11. Papeles arrugados
Papeles arrugados
A Lucía le dieron el alta dos semanas después de su ingreso. Pero una cosa es salir del hospital con las heridas sanadas y otra salir curada de verdad. Y Lucía no lo estaba, ni por asomo.
Mi hija, siempre tan risueña y habladora, se convirtió en una tumba.
No articuló palabra alguna en los catorce días de convalecencia, y tampoco en los sucesivos en el calor de su casa.
Simplemente se encerró en su habitación y pasaba los días allí metida, sin ducharse ni asearse, comiendo lo mínimo y rechazando todo acercamiento tanto mío como de mi hermana.
«Dale tiempo», me repetía una y otra vez Marta, ante el rechazo de Lucía a cualquier tipo de acercamiento por mi parte.
Nunca en mi vida me he sentido tan perdido, con esa nula capacidad de ayudar.
Le pregunté mil veces si recordaba algo, algún detalle que pudiera contribuir a saber quién le había hecho aquello, pero tan solo recibí lágrimas y aspavientos de rechazo como respuesta.
A los tres días de la violación, una asistente social nos explicó que Lucía iba a necesitar terapia durante un tiempo, que era normal que se retrotrajera o que mostrara episodios de ansiedad o terrores nocturnos; que si notábamos que su salud física empeoraba, no dudáramos en acudir al médico, y nos recomendaba «encarecidamente» buscar ayuda psicológica.
Soltó esa verborrea acompañada de otro tipo de tecnicismos vagos y vacíos, y se marchó de la habitación dejándonos con mayor carga de la que teníamos antes de que entrara.
La noche antes del 24 de diciembre, un grito estrepitoso nos despertó a Marta y a mí.
Me levanté de la cama como una exhalación y corrí por el pasillo como alma que lleva al diablo.
Cuando llegué a la altura de la habitación de Lucía, Marta ya estaba allí con la cara desencajada, muerta de miedo.
La puerta de la habitación de Lucía tenía el pestillo echado y, tras varios intentos de llamarla a gritos y no obtener respuesta, no tuve más remedio que echarla abajo ante los desgarradores gritos que se oían dentro.
El estruendo de la puerta al romperse no logró arrancar a Lucía del estado de enajenación en el que estaba sumida.
Su cabello, grasiento y despeinado, le cubría el rostro y le daba un aire siniestro que me heló la sangre.
En la mano derecha apretaba la plancha de pelo, destrozada tras haberla usado para golpear todos los rincones de la habitación.
La estantería, antes repleta de sus preciados libros, yacía en el suelo: volúmenes abiertos, páginas arrancadas, un caos que reflejaba con crudeza su tormento.
Un tormento al que yo no le veía fin ni solución, y que estaba consumiendo a mi pequeña poco a poco, si no lo había hecho ya.
Lucía siguió descargando su furia contra todo lo que la rodeaba: lámparas, cuadros, almohadas…
Nada escapaba a sus golpes. No reaccioné hasta que el espejo estalló en mil fragmentos y las esquirlas le arañaron los brazos.
Entonces corrí hacia ella, la abracé por la espalda y traté de contener esa violencia que jamás hubiera imaginado en ella.
Mi dulce niña.
Rota.
—Luci, Luci, cariño, mírame…, mírame, amor mío —suplicaba Marta, sujetándole el rostro con ternura—. Tranquila, todo está bien, preciosa… Tranquila, mi amor.
Poco a poco sentí cómo su resistencia cedía, cómo su cuerpo se rendía al cansancio y se iba relajando entre mis brazos. Su respiración seguía desbocada, el corazón le latía con furia, pero al menos ya no luchaba contra mí…, ni contra sí misma.
—Ya pasó, ya pasó… —Marta me miró y asintió para que dejara de sujetarla—. Déjanos solas, por favor —susurró.
«Joder, soy su padre», pensé.
Pero, en lugar de decirlo, asentí y abandoné la estancia en silencio, total y completamente devastado, aun sabiendo que eso era injusto por mi parte. Joder. Yo no tengo derecho a sufrir; ella era la víctima, ella era a la que…
La que sufría. Como había sufrido Marta hacía ya tantos años y nos marcó a todos para siempre.
Una hora después, Marta entró en el salón con lágrimas en los ojos, profundas ojeras y la nariz irritada por haber estado llorando en silencio.
Supe que había sido así porque no había oído nada, pese a que la puerta estaba rota y a la cercanía entre el salón y la habitación de mi hija.
Un llanto mudo, de congoja y del dolor más profundo.
Marta se sentó frente a mí, en la misma butaca en la que la había encontrado tantos años atrás, el día que lo cambió todo. Estaba tan absorto en su mirada que no me fijé en el fajo de papeles arrugados que tenía en su regazo.
—Me voy a quedar aquí contigo, Salva, porque no es justo que esto lo leas en soledad.
—¿Qué es? —pregunté, aun sabiendo la respuesta.
Por supuesto que lo sabía. Enseguida identifiqué aquellas hojas cuadriculadas del cuaderno negro de Lucía, aquel en el que anotaba, no solo sus locas ideas de ficción, sino también su diario.
Marta no dijo nada, tan solo extendió el brazo derecho, que sostenía en el aire los papeles.
En silencio, con la mirada fija en mí. Una mirada imposible de describir, que me urgía a leer lo que había escrito y a la vez me suplicaba que los quemara. Extendí la mano y sujeté los papeles. Sin apartar mi mirada de ella, los acerqué a mí y dirigí mis ojos a la primera línea.
Toma, Fermín, quiero que lo leas en voz alta, por favor.
¿Yo? ¿Por qué?
Me gusta tu voz rasgada.
No pienso coger esos papeles, Salva.
Lo dices como si tuvieras elección. No me retes.
Me cago en tu estampa, Salva. Me tienes hasta la polla.
Odio la oscuridad. Y la odio porque la temo con toda mi alma.
Es un miedo irracional, como se encarga de decirme indirectamente mi psicóloga siempre que puede, pero irracional o no, la realidad es esa.
Tengo miedo a la oscuridad.
Lo tengo desde que tengo uso de razón. Mi padre siempre me ha dicho que tengo pelo de fuego, pero yo pienso que está apagado, que eso no puede ser, porque si fuera así, si de verdad tuviera un pelo de fuego, me iluminaría por las noches el camino y borraría las tenebrosas sombras que me acechan.
Cuando tenía cinco años me desperté para hacer pis en mitad de la noche.
Llamé a mi padre y a mi tía, pero ninguno de los dos se levantó para ayudarme y guiarme al baño.
Bueno…, probablemente mi padre estuviera trabajando y no se encontraba en casa en ese momento, y mi tía, cansada de cuidar a su hijo y de una niña que no era su hija —aunque me trataba como tal, con todo el agotamiento físico y mental que eso conlleva—, no reaccionó.
Esto lo sé ahora, claro, en aquel momento, en soledad y en mitad del oscuro pasillo, yo solo veía formas extrañas en la pared, en el techo y en el suelo.
¿Es eso una cucaracha gigante o se trata del pequeño Action Man de Martín?
No lo sé.
La oscuridad lo cambia todo.
Muchas veces pienso en los ciegos y en su perpetua vida entre las tinieblas.
Yo no podría, no quiero ni imaginar lo que es vivir constantemente en la incertidumbre de qué es lo que te rodea, qué es lo que tocas, cómo es la persona con la que hablas y cómo se ve lo que huele tan delicioso; no poder perderse entre los trazos de un buen cuadro o ver una película con tu ser querido.
La oscuridad es incertidumbre.
A medida que fui creciendo, mis temores de la infancia se fueron difuminando hasta desaparecer por completo, pero el miedo a la oscuridad permaneció siempre conmigo.
Desde pequeña, y hasta bien entrada mi temprana adolescencia, tuve una lucecita en mi cuarto que me marcaba el camino y me decía que todo estaba bien, que aquella sombra siniestra y tenebrosa no era más que mi chándal colgado del perchero, y que aquellas garras y brazos enormes no eran sino mi chaquetón sobre el respaldo de la silla de estudio.
Cuando cumplí quince años invité por primera vez a Laura —una amiga de mi clase— a pasar la noche en casa.
Al ver esa luz se rio de mí. Lo hizo sin mala intención, no hubo maldad en sus palabras ni inquina en su gesto, pero a mí me dolió.
Me sentí ridícula, como una niña pequeña de teta, y eso en una chica que ya se siente —erróneamente— mujer en sus quince años, fue como si su burla hubiera sido pública.
Recuerdo temer durante días que en cualquier momento lo contara por ahí, que en alguna pelea lo usara como chantaje emocional, que amenazara con postearlo en la web o en las redes sociales…
Nunca sucedió tal cosa, pero lo que sí ocurrió fue que esa misma noche me hice la fuerte, simulé que era mayor de lo que era y me reí, alegando que aquella luz era un simple adorno, que estaba ahí porque a veces venía un primo pequeño que tenía miedo a la oscuridad y yo la había dejado allí sin pensarlo.
Recuerdo mis manos aferrándose a aquel pequeño salvavidas y desenchufarlo con miedo, mientras mi cara se afanaba en mostrarse jocosa y mi cerebro hacía un esfuerzo tremendo por evitar aquel ligero temblor que me invadió sin avisar.
La oscuridad es ansiedad.
Desde entonces duermo con música en el móvil. No porque me guste escucharla —que también—, sino porque así mi teléfono emite constantemente luz junto a mí.
Todo estaba oscuro aquella noche.
Habíamos salido de fiesta Laura, Inés, Paola y yo para celebrar que otro año más volvíamos a estar juntas, y fuimos al mismo garito de siempre.
El bar que regentaba el padre de Gonzalo, que, enamorado perdido de Laura desde tiempos inmemoriales, siempre nos invitaba a todo y más, y nos agasajaba con un licor casero de dudosa calidad.
Era una noche en la que nos lo estábamos pasando muy bien, con buena música, en un bar cerrado solo para nosotras y unos amigos de Marcos, con mucho alcohol y alguna que otra droga.
Lo normal en unos chicos de nuestra edad.
La oscuridad es vicio.
Dieron las cinco de la mañana y la fiesta estaba en su punto álgido.
Paola había ligado con un chico muy mono, rubio y de ojos azules que no se resistió a las curvas de infarto de mi amiga, quien siempre ha sacado buen rédito de sus prominentes pechos y trasero.
Inés hacía lo propio con otra mujer. No había salido del armario oficialmente, pero en aquel grupo todos sabíamos desde hacía años que era lesbiana y en ese momento hacía gala de una pasión desbordada con una chica a la que no había visto en su vida, quizá prima de alguien, que había venido a pasar las Navidades por estas latitudes.
En esa vorágine de música tecno, chicos y chicas metiéndose mano, alcohol y drogas, yo comencé a encontrarme indispuesta. Me dolía la cabeza y me sentía mareada. El alcohol me había subido demasiado rápido y el porro me había sentado mal.
La oscuridad es vértigo.
Me acerqué a Laura y le dije que me iba a casa, que no me encontraba bien y que la vería en la fiesta de Año Nuevo.
Laura no se fijó en mi cara pálida ni en la ligera película de sudor que mojaba mi frente, porque estaba bajo los efectos del LSD que tanto le gustaba meterse.
Me dijo que vale, me dio un par de besos y volvió a la pista de baile con un grupo de chicos que la manoseaban y se restregaban con ella al son de la estridente música.
La oscuridad es perversión.
Un gélido frío me azotó la cara nada más salir del bar.
Un viento que recibí con los ojos cerrados, inspirando fuerte para que su frescor invadiera también mis pulmones.
Fue revitalizante y, aunque aún me sentía mareada, pude emprender rumbo a casa sin mayor problema.
El sonido de mis tacones rebotaba en las fachadas de los edificios en una noche solitaria y silenciosa.
La luz de las farolas proyectaba mi sombra alargada sobre el asfalto y un cielo oscuro se cernía sobre mí como un manto pesado dispuesto a engullirme.
Aquella noche había luna nueva.
La luna oscura.
El trayecto desde el bar a casa no es demasiado largo ni tedioso: cinco manzanas y cuatro pasos de cebra me separaban del calor de mi hogar, de mi padre y de mi tía Marta. De mi familia. Menos de diez minutos andando de un punto a otro.
Pero…
La oscuridad es compleja.
Seguí caminando, cada vez más rápido, para llegar cuanto antes a mi cama. El dolor de cabeza era insoportable y…
«¿Qué es esa figura oscura que se proyecta en el suelo?».
«Esa no es mi sombra».
«Hay…, no, no es solo una, hay otra. A ambos lados de la mía».
«¿Por qué el sonido de mis tacones ahora es más fuerte?».
«No, no son mis tacones. El sonido proviene de otras pisadas».
«También oigo el roce de los abrigos».
«No quiero mirar».
Oigo mi nombre. Primero como si alguien que me conociera de toda la vida me llamara; después, con un tono más acuciante. Y, al segundo, una mano se cierne sobre mi hombro izquierdo. Estoy mirando al suelo, a las sombras. No quiero mirar nada más. Me duele la cabeza, estoy mareada y siento frío.
Y miedo.
No oigo nada. No me dicen ni una palabra. Lo siguiente que recuerdo es ser arrastrada a un solitario callejón. No hay edificios a mi alrededor.
«¿Es eso una obra?».
«Sí, es el nuevo centro comercial que están construyendo en el barrio. El Oasis Plaza, un espacio que —dicen— cambiará el barrio para siempre y que arruinará a innumerables comerciantes de la zona» .
Sí, estoy ahí.
Siento tierra en mi cara y en mi boca. Hay piedras en mi lengua y noto que una mano aprisiona mi nuca. Es como si una poderosa garra me tuviera a su merced y yo no pudiera hacer absolutamente nada para librarme de ella.
No veo nada…, no siento nada, aunque sé que me están usando. No sé cuántos son, pero los siento como cien elefantes sobre mí.
Dentro de mí.
Huele a metal y mi boca está pastosa y sucia.
Oigo risas, respiraciones pesadas y gemidos, oigo a hombres pasándoselo bien a mi costa.
«O tal vez es su forma de celebrar la Navidad».
Hay gente a la que le gustan mucho estas fechas, y las pasa con su familia. Yo también soy una de esas personas, celebramos la Navidad porque a mi tía le gusta mucho, dice que es su época favorita del año. También me dice que a mi madre le encantaba la Navidad.
Un gemido como el de un búfalo penetra mi tímpano derecho mientras noto un tirón en el pelo. Un pelo rojo, como el fuego. Un pelo como el de mi madre.
«¿Por qué me acuerdo de mi madre ahora?».
«¿Por qué, con las pequeñas piedras agrietando mis labios hasta hacerlos sangrar, necesito una madre?».
Mi padre siempre me dice que soy bellísima, que yo soy su viva imagen…
Pero creo que ella era más bonita. Ella era preciosa, lo sé. No puedo explicar cómo, pero lo sé.
Ojalá hubiera más fotos.
Tengo mucho frío.
«¿Por qué veo a mi madre en mitad de esta oscuridad?».
«Te quiero, mamá».
Ojalá tuviera esa lucecita conmigo ahora, iluminando el camino, diciéndome que todo está bien. Que aquellas sombras que se alejan entre risas no fueran más que ropa tendida en el tendal.
¿El ciego puede echar de menos ver?
¿Puede alguien echar de menos a quien no conoció?
¿Dónde estás, mamá?
Mamá no está.
Papá no está.
La oscuridad es soledad.