Nadie saldrá de aquí 9. Un brindis #2
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9. Un brindis #2

Alejo se levantó como un resorte de la silla y con una velocidad endiablada se abalanzó sobre mí.

Antes de que yo pudiera reaccionar y ser consciente de lo que pasaba, ya había recibido más de cuatro puñetazos limpios y fuertes en la cara.

Cuando estaba a punto de recibir el quinto, mi cerebro reaccionó y mandó una señal a mi brazo derecho para asestarle a Alejo un fuerte y preciso puñetazo en el costado izquierdo, justo a la altura del riñón.

El muchacho se dobló de dolor y aproveché ese momento para poner la mano izquierda sobre su rostro y presionar con el pulgar su maltrecha nariz.

Alejo se echó hacia atrás para intentar zafarse de mi garra, pero yo lo tenía a mi merced, como un pulpo que ha atrapado a su presa.

Seguí presionando hasta que el chico, con lágrimas en los ojos y la cara teñida de rojo, extendió los brazos pidiendo una clemencia que le di.

La partida se había terminado y yo no ganaba nada ensañándome con aquel desgraciado.

—¿Ya han acabado, señores? —preguntó con sorna Lorenzo. Seguía con la mano en el pomo y lucía una irritante sonrisa.

Me levanté dolorido del suelo y ayudé a hacer lo propio a Alejo.

—Chico, de verdad que yo pensaba que no la ibas a cagar —volvió a decir Lorenzo—. Ahora tendré que aguantar al gonorrea de Salvador recordándome que él ya me dijo que ibas a ser un problema. De verdad que lo siento.

Lorenzo tiró del pomo y un escuálido hombre de metro sesenta, pronunciadas ojeras y media melena gris apareció tras ella seguido de cuatro agentes de policía, todos ellos vestidos de paisano.

Incluso en esas circunstancias, el cabronazo de Lorenzo había exigido que la policía fuera discreta para no espantar a la clientela.

En lo que yo tardé en parpadear un par de veces, aquellos cabrones ya tenían esposado a un Alejo que no paraba de revolverse y lanzar insultos de todo tipo.

Como siempre sucede en estas situaciones, el súbdito, sabiéndose perdedor de la guerra, aprovecha para proferir todo tipo de insultos e improperios a dos personas que, en otras circunstancias, le habrían dejado sin pelotas.

Alejo demostró que tenía un amplio vocabulario de palabrotas y amenazas, cada una más creativa que la anterior. Lorenzo y yo le mirábamos, impertérritos, sin prestar mayor atención a lo que aquel despechado joven decía.

Pero, joder…

No sabéis la cantidad de veces que mi mente ha rebobinado esta escena en los últimos días.

Alejo estaba fuera de sí. Era un hombre fuerte y los cuatro agentes no parecían suficientes para calmar su ira.

Tenía los ojos inyectados en sangre, el cuerpo tenso y el orgullo herido, y su boca no paraba de soltar espumarajos de saliva mezclada con la sangre que aún le caía a borbotones de la nariz.

—¡Salva! ¡Escúchame, cabronazo! Cuando salga, te encontraré.

Te juro que lo haré. —Los policías arrastraban a Alejo como si de un búfalo se tratara, uno de ellos le dio incluso un puñetazo en la zona lumbar, pero ni con esas dejó de amenazarme—.

¡Mírame, Salva! ¡Me lo vas a pagar, maldito hijo de puta!

Cada día de mi vida lo ocuparé en pensar en ti y en acabar contigo, cueste lo que cueste.

Lorenzo se despidió con cordialidad del enclenque joven con un apretón de manos y cerró la puerta. Me di la vuelta y me senté en silencio mientras me encendía un cigarrillo. En mi cabeza no paraban de resonar las palabras de Alejo.

—Buen trabajo, Barrena —dijo Lorenzo mientras me ofrecía un vaso de whisky.

Expulsé suavemente el humo, cogí el vaso y me bebí todo su contenido de un trago.

—Maldita sea, Lorenzo. Estoy cansado de estos rollos. No tengo ya edad para andar limpiando la mierda de púberes, joder.

Lorenzo volvió a sentarse en su silla.

—Tengo que admitir que yo también estoy agotado, Salva. A veces me entran ganas de mandarlo todo a la mierda y marcharme a vivir la vida a una isla desierta.

Los dos permanecimos varios minutos en silencio. Lo único que sonaba en la estancia era la música de la planta baja y algunos gritos de júbilo de una despedida de soltero.

—¿Recuerda lo que me dijo en el hospital?

—Gonorrea, de eso ya pasaron mil años, ¿qué te dije?

—Me dijo: «Venga a trabajar conmigo y cuando lo quiera, lo deja. Tiene mi palabra».

—¿Tan mal está, eh?

—Llevo toda la vida dedicada a esta mierda, toda la vida sin dormir, las pesadillas me acechan en cada uno de mis sueños y lo único que quiero es descansar.

—Las pesadillas permanecen con nosotros toda la vida, Barrena.

—Al menos quiero disfrutar de mi familia…, de mi hija.

—De verdad me va a obligar a cumplir mi palabra.

Alcé los ojos y miré fijamente a aquel hijo de puta que siempre me había tratado con respeto.

—Lorenzo, gracias a usted he conseguido nadar en dinero, mi hermana dirige uno de los negocios más prósperos de la estética de esta ciudad y mi hija podrá estudiar fuera por primera vez en la estirpe familiar.

Un Barrena con carrera. Dice que quiere ser filóloga, ¿sabe?

Quiere ir a Inglaterra, la cuna de Shakespeare.

¿Se imagina a mi hija publicando un libro?

Yo me he visualizado muchas veces leyéndolo junto a mi Carmen…

—Cogí la botella de whisky y me serví un doble—.

Este trabajo me ha dado mucho, pero también me lo ha quitado casi todo.

Tengo cincuenta y cuatro años y me siento como un anciano de ochenta.

¿Sabe ese dicho de que solo se ve la punta del iceberg?

Pues lo mismo ocurre con mis cicatrices: las que se ven por fuera no son ni un tercio de las que tengo por dentro.

Usted mismo lo ha dicho antes. Esto cada vez es más complicado de llevar, cualquier día se nos acaba el chollo y terminamos en chirona para el resto de nuestros días.

Salcedo me miró con ojos cansados y sin capacidad de rebatir nada.

Me estaba demostrando que él también estaba cansado.

Lorenzo extendió su brazo con el vaso en su mano.

—Brindemos, pues.

—¿Brindar?

—Porque al menos consiga sanar algunas de esas cicatrices en su nueva vida, señor Barrena.

—¿Así, sin más?

—Así, sin más. Como siempre ha sido, viejo amigo.

Nuestros vasos chocaron y por primera vez en mi vida conseguí esbozar una sincera sonrisa en aquel despacho que siempre fue la antesala de una condena, pero que en aquel momento lo era de la libertad.