8. Huesos de cristal #2
—No, tío, era una forma de hablar. ¡Joder!
—Alejo suspiró—. Bueno, pues acepté. Al fin y al cabo, si me iba a pagar la mierda y, encima, podía follármela, eran todo beneficios.
Jimena fue a trabajar como cualquier otro día, cogió la maleta que había preparado la noche anterior y se dirigió a la plaza de la Estación, donde yo la esperaba pacientemente.
Se retrasó media hora, de hecho, estuve a punto de pirarme a mi casa entre maldiciones, pero en cuanto la vi llegar se me aceleró el pulso.
A ver, te mentiría si te dijera que nunca me había imaginado acostándome con Jimena Saavedra, pero siempre lo consideré una utopía.
A ella le iban más los tíos exóticos…, los negros, vamos.
Tenía una especie de fetiche con ellos, no sé si me… Eso.
»Total, que llegamos aquí y pasamos cuatro días de escándalo.
De vez en cuando, en los momentos en que estaba sobrio, cogía el coche y me iba al pueblo para comprar comida.
Nos atiborramos de mierda tanto química como gastronómica.
Mira que no me suelo colocar, me gusta estar limpio en mi día a día, pero es que aquello era como unas vacaciones, joder.
Follar, comer, meterse, dormir y volver a empezar.
Hasta que se jodió. ¡Maldita zorra! —gritó Alejo, fuera de sí, al cadáver de Jimena—.
¡No podías tener tus sucias manos de yonqui quietas unos minutos, ¿no? ! ¡Tuviste que joderlo todo!
—¡Cálmate, joder! —grité—. Venga, siéntate en la butaca y termina de una vez.
Alejo se sentó en la polvorienta butaca respirando fuerte y tratando de recobrar el control de su mente. Me metí las manos en el bolsillo y le ofrecí un cigarrillo.
—Es la primera vez que me regalas uno. —Alejo sonrió, aspiró el humo, cerró los ojos y lo expulsó lentamente por la nariz—.
Hace cuatro días, Jimena y yo discutimos.
Nada más tener uno de nuestros polvos mañaneros, ella quiso seguir colocándose, pero yo ya había tenido suficiente y quería volver.
No podía continuar jugando a papás y mamás enfarlopados, y no te voy a engañar, necesitaba un periodo de desintoxicación.
Jimena me empezó a llamar de todo, que si era un hijo de puta, un cobarde, un maricón que la tenía pequeña.
He lidiado con yonquis de todo tipo y eso me la pelaba bastante.
Además, por lo que a mí concernía, ya había conseguido lo que quería con ella y tenía claro que esa iba a ser la última vez que servía mierda a esa tía. No merecía la pena.
»Le dije que se callara la puta boca y que, si seguía tocándome los cojones, lo iba a pagar caro.
Luego se puso a llorar; cambió de táctica para conseguir otro chute, no falla, siempre hacen lo mismo, pero no cedí y le dije que, después de darme una ducha, nos largaríamos cagando leches de vuelta a la ciudad.
Ella pareció aceptarlo y me metí en el cuarto de baño, pero se me olvidó un pequeño detalle: nunca se dejan drogas al alcance de una yonqui con el mono, y yo lo hice.
Cuando salí de la ducha me encontré a Jimena en la cama, desnuda y con el cuerpo tieso como un palo.
Tenía los ojos abiertos, la mirada perdida y una jeringuilla aún pinchada en el brazo.
»De pronto empezó a dar espasmos, mientras espesos y blancos espumarajos de saliva comenzaban a salir de su boca disparados en todas direcciones.
Me apresuré a socorrerla, pero me quedé paralizado en cuanto su cuerpo dejó de moverse del todo.
Empecé a darle bofetones con todas mis fuerzas, a zarandearla y a gritarle que se despertara.
Pero no respondía. Comencé a hacerle la reanimación cardiopulmonar que había visto practicar tantas veces en los documentales de la televisión y noté cómo algo se rompía dentro de ella con cada maniobra cardiaca que ejecutaba.
Era como si sus huesos fueran de cristal.
Ella se rompía por dentro mientras yo no podía dejar de pensar que aquello también me mataría a mí.
»Presa del pánico, la cargué en mis hombros con la intención de sacarla de aquí y meterla en el coche…
, de llevarla al hospital. Pero mi cabeza no dejaba de darle vueltas a todas las consecuencias que eso tendría y me consolé diciendo que lo hecho, hecho estaba; que ya estaba muerta y que nada cambiaba que la llevara o no al hospital, porque este se encontraba a más de una hora de aquí.
»Aun así, la tumbé en el sofá y estuve más de media hora intentando traer de vuelta a esa puta zorra que decidió chutarse una dosis que ni un puto elefante aguantaría, joder. ¡Maldita puta! ¡Gilipollas! ¡Lo has jodido todo!
Alejo se levantó de nuevo del sillón y comenzó a golpear el cuerpo de Jimena. Corrí tras él y lo abracé por detrás intentando que se tranquilizara, pero aquel cabronazo era fuerte… y bastante más joven que yo.
Pasados unos segundos se calmó y volvió a derrumbarse en el sillón.
Como os he dicho, no hay otra cosa que ponga más histérico a Lorenzo Salcedo que el hecho de que su nombre salga en la prensa.
Y yo no veía la forma de evitarlo.
No se me ocurría absolutamente ningún modo de mantener esto en secreto. Después de escuchar la lacrimógena historia, mandé fuera a Alejo para que tomara el aire, pero, sobre todo, para que me dejara pensar cómo íbamos a salir de aquella trampa mortal.
Jimena Saavedra era la mayor de las tres hijas de Ramiro Saavedra Montemayor, quien, como ya sabréis, era —y sigue siendo— el director general del mayor grupo de comunicación del país.
Un tío que controla dos canales de televisión de máxima audiencia, tres emisoras de radio, dos periódicos —uno deportivo y otro generalista— y, por si fuera poco, dirige uno de los dos grandes grupos editoriales del país.
Coño, el ochenta por ciento de los libros que hay en mi biblioteca son suyos.
Desde que su hija había desaparecido, Ramiro se había encargado de que la imagen de la muchacha saliera en todos los telediarios, programas de corazón y documentales; había habido cientos de columnas en periódicos, miles de minutos dedicados a su tierna figura en la radio.
Que si era una joven risueña y cariñosa, amiga de sus amigos y una estudiante ejemplar, que a sus veinticinco años ya formaba parte del departamento legal del grupo gracias a que terminó Derecho con sobresaliente cum laude.
Jimena era una joven amada por todos, y Ramiro se encargó de ensalzar su figura como si de una diosa se tratara.
En definitiva, Jimena Saavedra era un problema de dimensiones estratosféricas.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Alejo, empapado.
Había comenzado a jarrear hacía unos minutos y aquel anormal se había quedado bajo la lluvia como si así fuera a limpiarse la mierda que tenía, que teníamos, encima.
—¿Tienes ropa limpia?
—Sí, arriba. ¿Por?
—Vale. Vamos a hacer lo siguiente: envolvemos el cuerpo en esta misma alfombra y, con un par de toallas más, la mete en el coche. Tú conoces la zona, ¿cierto?
—Sí, desde que era un crío.
—¿Dónde podemos tirar el cuerpo?
Alejo se puso lívido.
—¿Tirar el cuerpo?
—No, si te parece lo pongo de copiloto en mi coche y saco el puto cadáver por la ciudad de compras.
Me levanté del sillón como un resorte y con una idea totalmente clara en mi cabeza.
Era la mejor opción que teníamos y a Lorenzo no le iba a gustar un pelo.
Me acerqué a Alejo y le solté tal bofetón con la mano abierta que el dibujo de la palma sobre su mejilla izquierda no desapareció hasta un par de horas después.
—¡Reacciona, coño! ¿Tú crees que estamos ahora mismo para perder el tiempo? ¿Conoces algún lugar en el que esconder el cuerpo?
—La vieja fábrica.
—¿Qué vieja fábrica?
—A un par de kilómetros de aquí hay una fábrica abandonada. Hacían sal y no sé qué movidas químicas más de esas y…
Me di la vuelta y dirigí mis pasos a la salida con el móvil en la mano.
—Quita la alfombra y arréglatelas para envolver el cuerpo como es debido. Luego coges lejía y limpias hasta el último rincón de esta casa. Yo me voy, tengo que hacer una llamada.
—Aquí no hay cobertura.
—Mejor —dije caminando hacia el coche—, así tengo una excusa para salir de aquí. Vuelvo en dos horas.
Cuando las ruedas empezaban a deslizarse por la tierra mojada, Alejo ya estaba obedeciendo como el más de los sumisos de los corderitos. Decidí poner en el GPS el bar más cercano.
Para la llamada que iba a hacer necesitaba, al menos, dos lingotazos de whisky.