7. La última ronda
La última ronda
El verano de aquel año fue asquerosamente caluroso. No había forma de pegar ojo en las infernales noches y era preferible el incómodo dolor de garganta producido por el aire acondicionado a soportar los más de treinta grados que había a las dos de la madrugada.
El Bar de Manu había abierto en el barrio hacía ya muchos años. Era un local grasiento, detenido en el tiempo, pero con los mejores churros y croquetas de la ciudad. Mi padre compraba ahí churros todos los domingos para desayunar en familia y yo continué con la tradición hasta hace bien poco.
Me dolían los nudillos. La noche anterior había sido una de esas que se complican más de lo debido a causa de lo de siempre: el orgullo.
Joder, el orgullo siempre lo jode todo y, ojo, no estoy diciendo que yo no tenga.
Soy muy orgulloso. Creo que ya lo habéis descubierto por vosotros mismos, ¿no?
Pero, joder, según en qué situaciones es mejor tragárselo.
Por ejemplo, si estás atado de pies y manos a una tubería recibiendo una tunda de cojones, creedme que esa es una de las veces en las que es mejor dejar de hacerse el valiente.
En mi vida he lidiado con gente de la peor calaña: drogadictos, drogadictos ladrones, drogadictos asesinos, drogadictos…
Corta el rollo de una puta vez, Salva, me cago en mi estampa.
Además, no paras de intentar aleccionarnos e ir de defensor de la moral cuando tú has vivido precisamente a costa de aquellos a los que estás criticando.
¿Y tú, Fermín? ¿Vas a añadir algo más a lo que estos dos acaban de aportar o vas a seguir callado? Te noto… extraño. Como si hubiera dicho algo que te haya…, no sé. ¿Cómo estás? ¿Triste? ¿Acojonado? La verdad es que esa cara de pez que tienes es un enigma para mí en estos momentos.
¿Y tú no vas a contestarme a mí? Tan valiente que eres y no eres capaz de centrar la conversación.
A ver, Alfonso. ¿A qué quieres que te conteste?
Es lo justo. Llevo aquí tres horas y pico acaparando los focos y no he dado lugar a las preguntas.
Déjame responderte. No, yo no voy de defensor de la moral.
Sí, odio a los drogadictos porque me parecen escoria, desechos humanos que no merecen más que una bala entre ceja y ceja.
No merecen ni ser aceptados ni que alguien pelee por ellos, para reinsertarlos en la sociedad.
No merecen ni perdón ni empatía. Son basura, ratas infectas e inmundas.
La mayor satisfacción en mi carrera profesional ha sido cuando las víctimas eran yonquis soplapollas con aires de grandeza.
Me lo pasaba en grande entonces. Pero, dicho esto, no soy gilipollas y lo que piense de ellos no quita que yo haría cualquier cosa por mejorar mi vida y los de mi alrededor.
O sea que eres un hipócrita.
No sé en qué momento he dicho yo que estaba aquí para dar lecciones de moral. ¡Por supuesto que soy un hipócrita! ¡Como todos, joder!
¿Y para qué estás aquí? Es decir, ¿en qué medida nos afecta a nosotros tu puñetera vida?
Lázaro, ¿no sabes formular una sola frase sin una palabrota, joder?
¿Por qué está usted aquí, señor Barrena? ¿Mejor?
Mucho mejor. Y esa es una pregunta que bien podrías hacérsela a nuestro amigo Fermín.
¿Cómo?
Preguntadle por qué está tan nervioso.
Yo no estoy nervioso.
Hombre, estás sudando como un pollo, Fermín. Y aquí no es que se esté caliente que digamos.
¿Tú también me vas a tocar los huevos, Alfonso? ¿Precisamente tú?
¡Oh, me encanta! Ahora es cuando empiezan a aflorar…
¿Cómo que «precisamente» yo? ¿Qué estás insinuando?
Nada, nada…
No, por favor, cuéntanos. Estamos deseosos de escucharte.
Tan solo os digo que no tengo nada que decir y no sé de qué cojones va todo esto.
A mí eso me la pela. Quiero saber qué has querido decir hace un segundo con que precisamente A…
Te conviene cerrar el pico de una vez, Alfonso…
Uy…, parece que ha pasado un ángel. Si los silencios mataran, ahora estaríamos criando malvas todos. Sobre todo vosotros dos, par de tortolitos… ¿Nadie? ¿Nadie va a decir nada más? Está bien. Rafa.
Dime, Salva.
Ponme la última, por favor.