8. Huesos de cristal
Huesos de cristal
Si algo odiaba Lorenzo Salcedo sobre todas las cosas era salir en la prensa.
Marta, Lucía, Martín y yo estábamos sentados a una mesa de mármol blanco que mi hermana había mandado instalar dos años atrás en la enésima reforma que se le ocurrió hacer en casa.
—Cualquiera diría que cumplo diez años, mamá —dijo Martín, riendo.
—Lo que en realidad has querido decir es gracias —replicó Lucía con sorna.
—Li qui quirías dicir es gracias —se burló Martín demostrando que, aunque ese día cumpliera unos nada desdeñables veintiún años, seguía teniendo la misma tontería con su prima de siempre.
—Madura, que ya tienes una edad.
—¡Calla de una vez, enana!
No lo dijo a malas. Martín siempre cuidó a Lucía como a una hermana y rara vez se peleaban. Se hacían rabiar, sí, como todo hijo de vecino, pero existía un amor especial entre ellos.
—Toma, anda. Te lo doy ahora para que lo puedas usar todo el día.
Lucía deslizó un pequeño paquete envuelto en un papel de regalo de rayas rojas y blancas, y a Martín se le iluminaron los ojos.
—¿Es lo que pienso que es? —preguntó, emocionado.
—No sé, ábrelo y descúbrelo.
Martín cogió el paquete con ansia mientras el resto mirábamos cómo lo abría.
—¡Hala, qué chulo! —gritó mientras exhibía como un trofeo un videojuego de peleas o algo así que ahora no recuerdo—. ¡Muchas gracias, Lucy!
Lucía se ruborizó de la emoción mientras Marta y yo aplaudíamos.
—Papá.
—Dime, cariño.
—Tu móvil. Está sonando.
En efecto, así era.
Una de las —muchas— normas que Marta había impuesto en casa cuando Martín alcanzó la pubertad es que el móvil era un objeto terminantemente prohibido en la mesa mientras se comía.
Esa prohibición se extendía, sobre todo, a mí, y aunque en un principio protesté y alegué que mi móvil no era un objeto de ocio sino de trabajo, al final yo mismo acabé agradeciendo esa regla.
—Madre mía, qué oído tienes, hija.
Me levanté y fui a mi habitación. Al ver la pantalla resoplé y menté en voz baja a varias vírgenes y apóstoles, procurando que Marta, ferviente católica y muy practicante, no me oyera y evitar así que yo me ganara una reprimenda.
—Me cago en mi madre, Alejo, te he dicho mil…
—La he cagado.
Tres palabras.
Una voz temblorosa.
Una voz temblorosa de Alejo.
De Alejo, el cabronazo más frío que me he encontrado nunca.
«La he cagado».
—¿Qué has hecho? —pregunté, aunque no quería saberlo.
Lo único que deseaba era colgar, volver a la mesa y ver cómo Martín abría el paquete con el Rolex que le había regalado.
—Fue sin querer, todo se fue…
—¡Cállate! —dije susurrando y mirando a mi alrededor. Di dos pasos y cerré la puerta con cuidado de no hacer ruido—. No cuelgues y mándame la ubicación, venga.
No pasaron ni tres segundos cuando apareció un pequeño mapa en la aplicación de mensajería.
—¿Qué cojones estás haciendo ahí? ¿No tenías que hacer negocios? ¿Por qué…?
—Lo siento, yo…
¿Estaba llorando? ¿El sonido que había escuchado era un llanto?
—Joder… No te muevas de ahí, llegaré en tres horas.
El lugar era infecto y repugnante. Alejo me había llevado a un sitio tan apartado que la población más cercana se encontraba a más de treinta kilómetros. El GPS me había dejado en una desvencijada puerta de madera podrida, tal como Alejo me había dicho.
Antes de llegar a la cabaña tuve que conducir por un camino empedrado, rodeado de hierba seca, bajo un cielo plomizo que parecía pesar sobre el paisaje.
La radio era un constante monotema acerca del suceso de moda del momento, y la única pregunta que rondaba mi cabeza, mientras el coche se bamboleaba de un lado a otro emitiendo molestos quejidos, era qué cojones hacía aquel anormal allí.
Nada más bajarme del coche, la figura de Alejo apareció en el umbral de la puerta.
Me saludó desde la distancia y ya pude percibir que algo andaba realmente mal.
Hasta ese momento, nunca había visto al joven Fonseca lucir pintas desaliñadas.
Dirigí mis pasos hacia él intentando mantenerme lo más calmado posible, pero mi vello se erizó en cuanto estuve a unos pasos de él y un olor muy familiar me azotó las fosas nasales.
El olor de la inmundicia humana.
Alejo estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos caídos y luciendo débil e incluso enfermo.
Su pelo, siempre repeinado, estaba sucio, desgreñado y grasiento.
Unas profundas ojeras le oscurecían sus ojos claros y llevaba unos vaqueros y una camiseta interior blanca.
Ambas prendas con manchas de diferente índole.
Su mano derecha no paraba de jugar con su inseparable mechero.
—¿Qué cojones has hecho, Alejo? —Recuerdo que pensé que llevaba formulándome la misma pregunta las últimas cuatro horas—. Y deja de hacer ruido con ese puto mechero, joder, es insoportable.
Alejo se derrumbó. Cayó sobre sus rodillas, se llevó las manos a la cara y comenzó a llorar como un niño al que le han arrebatado su juguete favorito.
Levantó la cara para mirarme y vi un rostro congestionado por lágrimas y mocos.
Me quedé impertérrito e intenté mantener la calma, pero en ningún momento mostré ganas ni intención de consolar a aquel niñato.
Poco a poco los sollozos fueron bajando de decibelios hasta que volví a escuchar el piar de los pájaros que sobrevolaban el inmenso y precioso bosque de secuoyas que envolvía la cabaña.
El ambiente era pesado, hacía calor, pero las grises y húmedas nubes amenazaban con dejar caer el chaparrón que el terreno necesitaba desde hacía varias semanas.
—¿Ya has terminado el espectáculo? —Alejo se levantó apoyando las manos en la desgastada madera—. ¿Qué es este lugar? —pregunté.
—Es una cabaña que tenía mi abuelo. Cuando la palmó, mi padre la heredó, pero nunca la quiso para nada y lleva más de quince años abandonada.
—No hace falta que lo jures. En fin —dije mientras me abría paso hacia el nauseabundo hedor—, veamos la sorpresa que me has preparado.
—Espera, espera, déjame que te cuente primero —suplicó.
No le dio tiempo a explicarme absolutamente nada porque, nada más entrar, a la derecha había una sala de estar cuyo suelo estaba adornado con una alfombra de piel de cordero; también había una mesa de madera, unas cortinas amarillentas y un sofá de tres plazas más viejo que el bosque… y, sobre el sofá, un marrón.
Un tremendo marrón.
—Me cago en la puta… —susurré.
—Está muerta…
Giré sobre mí mismo y le asesté a Alejo un sorpresivo y fuerte puñetazo en la boca del estómago, que le hizo vomitar bilis. Antes de que él consiguiera recobrar el aliento le agarré de la pechera, le levanté un palmo y medio del suelo y le estampé con todas mis fuerzas contra la pared.
—Maldito cabronazo, como me vuelvas a soltar por esa boca una obviedad te parto todos los dientes.
Ahora me vas a explicar por qué tienes a Jimena Saavedra, la chica más buscada de este puto país, muerta en el sofá.
Y me lo vas a contar con todo lujo de detalles, sin olvidarte de la última vez que te tiraste un pedo. ¿Entiendes?
—Ssss.
—No te oigo.
—No… puedo… respirar…
Nada más soltarle, su cuerpo cayó al suelo a plomo, a la vez que yo me llevaba las manos a la cabeza, mareado y con pavor ante lo que se avecinaba.
—Habla, puto desgraciado —dije soltando esputos de saliva.
Y Alejo Fonseca habló.
—Jimena no era esa niña que sale en las noticias.
Ni por asomo. Jimena Saavedra era una perra manipuladora de la peor calaña y una yonqui como pocas personas he conocido, y créeme, han sido muchas.
En fin, la vi por primera vez hace un año en una fiesta del Cuco, un colega de toda la vida y compañero suyo de la universidad.
Me presentó como lo que soy: «El que tiene buena mierda», «El hacedor de sueños»…
—¿Hacedor de sueños? ¿Qué puta mierda me estás contando, niñato?
—Yo no pongo los motes, tío. En fin, que Jimena se acercó a mí como la mayor de las interesadas.
No te voy a engañar, estaba buena, tenía un rollo que molaba y, bueno, nos pagaba una buena pasta.
A esta piba le daba igual la droga que fuera mientras le sirviera para pegarse un buen viaje; ya sabes, como todos.
Después de esa fiesta nos seguimos viendo, pero no, sé lo que me vas a preguntar.
Nunca hubo sexo. No por mí, que conste, pero esa calientapollas era dura de pelar.
Además, sabía que tenía pasta de sobra, por lo que nunca acudí a pedirle favores sexuales a cambio de mercancía.
—¿Has regalado mercancía a cambio de sexo, puto gilipollas? —pregunté volviéndole a agarrar de la pechera.
—No han sido muchas… O sea, ni muchas ni pocas…
—Ya me ocuparé de eso más tarde. Sigue.
—Total, que hace un par de semanas Jimena me llamó llorando.
Para mí fue un auténtico shock porque siempre que se dirigía a mí lo hacía tratándome como una prepotente de mierda, que era, dicho sea de paso, como trataba a todos a su alrededor.
«Tienes que ayudarme, te necesito. Necesito un buen viaje», me dijo entre sollozos.
Yo no entendía nada, tío. Empezó a contarme que había discutido con su padre, que su madre le había dado un bofetón por contestarle mal, y que estaba «hasta el coño» del trabajo, algo que le había impuesto su viejo.
Lo que ella en realidad quería era viajar por el mundo y conocer otras culturas.
Recuerdo que pensé que era un precioso eufemismo para ser una puta hippy.
En fin, que necesitaba escapar unos días y que yo, mis drogas, era lo único que tenía.
Yo le dije que ni de coña, que no pensaba meterme en esas movidas y que, aunque quisiera, no podía desaparecer porque sí durante unos días.
Además, tenía un par de curros apalabrados y era mucho el dinero que perdería.
Pero, tío, Jimena Saavedra siempre consigue lo que quiere.
Me dijo que me igualaría toda la pasta que fuera a ganar con esos encargos y que me pagaría un extra en concepto de… de otra forma. No sé si me entiendes.
—¿Me has visto cara de subnormal?