Nadie saldrá de aquí 10. El trabajo de un padre
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10. El trabajo de un padre

El trabajo de un padre

Pasaron siete años, se dice pronto. Siete años en los que la familia Barrena vivimos en paz y sin sobresaltos.

Siete años en los que disfruté simplemente descansando, riendo y viendo cómo mi hija se convertía en una auténtica mujer.

Un día es una niña que acunas en tus brazos y llora porque es la hora del baño y cuando abres los ojos en el segundo parpadeo, está haciendo las maletas definitivas para ir a trabajar a Inglaterra después de licenciarse con honores.

A Lucía la admitieron en la Universidad de Cambridge para estudiar la carrera de Filología Inglesa.

Fue una alumna ejemplar y su tiempo libre lo invertía en lo que hace cualquier joven de esa edad y en escribir.

Lucía nunca dejó de escribir, ni siquiera su diario.

En su habitación hay una estantería entera en la que se puede leer su vida en verso, nunca mejor dicho.

Mi sobrino Martín conoció a Lorena, una chica de buena familia, abogada, y se casaron en una ceremonia preciosa. Aún recuerdo las lágrimas de mi hermana cuando llegó la hora del sí, quiero.

Y, hablando de mi hermana, ella sigue igual que siempre. Lleva el negocio como la más implacable de las empresarias y continúa sacándome de quicio también como siempre. Pero, joder, quiero a esa cabrona.

En cuanto a mí…, bueno, me compré una casa en la playa y en cuanto tengo la oportunidad me escapo tres, cuatro, cinco días, solo, con la única compañía de un libro. Me gusta la soledad, es un tiempo de oro al que todos deberíamos rendir pleitesía en lugar de temerlo.

A principios de diciembre de 2019, Lucía tomó un vuelo para pasar con nosotros el puente de la Constitución.

Mi hija siempre aprovechaba cualquier ocasión para visitarnos y esa fecha era una de sus favoritas porque, según decía, era el anticipo perfecto de la Navidad.

Las calles ya lucían las hermosas guirnaldas de colores que se encendían, precisamente, esos mismos días y su tía Marta aprovechaba que todos estábamos en casa para montar el árbol con infinidad de bonitas y variadas decoraciones.

Pero acabó convirtiéndose en la mayor pesadilla de mi vida.

Fermín, noto cómo tragas saliva desde aquí. ¿Te encuentras bien?

Salva, deja de joder la marrana, estoy agotado. Permite que nos vayamos.

¿Y esas prisas?

¿Prisas, cabronazo? Si llevamos aquí cuatro horas, joder. En hora y pico tengo que coger el taxi, y cualquiera conduce hoy con el cansancio que llevo.

Tenéis razón…, sí, tenéis toda la razón. Incluso yo estoy agotado. Joder…

Termina lo que tengas que decir, Salva. Acaba de una vez y no vuelvas a este bar en tu vida, ¿me oyes?

Es un trato justo, dadas las circunstancias.

Aquella misma mañana la radio había anunciado que un frente polar atravesaría el país, sumiendo a todos en un gélido frío durante los siguientes tres días.

Veréis, cuando uno sufre un evento traumático suele recordar hasta el último detalle, por muy absurdo que este sea.

Recuerdo que la noche del 6 de diciembre de aquel año cenamos una lubina exquisita que Marta había comprado de oferta en el mercado y que había cocinado al horno con patatas a lo pobre y cebolla caramelizada por encima.

Martín y su mujer trajeron los postres de una pastelería nueva que había abierto al lado de su casa.

Después de una agradable sobremesa en la que mi hija nos contó anécdotas de su vida en Inglaterra, Martín y su mujer se marcharon y Lucía se arregló para salir con sus amigas.

Siempre aprovechaban ese puente para disfrutar juntas antes de que cada una se fuera a diferentes puntos del país cuando llegaran las fechas navideñas.

Cuando los primeros rayos de sol asomaban a través de la ventana y el reloj digital de mi mesilla de noche marcaba las ocho de la mañana, me di cuenta de que algo no iba bien.

Cuando llevas toda la vida al filo de la muerte, cuando toda tu vida se ha regido por la constante obligación de solventar continuas amenazas, el cuerpo adquiere un perpetuo estado de alerta.

Al chocar mi vaso de whisky con Lorenzo aquel día en su despacho, mi vida entró en un estado de jubilación impropio de mi naturaleza, pero en mi cabeza siempre permaneció el instinto de supervivencia que había adquirido desde que vi, con solo cinco años, al vecino con sus huevos cercenados después de que su mujer se hartara de él por las constantes palizas y demás vejaciones.

Me incorporé con dificultad —coño, tengo sesenta y dos años y una vida plagada de golpes, es normal que tenga algunos achaques—, me senté al borde de la cama y me llevé las manos a los ojos para quitar esa fina película que niebla la vista en los primeros segundos después de despertar.

Como cada día, dirigí mis pasos al baño para miccionar, fui a la cocina, metí una cápsula en la cafetera y esperé, cual autómata, a que el glorioso líquido llenara mi vieja taza de café, la de toda la vida, la que todo el mundo en esa casa sabía que era la mía.

Sobre la mesa de la cocina estaba el periódico, pero no le presté mayor atención. Nunca leo la prensa, odio a los periodistas y a todo ese mundo de carroñeros hijos de puta. Pero si esa mañana hubiera dejado mis preferencias para otra ocasión, me habría ahorrado mucho tiempo.

Después de comer los restos de una tarta de chocolate que había sobrado de la noche anterior, volví a mi habitación para cambiarme antes de enfrentar el nuevo día.

La casa estaba en silencio y, fuera, el barrio aún dormía después de una noche de juerga.

Justo en el preciso instante en que entraba en mi cuarto, vi que mi móvil se iluminaba tras recibir una notificación.

Cuatro llamadas perdidas.

—Qué cojones…

Cogí el teléfono y pulsé el botón de rellamada.

—Hospital Universitario Montemar, ¿en qué puedo ayudarle?

—¿Hospital?

La sangre se me heló.

Mi cabeza comenzó a dar vueltas.

El pulso se me disparó.

—Sí, señor.

—Tengo…

No, no quería seguir la frase.

No quería saber nada más.

Solo quería colgar.

—¿Señor?

—Sí… —Tosí para intentar quitarme el nudo del estómago—. Verá, tengo varias llamadas perdidas de este número.

—¿Me puede decir su nombre, señor?

—Salva… Salvador. Salvador Barrena.

Silencio…

—Sí, un momento, por favor.

Comenzó a sonar una música de ascensor, de esas que en cualquier otro contexto te invitarían a tumbarte en una hamaca al sol con una piña colada, pero en aquel momento lo único que deseaba era traspasar la línea telefónica y romperle los dientes a esa pobre mujer que me había derivado la llamada a algún otro fulano.

—¿Señor Barrena? —La voz sonó sobria y firme.

—¿Qué cojones está pasando?

—Señor Barrena, es su hija. Está ingresada… —Noté cómo tragaba saliva—. Es mejor que venga al hospital y aquí le informaré de todo.

En otras circunstancias habría gritado, me habría transformado en un energúmeno que exigiría explicaciones, le chillaría que él no era nadie para decirme lo que tengo que hacer, que…

Pero al escuchar las palabras «su hija», mis cuerdas vocales se agarrotaron, mis músculos se tensionaron y un gélido río de pánico me subió desde la espalda hasta lo más profundo de mi cabeza. Colgué sin despedirme y lo siguiente que recuerdo es estar a los pies de la cama de Lucía.

Mi hija.

Mi preciosa y adorada hija.

Joder, criar un hijo es duro de pelotas, pero aún más duro es ser padre.

No quiero menospreciar el papel de una madre, que me parta un rayo ahora mismo y me lo impida, pero una madre es madre desde el mismo momento de la fecundación del óvulo.

Una madre siente que su hijo crece dentro de ella día a día, semana a semana, mes a mes; nota los cambios en su cuerpo, se le hinchan los pies, tiene náuseas y caprichos de lo más variopintos.

Y en el parto, un dolor, dicen, insuperable; un dolor que nosotros los hombres nunca podremos comprender.

Una madre es madre mientras hace suyos esos dolores, en la fiesta de sangre y heces que se huelen y ven durante el parto; cuando el hijo sale de las entrañas de la madre, el hijo ya sabe quién es ella y la madre quién es su hijo, con la diferencia de que, a partir de ese momento, no solo se sentirán, sino que se podrán ver y tocar.

¿Sabéis lo que es el microquimerismo? Es algo jodidamente asombroso.

Lo que ocurre es que cuando una mujer se queda embarazada, parte del ADN del feto continúa alojado en el cerebro de la madre.

Cuando una preocupada madre presiente que algo le sucede a su vástago es porque, literalmente, tiene información genética de él en su cabeza.

Pero un padre, no.

Uno puede sentirse padre en el momento en que su esposa está embarazada.

Puede sentirse padre al darle masajes relajantes en la espalda y los pies, o yendo a comprar una chocolatina al supermercado a horas intempestivas, o acompañándola a cada una de las revisiones, cogiéndola de la mano, sudando y rezando por que su hijo luzca sano y sin deformaciones.

También puede sentirse padre durante el parto, a pesar de que su dolor no sea físico, sino profundo e indescriptible al ver a su pareja sufrir; al ver cómo una comadrona se apoya sobre la barriga de la madre y, con cada contracción, deja caer todo su peso sobre ella porque el bebé no quiere salir.

El padre también puede sentirse padre cuando sujeta la mano de su hijo todavía húmedo, que reposa sobre el pecho de su madre.

Y el padre puede sentirse padre con una infinidad de cosas que se sucederán después: montando la cuna, haciendo guardias nocturnas, cambiando pañales, corriendo al médico, preparando biberones, comprando ropa, untando crema para las rozaduras, abrazándole y acurrucándose junto a él para consolarlo cuando tiene pesadillas.

El padre puede sentirse padre haciendo todo eso y mucho más, pero, aun así, no será padre, porque, para serlo, se necesita una conexión emocional con el hijo.

Un día de junio de 1999, Lucía estaba jugando con un muñeco que le habíamos regalado hacía unos días.

Era una muñeca horrorosamente fea, con ojos saltones, vestida con una especie de pijama sacado del rastro.

Yo estaba en el baño afeitándome y de pronto oí el llanto que solo unos padres saben detectar como uno de «los de verdad».

Corrí hacia ella temiendo que se hubiera tropezado o algo le hubiera caído encima.

Cuando llegué junto a ella me miró con sus ojos achinados por el dolor y una expresión de miedo absoluto.

La pequeña, mi pequeña, estiró los bracitos y con una velocidad endiablada —había comenzado a caminar dos semanas antes— corrió hacia mí en busca de consuelo.

Me agaché para levantar su cuerpecito y nada más apretarla contra mi pecho dejó de llorar.

Como si al abrazarla hubiese pulsado un interruptor con la palabra «Mute».

Y yo la acogí, la abracé como siempre había hecho y se quedó dormida al instante.

Ahí supe que todo lo que había sentido hasta ese momento era una pura ilusión, que la conexión que percibía en ese preciso instante era lo más auténtico que había experimentado nunca.

Después de todas esas noches sin dormir, de las frustraciones que sentía cada vez que rechazaba un beso mío, de las patadas que recibía mientras dormía como queriendo echarme de la cama; su desconsuelo ante todo lo que hacía y mi desasosiego por no poder ayudarla, servirle ni consolarla…

Después de todo ese tiempo, Lucía, por fin, me había percibido como su lugar seguro, como la persona a la que acudir cuando sintiera miedo.

Con ese abrazo yo le estaba diciendo que iba a estar siempre con ella, pasara lo que pasara, hasta el fin de mis días.

Pero fallé.

Mi hija dormía sobre la fría cama del hospital, mientras yo lloraba a su lado, sentado en una desvencijada butaca.

Lloraba en silencio, temeroso de despertarla a pesar de que sabía que tenía una dosis de sedantes en sangre capaz de tumbar a un caballo.

Lloraba rememorando esas cinco palabras que el doctor me había dicho con una dolorosa frialdad.

Es labor de un médico ser sincero con respecto a lo que les acontece a sus pacientes, pero no es su trabajo ser empático con los demás.

Conmigo no lo fue, eso desde luego. Pero no importa, no habría cambiado nada si su tono hubiese sido más o menos condescendiente y sus formas totalmente irrelevantes, porque no habría modificado en absoluto nada de lo que había sucedido.

Cinco palabras: «Su hija ha sido violada». Luego hubo un «Señor Barrena» que ya no escuché porque mi mente escapó de mi cuerpo y viajó a más de dos décadas atrás, a ese momento en el que su cabecita reposaba sobre mi hombro y su cuerpecito me daba un calor que reconfortaba mi frío corazón.

Le fallé.

Me cago en la puta, le fallé.

A mi niña.

Y luego vino el colofón. La guinda del siniestro pastel, que yo no pude asimilar hasta horas después, en el momento en que tuve que contarle a Marta lo sucedido.

Con mis palabras, con la información que se había quedado atrapada en mi subconsciente, que no se hicieron reales hasta que las dije en voz alta.

—Salva, por Dios. No… —Lloró Marta nada más ver a su querida sobrina en la cama.

—Fue… —susurré.

No tenía voz por haber estado llorando dos horas sin consuelo.

No hay consuelo posible para algo así, joder.

—Fue violada, Marta. Fue violada por tres hijos de la gran puta.

Marta cayó de rodillas al suelo.

«Violada en grupo».

El sonido del llanto desgarrador de Marta inundó una estancia en la que había un pesado y doloroso silencio, solo roto por el pitido de las constantes vitales de Lucía.

Las lágrimas volvieron a mí.

En ese momento eran de rabia.