica solo me respondía con monosílabos y un llanto que no hacía más que agitar mis fantasmas.
En el bar me dijeron que no podían ayudarme, que las cámaras de seguridad no funcionaban desde hacía años. Pregunté al dueño si podía hablar con su hijo Gonzalo, y este accedió de inmediato. Un padre sabe lo que siente otro cuando le tocan a sus hijos.
Gonzalo, «el Litri» para los amigos por su fama de pimplarse un litro de cervezas en tres tragos, tenía profundas ojeras y el pelo rapado en ambos lados de la cabeza con un ridículo tupé en el centro. Un corte de pelo hortera de cojones como el que hoy en día llevan todos los chavales.
—¿Estuvo Lucía con algún chico esa noche?
—No lo sé, de verdad que no. En la fiesta estuve más con mis primos que con ellas, y apenas intercambié dos frases con su hija, señor.
—¿No viste nada? ¿Alguien le metió algo en la copa? ¿Algún movimiento sospechoso que puedas recordar?
—Señor…, esa noche no me fijé en nada. —Gonzalo bajó la mirada, avergonzado—. A ver, en honor a la verdad, estaba muy colocado y ni yo sé lo que hice. Solo sé que amanecí en el suelo del despacho de mi padre que hay detrás de la barra.
Después de otra media hora insistiendo y retorciendo las preguntas para ver si daba con alguna contradicción, me rendí.
En todos los años de experiencia que tengo a mi espalda interrogando y extorsionando a la gente, puedo detectar con facilidad cuándo alguien miente o se inventa una narración que no se corresponde con la realidad.
Pero el Litri decía la verdad: solo era un puto borracho adicto a la farlopa que no recuerda nada más allá de lo que merendó el día anterior.
En la noche de Reyes de 2020 alguien llamó al timbre de casa.
—¿Quién será a estas horas de la noche? —preguntó Marta, pausando la serie que estaba viendo.
—Voy a ver —dije.
Apoyé la cabeza ligeramente en la puerta, abrí la pestaña de la mirilla y en cuanto vi quién estaba al otro lado no pude menos que sorprenderme.
—¿Joako? ¿Tunde? ¿Qué cojones estáis haciendo en mi casa, negro?
—Perdone, señor Barrena. El portal estaba abierto y, bueno…
—Me da igual… —Miré con el ceño fruncido a Joako—. ¿Qué le pasa a este?
—Señor…, creo que deberíamos hablar en un sitio más privado —susurró Tunde.
—No me jodas, negro, no estoy para vuestros líos. Ya hablamos otro día, ¿vale? Y ahora, largo de aquí, joder.
Les hice un gesto con la cabeza a modo de despedida.
—¡Señor! —exclamó Tunde poniendo el pie para evitar que cerrara la puerta.
—Tunde, saca ese pie ahora mismo si no quieres que te zurre.
—Señor, por favor… Es sobre su hija.
—¿Cómo has dicho?
—Joako estaba ahí esa noche, señor.
Como comprenderéis, no iba a meter a un rumano ciego y a un africano en mi casa. Coño, sí, los conozco desde que salí de chirona, pero no tienen el estatus suficiente para tomarse un café en mi puto salón. Así que cogí el abrigo, me excusé con Marta diciendo no sé qué mierda y salimos a la calle.
Nos metimos aquí, ¿te acuerdas, Rafa?
Sí, me acuerdo, Salva.
Ninguno de vosotros, desgraciados, estaba esa noche por aquí. Supongo que estabais cenando en familia y preparando los regalos de la mañana siguiente. En fin, nos sentamos ahí, en la esquina, al lado de la tragaperras que tanto te gusta, Fermín.
—Rafa —dije intentando mantener la calma—, por favor, ponme lo de siempre y… —Señalé a los dos hombres sentados frente a mí—. ¿Vosotros qué queréis?
—Yo un café con leche —dijo Tunde, soplándose las manos para entrar en calor.
—Yo aguardiente, por favor.
—Joder con el rumano.
Rafa se alejó de la mesa, solícito, y yo me quedé observando a aquellos dos.
Coño, un negro, un tío con una prominente barba y yo. Parecíamos los Reyes Magos de Proyecto Hombre.
Mi pierna se movía sin control y me resultaba muy complicado mantener el pulso firme, pero me mantuve callado hasta que Rafa nos trajo las bebidas.
Nadie habla delante de los camareros cuando están sirviendo tu mesa.
Es una regla innata en todos nosotros, como hablar del clima en los ascensores con los vecinos.
—Dispara —ordené, mirando a Joako.
—Verá, señor. Yo esa noche estaba durmiendo en el callejón donde pasó todo.
Era una noche fría y estaba tapado con cuatro mantas que me habían dejado en la iglesia.
De pronto oí unas risas y al principio pensé que eran los típicos que volvían de una noche de juerga propia de la época y que se metían en el callejón para mear.
Pero enseguida me di cuenta de que pasaba algo raro.
Yo estaba oculto en las sombras tras un contenedor para que nadie me viera, aunque creo que si hubiera estado a la vista, tampoco se habrían dado cuenta.
—¿Cómo sabes que estabas oculto si eres ciego?
—Señor, soy ciego, pero sé perfectamente qué es lo que me rodea.
—El ciego que todo lo ve —dijo Tunde.
—No estoy para hostias, negro.
Tunde bajó la mirada y dio un pequeño codazo a su compañero para que continuara hablando.
—Verá, señor Barrena. Los ciegos no vemos con los ojos, pero sí con el resto de los sentidos. Tenemos el olfato, el gusto, el tacto y el oído tan acentuados que somos capaces de describir a una persona a la perfección. No estoy hablando de la descripción física, sino de la psicológica.
Joako se calló y dio un largo sorbo al aguardiente.
—¿Qué sentiste esa noche, Joako? —pregunté.
Joako se quedó quieto. Sus ojos vacíos y vidriosos miraban los míos. Sentía que ese cabrón me estaba penetrando el alma, juzgando toda mi vida y condenándome al sufrimiento eterno.
—Miedo, señor Barrena. Esa noche sentí el miedo. Había risas… Bebían… Al principio no sabía qué estaban haciendo, pero en un momento dado oí…
—¿Qué? —pregunté cada vez más nervioso.
—«Eso te pasa por puta», dijo alguien. Era la voz de un hombre, rasgada, pero con el timbre inconfundible de la juventud.
Luego otro dijo algo así como que se diera prisa, que él también quería.
Lo que me sorprendió es que estaba muy nervioso, repetía mucho las palabras…
Y luego estaba otro…, el peor. Ese no… no participaba en la violación, señor.
Me daba la sensación de que era el que dirigía a los otros dos.
Además, sonaba soberbio y frío… —Joako volvió a dar un trago a su particular elixir—. ¿Ha estado en la guerra, señor Barrena?
—He librado muchas guerras, rumano, pero no he estado en ninguna provocada por gobiernos.
Joako sonrió con melancolía.
—En la batalla hay una figura que es el ofiţer de câmp , que se traduce como «oficial de campo».
El oficial de campo señala un objetivo y el resto corre hacia él para morir.
El oficial de campo cambia el fusil por unos prismáticos y un mapa, y durante la masacre cambia el sabor dulce de la muerte por el fresco y sabroso del tabaco.
Esa noche, mientras dos manchaban su dignidad y su condición de hombres, lo olí: un hijo de puta se mantenía apartado, fumando un cigarrillo e instando a los otros a terminar cuanto antes.
Gruparul , el Sepulturero: no dispara, pero sus órdenes cavan tumbas.
—¿Qué pasó después?
—Oí el sonido de respiraciones agitadas, el de la ropa al desgarrarse o el de un puñetazo.
Ese lo distingo muy bien, por desgracia.
También gemidos, no de placer ni de dolor.
El gemido del terror, esa respiración ahogada que uno desea que sea la última para dejar de sentir lo que esta tierra nos ofrece.
Y durante todo el tiempo, el constante y penetrante olor del humo del tabaco.
Eso es lo más retorcido de todo: nadie fuma durante la batalla a no ser que seas quien la disfruta.
«Es suficiente, nos vamos», dijo el Sepulturero. Y se fueron.
—¿Dijeron algo más? —pregunté.
—Solo…
Di un golpe en la mesa, furioso.
—Solo qué, Joako, me cago en mi madre.
—Presumían. Solo presumían de su hazaña, señor.
Joako bajó la cabeza para evitar mi mirada, algo irónico, dada la situación. Tunde jugueteaba con la cucharilla del café mientras mi mente trataba de sacar algo en claro.
—¿Oíste o sentiste algo más? —pregunté suavizando el tono.
—Nada, señor.
—Cualquier cosa vale, aunque sea un detalle tonto, lo que sea.
Joako movía la mano y sus rechonchos y sucios dedos tamborileaban sobre la mesa de madera.
Normalmente, cuando queremos excavar con profundidad en nuestra cabeza cerramos los ojos, pero Joako «el Ciego» los mantuvo abiertos todo el tiempo.
Pasó un minuto, luego otro, y no sé cuántos más hasta que sus dedos se pararon de golpe.
—Tal vez no sea importante, pero ahora que lo recuerdo, había un sonido.
—¿Un sonido?
—Sí, como de metal.
—Sería una tubería —dije con un notable tono de decepción.
—No, no, si hubiera sido una tubería habría sonado tanto antes como después de que se fueran. Pero no, ese sonido llegó y se fue con ellos. Era…
—¿Qué era, amigo?
Tunde apoyó la mano sobre el hombro de su compañero de fatigas mientras una idea comenzaba a hilar acontecimientos.
—Era como algo secuencial. Un sonido que se sucedía casi cada dos segundos.
Comencé a oír ese sonido en mi cabeza mientras Joako seguía dándole vueltas a su vieja cabeza.
—Es un sonido que he oído alguna vez…, era… —Joako se rascó el grasiento pelo—. Como…
—Como un mechero —sentencié.
—¡Sí! ¡Como los mecheros Zippo que tan de moda estuvieron hace quince años! —exclamó Joako de manera triunfal.
—Eso mismo.
El vaso de whisky que sujetaba entre mis manos se hizo añicos que me provocaron varios pequeños cortes.
—¡Señor Barrena! —gritó un preocupado Tunde.
Me incorporé como una exhalación y alcancé mi abrigo.
—Tomad lo que queráis y que Rafa me lo apunte.
Antes de que pudieran articular palabra, yo ya cruzaba la calle.
—Voy a hacer lo que debí la primera vez que te vi, Alejo —mascullé contra el silencio de la noche—. Voy a matarte, maldito hijo de puta.