Nadie saldrá de aquí 6. Lágrimas de fuego
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6. Lágrimas de fuego

Lágrimas de fuego

Un manto de blanca espuma cubría varios metros de la orilla como si de nieve recién caída en la montaña se tratara.

La «formación» de Alejo fue mejor de lo que yo presuponía en un principio.

Con el paso de los días aquel repeinado joven fue ganándose mi confianza a base de obediencia y saber estar, pero, sobre todo, escuchar.

Alejo se mostró paciente y disciplinado en todas las tareas que yo, como el mejor de los profesores, le iba enseñando.

Siempre llegaba puntual y hecho un pincel.

Aprendió rápido los gajes del oficio, desde el control de cuentas, hasta llegar a conocerse de memoria el padrenuestro de cualquier narcotraficante: saber cómo y por dónde moverse, especialmente en aquellos momentos en los que salir echando hostias era la única de las buenas opciones.

Alejo Fonseca iba a ser el encargado de mover por las zonas pudientes de la ciudad y los alrededores la mierda que los proveedores de Lorenzo trajeran de distintas partes del mundo.

Fiestas de hijos de políticos, personalidades del corazón —los más consumidores de mierda exótica que conozco— e incluso deportistas de élite en busca de algo más que mujeres.

No tardé en darme cuenta de por qué Lorenzo se había fijado en aquel cabronazo.

El carapijo se movía como pez en el agua en esos ambientes, cosa que, admito, nunca se me había dado bien a mí, más acostumbrado a lidiar con gentuza y peña de la peor calaña.

No, Alejo era un dandi de metro noventa, porte imponente y un pico de oro.

Un auténtico camaleón capaz de adaptarse a todo tipo de situaciones.

Una vez se hizo pasar por homosexual para camelarse a Camilo Ewertz, un influyente empresario mexicano, casado y con cinco hijos, que venía por estas latitudes a dar rienda suelta a sus fantasías sodomitas.

Alejo se hizo pasar por un jovencito virgen en busca de experiencias nuevas, se lo llevó a su casa y se dejó encular previo consumo de todo tipo de sustancias de entre las más caras del mercado.

Después de la fiesta, y con la resaca atacando sus articulaciones y neuronas, le pasó la factura: diez mil euros por la priva y derivados, y otros tantos por el polvo, en efectivo.

El bueno de Camilo rio, pensando que era una broma, y solo cuando Alejo encendió el televisor y comenzó a mostrarle imágenes de todo lo acontecido en aquella casa la noche anterior, el mexicano se arrepintió de haber sucumbido a su adicción al vicio en todas sus facetas.

Alejo tenía cámaras por todas partes: en el salón se mostraba a Camilo pinchándose con la jeringuilla como el mejor de los anestesistas; en el baño, aparte de mear, se daba un festín de nieve propio de Tony Montana, y en la cama daba rienda suelta a todo tipo de perversiones.

Alejo amenazó a su víctima no solo con mandárselo todo a su conservadora y muy católica mujer, sino con hacerlo público a lo largo y ancho del planeta.

Si algo tienen en común todos los ricachones es que su cobardía es directamente proporcional a su riqueza, y Camilo Ewertz se limpiaba el culo con billetes de cien. Claro está —casi sobra decirlo—, pagó hasta el último céntimo.

—¿Vienes a bañarte? —preguntó Lucía sacándome de mis cavilaciones.

—No, cariño, prefiero quedarme aquí leyendo un rato —contesté.

Lucía se encogió de hombros, se dio la vuelta y corrió hacia el agua. Mientras se alejaba sentí una punzada de melancolía al ver a mi niña convertida en toda una mujer de diecisiete años.

Una de esas noches de nuestra particular escapada fuimos a cenar a un restaurante italiano y se puso un vestido que había pertenecido a Carmen.

—Me recuerdas tanto a tu madre —dije admirando su belleza.

Lucía sonrió con cierta tristeza. No por ella, sino por mí.

—Cuéntame algo sobre mamá.

—¿Qué quieres que te cuente? Creo que ya lo sabes todo.

—No sé… —Lucía cogió la botella de vino y se sirvió una copa.

—Lo que te digo es que si tu madre te viera beber vino a tu edad te castigaría de por vida y a mí me cortaría los huevos.

—Esa boca —rio—. Mejor beber contigo que ahí fuera con cualquier otro. Eso es lo que tú me dices, ¿no?

—¡Salud! —exclamé levantando mi copa y chocándola con la suya.

Reímos, y he de confesar que el sonido de su risa siempre me ha parecido lo más reconfortante del mundo. Siempre, desde que era tan solo un bebé. Oír reír a una hija es estar en casa, es un abrazo en la oscuridad, calor en un día de invierno.

—¿Qué es lo que más echas de menos de ella?

—Todo.

—Ya, pero si tuvieras que elegir algo, ¿qué sería?

—Daría lo que fuera por estar en la cama con ella, en silencio, cada uno con su libro y el sonido del silencio a nuestro alrededor. Por desgracia tuve pocas noches de esas debido a mi trabajo y me arrepiento muchísimo.

—Hablando de tu trabajo…

—Sabes lo que pienso sobre hablar de trabajo durante la cena.

Lucía sabía lo mínimo de mi fuente de ingresos. La vida me ha demostrado que lo que menos compensa es conocer la verdad de según qué cosas, y dedicarse al mundo del narcotráfico, aunque sea como mero cobrador y extorsionador, es uno de esos detalles que era mejor omitir.

—No sé por qué siempre le has dado tanta importancia, papá.

Es como si te avergonzaras de ser lo que eres.

A ver, si te soy sincera, me molesta un poco que trabajes en la seguridad de un club de alterne, aunque tampoco voy a ir de digna cuando vivimos como vivimos.

—Lucía enrolló sus espaguetis a la boloñesa en el tenedor—.

Pero, vamos, para mis amigas eres abogado.

—¿Abogado? —reí—. ¿No había una profesión más coñazo? —pregunté, aliviado de que aquello no hubiera derivado en una incómoda conversación.

Lucía no solo había heredado la belleza y el pelo rojizo de su madre, sino también su talante y su carácter, que en ocasiones rozaba la más ofensiva frivolidad.

Para ella todo carecía de importancia, incluso que su padre fuera el guardia de seguridad de un prostíbulo, aunque yo sabía a la perfección que ella conocía la verdad, aunque no me lo quisiera decir.

Unos días después, durante el desayuno, la vi en la mesa de la cocina escribiendo algo en un cuaderno negro.

Su cara mostraba una concentración total y su lengua se apoyaba ligeramente en el labio superior, como siempre hacía cuando se centraba mucho en alguna tarea.

Tenía el pelo alborotado y llevaba una camiseta de talla extragrande con el logotipo del grupo de música Kiss y unos pantalones cortos rosas que usaba como pijama.

—¿Qué escribes? —dije, dirigiéndome a la nevera y cogiendo un brik de leche.

—Un diario —respondió sin dejar de escribir.

De su teléfono móvil surgía esa música moderna que siempre suena igual y que vuelve locos a los jóvenes.

Me senté frente a ella, me serví un poco café y descubrí, para mi desgracia, que estaba frío.

—¿Cuánto hace que te has levantado? Este café está helado.

—Una hora, más o menos.

—Me parece que has heredado los problemas de sueño de tu padre.

Lucía dio un trago al café mientras me miraba. Unas profundas ojeras ensombrecían sus bonitos ojos.

—He tenido una pesadilla y la estoy escribiendo.

—¿Por qué escribes las pesadillas?

—Mi psicóloga me lo recomendó.

—¿Vas al psicólogo? —pregunté, sorprendido.

—No pongas esa cara, papá. Los de tu generación pensáis que solo los locos y la gente con traumas va al psicólogo, pero hoy en día es un apoyo en cientos de cosas.

No acababa de convencerme. Siempre he desconfiado de su función, y a mí, como ya sabéis, no es que me sirviera de mucho.

—Bueno, ¿y en qué te apoya a ti?

—No empieces…

Lucía puso los ojos en blanco y me miró como lo hacen todas las adolescentes cuando piensan que su padre es un viejo cascarrabias.

—No, solo digo que me extraña que tú necesites ese tipo de ayuda, eso es todo —aclaré, tratando de ocultar mi preocupación.

—Solo escribo, papá. No me estoy medicando, no tengo problemas en el instituto y me llevo bien con mis amigas.

Solo es que me ha recomendado escribir a modo de diario lo que me apetezca.

Unas veces son dos líneas, algunas, párrafos más elaborados contando mis sueños y otras, las cosas que no te puedo decir a ti.

—¿Qué no me puedes contar? —Soné más ofendido de lo que pretendía.

—Cosas de mujeres, papá, comprenderás que no me apetezca mucho compartirlas contigo. No te ofendas.

—Y esas cosas de «mujeres» —dije dibujando de forma exagerada las comillas en el aire y adoptando un tono burlón—, ¿por qué no las hablas con tu tía?

A Lucía se le nublaron los ojos y, aunque siempre tratara de mostrarse fuerte como una roca frente a mí, supe que por dentro estaba luchando contra sus propios fantasmas.

—A veces…

—¿A veces qué, cariño?

—¿Quieres saber lo que he soñado? Pero tienes que prometerme que no te pondrás raro ni triste.

—Cariño, hablas como si me fueras a contar que estás embarazada, y no un simple sueño.

—La vi quemarse.

Mi cuerpo se paralizó y, allá donde se encontraban las viejas cicatrices, la cara me comenzó a quemar como entonces.

—Papá…

—Estoy bien, estoy bien.

—Sé que es raro. Yo era muy pequeña y te mentiría si te dijera que tengo un recuerdo de mamá. Si le pongo cara, es por las pocas fotos que hay en casa, pero lo que se dice un recuerdo mío, no lo tengo. Pero…

Lucía volvió a bajar la mirada y comenzó a garabatear algo en su cuaderno.

—Pero ¿qué?

Desde el principio tuve muy claro que Lucía solo debía saber lo mínimo acerca de lo que le había sucedido a su madre.

La historia que le conté fue que un cortocircuito de la máquina de rayos X de la clínica había provocado un intenso incendio: dado que aquel sitio estaba plagado de material inflamable, había ardido todo como hojas secas en una hoguera; también le dije que aquel día yo estaba con ella porque la había ayudado a transportar un pedido y que todo había pasado demasiado deprisa.

Entré en detalles como que Carmen había corrido rauda para tratar de extinguirlo sin acordarse de que el fuego se había iniciado en una sala donde también había una botella de óxido nitroso.

Me inventé que la explosión fue terrible y que acabó con la vida de su madre al instante y que la onda expansiva me había provocado aquellas heridas que siempre formarían parte de mi particular orografía.

Como veis, es una historia que no la firmaría ni el mejor guionista de Hollywood. Una historia que creamos Marta y yo para contársela a nuestros respectivos hijos y que, sin duda, era una versión más edulcorada de lo que pasó realmente.

—Mamá no sufrió, ¿verdad?

—¿Cómo? —Mis pupilas se dilataron y mi piel se erizó al escuchar aquella pregunta.

—En el sueño…, mamá me miraba, me pedía auxilio entre las llamas. Intentaba moverse, pero algo se lo impedía, como si estuviera herida o algo la inmovilizara. Tenía un moratón en el ojo izquierdo, los labios le sangraban y… lloraba, lloraba mucho mientras me miraba.

A mí me ardía la piel y sentía cómo la tierra se abría bajo mis pies y unas manos negras y calcinadas me arrastraban al mismísimo infierno. Lucía seguía contándome su pesadilla pero yo ya no la escuchaba, todo a mi alrededor se había ensombrecido y mi piel comenzó a palpitar.

—… en fin, una pesadilla chunga —dijo restándole importancia.

El sonido del cuaderno al cerrarse me sacó del desagradable trance en el que me encontraba. Lucía se levantó, rodeó la mesa y me dio un beso en la frente.

—Te veo en la playa.

—Vale, cariño…

Los adolescentes tienen una capacidad innata para no darles demasiadas vueltas a según qué cosas y, pensándolo fríamente, lo que me contó había sido tan solo un mal sueño.

Un mal sueño para ella, claro.

Y así debía seguir siendo.