9. Un brindis
Un brindis
Aquella noche solo durmieron los hombres tranquilos.
Alejo, Lorenzo y yo no pertenecíamos a ese privilegiado grupo.
—¡Huevón, hijueputa, malparido, carechimba…!
Lorenzo despotricaba y golpeaba con furia la mesa de su despacho en el Minerva.
Aquel despacho en el que mi sino había cambiado para siempre y hacía demasiados años me había convertido en lo que soy ahora.
La estridente música de la sala de abajo llegaba amortiguada hasta nosotros, y Alejo lloriqueaba agazapado en una silla junto a mí.
Al menos se había aseado y vestido con un polo rosa, pantalones blancos y unas alpargatas azul oscuro, y ya no olía a heces y vómito.
Seis horas antes, Lorenzo había recibido mi llamada.
—Señor, tenemos un problema —dije al teléfono.
Me había sentado en una mesa apartada de un garito de mala muerte en un pueblo perdido en mitad de la nada y había pedido un vaso de whisky, luego, otro y otro más, hasta que puse un billete de cincuenta en la barra para que el camarero dejara la botella sobre la mesa.
—Gonorrea, Barrena. No me joda. ¿Qué ha pasado?
—Alejo… —Carraspeé intentando deshacerme sin éxito del nudo que tenía en la garganta—. Lorenzo, ¿está al tanto de la desaparición de Jimena Saavedra?
—Como para no estarlo. Ocupa absolutamente todos los putos noticieros.
—Bueno, pues está muerta. Y el responsable es el pequeño Fonseca.
El silencio fue tal y tan prolongado en el tiempo que tuve que asegurarme un par de veces de que la llamada no se había cortado.
—Barrena…, estoy sentado y me he marchado a un lugar más tranquilo para que me repitas lo que has dicho porque me ha parecido oír que uno de los nuestros se ha cargado a la malparida más famosa del país.
—Señor, yo…
—¡Perro, hijo de cuatro mil putas! ¿Tienes idea de lo que me va a costar esto? Porque supongo que no eres un imbécil y eres consciente de que esto se acabará sabiendo, ¿no?
—Sí, señor. Por eso tengo un plan, pero no le va a gustar.
—Pues piensa otro, Barrena.
—No hay más soluciones que la que tengo. No, al menos, una favorable. Es…, digamos, la opción menos mala.
Otra vez ese molesto silencio. El alcohol se me había subido a la cabeza y lo único que deseaba en ese momento era gritarle a ese puto colombiano de mierda que se lo dije, que no me hizo caso cuando le insistí en que había algo raro en ese cabronazo.
—Dime qué tienes pensado.
A través del auricular pude sentir cómo Lorenzo expulsaba el humo de un cigarro.
Cogí la botella y la miré como quien observa un gran tesoro. Entorné los ojos y me di cuenta de que solo quedaban unas pocas gotas. Me llevé la botella a los labios, bebí ese último trago y le conté aquel plan que sabía que no le iba a gustar.
El despacho de Lorenzo era la antítesis del de Klaus Vogel. Mientras que el alemán se perdía en una decoración selvática digna del Amazonas, Lorenzo Salcedo exhibía, una vez más, su enfermizo fetichismo por el blanco. Todo era jodida y molestamente blanco.
Lorenzo miraba a Alejo con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.
—¡Mírame a los ojos, maldito carechimba! ¡Que me mires! —bramó.
—Lo siento, señor Salcedo.
Lorenzo golpeó una vez más la mesa y una pequeña estatua de un negro con el miembro desproporcionadamente grande cayó al suelo por el impacto.
—Vas a contarme con todo lujo de detalles qué ha pasado con Jimena Saavedra, ¿entendido?
—Pero ya se lo he contado todo a Salva.
Lorenzo casi nunca se mancha las manos. Para eso me tenía a mí y a otros como yo, que evitábamos que se le estropeara la manicura. No, Lorenzo Salcedo era —es— un hombre recto, imponente, duro…
Pero Lorenzo Salcedo casi nunca se mancha las manos.
Esa noche lo hizo.
Lorenzo rodeó la mesa a una velocidad endiablada, cogió la figura del suelo y se la estampó en la cara a Alejo, que se cayó de la silla y dio con la cabeza en el frío mármol.
—¡Escúchame, hijueperra, como vuelvas a evadir una de mis preguntas te lleno de plomo! ¿Entendido?
—Vale, vale —gimoteó Alejo tocándose la cara.
Un fino hilo de sangre le caía por la cara fruto de un superficial corte en la mejilla.
—¡Siéntate!
Alejo se sentó y comenzó a contar lo acontecido en aquella inhóspita cabaña. Cuando terminó su macabro relato, Lorenzo apagó su cuarto cigarrillo de los últimos treinta minutos.
—¡Imbécil! —gritó—. ¿Sabes los problemas que esto me va a causar?
—Fue sin querer, se nos fue de las manos y luego… luego no supe qué hacer.
Lorenzo dio un trago largo a una botella de ron, cerró los ojos y se dirigió a mí como si Alejo hubiera abandonado la habitación.
—Tenías razón, Salva, como siempre. No tenemos otra solución.
Alejo volvió a temblar y su piel adquirió un tono mortecino. En aquel momento, su cabeza barajaba cientos de cosas distintas que le podían pasar, y ninguna era buena.
—No me mate, por favor, señor Salcedo, se lo suplico.
Alejo se dejó caer de la silla, se puso de rodillas y juntó las manos como un arrepentido penitente.
—¿Matarte? No, no, tranquilo. —Lorenzo rio—. He de admitir que al principio no me gustaba la idea, pero ahora, pensándolo bien, puede suponer un alivio para mí.
—¿Alivio? —preguntó Alejo, confuso.
—Verás… Esto de aquí, y cuando digo «esto» me refiero a todo —dijo Lorenzo extendiendo los brazos de manera teatral y exagerada—, cada vez está peor visto.
Hay como una especie de… llamémoslo «conciencia social», y ahora el mundo del sexo de pago está como mal visto, como que se demoniza al hombre. ¿Me sigues?
—Creo que no… —dijo Alejo susurrando.
—Te lo voy a explicar de otra forma: tengo a la puta policía y a los hijueputas de los políticos detrás de mí para cerrarme el negocio.
No digamos ya a la puta prensa, esos son los peores.
Gonorrea, ayer salió uno en las noticias diciendo que quiere comenzar un proceso para hacer desaparecer este negocio y el hijueputa era un cliente habitual.
Ahora, obviamente, no se atreve a pasarse por acá, pero eso es lo de menos.
Los putos noticieros están todo el día con la vaina de las putas y poniéndonos a los hombres de negocios en el punto de mira.
—Lorenzo se levantó de su cara y exclusiva silla de cuero y se apoyó en la esquina de la mesa con el rostro a dos palmos del de Alejo—.
Y, por otro lado, tenemos el mundo de las pastillas de colores y los polvos mágicos.
Ya no estamos en los noventa, tú eso no lo recuerdas porque apenas eras un mocoso que aún se cagaba encima, pero en aquellas épocas, no solo acá, sino en el mundo entero, no había quien no se drogara, daba igual la clase social a la que perteneciera.
—Bueno, ahora también.
Lorenzo dio un puñetazo seco y fuerte a Alejo en pleno tabique nasal.
—Eres un hijueputa muy maleducado. No, no pongas la cabeza hacia atrás.
—Lorenzo agarró a Alejo del pelo y tiró de él hacia abajo con fuerza—.
Así, deja que salga todo y aprieta el tabique, justo en el centro de la nariz.
Lo de echar la cabeza para atrás en caso de hemorragia nasal es un mito. En fin, ¿por dónde iba?
—Le iba a comentar al polluelo lo que le espera, señor —dije solícito, tratando de finalizar aquella función teatral lo antes posible.
—¡Cierto! —Lorenzo dio un sonoro aplauso y comenzó a caminar hacia la puerta—.
Lo último que quiero, Alejo, es tener mala prensa.
Bueno, en honor a la verdad, no la quiero ni buena ni mala, solo quiero vivir tranquilo.
Pero tú, pequeño imbécil, la jodiste, y no me queda más remedio que intentar contribuir a la causa.
—No… —balbuceó Alejo—, no entiendo, señor.
Lorenzo acercó de manera teatral su mano izquierda al pomo de la puerta y lo giró sin tirar para abrirla.
—Un agente de paisano que tengo al otro lado de la puerta ha escuchado todo lo que acabas de contarnos.
Estas cámaras —añadió Lorenzo señalando las cuatro ubicadas en sendas esquinas— lo han grabado todo, audio incluido.
Lo más probable es que en un juicio esto no valga absolutamente de nada, pero estoy seguro de que el señor Ramiro Saavedra se encargará de agitar a la opinión pública en contra del asesino de su hija.
Alejo se levantó de la silla.
—¡Yo no la maté! ¡Se mató ella solita, joder!
—Omisión de socorro, ocultación del cuerpo e incluso violación —dije con la mirada más fría que en ese momento me salió.
—Vi… ¿violación? ¡Yo no la violé!
—¿Piensas que eso se lo creerá el jurado, idiota? Si probablemente no usaste ni protección. ¿Qué crees que dirá la prensa cuando el forense diga que había rastros de semen en su cuerpo?
—No…
—Verás, chico —Lorenzo habló pausado, como hace un padre con un hijo que sabe que la ha cagado—: cuando Salvador me propuso este plan, me faltó muy poquito para no mandarlo a tomar por el culo.
De hecho, si no llega a ser porque confío en ese hijueputa como si fuera un hermano, probablemente estaría en el fondo del río.
¿Sabes por qué? Porque odio a los chivatos, chico.
Los odio con toda mi alma. Pero esta vez, por mucho que me duela y eche por tierra mis principios, es la mejor opción, y debes ser consciente de una cosa: también es la mejor opción para ti, porque la otra conllevaría que yo me ensuciara las manos contigo y créeme que no es algo deseable.